La mano desasida
- pedrocasusol
- 4 mar 2022
- 3 min de lectura
Escribe: Pedro Casusol
En estos tiempos de incertidumbre, por algún motivo, pienso en Martín Adán. Lo veo en el Hotel de Turistas de Cusco, en 1954, totalmente despistado, con dos cejas frondosas y un bigote cano y desprolijo. Viene de un viaje largo, ya que antes visitó Pacasmayo, el balneario de la costa norte donde nació su padre, y también fue visto sentado en la vereda de la Plaza de Armas de Ayacucho, compartiendo una botella de aguardiente con un desconocido. Pero en Cusco no pasa inadvertido. El periodista Miguel H. Milla corre a su encuentro, busca una entrevista con el poeta cuya timidez, alcoholismo y largos internamientos en el Hospital Larco Herrera han convertido en leyenda.
Martín Adán tiene todo en contra. La década de 1950 está marcada, para él, por la crisis y las carencias económicas. Es la época en que empieza a vivir en hoteles de mala muerte en el centro de Lima, donde vaga de cantina en cantina y toma una espantosa mezcla de aguardiente con Inca Kola que llaman “lija”. Había publicado, muchos años atrás, “La casa de cartón”, cuando tenía solo 19 años, aupado por José Carlos Mariátegui, y fue con dicha publicación que adoptó el seudónimo que usó toda su vida: Martín Adán, mezcla de lo divino con lo profano. Después abandonaría para siempre el vanguardismo de aquella prosa poética para abrazar las estructuras hispánicas. Su primer poemario, “La rosa de la espinela”, consta de diez décimas de versos octosílabos.
En aquella primera etapa, la rosa era para Martín Adán el símbolo absoluto de la belleza y su origen divino. Anclado en esa idea aparecen luego los “Sonetos a la rosa”: “La rosa que amo es la del prudente,/ la de sí misma, al aire de este mundo,/ porque lo que es, en ella, lo confundo,/ con lo que fui de cuerpo y no de mente…”. Por aquellos años, Adán parece sumido en una abstracción profunda, preso de un hermetismo poético que se ve reflejado en sus constantes internamientos clínicos, periodos en donde busca curarse de su adicción al alcohol. Pero también es la época de su libro más ambicioso, “Travesía de extramares”, conjunto de sonetos endecasílabos dedicados a Chopin que compuso en el manicomio, y con el que gana el premio nacional “José Santos Chocano”.
Así que cuando Miguel H. Milla busca a Martín Adán en el Hotel de Turistas, sabe que se encuentra ante un poeta venerado por la crítica que se ha vuelvo inescrutable. Alguien que todo lo responde con ironías y que se haya obnubilado por el alcohol. Y es así, entre bruma y sinsentido, que el poeta le confiesa que se encuentra en Cusco por un nuevo proyecto literario que lo embarga: poetizar sus viajes a Machu Picchu. El proyecto podría ser motivado por el “Canto general” de Pablo Neruda, publicado en 1950, que contiene un extenso poema titulado “Alturas de Machu Picchu”, considerado uno de los grandes logros de Neruda. Según esta teoría, Adán se habría sentido llamado a escribir un poema sobre la ciudadela incaica como una forma de desagravio. ¿Cómo era posible que el más famoso poema a Machu Picchu haya sido escrito por un chileno?
Rivalidad con Neruda o no, lo cierto es que Martín Adán se embarcó en aquella empresa todavía inmerso en el círculo vicioso del alcohol. Sabemos, por la entrevista de Miguel H. Milla publicada en la revista “Cultura Peruana”, que escribía su poema en papeles timbrados del Hotel de Turistas. No obstante, el viaje de Martín Adán habría acabado en fracaso. Nunca llegó a conocer Machu Picchu. Habría desertado, estando ya en el hotel, por un temor natural a la altura. O al menos eso fue lo que le dijo al periodista. Nada de eso impediría, sin embargo, la composición de ese inmenso poema fragmentario que salió a la luz varios años después bajo el título de “La mano desasida”, donde opera tal vez una de las mayores transformaciones de la poética de Martín Adán: del símbolo de la rosa pasamos a la de la piedra inmortal, que atraviesa siglos y culturas.
“¡Qué palabra simple y precisa inventaré/ Para hablarte, Mi Piedra?”. Así comienza “La mano desasida”, que lleva por subtítulo “Canto a Machu Picchu”, y que el poeta siguió escribiendo a lo largo de varios años en una suerte de frenesí creativo, en servilletas y envolturas de cigarrillos que Juan Mejía Baca, el librero que fungía de editor y protector de Martín Adán, fue recolectando a lo largo de los años. Su primera edición, en 1964, tras haber roto con las formas métricas en aquel gran poema que fue “Escrito a ciegas”, respuesta a una carta de la escritora Celia Paschero, configura por primera vez a una voz poética que juega con el fraseo en tono profético, consciente de su propia marginalidad, y que habla desde las alturas de un Machu Picchu imaginario, donde contempla la piedra sempiterna que no es sino el reflejo de su yo poético.





Comentarios