top of page
Buscar

Libros

  • pedrocasusol
  • 19 ago 2025
  • 5 min de lectura

Escribe: Luis Espinoza Pérez


Aunque acompañé a Santiago en el robo, no tenía claro el alcance total de sus acciones. O de las nuestras, no pretendo ahora librarme de la culpa de sus actos, ni de los motivos que lo movieron.


Villa Alejandra es pequeña, aislada por cerros y carreteras, serena y fría, daba la impresión de que nada notable podía iniciarse ahí. Sus sembríos daban a calles estrechas y de piedra que daban a la plaza, donde se imponía severa y puntiaguda la iglesia, frente a la robusta y cuadrada biblioteca. Villa Alejandra es un lugar de descanso, para borrar el caos de la ciudad que abruma a muchos viajeros. Pese a su aislamiento, habían surgido algunos nombres de poetas, filósofos y músicos que aumentaban el valor de la villa y su cultura. La biblioteca había hecho acopio de grandes cantidades de libros cada vez que surgía un hombre de estos que desempolvaba su nombre.


*

 

Cuando Santiago me refirió su plan, me atrajo la idea de una biblioteca propia. La de la villa acumulaba, monopólicamente, libros y lectores. Los libros que tenían en casa los habitantes eran escasos, por no decir nulos, hablo de biblias, y más bien diarios. Cuando alguien traía alguno de un viaje a la capital, lo regular era donarlo para el uso común. A partir de estas donaciones la biblioteca había ido, aunque más lentamente, también creciendo y renovándose. El atractivo del riesgo me aceleraba el pulso, pensaba en romper con las tradiciones, y si algo salía mal, salir de una vez de esta villa que ya nada podía ofrecerme. Ya un par de veces antes, habían atacado la biblioteca, la primera vez, se habló del hallazgo de los catálogos mojados en lo que afirmaron era alcohol o algún combustible de esa base, que disolvió las letras y arruino totalmente las tapas y hojas en ondas con manchas de las grafías hechas negras telarañas liquidas. Que, aunque extraño por ser los tres catálogos a la vez, lo tomaron como un accidente o travesura que había salido mal, tuvieron que llamar al antiguo bibliotecario ayudar al nuevo en la reconstrucción de los catálogos, pues el nuevo, aunque joven, no tenía las fuerzas ni la experiencia para hacerlo.


El segundo ataque resulto más directo y disolvió las sospechas del primero. Se hablo de un grupo que solicitó libros de Voltaire, de Hobbes, de Hume, y otros tantos. Nada extraño ocurrió ese día, sino conforme volvían a solicitar los libros, el “tratado de la naturaleza humana de Hume” estaba hueco, el grueso de páginas había sido cortado en un rectángulo y retiradas, dejando solo los bordes silenciosos, de las hojas, el tomo de “Opúsculos de Voltaire” contaba con sus hojas completas, pero en cada una de estas se extendía ceniza negra que hacía ilegible su contenido. Con este segundo hallazgo, decidieron buscar que otros libros habían sido corrompidos hallando libros atravesados por agujeros del lomo a las hojas, o transversal, cruzando la cubierta, otros perdidos por tinta negra. Para afuera nada había ocurrido, se daban a conocer los hallazgos entre los pobladores, y en las miradas se leía la silenciosa desconfianza y desprecio hacia los turistas. 


Creí que Santiago me ponía una prueba, que era parte de la iniciación, quería conocer, pertenecer al grupo que atacó a la biblioteca, el pulso de caos de esos actos se había extendido en mí y lo asimilaba sin reflexión, me interesaba ser parte del secreto a voces del pueblo, caminar por sus calles guardando la verdad que no sabrían.


*

 

Pasamos algunos días en la biblioteca, calculando la cantidad y variedad de libros, la cantidad de estantes, recorriendo sus estrechos pasillos, observando al bibliotecario trabajar. Santiago fatigaba sus horas, viendo los rostros más frecuentes con desconfianza, dibujando en sus hojas los pasillos, calculando el tiempo que tomaría retirarlos, la excitación crecía conforme veía su seriedad en la tarea.


