Hueco erótico (4)
- pedrocasusol
- 19 sept 2025
- 7 min de lectura
Escribe: David Vidal
Con la llegada de los españoles no solo arribaron sus caballos, ratas, pulgas y enfermedades, sino también su cosmovisión y, por supuesto, sus prejuicios. Y ellos no solo barrieron con poblaciones enteras, sino también con sus rituales, su arte, y sus costumbres.
Ejércitos de barbudos malolientes saquearon templos en busca de oro, pero no solo fue este valioso metal lo que encontraron. También hallaron piezas de cerámica, representaciones de la vida de nuestros antepasados, sus creencias, sus dioses, su intimidad. Destruyeron innumerables huacos, imágenes, figuras, todo aquello que no fuera permitido por la moral cristiana. Huaco tras huaco, fueron convertidos en guiñapos de barro. Entre los restos aparecieron penes, senos, torsos desnudos, traseros penetrados, rostros satisfechos, escenas que, incluso ahora, ruborizarían a más de uno. Los españoles se escandalizaron inclusive más al encontrar representaciones explícitas de sexo homosexual, con imágenes de hombres compenetrados en diversas posiciones, entregándose al placer. Malditos herejes, dijeron; se merecen la extirpación de idolatrías, dijeron.
Pero allí están los huacos, los pocos que quedaron. Ahora los exhiben con orgullo, ante la mirada sorpresiva de muchos. Esas figuras nos recuerdan que de allí venimos, que de allí somos y que, tal vez, algunos allí volveremos.
Y es que siempre es más fácil apreciar lo hermoso cuando ya fue sacrificado.
Tal vez esto mismo le pasó a Abraham Valdelomar. Luego de tremenda caída, su leyenda vive más que nunca, ya no opacado, sino abrillantado por un hálito homoerótico que lo hace refulgir aún más.
Con César Moro, que no brilló tanto, pero que, de alguna manera, todavía brilla.
Con Oswaldo Reynoso, que no brilló tanto porque no quiso, pero que, en ccontra de sus deseos, ahora brilla más que nunca.
¿Seremos eso, al fin y al cabo?¿Huacos eróticos a la espera de ser desenterrados? ¿Descubiertos?¿Abrillantados?¿Te aceptarías si descubres que eres un huaco erótico? Y, peor aún, ¿te aceptarían los demás?
*
Otra vez frente al maldito cursor parpadeante. Siento que me guiña el ojo, orgulloso de no moverse, feliz por continuar estático hasta que me decida a comenzar. Tenía que pensar en un conflicto, un choque de aspiraciones. Algo, una pelea, ¿pero de qué? ¿Qué peleas había visto en mi corta vida? Peleas de padres. No, no me gusta escribir de ello. Guerra…tampoco. El tiempo se me iba y el cursor seguía sin avanzar. Piensa, ¿con qué te familiarizas? Allí, en el silencio nocturno, solo una cosa se escuchaba aparte del jadeo de Bob: mis latidos. ¿Este corazón alguna vez estuvo enamorado? Sí, la respuesta era un sí rotundo. ¿Fue correspondido? No, por supuesto que no. Un conflicto de amor, de eso podrías escribir. De un amor no correspondido. ¡Qué cliché! Pero bueno, es lo que hay.
Ya tenía el conflicto principal, sabía que dentro del relato tenía que aparecer una puerta entreabierta (o entrecerrada). Y un final sorpresivo, un relato subrepticio que tenía que salir a refulgir al final, como decía Piglia.
Pensé y pensé. Estuve sentado buen rato frente al computador, ordenando mis ideas, con esa imagen en mente, con el conflicto escindido por sobre todas las cosas. Poco a poco fluyó la escena. No fue inspiración, lo describiría como un parto de ideas articuladas en torno a un conflicto principal. Y tuve que escribirlas antes de que el olvido hiciera su diligente trabajo.
