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La decisión

  • pedrocasusol
  • 21 abr 2025
  • 5 min de lectura

Escribe: Ivone Ladiv


No tengo la costumbre de hablar de lo que me pasa, sé que hay personas que creen que todas las mujeres somos sentimentales y débiles, como si nos hubieran fabricado con cristales que al mero roce se pueden romper. No es mi caso, tal vez por oposición a esos estereotipos, siempre he odiado llorar en público y confesar a viva voz que algo me duele.


Yo tenía mi vida planificada, al terminar la universidad, iría al extranjero a estudiar mi maestría y obtendría mi doctorado a los 30 años. No tenía tanto dinero, pero confiaba en que mi buen criterio y empeño podrían ayudarme a abrir las puertas que necesitaba para tal destino.


Todo eso se desmoronaba como castillo de arena, arrastrado por olas que yo misma había ayudado a mecer y que me costaba trabajo aceptar. Sería muy fácil si en este país no se hicieran tanto problema por otorgarle todos los derechos que le corresponden a las mujeres. Tantos debates al respecto y ninguna conclusión. No es que yo fuera una de las más convencidas, pero tendría algún sentido que nos dieran la posibilidad de escoger, habida cuenta de que, sufrimos en carne propia las transformaciones de nuestro proyecto de vida.


Ellos lo tienen más fácil, no tienen que transformar toda su vida. Si tan solo por una vez, ellos pudieran procrear, si por una vez tuvieran que amamantar y ver transformarse su cuerpo. Seguro que dejarían de llamarnos histéricas y empezarían a respetarnos en mayor medida. ¿No es posible acaso para nosotras huir a este destino?


Las voces de mi madre empezaban a estallar, ella siempre tan apegada a los convencionalismos. Si por ella fuere, jamás hubiera estudiando una carrera, serviría mejor a la sociedad atendiendo en la casa y criando a los hijos del mañana. ¡Perfecto! Más mano de obra barata para este mundo que solo se reproduce a costa de nosotras.


No creas que esto es fácil para mí, me ha tocado tomar sola la decisión. Él muy cobardemente me ha dicho: “yo te apoyo en lo que decidas hacer”, aunque se ha asegurado de que tenga las dos posibilidades bien puestas, por eso me dejó esas pastillas. “Mi amigo es médico, dice que son efectivas y no sentirás nada”. Sus ojos suplicantes pedían un milagro.


Me quedé viéndolo un largo rato, lo vi alejarse, sus pies avanzaban uno a uno, lo vi fuerte, imperturbable y me dio ganas de estallar. Vi su futuro graduándose con excelencia de su maestría, recibiendo los honores de su doctorado, en medio de un auditorio lleno de gente. Y yo, estaría sentada al lado de una de esas sillas, sin una carrera y con una vida sujeta a un hombre. Sentí desdicha por mí, lo odié a él y a toda su especie, a su cobardía, a su desfachatez, desprecié a la sociedad que veía con buenos ojos esa realidad, que la aplaudía y la reproducía en todos los escenarios posibles, como un disco rayado.


Entonces, estallé en llanto, uno grande y fuerte, que se escuchó por todos los cielos. Derramé las lágrimas de la niña asustada, de la adolescente furiosa, de la mujer desolada. Llantos colectivos que resurgieron de energías acumuladas. Las sentí a todas y cada una de ellas vibraba entre mis venas. Las dejé vituperar todos los insultos que mi cerebro era capaz de reproducir.


No crea que esto es sencillo, incluso para mí que he querido ver a las mujeres libres e independientes, que he soñado con una sociedad en donde no medie ningún tipo de explotación, en donde seamos realmente iguales, en donde las mujeres no tengamos que ser el otro que sostiene un sistema invisible y no reconocido.


Me asusta tomar un camino y arrepentirme después, sea como fuere, esto me va afectar sobremanera. No soy alguien que se avergüenza de sus decisiones. Mi vida siempre ha sido de pasos certeros, he controlado todo cuanto he podido. Pero esto se me ha salido de las manos. El peso de mi historia se ha impuesto. No tengo más remedio que ser la que cargue con las consecuencias de su decisión. Yo, únicamente yo, él debe estar planificando su viaje para su maestría, seguro que hasta ya sale con otra persona, que más le da, no es su cuerpo, no es su destino.


Me he fallado a mí misma, lo sé. Si tan solo hubiera un camino trazado. En este país no nos la dejan simple, puedo morir mañana y seré solo parte de la cifra. Seguro la mayoría dirá que me lo merecía, por jugar con una vida que no me pertenece. Algunos me mirarán y pensarán que han matado a una bruja y desearán haberme visto morir en la hoguera como todas las pecadoras. Otros me juzgarán pensando que siendo tan instruida olvidé cuidarme. Por su puesto, todos sus reflectores estarán puestos en mí, en mis pecados, en mi poca decencia, de él… solo dirán que era hombre, como si los condones no estuvieran siempre hechos para ellos.


Los llantos no me han bastado para apaciguar esta pena mezclada con rabia, no me importa mucho lo que me dirá mamá. Hace tiempo ya logré liberarme de su yugo. No puede influenciar sobre mí, aunque su voz siempre inunda mi cabeza. Su mirada penetrante y juzgadora. Nunca le interesó mis conocimientos. Si tan solo me hubiera ayudado un poco más, si me hubiera dado más libertad, seguro habría podido relacionarme más, habría podido hablar, le habría podido decir a las personas sin miedo lo que me pasaba. No la juzgo, la criaron así, le enseñaron que su destino era la cocina y cuidar a su marido, aunque este la engañara y la hiciera infeliz, le enseñaron a tolerar el maltrato y la premiaron por mantener unida a su familia.  


Seguro por eso me pediría que me case, me diría que asegure mi futuro con un esposo. Hace tiempo ya venía diciéndome que yo ya estaba muy vieja, que se me iba a pasar el tiempo y muy pronto no encontraría un marido que se ocupe de mí, que no podría tener hijos. Me lo decía con unos ojos llenos de miedo, como si temiera por mí. En el fondo, la compadezco, no ha conocido otra vida que la que tiene. La observo y veo resurgir en su mirada la del ser que ha interiorizado su prisión, tanto así que no se ha dado cuenta que ya no tiene cadenas. Ella es de las que cerraría la puerta de su cárcel de encontrarla abierta.


Por eso, no puedo contar con ella esta vez, hablar con ella nublaría mi visión y tomaría una decisión más por impulso que por verdadera convicción. Saldría corriendo a cualquier lugar clandestino de esos que pegan afiches en los pisos y les pediría que me intervengan sin medir consecuencia alguna, guiada por el enojo y rabia del destino que me toca asumir.


No hago eso, solo me recuesto en el sillón, destapo una botella de vino. La última que quizá abra en mucho tiempo, giro la copa con lentitud, observo las aguas moverse, absorbo el aroma fresco y ácido, mojo mis labios para retener el sabor, respiro profundamente para apagar el cerebro, mientras sigo viendo esas pastillas… me encuentro en medio de un lugar lleno de luces fuertes, personas en bata blanca me conducen con rapidez por los pasillos, como si persiguieran algo. No puedo moverme, me duele el vientre, percibo el olor a sangre penetrándome las fosas nasales, estoy quieta. ¿Es esta una segunda oportunidad o será la última que veré?



 
 
 

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