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Los amantes

  • pedrocasusol
  • 19 jun 2025
  • 6 min de lectura

Actualizado: 15 jul 2025

Escribe: Margot Orozco Delgado


René no era lo que se conoce como un niño feliz, aunque cualquiera que lo hubiese visto lo confundiría con un crío ordinario y sin preocupaciones. Vivía en la pequeña ville de Lessines con su padre y madre, a solo una calle del crepuscular paseo de adoquines terracota a la ribera del apacible río Sambre. Hijo del humilde y sencillo Léopold, sastre de la villa, nadie era tan amable y complaciente como él en el pueblo. Su madre, Regina, era nívea, casi transparente, de una belleza espectral y lejana. Su llama se había estado extinguiendo por tanto tiempo, que el pequeño René casi no había conocido su sonrisa. Regina pasaba por la vida sin apenas hacer notar su presencia; su paso y su voz solo eran un murmullo, como un susurro fuera de este mundo, temiendo a existir. Solía quedarse largas horas en su habitación, sin cruzar palabras con nadie. Solo René la interrumpía a veces en sus largos silencios. Con él, ella era distante. Nunca lo reprendía, indiferente a los intentos de acercamiento de su hijo; sin embargo, jamás brusca, más bien delicada para alejarlo. René la amaba tanto que el corazón se le comprimía en el pecho cada vez que veía a su madre silenciosa llorar a solas en su habitación. No entendía por qué sufría tanto. Su padre en cierta ocasión le dijo que debía quererla mucho, que nunca la hiciera enojar, porque estaba muy enferma.


Regina solo esperaba su anhelada soledad, no soportaba tener que esforzarse por fingir bienestar, algo que casi nunca lograba. La culpa la invadía, pues entendía que arrastraba en esa pena sin límites a todos a su alrededor, a su bondadoso Léopold, a su desamparado René. Era un alivio, cuando su marido, alguna vez, se llevaba al pequeño al taller, pues podía dar rienda suelta al descarnado dolor que nacía y moría en ella. Sola en casa, abría las compuertas de su aflicción, fluía descontrolada y como marejada inundaba su ser. Rompía en ese momento el habitual silencio, y emergían el llanto, el desgarrado lamento, el dolor inasible que le impedía respirar: “me ahogo… me ahogo”, repetía descontrolada.


René en tanto, crecía prácticamente solo, pues lo acostumbrado era que él se quedara en casa, cuando su padre se iba al taller. Por eso   alguna vez fue espectador involuntario, oyente pasivo del suplicio de su madre, que no entendía.  Pero esa soledad y lo que para él era la indiferencia de su madre, también era libertad. Había tomado el hábito que cada vez que su padre salía al taller y ante la presencia ausente de su madre, se escapaba al malecón, cerca del río, donde jugaba a cazar insectos.


El último día de ese verano había sido una mañana especialmente muy silenciosa. Su padre hacía horas que había salido a trabajar, su madre dormía aún, así que aprovechó René para hacer una de sus acostumbradas excursiones. Caminó calle abajo, sin apuro hacia la ribera del río, planeando su cacería. De pronto, a medida que se acercaba, vio que un estrépito de gente se arremolinaba sobre algo que no lograba distinguir. Su inagotable curiosidad y su pequeña humanidad le permitió abrirse paso entre la multitud hasta que pudo llegar muy cerca al objeto de la mirada espantada de todas esas personas. Vio el cuerpo inerte de una mujer. Su rostro cubierto con un velo blanco que no dejaba ver sus facciones ni cabellos. Su cuerpo delgado, su piel blanca y rugosa. René no pudo evitar recorrer con su mirada a aquella persona hasta llegar a su pálida mano. Justo en ese momento, la reconoció.

**

Magritte despertó nuevamente entre jadeos y con la respiración acelerada. Era una noche calcada a todas sus otras noches; se repetía desde hacía tantos días que no recordaba cuándo había sido la última vez que logró dormir. Cuando su cuerpo cedía al cansancio y este al sueño, despertaba abruptamente al poco tiempo con la sensación de no poder respirar. Se veía cubierto de una capucha o velo que le envolvía toda la cabeza, como aquellas que se les ponen a las personas cuando son llevadas contra su voluntad, impidiéndole la respiración.


Aun cuando la vigilia era dolorosa, lo que le ponía al borde de la desesperación más que su imposibilidad de dormir era esa permanente sensación de ahogo que lo inundaba gran parte de sus días y noches. Lo único que conjuraba esas sensaciones lo encontraba frente al lienzo cuando se sumergía en el olor a oleo fresco. En su intento de evasión, se puso otra vez frente a aquella pintura que había iniciado y que no lograba concluir. Era solo el bosquejo de un fondo azul y una pared a su izquierda color granate cubierto por un techo blanco enmarcado por una cenefa del mismo color. Parecía el escenario donde iba a ocurrir algo, pues sobre ese fondo había hecho dos enormes manchas que cubrían gran parte del lienzo, como si no decidiera qué colocar en él. Era una imagen simple, sin dobleces, pero lo atormentaba, como algo que se negaba a nacer.


