Humbertito está muerto
- pedrocasusol
- 25 jul 2025
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Escribe: Brandon Aguilar
El entierro fue brutal. La señora Rocío se aferró al ataúd con tanta fuerza que parecía haberse fundido con él; sus lágrimas, de un color ocre extraño, caían como si brotaran de un manantial reseco, y su grito desgarraba los tímpanos de cualquiera que se acercara a darle el pésame. Casi todo el barrio asistió, vecinos mayores del barrio, un exprofesor que lo conoció bien y el cura encargado de darle la santa sepultura.
Humbertito fue mi conocido de toda la vida. Nos criamos juntos y compartimos los primeros años de colegio, hasta primero de secundaria, cuando lo separaron por seguridad, tanto suya como nuestra. No era violento, pero solía tener episodios de ansiedad en los que lanzaba objetos contundentes sin previo aviso. Aun así, tenerlo cerca era una experiencia peculiar, casi siempre graciosa. Recuerdo una vez que, jugando fútbol, atajó un balonazo con la cara. El esférico cayó a sus pies, y pateó tan torcido que el balón fue a parar al volante izquierdo, quien definió con maestría.
—¡Gooooool de cacharro! —gritaron todos.
Y Humbertito saltaba de alegría, mientras la sangre chorreaba por su nariz producto del balonazo.
Sin querer, aquel recuerdo me arrancó una risa. Todos me miraron sorprendidos. Intenté disculparme, pero el profesor Palma se adelantó:
—Bueno, creo que todos tenemos un recuerdo gracioso de nuestro amiguito Humbertito —dijo con solemnidad.
Las cabezas asintieron lentamente, y de pronto los murmullos comenzaron a brotar. Los ancianos recordaban cómo Humbertito se metía a las tiendas para robar panes, caramelos o frutas. Creía que nadie lo veía, pero sus “robos” quedaban grabados en las cámaras de seguridad. Era tan torpe que a veces confundía tomates con rocotos, o se llevaba botellas vacías de gaseosa pensando que estaban llenas.
El profesor recordó entre risas cómo una vez, durante el recreo, Humbertito tomó su billetera y donó 500 soles a una streamer, convencido de que así ella se enamoraría de él. Las carcajadas se expandieron, incluso la señora Rocío empezó a secarse las lágrimas, como si en esos recuerdos encontrara algo que le aliviara el alma.
—¿Se acuerdan cuando iba a misa y se sentaba al fondo? —preguntó el cura, con una sonrisa entre pícara y nostálgica—. Usaba una capucha doble XL, tan grande que le cubría casi todo. Pensaba que nadie lo notaba, pero era evidente que se estaba masturbando durante la homilía. Ni qué decir de los disparates que soltaba en confesión...
Otra ronda de risas estalló. Y fue entonces que, casi como un acto espontáneo, todos comenzaron a aplaudir. Aplaudimos por Humbertito, ese personaje irrepetible del barrio, que nos dejó una colección de anécdotas absurdas, tiernas y vergonzosas. Su ausencia se notaría. Y, sin duda, lo extrañaríamos más de lo que imaginábamos.
Los meses pasaron, y la ausencia de Humbertito se sentía en cada rincón. Ya no había quien nos sacara una sonrisa con alguna barbaridad, ni quién robara tomates por error. El barrio se volvió más apagado. Muchos envejecieron sin darse cuenta. Por las noches, a veces, alguien mencionaba alguna de sus locuras: que se escapaba de casa con la ropa de su madre y se ponía a bailar en las esquinas para pedir limosna; o que intentaba besar a los vecinos, aunque casi siempre lo alejaban con un empujón o, directamente, con un puñetazo. Las risas duraban poco. Luego llegaba el silencio, y con él la certeza: Humbertito está muerto.
Pero no todos estaban tristes. La señora Rocío, su madre, parecía otra mujer. Rejuvenecida. Se la veía cantar por los mercados, sonriente, ligera. Antes, cuando andaba con su hijo, parecía siempre agotada, vencida por el tiempo. Incluso olía mal… o tal vez era Humbertito. No lo sabíamos. Pero ahora era distinta.
La curiosidad me venció. Me acerqué a ella un día, mientras compraba en el mercado.
—Dieguito querido, buenas tardes. Acá haciendo las compras para preparar un rico almuerzo —me dijo con una sonrisa radiante.
—¿Cómo que un almuerzo? —le solté sin filtro—. Todos estamos tristes por la muerte de su hijo, y usted, que debería estar llorando, anda cantando.
Ella me miró largo rato, y su expresión cambió por completo.
—¿Perdón? Óyeme, Diego —dijo con una firmeza que no le conocía—. Ustedes no extrañan a mi hijo. Lo que quieren es otro payaso, otro bufón para entretenerse. ¿Quieres que te diga la verdad? Humbertito está muerto y soy feliz.
Sentí un frío en la espalda. Pero ella continuó, con una rabia contenida que se había fermentado por años.
—Toda mi vida viví esclavizada a ese condenado chamaco. Mientras ustedes se cagaban de risa, yo limpiaba, pagaba, curaba y cubría todo su desastre. Mi hijo era un enfermo mental, y ustedes lo tenían como su payaso.
Tomó aire, como si lo que venía fuera peor.
—¿Saben de qué murió? De sida. Contagiado en una de esas noches en que iba a ese cochino bar… o quizás en misa, cuando se quedaba a solas con el cura… o tal vez en los “castigos” del profesor. Mi hijo se fue, Diego. Y yo ahora puedo limpiar mi casa, puedo respirar. ¡Puedo vivir! Así que déjenme en paz.
Me miró con desprecio y se alejó.
—¡Asquerosos! —lanzó por encima del hombro.
Me quedé inmóvil. Por primera vez, la historia de Humbertito no daba risa. Pensé en todo. En él. En su madre. En nosotros. En mí.
Sin decir nada más, caminé en silencio. Crucé el parque, pasé frente a la tienda donde Humbertito confundía los rocotos con manzanas, y llegué al paradero. Subí al primer bus que pasó.
Me fui al hospital.
Tenía que hacerme un chequeo.
Por si acaso.





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