Incendio social
- pedrocasusol
- 9 sept 2025
- 12 min de lectura
Escribe: Gabriel Granda
Tres días antes de la boda, un pequeño orzuelo había hecho erupción en el párpado derecho de Lucrecia. Aquel forúnculo se había instalado en la orilla de su mirada, donde sus pestañas se doblaban como olas embravecidas dispuestas a defenderse del mundo que la rodeaba. Frente al espejo con un marco de diamantes, ella juzgó su reflejo y busco un alfiler oculto en alguno de los muebles blancos del tocador. Una vez que estuvo provista de aquel estilete, encendió una de las velas aromáticas que reposaban junto al jacuzzi, calentó la punta del alfiler hasta que tomará un color ardiente y pinchó aquel pequeño trozo de carne. Sus labios expresaron dolor y un susurro inconsciente, cargado de vergüenza, se le escapó:
«¿Por qué no pueden desaparecer estas malditas llagas, carajo?».
—¿Todo bien señora?
Ella escuchó un tímido alarido, que seguramente provenía de alguna de las empleadas, que limpiaban la casa y respondió con enojo:
—Todo bien. No pasa nada. Déjenme tranquila
Nadie respondió por temor y ella continuó con sus intentos de pinchar el orzuelo hasta desaparecerlo. Sin embargo, esto no dio resultado, pues el párpado herido, empezó a sacudir la tarde con pequeñas gotas de sangre que se deslizaban por la mejilla hasta manchar la blusa blanca que llevaba puesta.
Ella jadeo con enojo y sintió que la herida abierta, la transporto al pasado. Cuando hace muchos años, aun no tenía el prestigio de un apellido marital, y su cabello era negro y azabache, sin embargo, también solía pincharse los orzuelos que le aparecían desde la infancia, pero aquellas veces, era frente a un espejo mucho más modesto y condescendiente con su estilo de vida. En realidad, el espejo en sus múltiples formas, muchas veces actuaba como el confidente de su transformación, debido a que durante muchos años se cuestionaba y recriminaba, si su piel era blanca o mestiza.
—Es blanca se decía de manera obsesiva, y empolva su rostro con esmero, para no considerarse terrenal ni mestiza.
Por aquellos años, cuando aparecía el orzuelo, algo importante iba a ocurrir en su vida, pero ella nunca lo notaba pues se esmeraba en la mutilación instantánea o la lenta sanación por medio de ungüentos caseros a base de manzanilla o plantas silvestres que conoció, gracias a su abuela en la amazonia.
Pero a tres días de la boda de su hijo, cualquier artificio casero le parecía patético y no había tiempo para ello. Lucrecia, la matriarca del clan, no podía permitirse lucir impresentable, se decía mentalmente una y otra vez. La urgencia era inmediata, y esto la llevó a dirigirse a una clínica oftalmológica, en busca de un cicatrizante que detuviera la hemorragia, borrará cualquier marca sobre la piel y sobre todo disipará el dolor de la vergüenza que sentía venir. «No puedo, lucir así», se repetía como un mantra, mientras con un gesto imperioso le hacía señas a su chofer, que atendió con prontitud su llamado al salir del tocador con una lágrima de sangre, dejando atrás las herramientas de su crimen, inundadas con un aroma a cerezo provenientes de una de las velas aromáticas que encendió.
Al llegar a la clínica, descendió con cautela de su vehículo de color negro y ocultó sus ojos con unas enormes gafas oscuras de estilo francés, con un grabado dorado que parecía ser un emblema contra las miradas de los sucios mortales. Cruzó con ahínco el largo y frio pasadizo azul, ignorando a todo aquel que se cruzaba en su camino, incluyendo al guardia que la saludo con atención, al ver un vehículo poco común. En el mostrador de recepción, su voz se escuchó como un latigazo de autoridad. Exigió atención inmediata, y para subrayar la urgencia, deslizó sobre el mármol una tarjeta de crédito negra con letras troqueladas en un verde esmeralda que gritaba exclusividad. La recepcionista, intimidada por aquella aura de poder, la acompañó de inmediato, saltándose todos los protocolos, directamente al consultorio del oftalmólogo.
