Las cenizas de Bradbury
- pedrocasusol
- 17 nov 2024
- 3 min de lectura
Escribe: Pedro Casusol
Llega ese momento del ciclo en el que me paro frente a mis alumnos y los confronto de manera directa: escribir es, en efecto, un dolor de cabeza, les digo. ¡Ojalá fuera tan fácil como sentarse a mirar videos virales en un infinito scroll! Escribir es pensar, tomar una idea abstracta o compleja y romperte la cabeza hasta convertirla en un texto que use las palabras correctas para decir exactamente lo que quieres expresar: pegarte a la pantalla es lo contrario. A la generación de mis alumnos, nativos digitales por excelencia, se les ha enseñado a pensar con imágenes, nada más. Ellos creen que ver es comprender; por eso, cada vez que intentan retener algo, le toman una foto a la pizarra.
Pienso en Ray Bradbury, en el presagio funesto de su más celebrada novela, “Fahrenheit 451”, aquella en donde los bomberos, en vez de apagar las llamas, se dedican a quemar bibliotecas. En la distopía “bradburiana”, las personas tienen prohibido leer o conservar libros, y la censura es ejercida por estos escuadrones de bomberos a los que pertenece Guy Montag, el protagonista de la novela que lleva una vida promedio, sin cuestionarse el sentido de su oficio o su felicidad. El arco narrativo del relato estará constreñido a la transformación del personaje, tras conocer a una joven que le hace preguntas sencillas: ¿Leyó alguna vez uno de esos libros? ¿Es usted feliz?
Para mí, lo más relevante de la novela es que el autoritarismo no aparece bajo la forma de un gobierno, aunque se menciona su existencia y el riesgo de una guerra atómica. La forma en la que se manifiesta este control sobre la población es a través de las pantallas, enormes televisores que ocupan paredes enteras en la casa, con programas en donde la gente interactúa. Mildred, la esposa de Montag, por ejemplo, vive obsesionada con unos seres de ficción a quienes llama “mi familia”. Para ella, la única manera de sobrellevar la vida es a través de estas pantallas, y acaso su más grande aspiración sea que su esposo bombero consiga financiar otra pared, la cuarta, la única que falta para sumergirse en la telerrealidad. Mildred confunde la felicidad con entretenimiento.
Claro que Bradbury no tenía cómo adivinar en 1953, año en que se publicó el libro, que las pantallas cabrían en la palma de una mano, que podríamos guardarlas en los bolsillos y que nos acompañarían a todas partes como una constante fuente de entretenimiento y alienación. Lo más interesante de “Fahrenheit 451” es que propone la dictadura de los mass media a través de la banalización y la censura. En uno de los momentos más sólidos de la novela, el capitán de la compañía de bomberos, de apellido Beatty, acude al lecho de Montag, una vez que este empieza a mostrar dudas sobre su oficio, y le explica que fue la gente la que dejó de leer, voluntariamente, a causa del avance de la tecnología y la velocidad de los tiempos modernos.
“No comenzó en el gobierno”, explica Beatty. “No hubo órdenes, ni declaraciones, ni censura en un principio, ¡no! La tecnología, la explotación en masa, y la presión de las minorías provocó todo esto”. Si bien Bradbury forjó su novela sobre la base de su amor por los libros y el miedo a la censura que se respiraba a causa de la Guerra Fría, es poco probable que llegara a imaginarse un salón de clases en el siglo XXI.
Hordas de alumnos encorvados sobre sus pantallas móviles, adictos a la imagen y a los vídeos de uno o dos minutos, textos de menos de 280 caracteres, sonidos estimulantes que llegan por audífonos inalámbricos, frente a unos pocos profesores que intentamos, como la resistencia que acoge a Montag, darle una nueva vida a la cultura de la palabra escrita, demostrar las hermosas posibilidades que otorga poner una oración tras otra. Difícil si además tenemos a un gobierno inoperante que manda a los alumnos a recibir clases remotas, como si la educación fuera la última rueda del coche.





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