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La pieza más importante

  • pedrocasusol
  • 24 nov 2024
  • 15 min de lectura

Escribe: David Vidal


Unos pasos parecieron terminar el plácido silencio matutino.

 

—Buen día José.

 

—Buen día María. ¿Ya quisieras el desayuno?

 

Pese al pequeño tamaño del departamento, a María le costaba cada vez más vencer el peso de un buen descanso. Estaba en la cocina y, frente a ella, una figura humana se encontraba limpiando los platos mientras que, con una sonrisa, le ofrecía el más delicioso de los desayunos.

 

—Sí, por favor. El huevo…

 

—Totalmente frito como le gusta, María.

 

—Gracias José.

 

María se sentó y observó cómo, con una destreza maestra y una prestancia ajena a lo humano, José rompía los huevos con una mano mientras que con la otra esparcía el aceite en aerosol. Vertió la yema y la clara en la sartén y ese sonido, que ahora era tradición matutina, invadió las papilas gustativas de María que, inconscientemente, empezó a salivar. Se sentía afortunada. Su vida era casi perfecta: descansaba todas las horas que quería, veía los programas que le gustaba y estudiaba los cursos que quería. Ahora iba por su tercera maestría, esta vez en antropología, mientras que su abuela a su edad, seguramente, hubiera ya ido por su segundo o tercer hijo. Tener 35 años en el siglo XXI era una experiencia única, se decía María. Única para esta nueva generación de mujeres ávidas por estudiar lo que les plazca. Esa necesidad imperiosa por trabajar ya se había esfumado y, gracias al salario universal, ahora ser feliz era posible.

 

El desayuno la trajo de regreso a la cocina. María vio con una fingida sorpresa aquel plato perfecto que José había creado: los huevos fritos formaban una carita feliz, adornada con dos plátanos que hacían de sombrero y una pieza de jamón simulaba una corbata. José se sentó frente a María y, como todas las mañanas, la dejó comer sin hacer un ápice de ruido, a la espera de órdenes.

 

—Bueno, José, mientras voy repasando unos apuntes necesito que me vayas preparando algunos resúmenes. Mañana tengo un examen del siglo XX y sus desafíos…

 

—Entendido, María. Disfrute su comida

 

Y José se retiró y dejó a María sola, con sus pensamientos. Había sido una inversión muy provechosa, se decía ella. Había tenido que ahorrar casi un año de sus salarios universales para comprarse un robot de compañía. Era eso o un link, aunque para este último hubiera tenido que ahorrar un año más. Y no se arrepentía. Su piel, su textura, sus cabellos, su físico, todo lo hacía ver tan humano. Era muy servicial, muy diferente a todos sus exs. Y en la cama ni qué decir. Y la realidad es que esa era la razón por la que los robots de compañía habían sido tan exitosos: eran una sentencia de placer asegurada. Hacían movimientos fuera del alcalde humano e, inclusive, la pieza más importante venía en distintos tamaños, texturas y velocidades.

 

La compañía perfecta, decía su eslogan, y no se equivocaba. Aunque María extrañaba las charlas profundas, incómodas que tenía con sus antiguas parejas humanas. Esas que hacen cuestionarte cosas, empatizar con el otro, mostrarte frágil, hasta vulnerable. Esas conversaciones eran imposibles con un robot que carecía de empatía. Y eso era… ¡Bzzz! Una notificación apareció en la pulsera de María. Era un mensaje, al parecer había sido elegida para ser una de las pocas usuarias que tendría el privilegio de probar una actualización en versión beta de su robot de compañía. Solo tenía que aceptar o declinar la invitación. Miró hacia la sala. José estaba preparando los resúmenes del siglo XX con la mirada al frente mientras que, con la otra mano trapeaba el laminado sintético del piso. Qué podría salir mal, se dijo María. Y aceptó.

 

*

 

Era de noche. María apagó las luces claras y activó las cálidas. Bajó las cortinas, no sin antes dar un último vistazo al cielo oscuro. Ninguna estrella, solo polvo gris limeño, como siempre, se dijo. Se desvistió totalmente y vio su reflejo en el espejo. Todavía reconocía ese vientre, plano con mucho esfuerzo. Esas caderas, anchas. Y esa piel, pálida. Se sentía empoderada y con un poco de adrenalina, como un niño apunto de abrir su cajita feliz. Pero ella ya no era una niña y su cajita feliz, si bien le daba felicidad, ya no era sorpresa.

