La cuchara del húsar
- pedrocasusol
- 15 may 2025
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Escribe: Rubén Córdova
La descomunal cuchara había dado un giro de trescientos sesenta grados, antes de precipitarse en caída libre; impulsada por una hercúlea fuerza; sobre mi cabeza.
Con el rabillo del ojo izquierdo, en un milisegundo me percaté que algo brillante venía hacía mí, descendía con fuerza desde lo alto resplandeciendo en un bokeh amarillento. Los microsegundos en que mi cuerpo tardé en entender la orden de mi cerebro en hacerme a un lado, fueron demasiados, y a escasos nanosegundos del impacto, pude girar mi cabeza algunos milímetros, pero sin poder evitar la colisión.
El estallido fue tremendo, el golpe fue seco, el metal retumbó e hizo eco en mi cabeza como la campana mayor de la catedral, el parietal izquierdo se me entumeció de inmediato, el hormigueo que descendía en onda expansiva desde mi crisma alborotó mis células nerviosas rebotando unas contra otras haciendo corto circuito.
La formación de un cráter semejante al de Chicxulub, aquel de la península de Yucatán, mismo que extinguió a los dinosaurios, se formó casi de inmediato dando paso al levantamiento de una cordillera oculta en la duramadre de mi cráneo. Monstruoso chichón irguiéndose cual monolito. ¡Cuántas neuronas se me habrían extinguido con tal horripilante golpe!
El desplazamiento había sido repentino, violento, impredecible, veloz, el brazo que blandía la cuchara había cogido fuerza, sintiéndose aún vigoroso, flexionando la muñeca para que la inercia hiciera que el peso de la cuchara cayera con más potencia, imitando el movimiento de “corte” que se hace con un sable, propio de los jinetes de caballería, de esos que pelearon en la Campaña de la Breña.
Mi abuelo, un hombre fuerte y autoritario, de pocas palabras, más bien de gestos y monosílabos, presidía la mesa con el mismo rostro agrio que tenía desde que lo conocí. Por aquel entonces y creo que siempre fue así, mi abuelo era el “paterfamilias” de la casa, el amo y señor a quien nadie osaba mirarlo de frente, responderle de manera combativa o desobedecer algún mandato u opinar diferente a él ante su presencia.
Se jactaba de haber peleado en la guerra del 41 contra el país vecino del norte, más su enorme orgullo radicaba en haber tenido entre la parentela a alguien que perteneció a los Húsares de Junín y haber estado en la contienda de Ayacucho. ¡Oh qué tiempos aquellos! seguro habría pensado mi abuelo, rememorando a sus ancestros en polvorientas cargas de caballería, blandiendo los sables en el aire, cayendo sobre sus enemigos, dejando hematomas, aturdiendo, rompiendo cráneos ¡Como hoy! que me miraba con la ira contenida detrás de sus ojos rabiosos, la respiración agitada, el rostro encendido y colorado, dejando ver los latidos de sus venas gruesas y verdes al lado de sus sienes.
Mi abuelo, que aún con la mano izquierda sostenía en lo alto la cuchara; pesada, tosca, gruesa, grande, con ornamentos, cuchara de ¡bronce! con abolladuras en su reverso, dando cuenta de su carácter y también del carácter de su dueño; se había enfurecido conmigo por algo que consideró una falta de respeto, y en la oscuridad del comedor, de escasa luz, iluminada por tres lamparines a querosene que colgaban del techo, me había golpeado por primera vez en los catorce años que lo conocía.
La mesa familiar donde cenábamos todas las noches se quedó en silencio. Los demás integrantes repartían sus miradas entre mi abuelo y yo. Los platos repletos de sopa de morón, aún humeantes, se habían quedado estáticos, nadie se atrevía a hacer algún movimiento. La lluvia copiosa y dura golpeaba contra las ventanas del comedor, creando un ritmo sombrío que parecía acompañar la tensión que reinaba en la mesa.
El instrumento favorito del hombre de las cavernas fue la macana. En su forma rudimentaria, no era más que un palo grande y grueso con la parte del mango delgado para poder ser cogida con sus manos y dar de golpes a sus presas.