Me imaginé a dos amigos, dos ancianos, uno en cama. Un hospital, de paredes blancas, ambiente estéril, y una puerta entreabierta. Uno ingresa a la habitación y ambos se miran, como viejos conocidos. El amigo no sabe que vino a despedirse. El enfermo sí, lo intuye. El amigo le habla como siempre. El enfermo lo mira y lo remira. Le dice al amigo que cuide del perro, que es lo que más le dolerá dejar. El amigo lo mira con sorpresa, le dice que todavía le queda tiempo, que no sea tan pesimista. El enfermo lo mira una vez más, por dentro desea estar borracho, desea tener la boca floja para ser sincero. Toma aire, sus ojos empiezan a inundarse. Comienza, pero se detiene. Llegó la esposa del amigo. Se saludan, ella lo mira con pena, con ternura, lo abraza. El enfermo siente su perfume. Tiene envidia de ese olor, ya quisiera él oler tan bien. Se miran los tres y se despiden. El amigo le dice que volverá, el enfermo sabe que no será así. Pasan los días, el enfermo fallece. Pasan las semanas y un mensajero llega a la casa del amigo. El notificador reconoce al perro. El amigo lo recibe y el notificador le entrega una carta. Le solicita que la lea mientras se encuentra presente. El amigo lo hace. El amigo resuella, abre los ojos, se sorprende. Le dice que es un error, que él no puede ser el heredero de sus bienes, que el fallecido le había dicho que un amor del pasado, el amor de su vida, era la heredera. El mensajero sonríe y le dice que así era, pero que no había error alguno. El amigo, sorprendido, se queda con la carta entre sus dedos. Y en ese silencio solo se podía oír el jadeo del perro, y el profundo retumbar de un corazón sorprendido. Fin.
Ya tenía un párrafo armado. Tenía la historia completa: el inicio, nudo y desenlace. El mapa de mi cuento. Pero faltaba lo más engorroso: desarrollarlo. Miré mi reloj: 3 de la mañana. Recordé que tenía que trabajar y que todavía era mitad de semana. Suspiré. “Tienes hasta las 7 pm de hoy”, recordé. “Sí la hago”, me dije.
Cerré los ojos por unos momentos.
La realidad me golpeó con la alarma a las seis de la mañana. Todavía tenía que pasear a Bob, alistarme e ir al trabajo. Y, por si fuera poco, terminar el reto.
¿Quién carajos tiene tiempo para todo eso?
Los escritores, pensé. Y lo peor es que ni nos pagan por esto. Al contrario, a veces somos nosotros los que pagamos.
*
—Es que a mi parecer Bayly no es un buen escritor, si no fuera por su apellido y sus chismes nadie lo tomaría en serio—dijo Jonás.
— A mi los últimos días de la prensa me parece genial. Bien narrada. Entretenidísimo la manera en que Bayly cuenta como un diario legendario se destruye desde dentro. Así nomás es difícil convertir algo histórico en cómico…
— La comedia es tragedia más tiempo. Aparte, ¿leíste no se lo digas a nadie? Esa mierda es un montón de páginas repletas de insufribles diálogos. Parece un guion infumable.
— Pero es la primera novela de trama gay relevante que vio el Perú. Fue un hito, en especial que lo escribiera el conductor favorito de las señitos, el yerno perfecto.
—Ya, ya, eso sí. Pero es una mierda de novela. Sus diálogos son basura pura, solo es una recopilación de anécdotas. Solo resaltó porque trató el tema gay, nada más. La prosa de ese libro es hasta el culo.
—Esa revelación requería huevos. Ese libro literal destila fuego.
—¿Fuego? ¿Esa huevada? Nada que ver. Chispitas mariposa, a lo mucho.
Ambos reímos.
—Pero, dejándonos de mariconadas, ser gay no es nada por lo que estar orgulloso. ¿Qué orgullo tiene dejar que te la metan por detrás?—dijo Jonás.
—Bueno, ¿a ver cáchate un pata?
Jonás se quedó callado Me miró, con cierta sospecha.
—¿No te entiendo, huevón?
—Es que cacharse una flaca, cualquiera, pues. Pero a ver, ¿cáchate un pata? ¿Difícil no? Nada más macho que cacharte a un pata.
Nos quedamos viéndonos en silencio.
