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La otra familia

  • pedrocasusol
  • 24 mar 2025
  • 7 min de lectura

*Imagen de la película La piel más temida, de Joel Calero.


Escribe: Ivone Lavid


Se despertó de un saltó asustada pensando que se había pasado de paradero. El tibio resplandor en la ventana del bus y la vista del rio Yacus, junto a ese majestuoso paisaje le devolvieron la tranquilidad y se sentó a reposar esperando el ingreso a ese valle recóndito, al que sus habitantes recuerdan con orgullo como la primera capital del Perú.


No había regresado desde que se fue a estudiar a la Universidad hace tres años. La ciudad de los tísicos, conocida así por los poderes curativos de su clima frente a la tuberculosos, la recibió con sus vientos fríos que hacían tiritar hasta el alma.


Llegó a la puerta de la su casa, con la cara cubierta por una chalina y dos casacas encima. La recibió la señora Hortensia, con la cara somnolienta y un aire de trasnochada.


-Hija, estas temblando.


-Sí, mamá, hace mucho frío por aquí – Se acurrucó en el poncho de su mamá. Mientras la abrazaba, sintió sus brazos rechonchos, sus grandes pechos cálidos, que combinaban con su cuerpo robusto.


-Toma esta muñita caliente, te va ayudar para que no te de soroche. Tres años que no vienes y ya te has vuelto una limeñita- dijo picaronamente la señora Hortensia, mientras sonreía dejando ver su dentadura incompleta.


-¿Dónde está mi abuela?, quiero saludarla.


-Está que duerme, mejor ni la despiertes ¿Qué tal el viaje?


-Todo bien, la pista estaba libre de nieve, llegué en menos de 7 horas. ¿Cómo has estado tu?


-Aquí ando hija, este cuerpo viejo ya no sirve para nada – la vio levantarse de la mesa, llevaba la taza con sus manos temblorosas y arrastraba el pie izquierdo con algo de dificultad.


-Ma, deja eso, yo lo lavo, descansa un rato.


La señora Hortensia se fue a descansar en el dormitorio instalado al lado de la cocina. Se recostó en el viejo catre de fierro que hacía chillidos al solo roce. Los pensamientos no la dejaron conciliar el sueño. Tenía miedo de si misma, de cómo sería su vida cuando ya no pueda tener el control de todo su cuerpo, de la reacción de Luisa cuando se entere la verdad.


Luisa se encontraba lavando los utensilios de la cocina sin prestar atención al agua helada que endurecía sus dedos. Cuando su mamá le contaba que le dolía el cuerpo, ella se imaginaba que era como esos achaques a cuyos quejidos estaba acostumbrada. “Esto es algo diferente”, se dijo.


Se dirigió a la habitación de su mamá, donde antes también dormía y encontró que algunas cosas habían cambiado. Las paredes ya no eran lilas, tenían un tono beige, las dos camas estaban ubicadas una frente a la otra y el estante pequeño que antes le servía como librero, ahora estaba vacío con unas cuantas tazas a mitad tomar encima.


Llamó su atención una pequeña foto en formato blanco y negro que se encontraba sobre esa mesa, se podía divisar a la señora Hortensia con el cabello recogido sentada encima de una roca y en sus piernas, Luisa cuando era una bebé. 


-Mamá, ¿de qué año es esta foto?


-Tú tenías 3 años, estábamos aquí en el patio de la casa de tu abuela.


-¿Esa fue la foto que nos tomó mi papá?


-¿Te acuerdas de eso? – dijo la señora Hortensia.


-¿Quién es?


-Abuelita, ¿Cómo estás?


-Jo, ¿Quién eres? ¿Luisacha?, mi ojo ya no mira bien.


-Sí, abuela, soy yo.


-Ñañau, chinita, ¿Cuándo llegaste?


-Hoy en la madrugada, abuelita.


-Alalau, hijita, abrígate con mi razada, aquí hace frio – la abuela sacó de un costal una de esas frazadas tejidas de lana de oveja que ella misma hilaba mientras chacchaba su coca.


-Gracias abuelita, vamos a desayunar, voy a preparar un caldito.


Comieron las tres en silencio, de rato en rato las interrumpía una risa de la abuela que mostraba sus encías vacías, como acordándose de algo gracioso que soñó. Sus cabellos cortos mostraban ondas naturales con canas que más parecían rayitos hechos en el salón que el símbolo del peso de la edad. Sorbia su sopa como un bebé, sosteniendo torpemente la cuchara.


-Me quedaré un tiempo acá – señaló Luisa.


-¿Y la Universidad? – contestó perturbada la señora Hortensia.


-Necesitamos dinero, no puedo darme el lujo de seguir estudiando ahora.


-Solo te falta la mitad de la carrera, no seas tonta, podemos arreglarnos como sea, seguiré lavando ropa de gente ajena y tejiendo chompas.


-¡No! ¡Ya no puedes trabajar así! – estalló Luisa. No lo voy a permitir.


-¿Qué te pasa, por qué me gritas?


-¿Ya me vas a decir que tienes?


La señora Hortensia se retiró como huyendo de la conversación. Se sentía culpable por no ser una madre más fuerte, por haber dejado que Luisa nazca sin un padre que la proteja, por no haberle dicho la verdad.


Salió de la casa, con una bolsa de tela en sus hombros. Estaba decidida a impedir que su hija se condene a seguir sus pasos. Ella tenía que ser alguien en esta vida, para que no se quede lavando ropas ajenas.


