Fire Destruction
- pedrocasusol
- 2 sept 2025
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Escribe: Gabriel Granda
Cuando el gran reloj de la ciudad “Kepler del río hablador” marcaba la hora tercia, unas llamas tornasoladas descendieron del cielo. Estas ardían, despellejaban la carne y dejaban un olor nauseabundo de los cuerpos calcinados que caían pintados de millones de colores.
La bandera del cuartel de bomberos “Máximo Jiménez del Prado” ondeaba con vigor sobre aquellas flamas fúnebres, como un símbolo de esperanza en medio de aquel desastre ecológico. En consecuencia, todos los que la veían se sentían más tranquilos, pues entendían que los albergues en la cima de la ciudad costera estaban más cerca. Corrían con renovado entusiasmo al ver que sus cuerpos aún no eran devorados por la tormenta solar conocida como “La Espada Tornasol de Apolo”.
Los megáfonos del cuartel incitaban con mensajes alentadores a que los ciudadanos no se detuvieran. Algunos corrían deprisa, otros avanzaban a pasos agigantados, otros eran atropellados; unos caminaban rápido y otros con lentitud, mientras subían la cuesta en dirección al refugio prometido.
—¡Cinco kilómetros, solo cinco kilómetros más! ¡No se detengan, salven su vida! ¡Salven su vida! —repetían con insistencia los megáfonos de color verde fosforescente, diseñados para brillar en la oscuridad y guiar, junto a la bandera, los pasos perdidos de los pobladores.
En medio de aquel caos, Doña Magdalena, la anciana que vendía pan en la esquina más próxima al cuartel, se dirigía cuesta abajo con mucho esmero como cuando amasaba miles de panes, con sus manos nudosas y llenas de historias. Era famosa por ser la única panadera que ofrecía panes de todo el continente; en su pequeña pero surtida bodega se podía encontrar panes de todos los aromas, colores y formas. Por esa razón, y por haberse ganado el cariño de la ciudad, sus primeros clientes solían ser los gendarmes del cuartel, quienes hacían entregas especiales a las autoridades ediles que gobernaban las vastas extensiones del moderno estado plurinacional existente en aquellos años del siglo XXIV.
—¡Escapemos, Doña Magdalena!
—¡Vamos hacia el bosque!
—¿A dónde va?
—¡No vaya por ahí!
—¡Alto, Doña Magdalena!
—¡Deténgase!
—¡El refugio está arriba, Doña!
Un millar de voces se alzaban, indicando que no fuera cuesta abajo, hacia donde ella parecía caminar con terca preocupación a pesar de que las cenizas de mil colores disipaba el camino. Sus oídos no captaban el soneto perfecto de la emergencia, ni la mezcla ruidosa de los megáfonos, las alarmas, el bochorno de la multitud, las luces rojas y los brigadistas uniformados de naranja, podían guiarla cuesta arriba.
—¿A quién le importa la vida de una anciana de noventa años?, comentó alguno de los brigadistas.
—Tarde o temprano morirá "comentó otro, dejando así que ella siguiera su rumbo.
—Niño, niño, niño... Vuelve, niño... —se escuchaban, insistentes, las palabras ardientes que brotaban de los labios de la anciana.
Continuó su álgido camino cuesta abajo, hacia ese infierno prohibido, pues a pesar del sabor del miedo, su espalda encorvada y sus débiles rodillas. Ella no podía imaginar una vida sin el niño, ni la de el niño sin ella. Sus ojos lloriquearon un poco, llenos de angustia, el camino incipiente aún era largo, hasta que sus ojos por fin vieron un lejano horizonte azul. Parece ser el mar, pensó ella y dio una palmada de alegría. El panorama lucía azul y transparente. Sobre su superficie, se veían pequeñas siluetas obnubiladas de color salmón y dorado que se zambullían hasta la profundidad para luego volver a la superficie. Aquel era el infinito bucle de la vida acuática. Las ráfagas de la tormenta solar eran imperceptibles sobre aquel lejano horizonte, pues la brisa marina actuaba como un escudo contra el fuego de los rayos solares. Doña Magdalena siguió su camino, consternada. Se limpio los ojos con sus manos arrugadas y medito sobre la propaganda oficial en el noticiero científico de la mañana:
—El mar se ha teñido de color granate, debido a las llamaradas de la tormenta solar. Articulaba una reportera. —La protección en sus orillas es imposible. Continuaba ella.
El pánico era innegable hasta que un científico de la autoridad meteorológica mundial fue entrevistado y dio a conocer que la tormenta había sido bautizada como “La Espada Tornasol de Apolo”, debido a que arrojaba grandes llamaradas en múltiples colores desde el cian hasta el gris.