Magritte quería pintar a dos amantes, pero no lograba imaginarlos. Exhausto y casi resignado a que sería otra noche más de vigilia, nuevamente se encontró vencido por el cansancio. Soñó. Pero esta vez, lo llevó al borde del río Sambre, aún niño, empujando con su cuerpecito a toda aquella gente hasta llegar al bulto sin vida de aquella mujer de rostro cubierto. Se vio acercándose cada vez más hasta estar frente a ella. La pequeña mano del niño se acercó al velo y lo retiró. Ante él, el rostro descubierto. El rostro de su madre.


Inmediatamente, con dicho descubrimiento Magritte se despertó. Pero a diferencia de sus noches pasadas, no fue con la sensación de asfixia, sino como si sus pulmones se hubiesen expandido tanto que empujaban un gran suspiro de alivio. A la mañana siguiente, Magritte concluyó su obra y, esa noche, al fin, pudo dormir.

***

Adelaida lo había intentado muchas veces, pero nunca había obtenido resultados. Su temor era más grande que su deseo, y solo se reconfortaba diciéndose a sí misma que la próxima sería la última y definitiva vez. Como tantos otros días replicados, Adelaida se encontraba un día más en la galería, le tenían reservado una nueva adquisición que debía valuar. Nadie mejor que ella para esa tarea, la experta en pintura surrealista. Se fijó en la ficha que le acercaron, y sí, reconocía al autor de la pieza, hasta incluso recodaba vagamente su obra. No hubo entusiasmo y mostró el mismo interés que cuando iba abrir el refrigerador sabiendo que no encontraría nada. En realidad, Adelaida ya no reservaba emoción por nada desde hacía mucho.


Mecánicamente, desajustó las correas que sujetaban el envoltorio y, uno a uno, fue retirando los paños que protegían el lienzo.  Hasta que llegó a la pintura. De pronto, su corazón se detuvo y, por unos segundos, sintió su respiración interrumpida. Sus pequeños ojos grises se cargaron de lágrimas, sin poderlas detener.  Los Amantes, se dijo para sí, los Amantes se repitió.


Conocía la pintura, la había estudiado en la facultad. Tenía un lejano recuerdo de ella, como tantas otras de sus libros de texto. En su momento, le había parecido perturbadora, extraña, dramática; siempre desde la mirada objetiva de la historiadora del arte, sin  despertar ningún sentimiento en ella. Dos amantes besándose, sus rostros cubiertos con velos húmedos envueltos alrededor de sus cabezas. Solo pequeños fragmentos de sus cuerpos brotaban: ella, una porción de un hombro desnudo y de lo que sería su vestido granate con ribetes blancos. Él, sin piel a la vista, pero con impecable traje, corbata negra y diáfana camisa blanca.


No había pasión en ese beso velado. Para Adelaida, tras el velo, los rostros mostraban tristeza, tal vez desesperación, quizás la imposibilidad de una despedida, un dejarse ir inalcanzable. No era un beso de amor, sino de doloroso desarraigo y promesa a la vez. Conocía también de todas aquellas historias e hipótesis que intentaron explicar qué pudo inspirar o motivar a René Magritte tan perturbadora imagen. Él nunca lo reveló. Todas las conjeturas siempre apuntaban a un episodio de su vida. Había leído sobre cómo el artista encontró a su madre muerta a las orillas del Sambre; se había suicidado. Su rostro cubierto con una especie de sábana o paño blanco, imagen que años después, despertó espectral como un recuerdo velado, en la pintura del artista.


Mientras lo recordaba, entendió lo que tenía que hacer. Cada mañana había contemplado al río Sambre desde su ventana en la galería, hacía mucho que le susurraba, pero solo ahora lograba escucharlo. Había viajado tanto esa imagen —años, lugares, pesadillas, liberaciones— que no podía ser de otra manera, terminar su recorrido en el mismo lugar donde empezó el sueño. Adelaida obtuvo su respuesta.


La mañana siguiente era la última del verano, el sol calentaba suavemente. Los niños, como en antaño, jugaban al borde del Sambre, corrían y saltaban divertidos, a veces en grupos y otros más bien solos. Uno de ellos se distanció, seguía con vehemente curiosidad una caprichosa rama en forma de embarcación, que era arrastrada por el curso del río. El pequeño cada vez se alejaba más. Hasta que algo detuvo su avance. Tropezó con un bulto que, absorto como había estado siguiendo a la rama-embarcación, no había visto en su camino. Cuando por fin logró incorporarse y fijó la mirada en aquello que le había hecho caer, retrocedió con pavor y volvió a caer, esta vez de espaldas.


No daba crédito a lo que sus ojos le revelaban. Era un ser humano. Un cuerpo de mujer sin vida tendida sobre la orilla, cubierta con un velo blanco alrededor de la cabeza.



 
 
 

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