Se apresuro a decir que no teníamos ya tiempo, lo entendí perfectamente, el fin de semana seria el aniversario de la villa, estaba listo.


*

 

Estacioné la minivan por la puerta trasera de la biblioteca, rompí el candado que aseguraba la cadena y corrimos por los oscuros pasillo que habíamos repasado de memoria, el piso estaba grasoso y estuvimos a punto de caer en más de una ocasión, fuera la música y los fuegos artificiales nos ayudaban a pasar desapercibido. Adentro, el eco de nuestros pasos resonaba en los amplios salones de lecturas, metimos los libros en sacos y sacos y los retiramos iniciando desde el punto más lejano. El agotamiento por el peso de los libros y las horas se hacía sentir, para compensar se calculó el orden de retiro, acortando en cada retorno la distancia a recorrer. El olor aceitoso del ambiente cerrado, se ocultaba tras la transpiración de mi cuerpo y la pólvora de las calles. Nadie debía estar en la biblioteca ese día, a esa hora, pero oímos el eco de metales deslizándose desde la puerta principal, el agudo rechinar de las bisagras, Santiago con el dedo índice entre la boca, ladeo la cabeza señalando la salida, nos deslizamos con cautela pero raudos, tuve que sostenerme de algunos anaqueles para no tropezar, desde la salida vimos una delgada luz filtrarse mientras cerrábamos la puerta abandonando un par de sacos repletos de libros y 1/3 de las estanterías aun llenas. Santiago me dijo que vaya atrás junto a los libros, por si algo pasaba, no lo entendí, pero accedí, estaba contento, dichoso. Teníamos lo que me había dicho era el objetivo principal, historia, literatura, filosofía y ciencias. Desde atrás escuche un “mierda, es el bibliotecario” golpeo la minivan para asegurarse que había escuchado, respondí con otro golpe. “Me ha visto - dijo -, pero lo he visto”. Avanzamos hasta mi calle y me dejo para que guardase la minivan. Corrió en dirección hacia la plaza el olor a pólvora había aumentado, pero ahora subía una humareda y la música ya no se escuchaba. Cuando pude llegar a la plaza la biblioteca ardía, los intentos de apagar el fuego eran inútiles, Santiago estaba dentro del coche de policías, no me había dicho nada acerca del incendio de la biblioteca, recordé que el bibliotecario lo había visto, mientras lo veía señalar a Santiago y conversar con los efectivos.


Fue caos y confusión, el fuego no se apagó sino hasta las 6 de la mañana cuando el sol iluminaba las calles.


*

 

Me escabullí para entrar al calabozo y ver a Santiago, me pregunto si los libros estaban bien. Asentí con temor a ser escuchado y apresado, aunque no me habían visto ni pensaba que me haya delatado los nervios me traicionaban. Aun no llegaba a entender del todo. Me dijo que ocultase todos los libros que pudiera, él ya había intentado dar aviso del último ataque a la biblioteca sin que sus suposiciones pasaran por las excentricidades de un chico que había estado mucho tiempo fuera, que si estaba con él desconfiase turistas y pobladores. Los involucrados eran más de los que el creía, el bibliotecario había iniciado el incendio, sus cómplices seguramente y por lo menos el jefe de policías y el sacerdote de la iglesia. Mientras me decía esto pensaba en voz alta sumando hechos, nombres e indicios que no llegaba reconocer. Dijo que en la ciudad había escuchado de la barbarie de la civilización y de una revolución desde los pueblos y villas, una vuelta a la naturaleza y al hombre bueno. De sectas, de fanáticos que buscaban destruir las ciencias y el arte, hacerlas ardes por su inherente corrupción. De Rousseau y su lucha y exilio. De una trama que se tejía en silencio, pero con fuerza. Este último ataque en Villa Alejandra sería el primero, la chispa que iniciaría el incendio y destrucción general. Los fanáticos no requerían ser muchos, solo unos cuantos bien posicionados y con fe.

 

 

 

 
 
 

Comentarios


Subscribe here to get my latest posts

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page