Pero la evolución no alcanzó a razonar con mi coraje. Mi primera reacción fue de shock. Lo troglodita se apodero de mí. Mi segunda reacción fue de dolor. Los ancestros bramaban por vendetta. Algo dentro de mí se encendió. Involucione. Me levante de la silla. Me volví un cavernícola de cráneo alargado, frente alta y bóveda elevada, de incipientes cornamentas en la frente, con pómulos salientes, cara ancha y alargada, nariz estrecha, creciente prognatismo, mandíbula robusta con mentón prominente ¡Era un cromagnon!
Con una fuerza que no sabía que tenía, actué por instinto de supervivencia. Cogí el enorme cucharón de madera que descansaba entre la cancha tostada dentro de la olla de barro frente a mí. Lo enarbole trazando una parábola en el aire y estampe mi improvisada macana en la cabeza de mi abuelo, devolviendo la estocada.
“Alea iacta est”. Ahora si me jodí.
De repente, el perro de la casa, de nombre Nerón, un chucho enorme, fiero, negro y feo, se levantó de su rincón, trastabillando se acercó a la mesa colocándose al lado de mi abuelo, ladrándome con furia, mostrándome los colmillos, gruñéndome con la saliva derramándose por sus fauces.
La larga mesa llena de parientes estalló en un griterío. Todos hablaban al mismo tiempo, moviendo los brazos, algunos agitando las manos, abriendo las bocas, otros jalándose los cabellos, estos pataleando contra el suelo, las más beatas invocaban con ¡Dios mío! ¡Dios mío! No pocos me señalaban con sus índices acusadores como espadas pidiendo mi cabeza en una bandeja. Nunca en la historia de la familia alguien se había atrevido a enfrentar a mi abuelo. ¡Y yo acababa de devolverle el golpe que me dio!
Era como haber desafiado a los dioses, al mismo Júpiter, quien bramaba cogiéndose la frente. Mis tíos y tías, hijos de mi abuelo, me miraron con una mezcla de sorpresa y rabia. “¿Cómo te atreves a pegar a tu abuelo?”, me gritó el mayor. “Eres un malcriado y desagradecido”. Mi abuela, quien estaba frente a mí, abrazando la cabeza de mi abuelo, giró hacía mi para decirme, con los ojos llenos de lágrimas. “¿Cómo pudiste haber hecho semejante cosa? No debiste responderle, tu obligación era quedarte callado”.
La habitación se llenó de un ambiente hostil y tenso. Todos me miraban como si fuese un monstruo. Mi abuelo, mientras se levantaba de la silla, me miró con una mezcla de rabia y tristeza. “Quiero que te vayas de esta casa”, me dijo, con una voz firme.
Me percaté que por ambos lados de la mesa se acercaban hacia mí, cercándome, algunos de mis tíos, los que estaban a mi lado ya se habían levantado. Me levanté por encima de la mesa, salté por entre las sillas, escapando del comedor hacía el patio donde la lluvia arreciaba con más fuerza y la noche se había vuelto más negra. Conseguí llegar a mi habitación, que antiguamente era una tienda que tenían mis abuelos en su misma casa y trancar la puerta de la trastienda para que no pudieran entrar mis tíos y primos que ya estaban a punto de alcanzarme.
Durante los dos meses siguientes, tiempo que faltaba para que acabe ese año escolar, la casa dejó de ser un hogar. No hubo gritos, ni insultos, ni castigos explícitos. Solo el silencio. Ese silencio espeso, más cruel que cualquier palabra, se instaló como un huésped permanente en cada rincón. A veces pensaba que me había vuelto invisible, no me saludaban, no me miraban, no me nombraban, parecía que era una sombra que en contados momentos se proyectaba en la pared. De inmediato quitaron la silla del lugar que me correspondía en la mesa del comedor. Mi plato, antes colmado de comida, ahora lucía sin el más mínimo rastro de afecto, un trozo de carne cocido sin afán, el arroz sin sal, los panes chaplas fríos, restos de canchita serrana. Y el agua, como la mirada de todos: helada.
Ahora sabía lo que se sentía ser un fantasma.