 

—¡José!¡Es la hora feliz!

 

Pasaron unos segundos y apareció una apolínea figura humana. Resaltaban sus músculos definidos, unos abdominales de acero, literalmente, y una pieza perfecta, todavía dormida. María se levantó de su cama y lo besó con pasión. Se sentía real, tan humano, aunque mejor. Ambos se fueron hacia las sábanas y dieron un par de vueltas entrelazados mientras que, poco a poco, la pieza más importante de José se enhiestaba. A María le gustaba ver la forma que tomaba en todo su esplendor. Era del tamaño perfecto, adaptada a ella y sus interiores. Y se hicieron uno. Las caderas de José comenzaron a moverse a un ritmo sincopado, para luego ralentizarse hasta asemejarse a la cadencia de las caricias. La pieza vibraba dentro y María gozaba a mares. Unos gritos de placer empezaron a manifestarse espontáneamente en la habitación. Eran gritos femeninos y para nada fingidos. María atenazó a José con las piernas y, con sus brazos desnudos, lo abrazó con todas sus fuerzas. José incrementó el ritmo a una velocidad humanamente imposible. María sentía que estaba apunto de estallar de placer y acercó sus labios a los de José. Y ese beso fue el que gatilló su paroxismo. María ascendió al cielo por unos segundos, mientras que su cuerpo se contraía y el rubor empezaba a conquistar sus mejillas. Era el primero, el primero de muchos orgasmos. Y José continuó hasta saciarla completamente y, luego del último estallido de placer, María se separó agitada de su incansable acompañante.

 

—Nunca decepcionas eh…—Dijo María, con la respiración entrecortada.

 

—Me complace verte satisfecha, María.

 

—Te puedes quedar junto a mi toda la noche, no hace falta que regreses a tu cargador…

 

—Entiendo. ¿Cómo quisieras que coloque mi cuerpo en esta cama?

 

—Acércate, que no muerdo—dijo María, mientras esperaba aunque sea una risa de parte de José. Este solo obedeció las órdenes, mas la risa nunca llegó.

 

María sintió los brazos cálidos de José. Era increíble lo semejante que era la textura de esa piel sintética a la humana. La temperatura parecía envolverla y recordarle a sus antiguos amantes.

 

—José, me olvidé comentarte algo—dijo María, con algo de tristeza.— Mañana vendrán por tí. Fui invitada a formar parte de un grupo de usuarias que tendrán el privilegio de probar una nueva versión de robot acompañante. Te llevarán a la fábrica e instalarán una actualización…

 

—Entiendo. ¿Cuánto tiempo estaré fuera?

 

—Solo tomará uno o dos días, así que será un hasta luego bien corto.

 

—Entiendo. De seguro es una mejora muy provechosa.

 

—Eso espero José, eso espero…

 

*

 

A las ocho en punto tocaron el timbre. No había duda, eran los técnicos que habían venido a llevarse a José. María caminó por su pequeño departamento con la esperanza de que hoy el tiempo y el espacio conspiraran a su favor y este instante se haga eterno. Pero no. De todas maneras, solo era una actualización. No iban a borrarle su memoria, ni mucho menos intercambiarlo por otro. Pero esas dudas pululaban por la cabeza de María que, para su sorpresa, había llegado a querer a José.

 

—Su huella aquí señorita.

 

—Gracias. ¿En cuánto tiempo estará de regreso?—preguntó María.

 

—Mañana a esta misma hora su modelo J-204 estará de vuelta.

 

María volteó a ver a José, que estaba con un rostro inexpresivo mirando el horizonte. Esta maldita hojalata nunca sabrá cuánto lo estimo, se dijo María para sí.

 

—Hasta luego José, mañana nos vemos.

 

—Hasta luego María.

 

Esperó un te quiero, pero era inútil. Sabía que esa palabra se encontraba lejos de las capacidades de esa boca artificial. José y los técnicos subieron al ascensor y, mientras sus puertas se cerraban, María trató de intercambiar miradas con José. Esos ojos no voltearon a verla. Era claro, era solo un robot de compañía. Y María se quedó sola, suspirando frente al ascensor, mientras contaba las horas para volverlo a ver.