El médico, era un hombre de unos cincuenta años, con un aspecto elegante, que se le veía cansado, pero al ver a Lucrecia, sus ojos saltaron de emoción y la recibió de prisa, interrumpiendo la consulta que estaba a punto de iniciar. La invitó a sentarse con una amabilidad que a Lucrecia le parecía servil y, tras unas preguntas de rutina que ella respondió con monosílabos, guio su rostro hacia el techo para examinar la rebeldía del grano con una pequeña linterna LED.
—Lucrecia, esos lentes de contacto, ¿son necesarios? —preguntó el médico con un tono que pretendía ser neutral, pero no lo era, pues era condescendiente y gentil.
—¿Necesarios? —replicó ella, con una risa corta y sin alegría—. Javier, la única necesidad aquí es que me des lo que necesito para no parecer una pordiosera en la boda de mi hijo. La gente, ¿sabe?, espera de mí una cierta imagen.
—Comprendo. Y para ayudarte, te recetaré unas gotas. Pero a cambio, debes prometerme algo.
—No estoy aquí para negociar ni para hacer viejas promesas. Dime el precio de la solución y terminemos con esta farsa de una vez. — Sonrió malvadamente mostrando sus carillas de porcelana.
—Debes abstenerte de beber alcohol durante la boda.
—¿Estás bromeando? —Su voz subió unos decibeles hacia la agresividad—. ¿Ni un sorbo del mejor champán que traje desde Europa, para brindar por mi único hijo? Eso suena... innecesariamente cruel, no te parece.
—Y nada de chocolate por quince días. Es por tu bien. Espero que sigas mis indicaciones al pie de la letra.
—No te preocupes por mi bienestar, te lo vengo repitiendo hace años. En dos semanas, estaré en una clínica de Boston, donde los médicos entienden que sus pacientes no son niños desobedientes. Esta consulta es, digamos, un capricho temporal, una solución de emergencia, como bien sabes. Se exijo una solución oportuna, pero la necesito para ayer.
El doctor, resignado, concluyó su examinación. Se giró hacia la computadora y, tras teclear unas líneas, imprimió una receta. Con un bolígrafo rojo, subrayó una frase que parecía una sentencia: “Posible aumento de dolor, enrojecimiento, visión borrosa, dolor de cabeza, delirio quimérico”. Marcó con un aspa enérgica los recuadros de Taquimetría Corneal y Hemograma. Su mano flotó un instante sobre la casilla de Evaluación Psicológica, pero la mirada violenta de Lucrecia y un recuerdo introspectivo sobre aquella mirada, lo detuvieron.
—Bien. Te veré el lunes para un pequeño control. Musitó él
—¿Y los lentes de contacto? ¿Qué hay de ellos? Javier
—Deberás olvidarte de ellos. Por lo menos, durante los próximos seis meses. Lucrecia
********
—Doctor, creo que no me ha entendido. Necesito una solución, no un problema más. Póngame un antibiótico, el más fuerte que tenga.
—Lucrecia, no voy a recetar algo que no es médicamente necesario en este momento. Debemos...
—¡Se lo exijo! —interrumpió, golpeando la mesa con la palma de la mano. El sonido fue cruel e intransigente—. ¿O es que acaso cree que su sueldo vale más que mi dinero? ¡Haga lo que le pido!
Él cruzó las manos sobre la mesa, observándola como si fuera un espécimen peligroso bajo el microscopio. Dejó escapar un suspiro profundo. Taconeó la mesa con los dedos, con un ritmo nervioso y contenido. Finalmente, se giró de nuevo hacia el teclado y escribió: “Lavado de ojos medicado”. Luego, entonó en un vocablo absolutamente médico algunas palabras que solo él entendía, y continuó con un ademán de suficiencia: «Use gafas oscuras el día de la boda y los lentes de contacto solo durante cuatro horas, como máximo. Pero recuerde que debe ser evaluada nuevamente el lunes. Es prudente».