Finalmente, Jonás sonrió.
—Me asustas, huevón. Pero sí, es cierto, para cachar a un pata debes de tenerlas de acero. Tan macho no soy, entonces.
Reímos.
—Pero cabro tampoco. Por eso evito ir al valetodo, puro marica hay por allá—remató Jonás.
Ambos volvimos a reír.
Pero por dentro, yo sufría.
Y más adentro me preguntaba: ¿no aprendiste nada acerca del orgullo con los huevos de tu perro?
*
Llegué al trabajo, tarde, como siempre. Me senté donde siempre. Y cabizbajo, como siempre.
Me puse mis audífonos. No quería que nadie me molestara, hoy no. Hoy tenía que cumplir con el reto del cuento. Quería gritarles a todos que tenía un reto pendiente, el más importante de mi semana, pero nadie lo entendería. Miré a mi alrededor, buscando miradas de interés, ojos similares a los míos, pero no. Todos estaban en sus pendientes, en sus problemas. Quise poner música, pero no pude encontrar el playlist que compaginara con el ritmo de mis latidos. Preferí escuchar el ambiente. Escuchar los teclados ajenos, ese sonido, esa cadencia regular y aburrida. Escribían, si, ¿pero qué? Probablemente correos, listas de compra, cotizaciones, informes. ¿Pero cuentos? No, nadie perdía el tiempo en eso. Nadie te paga por escribir bien, todo lo contrario. Te remuneran por ser lo más directo posible. Si escribes un correo largo, nadie lo lee. Solo te piden una cosa: ser conciso. Breve. Sucinto. No pensar, solo dar información. Solo eso. Ser el mensajero entre los datos y los jefes. Miré mi identificación, Esteban Flores, decía. Me recordé nuevamente de quién era. No tenía de otra, también tenía que teclear correos, cotizaciones, informes. No tenía que pensar si no quería. Pero quería. Un cuento podía colarse entre estos informes insulsos, entre las anodinas cotizaciones e inflexibles listas. El cuento del segundo reto.
Ya tenía la escaleta. El inicio, nudo, y desenlace. Tenía mi norte: el conflicto y la trama. Y también mi sur: los informes, las listas y los correos. Solo me faltaba escribir, parir el cuento. Me quedé pensando. ¿Quizás en primera persona? ¿Tal vez en tercera? Qué difícil. Mi texto fallido había sido en primera persona, recordé. Mejor en tercera, entonces, me dije. Pero aguanta, nada de palabras alambicadas que le bajen el ritmo, ni que coloquen paños fríos a la tensión.
La historia la dividí en dos párrafos, y cada uno de ellos se convirtió en una escena y, por ende, en cada uno de los dos cuerpos del cuento. Comencé por el primero. He de admitir que fue más sencillo de lo que pensé. Tenía el cuento en la cabeza, un mapa mental del que guiarme. Si me perdía en el camino solo tenía que leer mis párrafos. Podría ver con antelación si un dato pertenecía o no a la historia que estaba pariendo. El cuento fluyó y antes del almuerzo ya tenía la primera escena terminada.
No podía salir del estado de trance, así que opté por continuar, por omitir el almuerzo. No bajé a comer, aunque daba igual. Al final nadie se dio cuenta.
Antes de las tres de la tarde ya tenía mi cuento terminado. No podía esperar más, le dí una última revisada, todo bien, todo conforme. Tuve un poco de miedo antes de enviarlo. En cierta manera, este cuento era una salida del clóset. Miré a mi alrededor, a nadie le importaba, ¿por qué habría de importarme a mí? Cerré los ojos y lo envíe, flanqueado por un coro soporífero de teclados. Todos cantaban la misma melodía. Todos, menos el mío, que desentonaba. Pero no por ello era malo. Perjudicial para la empresa, sí. Pero no para mí. Escribir es más satisfactorio cuando lo haces a escondidas.
Y es que hacer lo prohibido siempre es un acto de rebeldía.
Pero rebelde no soy.
A lo mucho, un pobre y desconocido huaco erótico.





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