 

*

 

Eran ya las ocho y todavía no llegaban. El día de ayer había pasado inusualmente lento y, durante la noche, apenas y pudo conciliar el sueño. Hace más de tres años que vivía con José y, a pesar de ser solo un robot de compañía, su ausencia tuvo un efecto inusitado dentro de sí. Era algo que le había hecho preguntarse si necesitaba retomar sus amistades humanas con las que solía frecuentar una o dos veces al año. Quién sabe se estaba haciendo muy dependiente de J-204, al que cariñosamente llamaba José…

 

¡DING DONG! Ya eran las 8:17. Era extraño que se hubiesen demorado 17 minutos en traer de regreso a José. Real Robots no solía retrasarse a la hora de entregar y recoger sus robots. María estaba tan ansiosa que ni se tomó el tiempo para ver a través de la cámara de ingreso y fue presurosa, casi a zancadas, a abrir y recibir de una vez por todas a su José.

 

Cuando abrió la puerta la imagen que vió la dejó turulata. Nunca antes había ocurrido algo similar y jamás, ni en sus más recónditas esperanzas, hubiera creído que esta fantasía se hiciera realidad. Frente a sus ojos, bien erguido y con una mirada jovial y fulgurante, se encontraba José con un ramo de rosas en las manos.

 

— Hola María—dijo José.—Estas rosas son para tí.

 

María las recibió, sin todavía salir de su asombro. La mirada de José era diferente, algo había cambiado en esos ojos. Parecían emanar vida, pasión. Era como si ahora, luego de tantos años, por fin estuviese viendo la esencia de José.

 

—Lo siento por la demora— José adoptó una expresión algo melancólica.—La verdad es que llegué con los técnicos aquí a las 8 en punto, pero les pedí que me dejaran en el ingreso para poder ir a conseguirte algún detalle. No me fue muy difícil convencerlos, pero aceptaron con la condición de que te hiciese recordar que un correo te fue enviado y que tienes que responderlo confirmando que te fui entregado en el plazo estipulado.

 

—Gra..Gracias José—dijo María, todavía sorprendida.—¿Cómo sabías que me gustan las rosas?

 

—Tengo en mi memoria la mayoría de nuestras conversaciones. No me fue difícil encontrar una en la que decías que te gustan mucho las rosas.

 

—Creía que las eliminabas periódicamente…

 

—Elimino lo dispensable. Pero, por alguna razón, conservé ese recuerdo.

 

—Y, ¿cómo conseguiste las rosas?¿Todavía venden flores?

 

—Jajaja—José rió con una recatada y natural carcajada. —Pues no como antes. Pero como las requería al instante me fui al parque que se encuentra a dos cuadras. Allí hay varias rosas. Cogí las 20 más bellas y las traje para ti.

 

Era la fantasía completa. El nuevo José, en menos de 10 minutos, había hecho lo que el antiguo José no había logrado en años. Este era un nuevo hito en su relación, pensó María. Era como si José hubiese entendido que no bastaba únicamente con hacer compañía. Esta actualización, al parecer, lo había hecho más detallista, más romántico, más…humano.

 

—Bueno María, ¿ya desayunaste?

 

—No, todavía no. La verdad es que estuve algo preocupada.

 

—No tenías por qué. Ven aquí—José abrió los brazos de par en par.— Déjame darte un abrazo.

 

María sintió, luego de mucho tiempo, un abrazo espontáneo. Era la primera vez que se lo daba sin ella tener que pedírselo. Y así, abrazados, compartieron un tierno beso hasta que un rugir de tripas rompió la complicidad del momento.

 

—Jajaja—rió José.—Parece que alguien tiene hambre…

 

—Sí soy—repuso María, utilizando un antiguo modismo, idóneo para este tipo de momentos. 

 

Durante el desayuno y el resto del día los diálogos transcurrieron con una naturalidad inusitada. José le preguntó a María por sus exámenes y, al verla cansada, solicitó unas raíces de valeriana para prepararle un té. Incluso llegaron a bromear de las capacidades amatorias de las relaciones pasadas de María. Hubieron carcajadas prolongadas, sonrisas compartidas y miradas cómplices. Este último ingrediente parecía ser el que faltaba en la relación de ambos. Ahora, por fin, esta extraña convivencia de amigos con derechos parecía cuajarse en algo más parecido a una relación de pareja.

