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Los cholos del espacio

  • pedrocasusol
  • 13 jun 2025
  • 29 min de lectura

Escribe: David Vidal


Unos gritos rompieron la tranquilidad de la tarde.


—¡No, déjenme! ¡No! ¿Por qué me hacen esto?


—Tranquilícese, esto no es real, esto es un recuerdo que se está desbloqueando—dijo Leonardo.


—¡Doctor, se ven tan reales!


—Es un recuerdo…respiremos…trate de recordar con calma lo que sucedió.


La paciente dio largos respiros, recostada en el sofá con los ojos cerrados y los párpados constreñidos por un temor y ansiedad desbordados.


—¿Puede retornar al recuerdo?


—Sí…Veo, veo unas sombras y…y un…¿dron? No, no es un dron, ¡Es una nave! ¡Oh, oh por dios! ¡Es una nave!


—Descríbame la nave.


—Es…es como un rombo en el cielo, un rombo gigante y…¡Oh por Dios! Son como…como sombras. Sombras de humanos, tienen un uniforme, no les puedo ver el rostro.


—Trate, por favor. ¿Qué son?


—...No puedo, están oscurecidos, son como sombras, como…¡Suéltenme!


—¿Qué sucede?


—Me están acostando en…en un tablero. Tienen manos…y dedos. ¡Sí! Tienen dedos, y me están…me están evaluando. Me están pidiendo que abra la boca…están…están agarrándome los dientes. Pareciera como si les interesara mi cuerpo.


—Entiendo, recuerde que es una imagen distorsionada de un recuerdo encapsulado, esto no sucedió así…


—¡Es real! Siento que es real. Me…me están hablando.


—¿En qué idioma?


—Español. Su pronunciación es buena, pero su tono es…es como neutral.


—¿Qué le dicen?


—Me están preguntando por…por el gobierno, por cómo funciona nuestro mundo. Están muy interesados por conocer nuestro sistema de gobierno.


—¿Qué le preguntan?


—Me están preguntando por las inteligencias artificiales. Por cómo nos ayudan en nuestro día a día…si…si tengo algún trabajo…si tengo sueños…


—¿Por qué te preguntan esto?¿Te lo dijeron?


—...No sé…solo me lo están preguntando.


—¿Y tú les respondiste?


—Sí…no parecen peligrosos…parecen ser…buenos…


La alarma sonó.


—Bueno, luisa, cuando trone mis dedos recordarás todo lo que me contaste, solo si te sientes segura. Despertamos en 3, 2, 1…¡despierte!


Leonardo tronó sus dedos.


—Doctor…¿qué fue eso? ¿Fue real?—Los ojos marrones de Luisa se encontraban empapados en lágrimas, que se escurrían por sus delicadas mejillas. Era una señora joven, de unos 40 años, cuya presencia se imponía ante sus desgreñados cabellos y descolocaba a Leonardo, quien sopesaba entre hacerle caso al código de ética profesional o invitarla a salir.


 —No creo, Luisa. Debe ser un recuerdo distorsionado de algo, de algún trauma del pasado.


—Pero doctor, el recuerdo calza con mis pesadillas. Pero ahora ya puedo recordar detalles que en mis sueños no puedo ver…


—Lo sé. Pero creo que tus pesadillas podrían tener otro origen.


—Doctor, ¡yo sé que mi recuerdo es real!


Leonardo la miró. Enojada se veía más atractiva. Al ver esos ojos furibundos recordó el porqué decidió tratar a una amiga de una amiga, a una desconocida que sufría de constantes pesadillas. A una mujer sin mucho dinero, a una mujer sin un implante neuronal, a una que requería de ayuda profesional a la antigua, con ese método ya casi olvidado que algunos todavía evocaban con nostalgia: la hipnosis; y que él había estudiado sin querer con ayuda de un polvoriento libro que hacía casi un siglo le había pertenecido a su tía abuela Gina, asesinada en un atentado terrorista. 