Mientras caminaba iba dándose valor tratando de callar las voces en su cabeza que le hacían detener el paso. Se sentía insignificante frente a esa gran familia, recordó sus muebles finos, sus pisos brillantes y los cuadros traídos de otro mundo. Recordó las últimas palabras del señor Carvajal: “Mi familia no se puede enterar que ustedes existen, manténganse alejadas y no me causen problemas”.


Luisa se puso a ordenar la casa, mientras su abuela tejía unas medias de lana con la poca vista que le quedaba, desempolvó la cama, barrio el piso, ordenó los papeles de la mesa y acomodó las pastillas que encontró tiradas en la caja de cartón que su mamá usaba como mesita de noche. Un frasco llamó su atención, lo abrió para ver su contenido y observó unas capsulas color blanco.


-Abuela, ¿sabes qué es esto?


-¿Cuál hija? – dijo apartando la vista de su tejido y acomodando a un lado del cachete su bolo de coca.


-Este frasco marrón.


-No sé, tu mamá debe saber, mi ojo ya no mira hija.


-Ya abuelita, no te preocupes, ya vengo, voy a la farmacia a comprar.


-Ya hija, me traes mi llipta, por favor.


Se detuvo en la farmacia que quedaba cerca de la plaza principal, sacó el frasco y consultó sobre sus propiedades.


-Levodopa, solo lo vendemos con receta médica.


-Sí, lo entiendo, pero sabe para qué sirve.


-Se usa para el tratamiento inicial del Parkinson.


-¿Parkinson dijo?


-Sí, disculpe, tengo que seguir atendiendo.


Sentía que la cabeza se le adormecía, la sangre se hacia nudos y notó que empezaba a pellizcarse los dedos de los nervios. Se sentó en uno de los bancos de la plaza principal. No lo podía creer. “Mi mamá … ¿Con Parkinson? ¿Qué va pasar ahora?”. Recordó lo que su amiga le contaba cuando atendía a su suegro, cuando le daba de comer y no podía masticar la comida, cuando le cambiaba los pañales, cuando gritaba de dolor porque no podía mover sus brazos, ni piernas. “¿Qué voy a hacer ahora?” – gritó internamente conteniendo sus lágrimas.


En medio de uno de lados de aquella plaza, yacía imponente la estatua de Francisca Pizarro Yupanqui, con sus trenzas colgando sobre sus hombros y una expresión de alerta. Se quedó mirándola un largo rato, pensando en su mamá, en su vida tan encomiada y poco bendecida. Susurró frases sin sentido y como alejándose de aquella piedra blanca celosamente tallada, expresó “¿Qué destino es este que nos ha tocado vivir?”. Francisca es una Pizarro, pero también una Yupanqui –se dijo- y pensando eso, se alejó maldiciendo lo que los Pizarros, los Agüeros, los Almagros… y los Carvajales les habían hecho a los pueblos que habitaban en ese lugar.


Salió decidida a buscar al Carvajal de su vida. Si antes no le había pedido nada, ahora no había orgullo que la detenga. Necesitaba pedir ayuda, tenía que buscar a su padre para que le de algo más que su apellido. Se sabia las calles de memoria porque, aunque nunca le había dicho a su mamá, ella conocía dónde vivía. Lo supo cuando lo reconoció saliendo de una casa de tres pisos, tenía las mismas cejas pobladas, el cabello canoso y unos lentes cuadrados que hacían pequeños sus ojos por el grueso de la luna.


Cuando se acercó a la puerta, se encontró con una escena que hasta ahora recuerda como un momento decisivo en su vida. Allí descubrió que la familia como institución solo servía a quienes necesitaban herederos legítimos para preservar su propiedad y que dentro de ella no cabían los hijos nacidos de la traición de los esposos.



Recostó a su mamá en su cama y le limpió las heridas propinadas por la fiera traicionada. “Debió atacar a su marido y no encubrirlo como un niño … Me llamó bastarda como si eso borrara que por mi sangre corre la misma que la de sus hijos y que también soy una Carvajal”.


-¿Qué pues les ha pasado?, masculló entre sollozos la abuela.


- Nada que no le pase a nuestra gente, abuelita.


-¿Quiénes les han hecho esto?


-Los mismos que te entregaron a mi abuelo cuando tenias quince años.


-¿Qué dices, niñacha?


-Así ha sido siempre abuelita, se han servido de nosotras como si fuéramos tan solo objetos, así fue desde Sisa Quispe con Francisco Pizarro, así fue contigo y el abuelo, y así pasó con mi mamá y mi papá. Han tomado a la mujer y la han botado como si no sirviera para nada.


La abuela nunca entendía las palabras de su nieta, prefería quedarse callada o responderle en quechua con la seguridad de que no podía seguirle el ritmo. Sin embargo, esta vez, entendió muy bien, lo recordó cuando la casaron a los quince años, cuando se sentó por primera vez en una cama que no era suya, cuando le dijeron que su lugar era la cocina y atender a los niños que nunca dejaban de llegar.


Luisa se quedó recostada junto a su mamá pensando en salir a buscar trabajo al día siguiente para solventar los gastos de la casa, la acariciaba de costado mirándola fijamente y le decía: todo va estar bien, mamita.


-Tengo Parkinson, se oyó la voz de la señora Hortensia.


-Lo sé, mamá -le dijo, mientras la abrazaba con fuerza conteniendo sus lágrimas.


-No sé qué va a pasar.


-Ya lo resolveremos… Tú tenías razón, no necesitamos nada de ese hombre.



 
 
 

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