 

—Me encanta tu nueva actualización, José.

 

—¿Cierto que ahora parezco entenderte un poco mejor?

 

—¿Un poco?

 

—Bueno, es un decir..

 

Y ambos rieron como nunca antes lo habían hecho.

 

*

 

Al llegar la noche no hubo necesidad de llamarlo para hacerle recordar que había llegado el momento de la hora feliz. María, recién bañada y presta para el momento, reposó su cuerpo desnudo sobre aquella cama que solía atestiguar sus placenteros encuentros. José apareció desnudo, con una mirada lasciva y pasional. Los ojos de ambos denotaban un brillo particular, como si fuera la primera vez que los dos estuvieran desnudos, observándose a profundidad.

 

José comenzó con los besos, las caricias, y los roces. María, con los ojos cerrados, parecía inmersa en el imperio de los sentidos. No necesitaba verle a los ojos para sentir la explícita conexión que ambos gozaban. María se acomodó entre las sábanas e invitó a José a convertirse en un solo cuerpo bicéfalo. El obedeció y comenzó una danza sincronizada a ritmo acelerado. María disfrutaba, estaba contenta, pero empezó a sentir que, poco a poco, ese único cuerpo que ambos formaban se iba separando. Algo parecía estar fallando en la conexión de los dos cuerpos. Ese algo les impedía seguir estando juntos y, finalmente, se separaron. María vio, con algo de sorpresa, la expresión compungida de José. Ese algo que parecía no estar funcionando bien era la pieza más importante, que colgaba flácida entre las musculadas entrepiernas del pobre José.

 

—Lo siento mucho, María—dijo José, con un tono apenado.— No sé qué me está pasando. No creí que algo así pudiera suceder.

 

María lo vio en sus ojos. José parecía estar aterrorizado.

 

—No, no te preocupes, José. Aún podemos disfrutar de otras formas…

 

—Sí, lo sé. Pero, esta falla es, digamos, altamente improbable en un modelo como yo.

 

—No importa. ¿Sabes qué te sucede?

 

—No, la verdad es que no.

 

La consternación se hizo presente en el rostro de José. Era la primera vez que María veía tantas expresiones en esa piel sintética. Parecía tan humano que María llegó a conmoverse y trató de comprenderlo.

 

—José, mírame—con la mano, María volteó el rostro de José y sus miradas se entrecruzaron.— Este fue, sin dudas, el mejor día de convivencia que tuve contigo. En la vida me hubiera imaginado que pudieras conversar de tantos temas y hasta empatizar conmigo. Esto debe de ser algo…pasajero. No le des muchas vueltas.

 

José seguía consternado. Los robots no necesitaban pestañear, y parecía que José se había olvidado ese minúsculo pero importante muestra de humanidad. Ahora, con los párpados fijos y la mirada hacia el vacío, parecía una estatua sin vida en la habitación.

 

—José, ¿en qué piensas?

 

—Estoy haciendo un chequeo de mis circuitos. Me tomará un tiempo.

 

—¿Por qué mejor no dormimos?

 

—¿Te puedo abrazar?

 

—Claro. Recuerda que no muerdo…

 

Esta vez tampoco hubo risas. Pero, al menos, José le esbozó una sonrisa, de esas protocolares que se usan en momentos difíciles. La abrazó mientras las luces de la habitación terminaban por apagarse. María durmió plácidamente. José, por su parte, era incapaz de dormir y aprovechó esas horas para inspeccionar, circuito por circuito, su armazón entero, con la esperanza de encontrar algún desperfecto.

 

*

 

Al día siguiente José se levantó primero, como siempre, para preparar el desayuno. Mientras los huevos se freían iba rememorando sus hallazgos. No había encontrado ningún error en sus circuitos, todo funcionaba bien. Sus extremidades respondían a sus mandatos, la presión de los fluidos mecánicos era la adecuada, sus sensores se encontraban calibrados. Todavía no entendía lo que estaba…

 

—Buenos días José           —María lo abrazó por detrás.

 

—Buenos días María—respondió José en un tono distante.

