La Habitación 28 de julio
- pedrocasusol
- 9 sept 2025
- 6 min de lectura
Escribe: Gabriel Granda
La noche anterior, la fiebre se había prolongado hasta el crepúsculo. Él se levantó de la cama con la camiseta de algodón pyma, aún empapada en el sudor de su paranoia; bostezó agitado, refunfuñó y se dirigió al baño de la habitación en la cual se hospedaba. Al ingresar, se vio frente al espejo, peinó las canas de sus patillas hasta esconderlas y notó que tenía ojeras moradas grabadas en el contorno de sus pupilas. Se lavó la cara, se cepilló los dientes y se dio cuenta de que el cuerpo inerte de aquel insecto que le había causado un averno, permanecía incipiente, aromatizando el baño con un hedor a descomposición visceral, rodeado de pequeñas esquirlas doradas que sobrevolaban la escena del crimen.
—Miguel, Miguel, Miguel —pronunció con un tono pasmado mientras se veía en el espejo.
—Nadie te va a creer —respondió su imagen.
—Lo sé, pero el informe pecuniario tendrá que acompañarse de este breve y verosímil testimonio —respondió a su reflejo, mientras alistaba una cuchilla para afeitarse raudamente el bigote, pues no había tiempo para sobrepensar. Los detalles de aquella carnicería eran importantes.
Inició el afeitado sobre la comisura de sus labios y concluyó la mutilación de aquellos vellos que nunca llegaban a teñirse de castaño. Extrajo un bálsamo de la puerta falsa que se ocultaba tras el espejo e inundó sus heridas con aquel líquido que olía a menta y madera. Se palmeó levemente la cara y volvió a la habitación en busca de una camisa de seda.
Sobre la pared había manchas rojas y esquirlas doradas sobrevolando los otros cuerpos acribillados. Aquellos colores hacían contraste con la blancura de la camisa que Miguel eligió ponerse.
Al concluir el ritual de la vestimenta elegante, se colocó un reloj de plata, se aseguró de que sus zapatos negros lucieran brillantes, cogió una pequeña libreta de cuero que había sobre una mesita circular y dejó aquel claustro con la intención de nunca más volver. Al cerrar la puerta de la habitación, los números 2 y 8 brillaban, pues eran de metal y estaban pintados de color dorado. Él continuó sus pasos sobre el suelo de madera hasta descender a la recepción del hotel.
Al llegar al primer piso, todo lucía calmado, a excepción de él y las pequeñas gotas de lluvia que, desde afuera, hacían ruido al chocar contra el piso de piedras lajas.
—¿Qué tal la estadía, señor Miguel? —preguntó atentamente la recepcionista.
—Algo agitado, la verdad, casi no pude dormir durante la noche. La lluvia era intensa y golpeaba con fuerza contra las ventanas del balcón.
—Me imagino que sí señor. Es este invierno, que se muestra más intenso de lo normal.
—Eso parece ser, el clima está loco.
—Así es. Normalmente los meses más fríos son solo hasta agosto, pero este mes aún luce gris, desolador y húmedo.
—Efectivamente, señorita. En el transcurso de la tarde enviaré a alguien mi equipaje. Gracias por los servicios durante estos días.
—Gracias a usted. Nos aseguraremos de que todo esté conforme cuando retiren su equipaje. Le haremos una pequeña llamada.
—Está bien, descuide. Estaré pendiente de su llamada. Muchas gracias.
Miguel asomó levemente su mirada hacia el jardín de la entrada y vio que se habían formado pequeños charcos a la salida del edificio de estilo republicano que lo hospedó durante esos días. Abrió discretamente su maleta de cuero y extrajo un abrigo de color gris que lo cubría hasta las rodillas. Echó un vistazo a su celular y se percató de que el taxi que había pedido estaba a un par de cuadras. Tenía la intención de intercambiar nuevamente otras palabras con la recepcionista, pero se puso a recordar si dejaba algún objeto o accesorio en la habitación de la cual había decidido huir.
—El taxi ha llegado —comentó vagamente.
—Muchas gracias por su estadía, señor. Lo esperaremos gustosamente cuando desee volver.
—Muchas gracias, me comunicaré con anticipación —comentó sólo por cortesía, pero sus pensamientos internos le decían que no quería volver jamás.
Vio el vehículo con prontitud, se aseguró de que el conductor se llamase Víctor Jiménez y preguntó si el vehículo era blindado.
