La asistenta
- pedrocasusol
- 26 ago 2024
- 9 min de lectura
Escribe: David Vidal
Viernes por la tarde. Pero no una tarde cualquiera. Al menos no para Carlos, un gerente de casi 50 años. Ese viernes salía temprano del trabajo, iba por la Javier Prado, siempre atestada de vehículos. Como todos los días, iba en su scooter eléctrico, premunido con un casco ante cualquier accidente. Iba como siempre, pegado a la derecha, surcando entre carros, peatones, motos y bicicletas. Los sonidos de las bocinas parecían no alterarlo, pues iba con un par de earpods recién comprados. Al ritmo de Queen y con las letras de We are the champions esperaba a que cambiara el semáforo a verde para continuar su retorno hacia su departamento, ubicado en la mejor zona de San Isidro. Tres, dos, uno, verde, y comenzó a avanzar. En eso una sensación extraña invadió su ser. Se le crisparon los vellos, y su mirada volteó por inercia a la derecha. Un vehículo venía a toda velocidad a darle el encuentro. El conductor parecía no haberse dado cuenta de que el semáforo había cambiado. O tal vez iba tan acelerado que ignoró que un scooter eléctrico ya había avanzado. Daba igual, Carlos ya había salido volando hacia la acera. Se escuchó un golpe, un sonido hueco, un silencio, y algunos gritos. La última imagen que tuvo Carlos fue la de los faroles de ese vehículo que, cual ojos taurinos, lo miraron con ganas de embestirlo.
El ulular de la ambulancia fue lo que lo hizo despertar. Escuchaba voces desconocidas. Sentía que le palpaban la cabeza, el cuello, la muñeca. Los enfermeros se dieron cuenta de que empezaba a moverse. Le preguntaron por algún número de confianza, alguien a quien llamar en casos de emergencia. Carlos pidió su celular y, con los ojos cerrados, lo desbloqueó con el dedo pulgar. Les dijo que llamen a María Gonzáles, su esposa. Y luego perdió el conocimiento.
Ya en la clínica recuperó la consciencia. Al parecer todo iba bien, escuchaba, podía hablar, recordaba los nombres de su esposa, su equipo de trabajo, sus amigos. Pero por alguna extraña razón todavía no podía abrir los ojos. Pasaron algunas horas y el doctor que lo trataba vino a visitarlo.
-Buenas tardes, señor Carlos. Tengo noticias acerca de su caso- dijo el doctor.
-Gracias doctor. Espero ya poder abrir los ojos-respondió Carlos, algo ansioso.
-Señor Carlos, ¿por qué piensa que no puede abrir los ojos?
-Es que están vendados, ¿no?
-No, señor Carlos. Usted tiene vendajes, pero en la cabeza y en la frente. Sus ojos no están vendados.
-Entonces… ¿Por qué no puedo abrirlos?
-Señor Carlos, usted está con los ojos abiertos…
-¡¿Qué?!
-Usted está con los ojos abiertos, señor Carlos…
-¿Y cómo es posible entonces que no pueda ver?
-Eso es lo que vengo a explicarle-. El doctor suspiró mientras observaba que la consternación y algunas arrugas nuevas empezaban a formarse en el rostro de Carlos- Usted recibió un golpe en la cabeza que ocasionó un coágulo. Este fue tan profundo que ejerció presión sobre el nervio óptico y bloqueó la transmisión sanguínea y dañó este nervio- El doctor hizo un segundo silencio. Inconscientemente le generó más ansiedad al pobre Carlos.
-¡¿Y entonces?!- Inquirió Carlos.
-Lamento mucho decirle esto señor Carlos, pero usted quedó ciego producto del accidente.
Ambos se quedaron en silencio. Carlos, con la vista perdida, miraba el vinil sanitario que abrazaba las paredes del hospital, como si todavía pudiera ver. Parecía buscar pareidolias en ese patrón irregular de manchas, pero solo veía la oscuridad. Y empezó a llorar de impotencia. El doctor solo bajó la cabeza y lo escuchó sollozar.