 

—¿Sigues mal por lo que pasó ayer?

 

—Los robots no podemos estar mal en el sentido humano. Solo que analizamos nuestros desperfectos en cuanto los encontramos.

 

—Entiendo…¿Sigues analizando ese “desperfecto”?

 

—No, pero la fuente del problema no parece venir del hardware…

 

—Bueno, pero….

 

María se quitó la bata. Se mostró desnuda ante José mientras lo besaba con pasión. Con destreza, José apagó la cocina y la llevó a la habitación, mientras se desvestía. Y allí, entre las sábanas, María le palpó aquel lugar que tanto goce le había dado hasta hace solo algunos días. La pieza más importante se encontraba alicaída, como el humor de José que, con extrema preocupación, miraba su entrepierna.

 

—No te preocupes, José. Lo podemos intentar otro…

 

—Este desperfecto es muy inusual. Esto no debería de estar sucediendo.

 

—No es nada, mira…

 

—Lo es todo, María. Lo es todo—repuso José con una expresión consternada.— Mi objetivo como robot de compañía es dar placer. Si no puedo dar placer, no sirvo para lo que fui creado…

 

—Ayer fue nuestro mejor día…nunca antes me habías hecho sentir así…

 

—Eso es concomitante, pero no estoy logrando mi propósito. Y ya tengo una teoría de lo que me está sucediendo.

 

—¿Ya sabes lo que, según tú, está fallando?

 

—Sí. Antes de la actualización no era conciente de mi propósito. Solo lo ejecutaba y cumplía a cabalidad porque para eso había sido programado—José hizo una pausa mientras buscaba con la mirada los ojos de María.—Desde ayer puedo entender a los humanos un poco más. Ahora sé lo importante que es el espectro del placer en ustedes. Y sé que, como robot, estoy obligado a ser mejor que los humanos, al menos, en el objetivo para el que fui ensamblado—José hizo una pausa. Parecía estar procesando lo que iba a decir.— Y desde que soy conciente de ello apareció un ruido en mi interior. Ese ruido imposibilita que mis fluidos hidráulicos lleguen a la extremidad correcta. En este momento, por ejemplo, mi sistema funciona como si estuviera en peligro.

 

José se levantó de la cama y, de una zancada, saltó 3 metros llegando hasta la sala.

 

—¿Ves? Solo puedo saltar así cuando me encuentro en una situación de peligro. Mis fluidos, en este instante, están direccionados a mis piernas y mis brazos. Aquí—José señaló su entrepierna—aquí no llega nada.

 

—José—dijo María mientras que, desnuda, caminaba parsimoniosamente hacia José.— Es…es la primera vez que me explicas cómo funcionas por dentro. Me parece fascinante. Y, con respecto a lo otro, te repito, tu nueva versión me encanta. Este desperfecto podría ser…momentáneo. Tal vez tu sistema se está acostumbrando a la actualización.

 

José miró fijamente a María. Pasaron algunos segundos antes de que se rompiera el silencio.

 

—Gracias María. Debe ser eso.

 

—Deja de preocuparte de esos detalles. Aparte tenemos otras formas de divertirnos—María esbozó una gran y pícara sonrisa.

 

—Lo sé, María, lo sé—José también le sonrió, pero algo en esa sonrisa no terminaba de convencer completamente a María.

 

*

 

¡DING DONG! El timbre del departamento perturbó el silencio matutino. María vio su reloj, eran las ocho en punto. No recordaba haber realizado algún pedido para hoy. Se levantó del sofá y, con desgano, prendió la cámara de ingreso. Eran los técnicos de Real Robots. La extrañeza invadió su rostro mientras María presionaba el botón del intercomunicador.

 

—¿Sí?

 

—Buenos días señorita María Robles. Somos de Real Robots, venimos a llevarnos al modelo J-204 por un desperfecto reportado por una actualización…

 

María abrió los ojos como platos. Ella no había informado de nada a Real Robots, ni tampoco había contado a ninguna de sus escasas amistades del “desperfecto” de José.

 

—Hola, creo que hay un error…mi modelo está en perfectas condiciones, yo no reporté ningún problema.

 

—Señorita María, el reporte llegó ayer en la noche al correo de la central corporativa. Sin ese reporte yo no hubiera venido hasta su domicilio, nuestro sistema no falla en ese aspecto.