—Parece ser un fenómeno meteorológico que no teníamos previsto, sus llamas lucen como una aurora boreal y se desplazan rápidamente del norte al sur del continente, arrasando principalmente con la vida en las ciudades costeras. En consecuencia, sus efectos sobre la faz de la tierra serán innegables y casi apocalípticos.
—¿El estado federal de las poli repúblicas tiene algún plan de contingencia ante este desastre de escala mundial?
—Si en realidad, desde hace algunos días se viene construyendo albergues de refugio en las cimas costeras, donde la humedad, nos ayudará a resistir aquel fuego atroz. Por ello invitamos a la población que ante cualquier situación de emergencia puedan dirigirse hacia los albergues de refugio con el fin de salvaguardar sus vidas.
Doña Magdalena apagó el recuerdo de su televisor mental e imaginó a su niño, devorado por las llamas. Esto la impulsó a continuar con más determinación, pues el horizonte no era un fuego incendiario.
—Pequeño bribón, te las verás conmigo. Esto no se le hace a tu madre. ¿Dónde estará mi niño? Me duele tu ausencia.
El camino cuesta abajo lucía cada vez más desolado, olía a cenizas y pólvora. Aún se escuchaban alarmas estruendosas pero el azul del mar infinito alimentaba su esperanza. Ella estaba cansada, llevaba consigo los recuerdos del abandono, una capa de protección térmica que decía “Protección contra tormentas solares” y un arma que estaba prohibida.
—Precaución, precaución, se decía mentalmente, mientras se aseguraba que el arma estuviera oculta bajo su regazo. Pues hace mucho, después del gran viaje espacial que se llevó a su familia, en naves inmensas que prometían fundar una gran civilización más allá de la vía láctea. Sufrió un intento de robo que la terminó por dejar tuerta, cuando un bandido la golpeó contra uno de los escaparates de vidrio que exhibía un anuncio: Disfrute la variedad continental de los panes, desde las gélidas tierras canadienses hasta las lacustres tierras de la Patagonia chilena. Si no fuera por aquella arma que le dejó su nieto antes de partir al viaje espacial, quizás el bandido aún viviría y nadie recorrería el camino que ella transitaba ahora.
Unos pocos metros más abajo, un oficial bloqueaba el paso hacia la playa. Ella se emocionó levemente pues pensaba que él podría haber visto a su niño. Caminó hacia él con cautela, pero con firmeza, hasta que el sonido estridente de un silbato, agudo como el de un halcón, rasgó el aire.
—¡Deténgase, señora! ¡No puede pasar por aquí! Se escuchó una voz rota por el tiempo.
Ella alzó los hombros y las manos, pidiendo ayuda.
—Estoy buscando a mi niño.
El oficial tambaleo un poco, trotó hacia ella con una rigidez militar y un rostro curtido por las escasas cenizas que aún deambulaban. La empujó unos pasos más atrás.
—¿Niño? Él se veía melancólico, pero ella avanzó con determinación
—¡Deténgase, señora! ¡El paso está prohibido! Un tic nervioso se apoderó de tres dedos de su pie derecho. Al parecer la situación le parecía contraproducente. ¿Qué hacía una anciana, buscando a un niño en medio del caos? No vi pasar a ningún niño cuesta abajo. Murmuró sentimentalmente solo para él y recordó a su hijo, que ya no vivía con él.
Ella se fijó en su uniforme verde platinado, con una insignia en forma de llama sobre el pecho, y en sus lentes oscuros, que proyectaban códigos digitales sobre la superficie, que solo él podía interpretar.
—Señora Magdalena Gutiérrez, tiene terminantemente prohibido dirigirse a la cuenca del mar. Repitió con autoridad, pero con cierta inseguridad.
—Señor oficial, estoy buscando a mi niño. Así se llama...
—Si avanza diez metros más, tengo órdenes de disparar. Se lo advierto. Gritó él con el corazón quebrado por un recuerdo que empezaba a brotar.
Ella, sudó con nerviosismo y repitió entre sollozos:
—Señor oficial, busco a mi niño. Es un pequeño de menos de un metro. En cuanto oímos las alarmas, salió corriendo.
—¡Deténgase, señora! —El oficial hizo el ademán de tomar un arma de su cintura, pero se contuvo. La voz de la anciana le recordaba a su madre, fallecida años atrás en otro desastre ecológico y la palabra niño retumbaba en su memoria como una campana encerrada en una torre de silencio. Sin embargo, las órdenes de los ediles poli republicanos eran estrictas: cuando se iniciara una tormenta solar, su batallón de caza furtiva debía flanquear las zonas costeras para evitar que alguien descendiera al mar.
—Por favor, señor oficial, mi pequeño echó a correr. No se dejó limpiar la cara ni poner la correa cuando sonaron las alarmas.
—Un momento, señora. ¿Me está hablando de un niño o de una mascota?. El jadeo lentamente con humor, pero un viejo recuerdo ya lo había embrujado.