Pasaron los días y Carlos fue dado de alta. Regresó a su departamento junto a su esposa, la señora María. Ella lo amaba. Él, no tanto. Hubiera preferido reposar en su trabajo a que en su departamento, pero para sus jefes y empleados ahora Carlos era un inútil. Una pieza dispensable. Y tan rápido como perdió la vista, perdió el trabajo también. Ahora estaba desempleado, con una esposa que no amaba y con cuentas por pagar. Vaya año de mierda, decía Carlos.
Su esposa era una señora casi diez años menor que él. Tenía un cargo intermedio en una empresa de telefonía móvil. No le iba mal, todo lo contrario. Para cualquier tercero ella era el estereotipo de mujer exitosa: casada, con trabajo y con dinero. Solo adolecía de una pequeña carencia de la que ella, en silencio, se quejaba. Una pieza faltante para completar su visión platónica de familia perfecta: hijos. O hijo. O hija. Cualquiera, con tal de que provenga de su vientre. Pero ese sueño le había sido inasible. Carlos y ella casi no tenían relaciones. Y las pocas veces que las tenían siempre eran interrumpidas por el cansancio de su esposo, o por llamadas nocturnas supuestamente laborales.
Dada la situación, con un cincuentón desempleado en casa y gastos que costear, María tomó una decisión. Optó por contratar a alguien por las tardes para cuidar de Carlos. Alguien de su entera confianza. Una mujer como ella, una muy vieja conocida y excelente amiga. Y así llegó Fernanda a la vida de Carlos. Se presentó la tarde de un lunes a las tres en punto.
-Buenas tardes, señor Carlos, mi nombre es Fernanda, su nueva asistencia-dijo, algo ansiosa, con una voz más aguda de lo normal.
-Buenas tardes, Fernanda- respondió Carlos sin expresar la menor emoción. Aunque algo en la voz de esa desconocida pareció llamar su atención. Le hizo recordar a alguien de su pasado, alguien a quien creía haber olvidado-. Espero me trates como una persona normal y no como un discapacitado. Mi esposa quiso que vinieras a cuidarme a pesar de mi negativa. Me dijo que eres de su entera confianza.
-Así es, señor Carlos. Soy una vieja amiga de su esposa. Nos conocemos desde muy pequeñas.
-Nunca me habló de ti, Fernanda.
-Tenemos una amistad que no gustamos ventilar ni presumir. De las que se guardan con cuidado y mucho aprecio.
-Entiendo. Solo toma en cuenta lo que te dije, no me trates como un discapacitado, por favor.
-Así lo haré, señor Carlos.
Y el lunes prosiguió como cualquier lunes. Carlos durmió hacia el final de la tarde y llegada la noche, cuando abrió los ojos, Fernanda había partido. Y minutos después llegó su esposa, con ese perfume señorial tan típico en ella. A las justas e intercambiaron palabras. Y en su exiguo diálogo Carlos le pidió que, si él ya no lo consideraba necesario, Fernanda fuese despedida. Petición que su esposa aceptó a regañadientes.
Pasaron los días y Carlos se acostumbró a la presencia de Fernanda, a sus cortos intercambios de palabras, a sus innecesarias deferencias. Pese a ello, igual tenía planeado despedirla para el final del primer mes. Y con esa idea en la cabeza recibió la segunda semana de cuidados. Fernanda todavía sentía que su presencia no era totalmente bienvenida. Carlos era un paciente muy difícil de cuidar, y ni qué decir para conversar. Pero en esos días Fernanda notó algo particular: Carlos siempre estaba con unos auriculares circumaurales, con los ojos cerrados, y recostado en su sofá. Parecía estar escuchando música, pero cuando Fernanda vio la pantalla de su iPad apareció el título de un libro. Allí estaba la clave: al señor Carlos le fascinaban los libros. Y el ejemplo más preclaro de ello era su gigantesca biblioteca, que abarcaba casi toda su sala.