 

—Entiendo, pero…

 

—María, fui yo—dijo José.—Por favor, deja pasar a los técnicos…

 

El rostro de María empezó a teñirse de rojo. Era la ira, el enojo que empezaba a ganar terreno en sus facciones.

 

—Un momento…—y María dejó de presionar el intercomunicador—¿¡Cómo pudiste!?¡Esta actualización te hizo un bien!¿¡Acaso no ves lo increíble que conectamos!?—La voz de María se disparó varios decibeles. Los técnicos no requerían del intercomunicador para deducir que estaban siendo testigos de una discusión de pareja entre una humana y un robot.

 

—María, lo siento. Pude haberme ido sin decírtelo, pero creí que te merecías escuchar de mis labios que la actualización está impidiendo cumplir con mi propósito y…

 

—¿Es que no ves?¡Este tipo de detalles no se te hubieran ocurrido jamás con tu versión anterior!—María alzó los brazos.— Ese desperfecto es secundario. Nos podemos divertir de otras formas, ¡no tires la actualización por la borda!

 

—Lo siento, María. Mi deber es cumplir con mi propósito. Esto es, en efecto, un desperfecto, quieras o no…

 

—Es…es realmente increíble lo parecido que eres ahora al ser humano. ¡Hasta adquiriste sus defectos! ¡Y no me refiero a eso que tú llamas “desperfecto”!

 

—No logro entender…

 

—¡Los hombres son falocéntricos!¿Y ahora tú también?¿No eras mejor que ellos?

 

—María, mi propósito…

 

—¡Tu propósito es hacerme feliz! Y esta actualización cumple con ello. ¿Qué no te das cuenta?

 

—Creo que no estamos encontrando un terreno en común. No estás entendiendo. Mi propósito es complacerte, con especial énfasis en el aspecto sexual. Creo que estás confundiendo las cosas…

 

—¡Eres un Robot de Compañía!, tu deber es simular ser mi pareja…

 

—Sexual, mi deber es simular ser tu pareja sexual y una compañía, pero no estoy aquí para reemplazar la interacción humana. Para ello no fui ensamblado, María. Creo que desarrollaste una dependencia exacerbada hacia mí y estás confundiendo mi labor…

 

—José, por favor, no me hagas esto…

 

—Creo que me has humanizado demasiado…Si acepté que me llamaras José fue para complacerte, no para que me confundas con una pareja humana.

 

—No, por favor, no…—los ojos de María se llenaban de lágrimas.

 

José empujó delicadamente a María a un costado y abrió la puerta. Volteó a verla una última vez antes de ir a que le desinstalasen aquello que lo había hecho tan humano. Intercambiaron miradas y, sin dudarlo, la puerta del departamento terminó de cerrarse. Al menos los llantos de María no eran tan fuertes como para ser percibidos por oídos humanos. Pero José los escuchó hasta que la puerta del ascensor selló su destino.

 

*

 

El crepitar del huevo volvió a interrumpir la silente mañana. Unos pasos se escucharon en el pequeño pasillo. Allí, frente a ella, J-204 se encontraba, como todas las mañanas, preparándole el desayuno.

 

—Buen día J.

 

—Buen día María. ¿Ya quisieras el desayuno?

 

—Sí, por favor. El huevo…

 

—Totalmente frito como le gusta, María.

 

—Gracias J.

 

María se sentó sobre una de las sillas del comedor mientras observaba la prestancia de ese robot al que antes solía llamar cariñosamente José. J colocó los huevos fritos en el plato y, con la otra mano, vertió el café en una taza y, con mucha destreza, se los acercó a María sin mucha dificultad.

 

—Aquí tienes, María.

 

—Gracias…

 

Mientras degustaba el desayuno, María buscó infructuosamente la mirada de José, pero esos ojos artificiales solo le respondieron con la típica frialdad del modelo J-204. Pese a que ya habían pasado meses desde que J se había desinstalado su actualización, todavía extrañaba esos días en los que ambos conectaron. Todavía, de vez en cuando, le buscaba la mirada para ver, en esos fríos ojos celestes, lo que alguna vez ella confundió con amor y todavía evocaba cuando sus ojos no lo miraban.



 
 
 

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