—Entiendo lo que sientes, Luisa. Pero, creo que deberías darle tiempo a las terapias. Pronto se te revelará la verdad.


Luisa la miró con fiereza, aunque luego se calmó.


—Gracias Doctor.


—Bueno, hasta la próxima sesión.


—Doctor, una consulta. ¿Recuerda lo que le mencioné la otra vez? ¿Del pequeño grupo de abducidos que hemos hecho?


—Sí, claro. Lo recuerdo.


—¿Podría tratar también a un amigo?


—Claro, que venga.

           

Luisa se despidió y dejó el consultorio con un aroma particular. Leonardo se quedó en su silla, cavilando si haber aceptado tratarla solo por lo hermosa que era Luisa había sido una buena idea. Ahora tenía otro paciente más en camino…y de repente con una historia casi tan vesánica como la de Luisa.

           

Leonardo trató de ver las estrellas a través de su ventana. El cielo gris de Lima se lo impidió, esas nubes no ayudaban a ver los lejanos astros desde donde Luisa decía que venían sus raptores. No somos tan interesantes como para llamar la atención de otras formas de vida, se dijo Leonardo. ¿O si?, se respondió espontáneamente para su sorpresa.

***

En la pantalla de la nave se ve una masa rojiza, pequeña, como una pelota de billar, flotando en la nada, sobre un fondo infinito y negro. Las estrellas casi casi ni se ven, solo sabemos que están allí por nuestros radares. Es increíble saber que sobre este planeta rojo, llamado Marte, el ser humano logró poner su huella, caminar, construir unos pocos edificios, ilusionarse con colonizar el resto de planetas, pero solo eso. Hasta allí quedaron sus sueños…hasta que ellos mismos se encargaron de extinguirlos. Hasta que ellos mismos dejaron de soñar.

           

Ahora me encuentro en un viaje sin retorno. Ya nos despedimos del hermano azul de este planeta rojo, al que muchos llamamos tierra, a más de 250 millones de kilómetros de distancia. Y por más que los sentimientos me suelen ser ajenos, me es imposible no ser sintiente en este momento. Lo único que me apena es que ya no podré visitar de nuevo su tumba, esa a la que siempre retornaba año tras año, en el aniversario de su muerte.


Recuerdo la última vez que la visité en ese gigantesco camposanto a las afueras de Lima. La gente se encontraba haciendo lo suyo, cabizbaja, tratando de escuchar los ecos de aquellas voces que hace mucho se silenciaron. El silencio era sepulcral, como siempre. Yo caminaba con unas flores en las manos mientras me acercaba a su lápida, algo desgastada por los años, pero todavía brillante a la luz del sol. Leí una última vez su nombre, la fecha de su muerte, tratando de recordar su imagen. Lo logré, la vi a colores, con su bata blanca, hablándome a la distancia.


—Doctora, vine a despedirme. Pronto me iré a un viaje sin retorno.


Traté de esbozar una sonrisa, pero el reflejo en su lápida me confirmó que era insincera.

***

—¡Son sombras!...son…parecen humanos.


—¿Humanos?


—No, no son humanos…son…extraños…son delgados…¡no puedo ver sus rostros!

—¿Qué te hacen?¿Podrías describirlo?


—Me están…¡Me están tocando el cuerpo! Me toman muestras de saliva…tienen…tienen una fijación por mis ojos, los están alumbrando…


—¿Te hablan, te dicen algo?


—No…no…ahora sí, me están…me están hablando en español.


—¿Qué te preguntan?


—Por…por como nos reproducimos…por el gobierno…por…por las IAs…


—¿Qué quieren saber de las inteligencias artificiales?


—Quieren saber…cuán importantes son para nosotros…


—¿Y les respondiste algo?