Ella le arrebató la receta de las manos. La observó con desdén, se levantó del asiento con un movimiento brusco, agradeció vagamente, como quien espanta a una mosca, se colocó sus gafas y unos guantes de cuero negro que parecían una segunda piel, y cerró abruptamente la puerta del consultorio, dejando tras de sí una estela de palabrotas que solo el doctor pudo escuchar.
Una vez que la puerta se cerró, el silencio del consultorio se vio interrumpido solo por la presencia del doctor, quien apretó la mandíbula, frotó el lóbulo de su oreja con fuerza, hasta dejarla enrojecida, y se dirigió a su escritorio, a extraer de uno de los cajones que tenía bajo llave, un frasco con pequeñas píldoras psiquiátricas. Tomó un vaso vacío, lo llenó de agua del dispensador, casi hasta el filo, y bebió con desesperación, como si con cada sorbo intentara ahogar a la bestia rabiosa que se retorcía dentro de su cuerpo. Cogió su celular y escribió un mensaje a la enfermera de recepción: Asegúrate que paguen hoy mismo, y crujió ligeramente el cuello.
Afuera, en el pasillo, una enfermera recepcionó la orden médica. La chequeó con parsimonia, dispuesta a pronunciar el primer apellido de Lucrecia, pero en menos de tres segundos, fue interrumpida con un gesto enérgico de la mano izquierda de Lucrecia, forrada por el guante de cuero negro, que silenció su voz.
—¡Mi apellido de casada, use mi apellido de casada, gracias!
La enfermera, una joven de silueta delgada y rostro impasible, levantó la vista de sus papeles y respondió con una voz natural y taciturna, sin el menor atisbo de la deferencia que Lucrecia esperaba:
—Señora, por favor, pase a la sala de espera para los procedimientos respectivos. El doctor la verá en un momento.
El cambio de tratamiento civil, de una simple "señora", la disgustó profundamente. La joven enfermera, con su uniforme impecable y su actitud normal, representaba todo lo que Lucrecia despreciaba: la falta de diferenciación, la mediocridad de la multitud.
—¿Acaso no me ha oído? —señaló Lucrecia, acercándose a la enfermera, invadiendo su espacio personal—. Le pedí que use mi apellido —exclamó, crujiendo los dientes y tensando la mirada con una furia asesina.
La enfermera levantó la vista, y una chispa brilló en sus ojos con una mezcla de fastidio.
—Por favor, espere dentro, señora Lucrecia —e intentó pronunciar el apellido extraño, pero al parecer no lo pronunció bien. El pasillo se cargó de una tensión asfixiante que provenía de los gestos de Lucrecia, y todos los que observaron la escena miraron con extrañeza.
Lucrecia ingresó a la sala de espera ahora con una herida mucho más profunda, quizás como una corona a la que le arrebataron sus zafiros. Mientras esperaba, con la rabia burbujeando en su interior y hastiada de no oír cómo todo el mundo ensalzaba su garbo y elegancia, extrajo su smartphone del abrigo y disipó un poco la mirada sobre las redes sociales. Se detuvo en una foto de su cuñada Mily, sonriendo forzadamente en un evento de caridad. Lucrecia siempre había pensado que la sonrisa de Mily no llegaba a sus ojos, como si ocultara una procesión de demonios tras una fachada de respetabilidad. Recordó entonces los rumores, las habladurías de hacía unos años, cuando Mily estuvo enferma. Se decía que Joseph, su hermano, había buscado consuelo en otros brazos. Un chisme venenoso que Lucrecia había descartado en su momento como una vulgaridad Distraídamente, siguió navegando hasta dar con el perfil de su sobrino Francis. Vio una foto reciente, en Río Branco, sonriendo junto a una mujer de piel canela y cabello oscuro, como el que ella tenía hace muchos años. La belleza exótica de la mujer, innegablemente peruana con un aire a costa, sierra y selva, la deslumbró por un instante.