—Niño es mi perrito, señor oficial. Salió corriendo y, la verdad, no me imagino una vida sin él. Desde que todos se fueron a habitar nuevos planetas, es mi única compañía. Tiene el pelaje blanco y unos ojos color caramelo.
—¿Pelaje blanco? Murmuró él
—Sí, pelaje blanco, él se llama niño, tiene el pelaje tan brillante como el de un tigre blanco siberiano
—¿Siberiano? El se extravió en su memoria y oyó la sonrisa feliz de su hijo de cuatro años que le pedía un tigre siberiano, cuando sus contactos militares le permitían contrabandear animales de belleza mística de África, Oceanía y Eurasia. Lloriqueo un poco para sí mismo porque el deber se imponía nuevamente ante aquella anciana, nublando en sí cualquier lógica de inteligencia emocional.
“El deber es el deber”, leyó en su conciencia, se dirigió a la anciana y la escaneó con sus lentes, conectados a una base de datos gubernamental que arrojaba historiales civiles y criminales en segundos. No encontró nada relevante, solo apuntes sobre un pequeño negocio de panes continentales y el recuerdo de su hijo de cuatro años que le decía : Papá no lo mates, papá no lo mates, pues el nuevo gobierno poli republicano le había ordenado disparar a quema ropa contra aquel cachorro de tigre , debido a que el contrabando se había perpetuado como un negocio fructífero que terminó por traer plagas desconocidas de los otros continentes. El planificó deshacerse del animal, cuando nadie estaba en casa y luego comentar que se había escapado. Sin embargo cuando dirigió su arma hacia el cachorro, su hijo se apareció en casa de sorpresa junto a su abuela que también se había emocionado por oír cómo su nieto hablaba de su nueva mascota. “El deber es el deber”, repitió sobre el niño y terminó por donar el animal a un centro de estudios epidemiológicos, incapaz de dañar al animal. Pero ya era muy tarde, en la mente del niño el concepto de su papá acribillando contra su nueva mascota ya se había condensado.
Es por ello que hace tiempo deseaba dejar aquel puesto, que le parecía más delincuencial que cualquier otro en el aparato militar del sistema poli republicano, pues su función era arremeter contra los inocentes, los inservibles y los indeseables de la sociedad. Por eso la orden en aquella mañana era disparar contra cualquiera que tratara de descender hacia el mar, pero la anciana frente a sus ojos la transportó a un recuerdo que él deseaba purgar hace mucho, pues sentía su carne y alma podrida.
Dudó un poco sobre disparar su arma, pero finalmente decidió cumplir con su deber con cierta concupiscencia e invitó a la anciana a continuar el camino cuesta arriba, indicando que no dispararía
La anciana lloró esta vez con tanta fuerza que el quedó idiotizado. Jamás había sentido compasión y esta era una de las pocas veces que la sentía, pues la anciana lo miraba con insistencia suplicando caridad:
—Se lo suplico, señor oficial, mi niño debe de haber ido al mar. Hace unas semanas salimos a pescar y chapoteaba entre las olas hasta mojarse la nuca; luego volvía corriendo a revolcarse en la arena. Debe de estar ahí, asustado.
—Lo siento mucho, señora Magdalena, pero las órdenes son estrictas.
—Se lo suplico, señor oficial. Se lo suplico.
—Todos debemos subir a los albergues y refugiarnos durante los meses que el sol decida hacer sus maniobras sobre nuestro planeta.
—Por favor, por favor. Ella lloraba raudamente
—No puedo dejarla pasar.
—Por favor, señor oficial, mi niño debe de estar escondido detrás de una roca grande cerca del mar. ¿Lo ha visto?
—Señora ya basta.
—Su raza no tiene nombre, pero su corazón sabe que se llama Niño. En cuanto oiga mi voz, vendrá corriendo y podremos subir juntos. Se lo suplico. ¡Niño, Niño, Niño! Gritaba ella en dirección hacia el mar.
—¡Señora!
— ¡Niño, Niño, Niño!
—Señora, la vida de un animal no vale tanto como la suya. Un convoy viene en camino; la subiré en cuanto llegue.
—Usted podría ayudarme…
—Pero el militar ya se había endurecido en su deber, pensando en el transporte de tropas, sobre el cual, algunos subían pacíficamente; otros se resistían y eran acribillados, según las órdenes. Estaban también los astutos, que subían sin queja y, en un descuido, saltaban por las ventanas para esconderse, un acto inútil que siempre terminaba ante un pelotón de fusilamiento.
—Muy bien, señora Magdalena, el convoy está a unos metros. Permítame ayudarla a subir.
De pronto, la anciana dio un suspiro lánguido y, poseída por la emoción, gritó:
—¡Niñooooooooooo, ahí estás, pequeño! —exclamó con desesperación.