Los zaguanes de la casa, que siempre estaban atiborrados de familiares a todas horas, susurraban a mis espaldas mi nombre, con ese tono ponzoñoso que los primos adolescentes aprenden a usar con dedicación. “El que le pegó al abuelo”, decían las voces. Algunos me miraban con miedo, otros con desprecio, hasta los que confabularon alguna vez conmigo en derrocar a mi abuelo por sus actitudes, pasaban de largo.
Las noches eran lo peor. Mi tienda–cuarto se convirtió en mi refugio, pero a la vez mi celda. Escuchaba las risas de los demás en las habitaciones lejanas. La televisión encendida. Las conversaciones en la cocina, en las que mi nombre ya había desaparecido por completo. La puerta de la trastienda jamás se abrió, y en el silencio me resonaba el eco del golpe – el primer golpe que no entendí – regresando una y otra vez como un bombo lejano, que marcaba el paso de los días.
Por supuesto mi papá, quien no vivía conmigo y era uno de los hijos mayores de mí abuelo, se enteró de lo sucedido, reclamando y exigiendo ser el primero en aplicarme la pena del garrote, que un par de meses después, aplicó con severidad de corte marcial, aunque ya se le habían adelantado sus hermanos, a pesar que les había advertido que no lo hicieran. Pero esto jamás lo supo, porque yo no era un soplón.
Mi maleta estuvo lista desde la mañana siguiente del suceso del golpe. Cada noche, la abría y la volvía a cerrar, rebuscando en mi escaso equipaje tal vez mi propio caos interior. Libros, ropa, algunos discos, una solo foto mía, creo que tenía ocho o nueve años, en la que aparecía con el rostro sonriente subido en la moto de uno de mis tíos, en medio del patio de la casa de mis abuelos.
La mañana de mi partida fue como todas las otras: sin palabras. Me levanté temprano. Me puse la ropa menos arrugada que encontré. Salí por la puerta de la trastienda con una mochila en la espalda y una maleta colgada de mi hombro. Nadie me esperaba. Nadie me despidió. Dejé el manojo de llaves colgado en la cerradura de la puerta que había sido mi cuarto por varios años.
Antes de cerrar la puerta que da hacia la calle, Nerón me lamió la mano.
Unos días antes de mí partida, fui a buscar a mi abuelo a la feria dominical donde tenía un puesto, donde vendía casacas, bolsos y sombreros de cuero. No mostro signos de ternura, tampoco yo los estaba pidiendo. Nos quedamos mirando un largo rato hasta que finalmente me atreví a decirle que lamentaba lo que había ocurrido entre nosotros:
- ¿Cómo la estás pasando?- preguntó.
- Ya sabes, aguantando.
- Nadie te habla en la casa ¿no?
- Fuera de dejarme la cena en taper y tener que llevarme la comida a mi cuarto, pues no, no me hablan.
- Es tu abuela la que te guarda la comida a escondidas, nunca entenderé su estúpida devoción cristiana ¡Qué tontería! ¡Bah! ¡Si por mí fuera no comerías!
- Supongo que crees que es lo que me merezco.
- Sabes que te pude haber matado ¿no? Sabía que iba a tener problemas contigo, ya lo veía por tu forma de contestar, la música que escuchas, esas cosas que lees que escondes bajo tu colchón. Debí ser mucho más duro contigo.
- Abuelo, eres un jodido intratable. Solucionas todo con la violencia.
- ¿Acaso tu eres diferente? Los moretones cuando llegas del colegio, tu uniforme roto ¿Crees que no te he visto chiquillo? Además así fue como mi padre me enseñó a mí.
- Sí, también fue así como tu hijo me enseñó a mí.
- Nunca debí aceptar que vivieras aquí. Si no te gusta como son las cosas en esta casa, te hubieras ido hace rato.
- Yo no pedí vivir aquí- puntualice.
- Tampoco yo pedí que vengas- finalizó mirándome de un modo que no pude descifrar.
Cuatro días después partí hacia mi destierro.
Esa fue la última plática que tuve con él.
No volví a verlo hasta muchos años después, en su funeral.





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