Con ello en mente y, como intuyéndolo, Fernanda eligió un libro. Caminó hacia su paciente y se sentó a su costado. Carlos sintió su presencia, su esencia, su aroma. Era un olor familiar, similar a las fresas. Un olor que lo llevó a esas noches de locura cuando se enamoró de su esposa. Y mientras saboreaba ese aroma se quitó los auriculares, a la vez que buscaba, infructuosamente, los ojos de su cuidadora con la mirada.
-Señor Carlos, ¿qué le parece si le leo este libro? -Dijo Fernanda, algo nerviosa.
-¿Qué libro es? -Respondió Carlos, algo sorprendido.
-Creo que le va a gustar, es Cien años de soledad.
Carlos abrió los ojos como si todavía pudiese ver. Esta desconocida había acertado. Era su obra favorita, una que ansiaba escuchar y vivir nuevamente.
-Me encantaría, Fernanda-dijo Carlos, tratando de disimular su alegría.
-Perfecto, señor Carlos, espero disfrute la lectura- Fernanda tomó aire y comenzó la lectura. - Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…
Y esa tarde Carlos recorrió todos los eventos y sucesos que relataba aquel fascinante libro. Hasta incluso parecía ver a todos los Aurelianos, sentir Macondos y vivir la novela como si la leyese por vez primera. Carlos no salía de su asombro. Era algo que Fernanda estaba produciendo. Era su voz, su delicadeza, la cadencia de sus palabras. Una combinación mágica que alteró su percepción del tiempo, que hizo que esa tarde fuera corta, y que Carlos hubiera querido durara una eternidad. Pero llegó la noche y, con ello, la partida de Fernanda. Y esa noche fue la primera vez que la extrañó.
Y así, libro tras libro, lectura tras lectura, llegó fin de mes. Carlos no le pidió a su esposa despedir a Fernanda. Tampoco le pidió que siguiera. Solo, como siempre, no le dijo nada. Y este silencio lo interpretó María, y decidió continuar con los servicios de Fernanda. Y semana tras semana, Carlos y Fernanda se iban haciendo más y más cercanos. Él la buscaba con la mirada, aunque no pudiese ver. Y ella le devolvía la suya a sabiendas que, pese a que Carlos estaba condenado a la oscuridad, las miradas pasionales atraviesan todos los sentidos. Y ella sabía que él sentía la suya. O, al menos, eso esperaba.
El deseo por parte de ambos era más que explícito. Tanto, que incluso un ciego era capaz de darse cuenta de ello. Y un día Carlos reposó su mano en la pierna de Fernanda. La sintió dura, no tan escuálida, hasta fornida. Fernanda no opuso resistencia y se acercó a él. Carlos buscó sus labios en la oscuridad y ella lo guio hacia los suyos. Y se hizo la luz, al menos, para Carlos. Y el deseo se incrementó. Los escarceos se hicieron más y más carnales, tanto que Carlos la invitó a su alcoba. Allí, en su habitación conyugal, ambos hicieron el amor. Se compenetraron en repetidas ocasiones como dos aguantados adolescentes. Y casi todas las tardes que se vieron, fueron tardes en las que se entregaron furtivamente a la pasión.
Ya en el cuarto mes de cuidados y subrepticias pasiones, vino Fernanda con un perfume distinto. Ya no olía a fresas. Hasta incluso parecía oler como su esposa. Pero Carlos decidió ignorar ese detalle, y la recibió como todas las tardes.
-Hola, mi amor. Te estuve esperando. Hay un libro de Stephen King que quisiera que me leas como preludio a hacer el amor.
-Hola, señor Carlos. Por supuesto, pero antes quisiera contarte algo-dijo Fernanda, con un tono serio.
-Tu tono no me gusta, cariño. ¿Qué pasa? -Respondió Carlos con una ligera preocupación.
-Señor Carlos- Fernanda tragó aire- estoy embarazada…
Carlos abrió los ojos como si estuviera observando un crimen. Era una mirada de consternación. Una que gritaba y transmitía desesperación.