—Regia la chola —murmuró para sí misma, con un veneno que chorreaba en cada sílaba—. Pero esa cara... —se dijo. Había algo en la forma de sus pómulos, en la curva de su sonrisa, que le resultaba extrañamente familiar. Enseguida, escuchó el llamado de la enfermera, que sintió como desleal y poco profesional.
—Señora Lucrecia.
—Gracias —replicó, e ingresó con los hombros alzados a una habitación de color hueso que daba hacia un jardín con gladiolos.
—Haremos esto muy breve, por favor acuéstese sobre la camilla —señaló el médico, que aún estaba algo fastidiado. Ella se recostó con prontitud, guardó sus gafas y pensó brevemente en la boda.
—Cierre los ojos, este pequeño pinchazo de anestesia, dolerá un poco.
Ella no respondió, solo cerró los ojos y cuando sintió el pinchazo de la aguja, recordó a su abuela que le curaba los orzuelos con alguna larva que encontraban cerca de las plantas de palmito en los inmensos cultivos amazónicos que veía en su niñez. Intentó no recordar eso, por el contrario, empezó a cantar mentalmente alguna canción de Madonna.
When you call my name, it's like a little prayer, I'm down on my knees, I wanna take you there...
Pero, oh, sorpresa, cuando el cántico mental de la reina del pop, llegó a la frase:
I hear your voice, It's like an angel sighin'
Pensó nuevamente en su abuela, que le ponía aquellas larvas sobre los ojos, mientras cantaba con energía algún cántico shipibo. Nunca entendió el significado de esos cantos, solo recordó que cuando le preguntó una vez a su madre el significado de aquel canto, la madre le respondió que ello se cantaba cuando los niños no bautizados habían visto a algún duende de cabellera rubia y larga, desnudo y como sello de ello, dejaba puntos cárnicos en sus jóvenes ninfas.
«Huevadas», se dijo, «Huevadas y mil huevadas», y continuó cantando mentalmente, Like a Virgin de Madonna. En esencia, aquella canción le recordaba a su esposo de ascendencia italiana, el día que lo conoció en una discoteca de Miraflowers. Era como un pélida de la amazonia, con una cabellera rubia y densa, vestía una casaca de cuero, a la cual llamaba la parka negra de la muerte, al ser un rock star de una banda nacional que nunca llegó a cruzar las fronteras . Empezó a sentirse más cómoda con sus pensamientos, pero fue interrumpida por el doctor.
—Hemos terminado, Lucrecia
—Ok, genial.
—Muy bien, solo una pequeña pomada cada seis horas y estará lista para la boda.
—¿Y los lentes de contacto?
—Trate de usarlos durante, solo cuatro a cinco horas, luego reposa por favor, no te hagas más daño. Puedes levantarte.
—Mis asuntos, no son de su incumbencia.
—Como digas, aquí la receta con la pomada, te acompaño a la puerta Lucrecia.
—Gracias, Ulises. — Por dentro su corazón aun sangraba, pero su sonrisa era irónica, pues no tenía otra cosa que hacer en ese lugar.