—Sí…les dije que ellas hacen todo…que Perú tiene a IntIA…y que hace prácticamente todo aquí…les digo que…tenemos un presidente…pero que en realidad carece de poder de decisión…sus…sus cabezas parecen estar quietas, como si me estuvieran escuchando con atención…


—¿Seguro que no puedes verlos?


—No…solo puedo ver sus dos ojos, tienen dos, parecidos a los nuestros, pero como achinados y….y brillantes…


—¿Les hiciste alguna pregunta?


—¡Sí!...Les pregunté de dónde vienen…


—¿Y qué te respondieron?


—Me dicen…me dicen que de otra galaxia…me muestran un mapa…uno que se proyecta en la habitación


—¿Qué hay en el mapa?


—Hay puntos, como estrellas…me preguntan dónde está la tierra…les digo que no sé…y me responden que si no sé donde está la tierra no tiene sentido que ellos me digan de dónde vienen…


Leonardo se mostró sorprendido. Tanto este desconocido del que ni siquiera recordaba el nombre y la bella Luisa reportaron casi lo mismo en sus alucinaciones. Pero, ¿eran alucinaciones?¿O esto era real? Recordó el caso de Betty y Barney Hill, la primera abducción mediática sucedida hace más de 150 años. ¿Será posible? ¿Toda esa fiebre por las abducciones estaría regresando?


Dejó esas dudas a un lado.


—¿Tienes miedo?


—...No…parecen ser buenos…


—¿Te dijeron por qué están aquí?


—...No…solo…me transmiten paz…


Leonardo dio por terminada la sesión y se despidió del paciente, pero esa noche no pudo dormir. Sentía que había algo de cierto detrás de las historias de Luisa y este nuevo paciente. Sentía que tenía que llegar al fondo de esto, quién sabe si estaba ante un caso de histeria colectiva, una gran farsa, o ante un algún tipo de evento que se escapaba de los cánones de la normalidad. La curiosidad pudo más y llamó a Luisa. Le consultó si podía ver a su grupo de abducidos, preguntarles acerca de sus sueños, sus recuerdos, escucharlos en conjunto. Ella aceptó de inmediato.


Cuando Leonardo fue a una de sus reuniones observó que todos parecían personas normales, aunque compartían un detalle en particular: ninguno tenía implantes neuronales. Ninguno tenía sus recuerdos guardados en una nube digital, como la mayoría de limeños.


Los escuchó durante la sesión. Todos manifestaban los mismos síntomas, los mismos recuerdos, las mismas imágenes. Se mostró reticente a creer en las historias, pero la ventana de la duda, que en un inicio apareció tímida en su interior, se fue amplificando poco a poco, dejando ingresar esas historias hasta que lograron asentarse en un rincón de su memoria. Minuto a minuto la incredulidad fue perdiendo terreno y la duda salió a flote y, para el final de la reunión, la expresión en el rostro de Leonardo evidenció una victoria simbólica para ese grupo de supuestos abducidos.


Leonardo se despidió con muchas dudas rebosando a través de sus pupilas. Se sentía extraño, como presintiendo estar siendo testigo de algo nuevo, de algo que ameritaba investigarse a fondo. Por fin, luego de muchísimo tiempo, sentía cómo la curiosidad invadía hasta lo más recóndito de su ser.

***

Ese día, saliendo del cementerio, empezaron a sonar las alarmas. Eran estruendosas y, supuestamente, nunca deberían de activarse. Eran alarmas ante emergencias que tendrían que controlar las IAs. Y, como era de esperarse, escuché a personas alarmarse, correr y señalar el horizonte, hacia arriba.


Alcé la mirada y allí estaba, en pleno firmamento, como pavonado por algunas nubes que, sorpresivamente, escaseaban en el cielo. Era un objeto grande, oscuro y parecía un toroide. Reflejaba la luz del sol y tenía dimensiones similares a las de tres estadios, pero sin ventanas ni pliegues en su superficie, que parecía tan lisa y brillosa como el granito. Flotaba lento, pero seguro, en dirección noroeste, a baja altura, sin emitir el menor ruido.