-Pero, ¡¿no te cuidabas?!
-No, señor Carlos. Nunca me preguntaste.
-¡Pero eres una mujer adulta!..! ¿Cómo se te ocurre?!
-Yo estoy feliz, señor Carlos, hace tiempo quería un hijo.
-! Ahora mismo abortas ese bebé!...!¿Qué va a decir mi esposa?!...¿Tu amiga?!
Hubo un silencio. Fernanda dejó de fingir la voz.
-Es algo que siempre quise, Carlos. ¿No te acuerdas? -dijo Fernanda. Su voz había cambiado.
-¿Fernanda? ¿Por qué me tuteas? ¿Y ese tono? Hasta pareces mi esposa.
-Carlos, Carlos, Carlos… ¿no te das cuenta?
-¿Me sigues tuteando? ¡Ahora mismo abortas ese bebé!
-Carlos, soy yo, María-dijo Fernanda.
-Pero… ¡¿Qué?!- dijo Carlos, que no salía de su impresión. Ahora la distinguía bien. Era, en efecto, la voz de María. Pero solo sentía la presencia de Fernanda.
-Carlos, yo soy Fernanda. Y tu esposa. Tu esposa María Fernanda Gonzáles.
Hubo un silencio prolongado. Ambos parecían estar viéndose como si ninguno fuera ciego. María Fernanda decidió romper el silencio.
-Creías que me engañabas. Pero siempre fui yo. Pedí permiso en el trabajo para trabajar medio día. Ahora gano menos, pero puedo cuidar de ti -dijo María Fernanda. Carlos, aparte de ciego, ahora parecía mudo-. ¿No te das cuenta? Te volviste a enamorar de mí, de tu esposa. Aunque yo siempre te amé, Carlos. Y siempre lo haré.
Carlos no podía salir de su asombro. Su expresión se tornó iracunda, llena de furia y decepción. Estaba poseso de una cólera incontrolable. Aunque evitaba mirar directamente a su esposa para no herirla. Ahora sabía que la amaba, que la deseaba. Pero un hijo no estaba en sus planes. Nunca lo estuvo.
-¿No vas a decir nada, Carlos?
-No puedo creer que hayas jugado conmigo…
-No jugué contigo, esposo. Nunca te mentí. Yo soy mi mejor amiga. Y me conozco a mí misma desde hace muchos años. Qué mejor persona para cuidarte que yo misma, cariño.
-Me importa un carajo si nunca me mentiste, ¡tú sabes bien que te aprovechaste! ¡Tú nunca me lees, nunca me tratas como lo hiciste disfrazada de Fernanda!
-Porque tú no me dejas, Carlos. Yo te quiero hablar, pero rehúyes. Eres tú, siempre fuiste tú el que se alejaba.
-¡Maldita estúpida! Ahora al fin lograste lo que querías. ¡Tu maldito embarazo!
-Quieras o no, igual lo tendré, Carlos. Eso no está en discusión.
-Tu hijo tendrá como padre a un discapacitado, ¿tú crees que te dejaré tener a ese bebé?
-Lo tendré, Carlos, aun así…
En eso Carlos se paró y buscó la cabeza de María Fernanda por su voz. La agarró de sus cabellos y los estrujó. La tenía a su merced. Pese a estar ciego, su metro noventa lo ayudaba en demasía. Quería golpearle el vientre a más no poder. Su mano derecha se hizo un puño y tomó impulso. Pero una imagen se cruzó por su cabeza. Se vio con ella, con Fernanda, abrazados, haciendo el amor. La vio a ella con su niño, su hijo, paseando en un parque. Y se vio con ese niño, leyendo juntos Cien años de soledad…pero ese niño tendría un padre ciego. Uno que nunca lo podrá ver. Uno que será motivo de vergüenza y lástima para la sociedad. Su ser se llenó de amargura, de impotencia, de dudas. Y ante esas cavilaciones, decidió hacer algo que creyó haber olvidado. Decidió escuchar a su corazón. Y al fin, las dudas cesaron.





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