El oficial giró la cabeza, sorprendido. El horizonte marino estaba vacío y silencioso; no había ningún perro. Decidió encarar a la anciana, pero antes de completar el giro, reconoció el chasquido metálico de un arma. Lo que encontró frente a su rostro, cuando concluyó el giro, fue a Doña Magdalena apuntándole con un fusil letal. Recordó a su hijo una vez más, cuando también se hizo militar y se marchó a una misión espacial para nunca más volver. Aquella despedida le parecía tan letal como el rayo fulminante, que le partía ahora el cráneo, manchando de sangre el camino que custodiaba, entre la vida y la nada, entre la razón de una orden y la emoción de saber que estaba expiando sus pecados.
***
Doña Magdalena, se quebró en un largo llanto, cubrió levemente el cuerpo del oficial con un poco de arena y escondió el arma bajo su regazo. Era la primera vez que asesinaba y nunca más pensaba hacerlo, camino con cierto desaire hacia el acantilado que daba a la playa. Sus manos estaban manchadas de sangre, aún había rastros de ceniza multicolor en el aire. El olor a muerte aún seguía omnipresente pero cada vez que descendía, el fragor potente de las olas disipaba cualquier sensación de muerte.
Al llegar al acantilado, vio las olas transparentes reventar contra las rocas y a Niño jugando frente al mar. Bajó con cuidado, pues sus piernas estaban débiles. Al llegar a la orilla, gritó con emoción, pero con nostalgia: "¡Niño, Niño!", y deseó abrazarlo. Pero entonces escuchó una sirena policial y vio cómo las piedras de la cuenca se iluminaban de rojo y azul. Se detuvo y se cubrió con su capa térmica entre algunos escombros de basura que por ahí había.
El sonido se disipó. Se levantó y corrió libremente hacia Niño, que también corría hacia ella, exaltado de felicidad. El perro le lamió el rostro muchas veces, saltó a su alrededor y ladró, hinchando el corazón de Doña Magdalena.
—Vámonos, Niño, tenemos que ocultarnos.
Le puso la correa y una capa similar a la suya, y caminó hasta una roca inmensa que los ocultaba con su sombra.
A lo lejos, los megáfonos gritaron: "Tormenta solar. Tormenta solar". Vio su reloj y supo que no tenía tiempo para llegar a la cima, por lo que decidió esperar la muerte frente al mar.
Los megáfonos se hicieron más ruidosos, las alarmas sonaban despavoridas. Se oían gritos de desesperación a lo lejos, acompañados por el sonido de fusiles disparando en ráfagas. El caos parecía quemar más que la tormenta. Abrazó a su mascota con fuerza y percibió un breve silencio que le hizo imaginar su muerte. Alzó la mirada y vio unos aviones inmensos sobrevolando el océano en dirección hacia los refugios. Las naves contaminaban el silencio con su estruendo. Sintió miedo, se cubrió con la capa de plástico y, con monstruosa sorpresa, vio que no había ninguna tormenta solar sobre la ciudad, no había brasas ardientes, eran los grandes aviones arrojando gases multicolores desde el vientre, seguidas por llamaradas que calcinaban todo bajo a ellos. El refugio en la cima término derretido por uno de los aviones, que llevaba un símbolo de una flama, similar al del uniforme del oficial. Sobre la nave, unas letras enormes pintadas en rojo decían: "Fire Destruction".
El mundo que ella conocía se había deshecho y ella desmayó junto a su perro. Despertó al día siguiente con mucha desolación, después de la masacre, se puso de pie y dio grandes pasos para salir de la playa. Caminaba agobiada y dubitativa cuesta arriba, hacia su casa. El tormento del día anterior la quemaba. No sabía si lo que había presenciado fue real o imaginario. Las calles estaban vacías, sin un alma en pena, al igual que el cuartel. El ambiente aún olía a cenizas, pero sus manos y su mascota olían a mar. Entró en su casa con el pequeño Niño, que mantenía su inocencia intacta a pesar de tener rastros de ceniza en el lomo. Encendió la televisión y vio el canal estelar, que transmitía desde el espacio.
Un locutor anunciaba que la Tierra había sido oficialmente despoblada y que podía iniciarse la colonización de otros planetas más allá de la vía láctea. La última imagen que vio fue la de edificios demolidos por el fuego y decidió apagar la Televisión. En el horizonte, sobre una pradera gris, empezaban a florecer algunas plantas silvestres. Se asomó por la ventana y vio que el letrero de su negocio aún yacía esplendoroso en medio de la decadencia del fuego que pasó ayer. "Panadería Doña Magdalena del Mar", se leía con decoro, junto al icono de una panadera y un perrito blanco con gorros de panadero.





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