De vuelta a casa, volvió a ver su smartphone y dio nuevamente con la foto de su sobrino en Río Branco, junto a la mujer de piel canela, "regia y chola". La imagen la seguía perturbando. No era solo la familiaridad de sus rasgos. Era algo más. Una intuición, una punzada en el estómago que no podía ignorar. Recordó una tarde de hacía siete años, poco después del funeral que alejó a Francis del círculo familiar. Había ido a visitar a Joseph y lo encontró extrañamente taciturno, con la mirada perdida y un vaso de whisky en la mano. Mily no estaba. Cuando le preguntó por ella, Joseph respondió con evasivas, hablando de un viaje imprevisto, de un retiro espiritual en la selva. Lucrecia no le creyó, pero no insistió. Ahora, uniendo las piezas, una hipótesis monstruosa comenzaba a tomar forma en su mente. «¿Se parece a ella?», El pensamiento la persiguió durante esos días, como un zumbido molesto bajo el estruendo de los preparativos de la boda. El ruido se detuvo cuando vio a su sobrino Francis ingresar por el arco de invitados, con un porte elegante como el de un chalán del norte que danza la “Concheperla” montado en su caballo de paso, pero la mujer a su lado, era la que había colonizado sus pensamientos por esos días. Se movía con una gracia de pasarela, envuelta en un vestido, tan hipnótico y profundo como las aguas azules de la Amazonia que Francis y ella, admiraban con religiosidad en su niñez. El corte se ceñía a su cuerpo como una segunda piel que parecía respirar con ella, naturalizando sus pronunciadas caderas, y por un instante, Lucrecia sintió una punzada de envidia. Entonces, sus ojos se desviaron hacia su hermano Joseph. No estaba simplemente petrificado; era una estatua, con la mandíbula apretada y un apetito sexual tan descarado y primitivo como el de un hombre del paleolítico, que se le heló la sangre. Vio nuevamente la forma en la que Joseph la miraba, y se entumecía, mientras Mily, su cuñada, sonreía con los labios pálidos y la mirada gentil. «Es ella», la certeza la golpeó con la fuerza de una revelación. Ya no había duda. La mujer del brazo de su sobrino era la amante de su hermano. Y como si pudiera sentir el peso de una revelación evangélica, comenzó a avanzar hacia ellos con una energía genuina, tanteando que quizás una guerra social, podría arruinar el festín. Podía escuchar el redoble de tambores en la sangre y con los marcados pasos que daba primero sobre el césped y luego sobre la pista de baile, esquivando algunos saludos, sonreía ferozmente, en dirección a su sobrino Francis para saludar a quien parecía, la ex amante de su hermano Joseph, cuando su cuñada Mily luchaba no solo contra un cáncer que carcomía su pecho izquierdo, sino también contra sus propios demonios que alimentaban su paranoia hace no más de siete años, antes del desborde de un río del Amazonas que terminó, alejando con un funeral a Francis del círculo familiar que intimaba tímidamente desde pequeño.
Lucrecia se acercó a la pareja con una calma que era más aterradora que cualquier grito. Ignoró ligeramente a su sobrino después de saludarlo y se dirigió directamente a la mujer.
—¿Tú y yo no nos conocemos de ningún sitio? —preguntó, con una falsa inocencia—. Tu cara me suena... Ah, ya sé. Eres la chica de la foto. La que estaba con mi sobrino en Río Branco. Una foto preciosa, por cierto. Muy... exótica. Que regia. La observo de pies a cabeza, sin que nadie lo notará, sonrió con maldad, y continuó.
—Que hermoso tu vestido, pasen bienvenidos, por acá hay una mesa para ustedes.
Dejó a la pareja en la mesa, girando ligeramente el cuello, sintiendo el peso de la mirada de Joseph desde la barra, donde ya se estaba sirviendo otro vaso de whisky.
De pronto un filo de aire, choco contra su espalda y vio a otra de sus sobrinas ingresar por el arco de recepción, que vestía un abrigo negro y la maldijo
No puede ser, ella está aquí, le pedí a ese par de idiotas que no la inviten. Sabía que las pequeñas llamaradas dispersas se habían juntado en medio de las nupcias de su hijo y que ella solo podía luchar contra dos o tres fuegos, y esto ya no era solo una pequeña fogata. Sino un incendio, que se podía encender con el menor descuido.





Comentarios