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La última cosecha

  • pedrocasusol
  • 16 sept 2025
  • 5 min de lectura

Escribe: Violeta Truyenque


Era el mes de abril o tal vez mayo, solo sé que era tiempo de cosecha, esta campaña agrícola había sido muy buena, la madre tierra fue muy generosa y brindó sus frutos en abundancia, los agricultores estaban alegres y comentaban risueños sus planes para invertir lo que obtendrían por las ventas de sus productos… aunque sabían que el que les compra y lo revende sería el más beneficiado.


Cuando las cosechas son abundantes es costumbre hacer tendales para acopiar la producción y levantar carpas para que los trabajadores pernocten en el lugar, muchos trabajadores van con toda su familia y hasta llevan sus animales al consigo… son días de fiesta y de jolgorio, bromas van y bromas vienen… los peones son tan inocentes y simples que de todo ríen con ganas, hay muchos niños y mujeres. Cuando amanece las mujeres afanosas empiezan a preparar el copioso desayuno que tomarán todos: Papa sancochada con queso, sopa de leche con verduras y bastante queso o también sopa de cordero y para terminar su taza de mate o café con panes especiales. Por las mañanas hace un frio intenso, el agua se congela y se forman escarchas en los charcos de agua; todos se abrigan muy bien con los ponchos de lana de oveja tejidos generalmente por las esposas o algún familiar,  para calentarse encienden pequeñas fogatas y se sientan alrededor; el patrón pasa saludándoles y repartiendo puñados de coca que  reciben con agradecimiento y respeto por que la coca para ellos es una planta sagrada que les infunde valor, energía, fuerza y les quita el hambre, igual les ofrece una copa de trago para calentarse.


Los niños en las cosechas se divierten de lo lindo, al amanecer cuando se levantan igual que sus taitas se pasan la voz entre ellos y van corriendo alegres al alcance de los primeros rayos del sol para poder calentarse, muchos llevan hondas y van disparando pequeñas piedras a las avecillas que se les cruza, si logran cazarlos ya tendrán un  pajarillo asado para su desayuno.


Las cosechas de papas de antaño eran fascinantes, decenas de peones con sus familias se juntaban cuando los convocaba el patrón Don Humberto, era dueño de una hacienda, además poseía muchos terrenos dentro de la comunidad y en cada Laime (rotación de tierra cada 7 años, es decir la tierra de cultivo descansaba 7 años para volverse a sembrar en ella; costumbre ancestral que permitía al terreno de cultivo regenerarse sola…no se usaba fertilizantes químicos). Después de desayunar, los hombres agarraban sus picos o lampas y a la orden del patrón iniciaban la cosecha , trabajaban, risueños, alegres y en competencia para ver quien llega primero al final del surco o quien  lograba sacar más tubérculos en el surco que le correspondía, lo peculiar era que tras cada trabajador iba su esposa y sus hijos terminando de sacar de la tierra las papas menudas que el esposo iba dejando; si el trabajador encontraba una papa de un tamaño fuera de lo normal (Huanlla) también lo mostraba y se lo daba a su familia, todo esto era para ellos. Cuando terminaban de cosechar un campo y se recogía todo lo obtenido, la gente del pueblo o de las comunidades que no tenían nada entraban a rebuscar lo que quedaba… siempre obtenían una buena cantidad de papas menudas, cuando terminaban ellos, el turno era de los chanchos que tenían un festín asegurado.


Ese año el Laime era el paraje llamado Chicha Ccasa, lugar muy pintoresco, lomas fértiles   con abundante vegetación especialmente del Ayrampu que eran unos frutos pequeños en racimo que al madurar tenían un tono morado y al comerlos los labios adquirían ese tono, después de comerlos los niños lo recogían en canastitas y llevaban a casa para que cada mamá preparara mazamorra. El valle era amplio con lomas no tan altas, ubicado entre dos ríos en cuyos cauces Don Humberto, años atrás cuando fue alcalde del pueblo hizo sembrar alevinos de truchas los que se adaptaron muy bien y se reprodujeron rápidamente, ahora era el alimento principal de los lugareños y para algunos también era el sustento económico


Era fin de semana y había festividad en el pueblo vecino, los peones y toda la familia esperaban con ansias que llegue la tarde para poder asistir por la noche a la víspera de la festividad, le pidieron permiso al patrón y le invitaron acompañarles… él era un hombre muy responsable, trabajador, solidario y empático, prefirió quedarse solo en el campamento para dar libertad total a sus trabajadores. En efecto todos se fueron y el quedó solo, era una noche hermosa, la luna estaba en todo su esplendor e iluminaba totalmente el paisaje los ríos que circundan el valle brillaban como si fueran ríos de plata, se divisaba claramente el camino serpenteante que subía desde el valle.  El recostado en su cama disfrutaba del silencio total interrumpido algunas veces por el croar de los sapos, estaba sumido en sus pensamientos pero… allá a lo lejos en el camino, por donde empieza la subida notó que algo se movía, pensó que era algún animal en busca de pasto, pero al aguzar la vista vio que era una persona que con mucha dificultad subía por el sendero y traía un bulto consigo…siguió mirando y notó que de rato en rato se detenía y pensó “ ¿Quién será y donde irá ese caminante? que a esta hora de la madrugada se atreve a atravesar este valle silencioso…bueno tendrá urgencia de llegar a donde esté yendo”; el bulto avanzaba hacia el lugar donde se encontraba descansando…al darse cuenta de esto, se frotó los ojos y miró con detenimiento… el caminante ya estaba muy cerca se le podía ver con más  nitidez  y se percató que lo que parecía un hombre no caminaba si no que se desplazaba a unos 40 cm. del suelo, se le erizaron los pelos, empezó a sudar copiosamente, se tapó la cabeza con el cobertor y sintió que el bulto se parada junto a él y emitía un lamento de ultratumba, don Humberto sentía que se desmayaba no podía pronunciar una palabra, se quedó mudo aterrorizado, notó que el ente jalaba uno de sus cobertores y se desplazaba por encima de los montones de papa que había en el tendal y luego desapareció, él quedó paralizado  hasta que después de un buen rato escuchó que sus peones regresaban bailando y entonando canciones alegres  de los carnavales, se sentó en su cama, los que llegaron lo vieron y se asustaron ya que estaba pálido y sudaba copiosamente; le preguntaron ¿ que tenía? Y él en forma entrecortada les relató lo que había visto y sentido…le dieron de beber un trago para que se calmara.  El más viejo de los peones con la sabiduría que le caracterizaba y conocedor de las leyendas, fabulas etc del lugar dijo: “ Señor lo que has visto es el alma de uno de nosotros que se está despidiendo recorriendo los caminos que ha caminado en vida… probablemente… para uno de nosotros esta sea la última cosecha ”; todos guardan silencio, tomaron un trago de un licor preparado y trataron de perder el miedo, elevaron una oración al cielo para que esta creencia no se cumpliera .


Pasaron unos meses y un día… ¿Quién creen que cayó enfermo?, pues don Humberto, en el lecho del hospital me contó esta historia y me dijo “tal vez el que no llegue a la próxima cosecha sea yo y el bulto que vi era mi alma caminando por los lugares que yo muchas veces transité…”. Coincidencias o hechos paranormales, lo cierto es que el querido Don Humberto falleció y esa fue su última cosecha.



 

 
 
 

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