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La nana y la abuela

  • pedrocasusol
  • 29 jul 2025
  • 7 min de lectura

Escribe: David Vidal


A veces no se me para.


Otras veces sí.


Es como jugar a una adictiva y lacerante ruleta rusa. Algunas veces la pistola dispara potentes fogonazos; otras, solo mustias y vergonzosas balas de salva.


Y la verdad es que no debería de importarme porque soy un sacerdote. Un sacerdote impotente, para ser más específicos. Esto no debería ser un problema porque al fin y al cabo estoy subyugado a respetar el celibato y a vivir en abstinencia sexual.


Ya me había acostumbrado a solo mirar desde lejos el deseo encarnado, hasta que la distancia y la debilidad de los recuerdos terminaran por aplacar los sentimientos impuros. Al menos esa es la estrategia que yo solía aplicar. Pero desde que conocí a Lorena, la preocupación por mi alicaído desempeño sexual no hizo más que aumentar y llegar a límites insospechados. Como si conocerla hubiera despertado algo en mí que creía dormido, que consideraba antinatural a mis necesidades. Ella soliviantó ese impulso erótico que todos tenemos y que algunos hombres de Dios reprimimos noche tras noche entre oraciones y sesiones onanistas. Hasta empecé a dudar de la supuesta nobleza de mis motivos para haberme iniciado en el sacerdocio. Aunque confieso que, más que dudar, empecé a hacer memoria con algo que creía enterrado bajo capas y capas de hipocresía e inocente indiferencia.


Me recordé a mí mismo el porqué escogí ser sacerdote. Recordé que mis motivos no son nada nobles, ni santos, ni mucho menos venerables.


Y solo es uno, y el peor de todos: el miedo.


Ahora lo sé, o creo saberlo. Sé que tal vez solo elegí el sacerdocio por mera conveniencia, para no enfrentarme a uno de mis mayores temores. Soy un pusilánime, eso sí lo sé con certeza, siempre lo he sido. El miedo siempre guió mis acciones desde antes de que yo fuera consciente de mis actos. Es por ello que este acto de rebeldía, al contarlo todo, representa para mí algo más que un ejercicio de catarsis. Esto es, para mí, romper con mis cadenas, mis tapujos, quemarlo todo: mi parroquia, mi casa, mi reputación, mi futuro. Quemarlo todo, pero salvar el fuego.


No creo que exista excusa válida para legitimar la cobardía y los malos actos de uno, pero déjenme explicarles. Bien lo dice proverbios: el que responde antes de escuchar, cosecha necedad y vergüenza. Y lo que menos deseo es que la vergüenza caiga sobre ustedes también. Solo les pido paciencia y apertura, que esta confesión será extensa, pero no por ello insincera. Todo lo contrario. 


Hace ya algunos años me visitó mi nana que me cuidó de bebé. El tiempo había hecho mella en sus facciones, pues solo veía a una anciana, en cuyo rostro los años parecían materializarse en surcos y manchas. Es tu nana Almudena, me dijo mi madre, ¿no la recuerdas? Y la verdad es que no, ni aunque hubiera estado idéntica no la hubiese podido reconocer. Un bebé no retiene rostros. Pero mi desconcierto inicial no desmotivó a Almudena, que empezó a hablar conmigo como si nunca se hubiera ido. Nos contó que su hija estaba estudiando comunicaciones en una universidad privada cuyo nombre ni recuerdo, que su madre estaba enferma, pero todavía seguía lúcida, y que su esposo se había largado hace ya muchos años con una amante de mal vivir. Poco a poco el comedor del departamento empezó a saturarse con una voz ajena, pero armoniosa, llena de vida, otorgándole vida al departamento que compartía con mi madre. Las risas me contagiaron incluso a mí, que puedo ganar a una piedra en un concurso de silencios. Y en medio del desfile de sonrisas y cuchicheos, mi madre comentó que yo estaba en el segundo año del seminario mayor para convertirme en sacerdote. Recuerdo que Almudena abrió los ojos de par en par.


—Pero si el joven Santiago era todo un pequeño potrillo…


Tanto yo como mi madre abrimos los ojos también tras esas declaraciones. Recuerdo que yo me ruboricé. Nos aclaró la situación con una historia que yo desconocía por completo, pero que mi madre, al parecer, también recordaba. Almudena evocó que, cuando yo no era más que un pequeño bebé, “algo” llamó su atención. “Alguito”, sería el término correcto. Y es que mi pequeña república independiente parecía levantarse en armas en los momentos más inesperados. Cuando me cambiaba el pañal, allí estaba, insurrecta, como reclamándole al cielo el haber nacido en un país tercermundista. Cuando me bañaba, allí estaba de nuevo, apuntando al norte cual brújula descalibrada. Y cuando dormía también, explicitando mi buena salud, susurrando al mundo que un potrillo salvaje descansaba en esa cuna. Al escuchar esas historias sentí envidia por ese bebé, tan diferente a mí, y que alguna vez había sido.


—¿Y cómo está esa vieja, la desgraciada? —preguntó Almudena.


No supe qué responder, pero la pregunta no iba dirigida hacia mí. Mi madre cortó sus risas, mientras sus ojos parecían reflejar un taimado rencor que iba recobrando fuerzas.


—Dios le hizo pagar, Almudena. Ahora tiene demencia senil, ni reconoce a sus hijos ni a sus nietos—respondió mi madre.


