Las flores de Baudelaire
- pedrocasusol
- 27 ago 2023
- 3 min de lectura
Actualizado: 18 sept 2023
Escribe: Pedro Casusol
Una amiga se va del país, se deshace de todo. Publica en sus redes las cosas que pone a la venta, incluyendo sus libros. Esta amiga viene deshaciéndose de su biblioteca desde hace tiempo (ya le había comprado varios ejemplares) y por eso sé muy bien que estos son sus objetos más preciados, los libros que quería llevarse a su nuevo país. Advertido de ello, revuelvo entre sus cosas con ojos de animal carroñero, hasta que encuentro una bella edición de “Las flores del mal”, la obra cumbre de Charles Baudelaire, de tapa dura y a precio de ganga. No lo pienso dos veces, me lo llevo.
Desde entonces lo cargo a todas partes, es mi nuevo juguete. Su lectura me transporta a épocas universitarias, cuando una profesora que podía ser mi abuela —muy simpática la señora, no recuerdo su nombre— obligaba a leerlo. Tuve entonces una copia anillada y luego una edición vieja que se deshojaba, esta última prestada por una amiga. Muchos años más tarde, en mi librería favorita, encontré una edición pequeña de “Les Fleurs du Mal”, como se llama en francés. Era un librito de cubierta negra y papel liviano que podía llevar a cualquier parte, como una Biblia de bolsillo o “El pequeño libro rojo”. Me habrá costado unos 25 soles —otra ganga, aún en tiempos prepandémicos— y ese mismo fue el libro que permaneció en la repisa de mi habitación hasta que, de un momento a otro, desapareció misteriosamente. Simplemente ya no está.
Más allá de las anécdotas, les hago una pregunta: ¿existe un poemario más influyente, al menos en términos de poesía moderna, que “Les Fleurs du Mal”? Hablamos del libro escandaloso y subversivo por excelencia, la obra maestra de Charles Baudelaire, el padre del simbolismo y el poeta maldito primigenio. Sin él, no se podría explicar a Verlaine ni a Mallarmé ni a Rimbaud. Antes que todos ellos, fue el primero en aventurarse en llegar “al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo”, escandalizando a la burguesía de su tiempo, explorando los paraísos artificiales construidos por el hombre. Como escribió en “El spleen de París”, esa pequeña joya: “Deberíamos estar siempre ebrios… ¿De qué? ¡De vino, de poesía, de virtud! ¡De lo que quieras! ¡Pero embriágate!”.
Baudelaire supo combinar lo bello con lo podrido. Esa fue su respuesta a la época que le tocó vivir, la Francia del siglo XIX, bajo el signo de la modernidad y la reconstrucción de París promovida por Napoleón III. ¿No es acaso la idea central que late tras un título como “Las flores del mal” (las flores, lo bello; el mal, lo podrido)? Baudelaire encarnó el dandismo y la decadencia como una forma de evadir el “spleen”, que es como llamó al hastío o la angustia de vivir en la modernidad. No solo fue una actitud ante la sociedad, porque fue el loco de los prostíbulos, del hachís, del opio, de la sífilis, el loco del cabello verde; fue también una forma de abordar la poesía, en una Europa que venía de vivir el romanticismo como la cúspide de la exaltación de los sentimientos.
En “Las flores del mal”, el libro que reúne su producción poética, Baudelaire se propuso romper con las convenciones de la moral establecida. Lo suyo fue impudicia, prostitutas, fetidez, carroña, dosis de “cainismo” y “satanismo”, ímpetus malsanos, todavía sujeto a las convenciones de la melodía y la métrica. Las bases de su poética las podemos hallar en “Correspondencias”, el cuarto poema de la primera parte del libro, “Spleen e ideal”, en donde establece que la labor del poeta es interpretar, a través de los símbolos, las correspondencias entre el mundo espiritual y material.
Publicado originalmente en 1857, este poemario provocó gran conmoción en la Francia conservadora del Segundo Imperio, al punto de ser llevado a juicio a pedido del fiscal Pinard, el mismo que intentó censurar “Madame Bovary” de Gustave Flaubert. Pero de nada sirvieron los ataques, Baudelaire hizo de su propia vida una nueva pieza de arte, con el mismo ímpetu con el que se colocó al pie del cañón en la revolución obrera de 1848, en las barricadas de París, pidiendo matar a su padrastro, el general Aupick. Fue el flâneur definitivo, el que captó las primeras frecuencias de la modernidad, el que dijo con sorna: “Mi libro enfurece a los imbéciles, por eso es bello”. La sífilis lo mató a los 46 años, luego de una larga enfermedad, habiéndose ganado un lugar en el Parnaso.





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