La Samaritana
- pedrocasusol
- 11 sept 2025
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Escribe: Dina Emeteria Chávez Bellido
El funeral de la Samaritana, cuyo nombre era Rufina Martínez, congregó a todo el árbol genealógico de la familia viviente; a parte de los vecinos, monjas y sacerdotes que no dejaban de orar en todo momento. Se cerró con toldos toda la cuadra y los arreglos florales dieron vuelta a la manzana. El funeral duró toda una semana porque seguían llegando los familiares de todas partes del Perú y del extranjero. La casa y la cuadra eran un hervidero de gente que entraba y salía. Muchos de ellos no se conocían a pesar de que eran parientes cercanos. Tan cercanos que los apellidos se repetían hasta llegar a la confusión.
Los hijos de la Samaritana quedaron endeudados con el carnicero, el pollero, el papero, el limonero, y, sobre todo, con las tiendas aledañas por la compra de cientos de velas para iluminar la casa y la cuadra entera, pues en esos años había apagones y bombas constantes por la presencia de los grupos terroristas que luego fueron atrapados, enjuiciados y encarcelados por el gobierno de turno del país. La familia entera casi no durmió en toda la semana porque entraron en presentaciones de primos, sobrinos, tías, abuelas, padrinos, ahijados, comadres, cuñados y periquito de los palotes. Ya parecía un desmadre, hasta que la familia directa de la Samaritana se acordó que tenían que enterrarla, previa misa de cuerpo presenta en la iglesia donde ella había obrado y orado gran parte de su vida.
Rufina Martínez, muy joven, fue casada a la fuerza con Abraham Paredes, un hombre que no la amaba y que ella tampoco lo quería, pero ellos aceptaron por cuestiones de costumbres familiares en Huancavelica. Ambos tuvieron ocho hijos y la desgracia pronto tocó a la familia, la muerte inesperada del esposo. Quedó viuda con siete hijos y uno por nacer. El golpe fue devastador para ella y sus pequeños hijos, ahora, huérfanos de padre. Eleodoro, el hijo mayor, se convirtió en el brazo derecho de su madre y buen consejero de sus hermanos por el resto de su vida, hasta verlos convertidos en profesionales.
La viuda, muy creyente en Dios y con el corazón muy generoso, trabajó día y noche arreando sus vacas y cultivando sus chacras, compradas por su esposo. Sabía que sola no podía lograr. Contrató vaqueras, peones para labrar las tierras y regadores para el día y la noche. Sus trabajadores sintieron gran respeto, lealtad y cariño hacia ella porque les daba un trato justo y muy humano. La paga no era con dinero, porque había escasez de ello, pero las cosechas eran muy buenas y estas servían de trueque. Las relaciones laborales comenzaron a convertirse en amicales y hasta familiares. Ante esto, se corrió la voz en el pueblo y otros lejanos. La casa grande de doña Rufina Martínez siempre estaba llena de trabajadores a la hora de las comidas. Ellos quedaban muy agradecidos por la atención y los pagos puntuales y ella les repetía que agradezcan siempre a Dios.
En los años de su infancia, Rufina Martínez, fue llevada a la escuela, casi a escondidas, por un hermano mayor llamado Gregorio Martínez. Ella, muy inteligente, estudió dos grados en un año sacando un diploma de sobresaliente a fin de este, pero eso no fue nada para sus padres, pues ellos querían una vaquera, una cocinera y brazo de apoyo. Ella nunca olvidó la lectura y la escritura, ya que leía todos los días el Nuevo testamento, rezaba el rosario pidiendo la bendición de Dios para ella, familiares, vecinos y sus muertos de su pueblo llamado Mutanga. Esa experiencia breve en la escuela le sirvió para enseñar a leer y escribir a sus nietos, cuando a la edad madura se trasladó a Lima.
Cuando sus hijos fueron creciendo, ella fue llevando uno a uno a la capital de la provincia, puesto que no había escuela en su pueblo y doña Rufina Martínez se había prometido educarlos, aunque no tenía casi nada de dinero solo chacras y animales. Con mucho esfuerzo construyó una casita modesta, pero bien dividida para que tengan un lugar donde vivir sus retoños. Cada fin de mes, iba a la provincia llevando alimentos y leña, siempre acompañada de su perro Campeón. Apenas llegaba buscaba pastizales para los burros y la mula que ella montaba; luego, limpiaba la casa, cocinaba, lavaba las ropas de sus hijos, remendaba los pantalones y las faldas viejos; así mismo, bañaba y despiojaba a sus hijos y les mandaba cortar el pelo a los hombres. Finalmente, recogía sus cabellos largos en unas trenzas gruesas y se ponía el único vestido nuevo, el del luto y ponía en una canasta algunos quesos frescos, y visitaba a cada uno de los profesores. Ellos ya la conocían y les decían que sus hijos eran puntuales, responsables, educados, inteligentes y, a veces, ganaban algunos concursos. Ella les regalaba un quesito y les agradecía por adelantado para que cuiden a sus hijos. Antes de partir rezaba el Padre nuestro con sus hijos y les pedía que no olviden de orar a Dios siempre, y se marchaba con el corazón partido y llorando todo el camino de regreso. Parecía la Virgen Dolorosa acompañando a su hijo hacia la crucifixión. No había día que no llorase por sus hijos ni la fe la calmaba. Tanta era su pena que un día soñó que el Cristo crucificado desprendió su brazo de la cruz y le puso la mano sobre su cabeza y le dijo: Rufina, por qué lloras tanto acaso yo no estoy contigo. Ella se despertó agradecida y se puso en oración todos los días de su vida.
