La paradoja del robot
- pedrocasusol
- 17 nov 2023
- 3 min de lectura
Escribe: Pedro Casusol
En la conferencia de desarrolladores de software convocada por OpenAI, la empresa que hace poco menos de un año lanzó el ChatGPT, el CEO Sam Altman anunció la inminente aparición de una serie de chatbots personalizados que transformarán para siempre nuestras antediluvianas existencias. Se llamarán GPT, que es el acrónimo de “generative pre-trained transformers”, y según anunció Altman en una ponencia que fue comparada con el lanzamiento del primer iPhone, pronto le pediremos a un ChatGPT que realice todas las tareas que no queramos hacer, como aquel cuento de Ray Bradbury en donde una casa inteligente realiza labores domésticas estando deshabitada.
Mientras leía esta noticia hace una semana, en medio de la convulsión política que todos conocemos, me preguntaba si la inteligencia artificial, tecnología que parece asomarse ya con el advenimiento del ChatGPT, podría solucionar esta encrucijada a la que hemos llegado como humanidad, ante el fracaso de la democracia y el calentamiento global que nos lleva, sin escalas, a nuestra propia extinción. En lo primero que pensé fue en José B. Adolph y en su novela “Mañana, las ratas”, donde una computadora gobierna el mundo dividido en regiones, administrado por gerentes como si el planeta fuera una corporación transnacional. En la distopía “adolphiana”, todos los avatares y sinsabores de la política peruana son cosas del pasado.
No sin cierto cinismo, me cuestioné si no sería mejor que dejemos de una buena vez que la inteligencia artificial gobierne el Perú. Vino entonces a mi mente un cuento de Isaac Asimov en donde una psicóloga de robots llamada Susan Calvin, personaje recurrente del autor, tiene que demostrar que un candidato a la alcaldía es un androide. En la saga de cuentos y novelas del escritor ruso-estadounidense, es el “cerebro positrónico” lo que dota a las máquinas de una conciencia parecida a la de los humanos, lo que vendría a ser algo así como el hardware de lo que llamamos inteligencia artificial. Una especie de “globo esponjoso de platino-iridio” del tamaño de un cerebro humano. El cuento de marras se titula “Evidencia” y forma parte del volumen “Yo, robot”.
Ocurre que Susan Calvin idealiza a los androides y, en cambio, es bastante crítica con la especie humana. Luego de pasar por una serie de pruebas físicas, la doctora somete al sujeto de estudio, el abogado Stephen Byerley, a un test psicológico, porque en el caso de que fuera un robot, este debería cumplir las tres Leyes de la Robótica que rigen la existencia de los androides y sobre la que se funda el universo de Asimov. La paradoja ocurre cuando ella se da cuenta de que, aún si cumpliera con esas reglas fundamentales que protegen la vida humana, podría tratarse de una persona decente. Según la doctora, “no hay manera de diferenciar entre un robot y un ser humano bueno”.
Aprovechando el interés generado por la posibilidad de que el candidato pueda ser un robot positrónico, Byerley consigue ganar las elecciones. En uno de sus mítines finales, un asistente se sube al escenario y le exige que lo golpee. “¡Pégame!”, le grita. “¡No eres humano! ¡Eres un monstruo! ¡Un falso hombre!”. A pesar de negarse, el candidato cierra un puño y lo golpea en la cara. Esto confirma, ante la opinión pública, que Byerley no es un robot, sino una persona capaz de agredir a otra. Tiempo más tarde, la doctora Calvin le confesará al político que se sintió desilusionada de que él fuera un ser humano. “Me gustan los robots. Me gustan mucho más que los humanos”, explica.
Un robot sería buen funcionario civil, según la literatura “asimoviana”, porque las Leyes de la Robótica le impiden dañar a los seres humanos, incapacitándolo para la tiranía, la corrupción, la estupidez y el prejuicio. Siguiendo ese razonamiento, pronto llegará el día en el que cualquier político decente y respetable esté bajo la sospecha de ser un robot. Le aplicaremos entonces un Test de Turing inverso. Antes de concluir, Calvin arroja una última hipótesis: la única manera con la que Byerley pudiera agredir a un humano siendo un robot, es que el otro haya sido también un robot. Todo no habría sido más que una pantomima para ganar las elecciones. Quizás por eso, en el siguiente cuento de Asimov, Byerley ostenta el cargo de “Coordinador Mundial”, pero no es más que un subordinado de “las máquinas”, los robots que gobiernan la Tierra.





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