Era mi abuela paterna de la que hablaban. Esa mujer tremebunda, de piel apergaminada desde que tengo memoria, de gestos toscos y silente como una estatua. Tan seca que parecía no tener alma. Almudena contó algo que, en su momento, minimicé, pero que después de muchos años comprendí que fue el origen de un trauma capital en mi vida.


Relató que una tarde, cuando yo tenía apenas unos meses de nacido, alguien martilleó la puerta como si el mundo se estuviera acabando. Mi madre, sorprendida, bajó a abrir y allí, frente a ella, un vecino se encontraba agitado, con los ojos desorbitados, preso de fantasmas que pronto iba a compartir.


—Señito, a su esposo lo han asaltado en su tienda…


Almudena repitió una vez más esas palabras, como tratando de evocar el sentimiento que ello le despertó en su momento. Mi madre, en ese entonces, corrió a pedir ayuda a quien suponía era la única persona de confianza en quien podía dejar encargado a su pequeño bebé: mi abuela. Esta aceptó de muy buena gana, como se esperaría de una abuela, y tanto Almudena como mi madre emprendieron carrera hacia la tienda de mis padres, a pocas cuadras de la casa.


Cuando llegaron mi padre estaba sentado, acompañado de muchos vecinos, con un paño enrojecido en la cabeza, tapando a su vez una herida profunda y su notoria calvicie. Parecía disociado, mirando a la nada, gesticulando maldiciones incompletas al viento hacia oídos que nunca llegaron a escucharlas. Un delincuente le había asestado un culatazo en el cráneo con una pistola, mientras que los otros dos vaciaban los cajones de dinero, dejando esparcidos algunos billetes que, con el paso de la tarde, también desaparecieron. Mi padre reconoció a mi madre entre las muchas caras que lo rodeaban y la abrazó con una pasión inusitada. Almudena recordó que ese fue uno de los pocos episodios en los que pudo ser testigo de alguna muestra de cariño entre esa pareja de esposos. Luego de verificar que mi padre se encontraba estable y a salvo, mi madre envió a Almudena de regreso, como si intuyera que algo malo podría pasarme en su ausencia. Y es que el instinto materno es impresionante.


Cuando Almudena ingresó a la casa lo primero que escuchó fueron llantos, uno tras otro, incesantes, que llegaban hasta las escaleras. Corrió hacia la habitación principal y se quedó estupefacta, presenciando lo inefable. Sobre la cama de mis padres, al costado de mi cuna, se encontraba mi abuela, con un hierático rostro, conmigo en brazos. Almudena recuerda que yo estaba semidesnudo, boca abajo, con expresión de insufrible dolor en mis facciones. Los ojos de mi abuela, por el contrario, parecían disfrutar de mi aflicción, como si se estuvieran alimentando de mi sufrir. Dos de sus dedos apretaban la “mollejita” de mi cráneo, abriendo forados sobre terreno virgen. Sus labios, aunque cerrados, parecían saborear la estruendosidad de mis llantos. Almudena elevó su voz, avanzó hacia ella enfurecida, pero a último momento se contuvo, pues mi abuela aún me tenía en brazos. Me rescató sin forcejeos y trató de acunarme en un rincón hasta que mis lamentos se convirtieron en ligeros y casi imperceptibles gimoteos. Es en ese instante que llegó mi madre y, para su sorpresa, ya no había ni rastro de mi abuela, se había esfumado. Almudena le contó lo sucedido, mientras mi madre trataba de asimilar las desgracias de aquel infausto día.


—Me acuerdo, Almudena. Me advertiste y desde ese día nunca dejé a mi hijo solo con esa vieja de mierda. Lo peor es que nunca lo reconoció, según ella te estaba limpiando cuando llegó Almudena.


En cierta manera me alegré de no recordar aquel episodio. Y una parte de mí se alegró de que mi abuela tampoco fuera capaz de evocar mi sufrimiento, mis llantos, esos que tanto le gustaron, que tanto disfrutó. Al escuchar esa historia mi mente me retrotrajo a mi primera infancia, esa que con las justas puedo rememorar, y saboreé nuevamente el ferroso sabor del miedo que sentía al ver a mi abuela. Miedo que terminó por expandirse a toda mi familia paterna: a mi abuelo, mis tías, y mis primos. Los percibía como sus cómplices. A tan temprana edad ya me sentía un extraño en esa gran casa familiar, cuyos miembros y yo solo compartíamos el apellido, y nada más que eso. En cada almuerzo de domingo, con todos reunidos, veía en esos ojos similares a los míos solo amenazas; en sus caricias, potenciales heridas; y en sus palabras, amenazas encubiertas. Poco a poco el recuerdo de mi primer hogar, de mi primer refugio, se convirtió en un oscuro habitáculo en donde mis temores vieron sus primeras luces y aprendieron a caminar junto conmigo. Desde ese entonces el miedo fue mi compañero, creció conmigo y, ahora, hasta me siento extraño cuando no lo percibo a mi lado.


Es que el miedo nunca decepciona.


La voz de Almudena me devolvió de golpe al comedor del departamento. Ella estaba recordando el insurrecto carácter de mi madre, mientras ambas se sonreían, como viejas cómplices.


Esa fue la última vez que vi a Almudena. Y la única, ahora que lo pienso bien. Años después me enteré de que murió durante el COVID, sola, a la espera de una cama UCI. Su hija, por esos días, ya se había ido con su futuro esposo y se olvidó que tenía madre hasta que la llamaron para informarle que Almudena había fallecido.



 
 
 

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