Solo había primaria completa en la provincia. Eso era un gran problema para doña Rufina Martínez. Su hijo mayor, Eleodoro le propuso que él se trasladaría, con sus hermanos más pequeños, a Lima. Ël se encargaría de cuidarlos y quererlos como un padre. La señora confiaba en su hijo mayor y le dio su bendición. Ella sabía que era un viaje largo y que los vería recién en las vacaciones. Nuevamente, el corazón se le partió en pedazos, pero sabía que Dios nunca los olvidaría.
Lima era monstruosa para los ojos de unos niños pueblerinos. Eleodoro alquiló un cuarto en una quinta de la Victoria. Los hombres estudiaban en el Colegio de Guadalupe y las mujeres en el Rosa de Santa María. Los niños vendían guachitos de lotería, lustraban zapatos o trabajaban de limpia mesas en los restaurantes; las mujercitas, cocinaban, lavaban la ropa, vendían ponche de huevos en los mercados y también ropones y escarpines porque sabían tejer. Todo ello, porque las encomiendas no llegaban a la dirección o se perdían en el camino. Ellos tenían que sobrevivir a toda costa.
Doña Rufina no sabía que sus hijos pasaban hambre. Solo rezaba a Dios desde el fondo de su corazón. Compartía las cosechas con sus familias, con sus vecinos y trabajadores. Todo el pueblo la quería mucho por su gran bondad hacia todos y gran fe en Dios. Todos la veían como a una madre que compartía todo lo que tenía. Siempre estaba apaciguando los pleitos entre los vecinos, era madrina de muchos niños, conocía el beneficio de las plantas curativas y ayudaba a los enfermos. Mucha gente acudía a ella para un buen consejo. Tanto amor hacia los demás hizo que la llamaran Mama Rufi.
Eleodoro y sus hermanos fueron creciendo y casi todos ingresaron a la universidad estudiando diferentes carreras. Más tarde se casaron y tuvieron hijos. Esto le dio mucha alegría a doña Rufina Martínez, pero siempre le causaba gran tristeza haber enterrado a tres hijos: Susana, quien murió dando a luz a una niña, que vivió muy poco, y luego el yerno tan joven. Esto fue feroz para ella, pero la vida le tenía más sorpresas terribles como la muerte de Pablo, quedando truncada su carrera de Contador. Ella creyó que había sentido suficiente dolor con la partida temprana de Donatila.
De tanto ir y venir la viuda, ya entrada en canas, decidió viajar a Lima y radicar en ella a solicitud de sus hijos y nietos. Su partida dejó un gran vacío en su pueblo. Todos la despidieron llorando porque sabían que ya no volvería, pues vendió sus animales y sus chacras para comprar un terreno en la ciudad. Sus hijos construyeron un edificio para que ella viviera en la primera planta y cobrase los alquileres de varios departamentos y de una tienda en la esquina del edificio.
Como era muy creyente en Dios, doña Rufina Martínez se hizo muy amiga de las monjas y sacerdotes de la incipiente iglesia del barrio. Donó una banca grande de madera fina con una placa con el nombre de su esposo. Allí recibía la misa todos los días y los domingos con sus hijos y nietos. Dejaba algo de dinero para las flores de la Virgen Purísima. Casi todos los pisos fueron tejidos a crochet por ella. No contenta con ello, becaba a un seminarista cada cierto tiempo. Invitaba a las monjitas y sacerdotes a almorzar una vez por mes en su casa. Visitaba a los enfermos con un rosario en la mano. Estaba en oración y comunión diaria y rezaba por todo el mundo, incluso por los muertos de su tierra. Nunca le faltaba una frazada o un plato de comidos a los loquitos de la calle.
Cuando frisaba los noventa y picos de años doña Rufina Martínez respondió a la pregunta de la nieta mayor, por qué rezaba tanto y ella contestó: por todos los pecadores del mundo; además, yo he tenido a mis hijos sin haber querido a mi esposo, mis dos hijos se han casado con sus primos hermanos y algunas de mis nietas ha abortado un niño.





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