—Blindado y asegurado para los trabajadores del Comité Interamericano de Desarrollo Comercial —respondió el conductor. Mientras Miguel subía al vehículo
Miguel sonrió, dijo gracias y el vehículo arrancó. Él sabía que toda la organización del comité era una farsa legal. Su misión era otra y, al parecer, había fallado, pues debía volver con un contenedor térmico sellado, que tenía algunos especímenes de laboratorio dentro. Pero lo único que lo acompañaba ahora, era aquel informe titulado «Pecuniario», diseñado especialmente para el caso de que sufriera algún atentado y cayera en manos de espías de otro contingente de las repúblicas enemigas.
Y, sin lugar a dudas, también lo acompañaban las anotaciones que iba haciendo en su libreta. Estas se guardaban en una memoria atmosférica, en la nube del Gobierno peruano, que interpretaba los mensajes a medida que él dibujaba símbolos numéricos, como un viejo lenguaje de código morse.
El vehículo blindado se alejaba de aquel escenario dejando tras de sí el primer “Gran Hotel Marino Republicano”, construido estratégicamente en 1825 frente al puerto del mar de Grau, para recibir autoridades gubernamentales, empresarios, magnates del mundo del comercio internacional y en esta ocasión a un veterano de la política y el espionaje internacional, que se sentía fastidiado al ver que una sombra acababa de entrar a la habitación, Para limpiar la escena del crimen hasta que otro agente pueda recopilar otro informe de talla mundial.
Miguel reflexionaba, observando tenuemente las calles de barriada a través de las lunas polarizadas del vehículo que continuaba su marcha. El escribía en su libreta, hasta que algunas callecitas de estilo neoclásico se vislumbraron frente a sus ojos. Aquellas calles se resistía valientemente a los ataques del intenso invierno con algunas tiendas que abrían sus puertas de par en par. Qué lugar tan festivo, comento con un tono casi opacado por el recuerdo de su misión fallida. Pero un cartel que decía pan con Pejerrey, le abrió ligeramente el apetito y pensó en volver a pesar del miedo por los insectos que el día anterior habían intentado devorar su piel.
El vehículo continuo su rumbo y paso por una iglesia de gran tamaño que parecía ser una catedral pintada de color rosado. Al costado de la iglesia el resto de casonas también estaban pintadas de rosa, pero en diferentes tonalidades. Todo ello era un festival arquitectónico. De pronto él percibió que unas cintas de varios colores adornaban un largo pasaje como un arcoíris alegre en medio de la penumbra. Aquel escenario mostraba a personas que comían libremente sobre la plenitud de unas mesas que mostraban tamales, platos con zarza criolla, café pasado y pan recién horneado.
Deslumbrado por aquella vitalidad pintoresca que también olía a mar, el pregunto el nombre del lugar:
—Monumental Callao, señor.
—Monumental Callao, respondió Miguel.
—Hermosas calles, ¿verdad?
—Sí, hermosas y muy coloridas —respondió él con una de las tantas sonrisas falsas que estaba acostumbrado a dar. Pero su corazón esta vez sí sonreía con honestidad.
—Mi madre nos solía traer a aquella catedral cuando éramos pequeños —comentó el conductor, tratando de entablar alguna conversación con Miguel.
—Me imagino que tiene bonitos recuerdos de esta zona. No recuerdo mucho el nombre de este lugar, pues mi vida laboral me absorbe bastante.
—Monumental Callao, señor. Monumental Callao. Aunque no llueve mucho por acá, este año sí que nos ha sorprendido a todos. Mire usted el tamaño de estas gotas. —Alejó la mano derecha del volante y apuntó hacia el parabrisas, donde los limpiadores barrían con fuerza las intensas gotas que aún caían y nublaban la conducción.
—El clima está muy intenso, esperemos que mejore pronto. Discúlpeme un momento, revisaré unos correos si no le incomoda. Gracias.
El conductor notó que Miguel no deseaba conversar y mantuvo la mirada fija en la autopista, conduciendo en dirección a la Oficina Nacional de Ministros Republicanos.
Por un momento, Miguel observó las grandes gotas y recordó que los insectos, de similar tamaño, habían escapado de la caja térmica justo cuando se cubría la cara con la sábana blanca de la habitación que abandonó, y decidió escribirlo en su libreta.
El vehículo continuó en dirección a la costa a unos 150 km por hora y pudo ingresar a la Vía Expresa en menos de 20 minutos, pues los otros vehículos, al verlo correr a toda marcha, lo dejaban pasar, percibiéndolo más feroz, más grande y más oscuro que la misma neblina que se observaba al costado del mar.





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