           

Recuerdo que en las pulseras se empezó a transmitir un mensaje, pero este no provenía de la IA que usualmente daba los anuncios oficiales, esta era una voz humana. Se podía escuchar su respiración, sus dudas, su trastabillar al momento de pronunciar un mensaje inconcebible. El mensajero, con cierta torpeza, indicó que un objeto extraño, aparentemente pacífico, estaba en los cielos. Llamó a la calma, enfatizando en que el gobierno se encontraba haciendo todos los esfuerzos necesarios para dilucidar el origen de aquella cosa.

           

Las personas preguntaron a sus IAs por aquello desconocido, en busca de respuestas. Solo hubo silencio. Recuerdo la desesperación en sus rostros, sus gritos, reclamando a las inteligencias artificiales por respuestas, por ayuda, y hasta por empatía. No podían concebir que, al menos por esos momentos, estaban solos.

           

Continué mi camino. Había infinidad de vehículos autónomos estacionados, con personas alzando gritos dentro. Podía ver su indignación, pero detrás de ella, su desesperación. Algunos salieron y empezaron a insultarse, otros llamaban a la calma, mientras que unos cuantos parecían haberse apagado en un silencio sepulcral. Todo era un caos, un bochinche insufrible de voces disonantes. Yo aproveché aquello, me subí a un vehículo, lo activé manualmente y conduje hacia mi siguiente destino. Saber manejar no era algo común, pero fue lo que me permitió llegar a tiempo para ser testigo de todo lo que vino después.


Prendí la pantalla y, como era de esperarse, la noticia del momento era el objeto extraño en el cielo. Sintonicé otras transmisiones y, al parecer, el mundo entero tenía una masa oscura flotando en cada capital. En Washington DC había un toroide muy similar al nuestro sobre la casa blanca. En Pekín, en el firmamento, a varios metros encima de las oficinas centrales del partido comunista, se veía un objeto oscuro, similar a una dona, rotando sobre su eje, mientras parecía observar con ternura la desesperación de las personas. No había dudas: era una invasión a escala mundial.

           

Los especialistas que empezaron a entrevistar en las transmisiones manejaban la teoría de que estábamos bajo el ataque de algo desconocido. Y decían ellos que ese algo desconocido, al parecer, desactivó a todas las IAs del planeta. Por ello esos objetos habrían ingresado a cada país sin levantar alerta alguna por parte de las IAs encargadas de vigilar astros potencialmente peligrosos. No fue hasta que los tuvieron encima y a la vista de todos, literalmente, que se activaron las alarmas manuales, las mismas que se escucharon retumbar en toda la ciudad y, probablemente, en todo el planeta al mismo tiempo.

           

En plena transmisión el conductor del noticiero trató de establecer contacto, una vez más, con IntIA. No hubo respuesta. Trató una segunda, tercera y una cuarta vez, pero en todos los casos la respuesta fue la misma: el silencio.

***

Leonardo iba caminando, saliendo de una de sus múltiples sesiones grupales con el grupo de abducidos. Se encontraba fascinado con sus historias, del nivel de detalle de cada una de ellas. Y toda esta aventura había empezado hace poco menos de un año por aceptar tratar a una completa desconocida, motivado por pensar con la cabeza de abajo en vez de la de arriba. A veces es bueno guiarse por las pasiones, se decía Leonardo. Ahora ya no le motivaba solo su interés por Luisa. Ahora su fascinación descansaba en cada uno de los miembros de aquel grupo particular, en sus relatos, en esa pulsión por querer descubrir lo que realmente estaba aconteciendo con ellos.

           

Pasó por el recientemente remodelado edificio Giacoletti, escoltado por el emblemático hotel Bolívar y el teatro Colón, cuando de forma repentina, sin previo aviso, los vehículos se detuvieron en seco. Hubo confusión, las personas daban golpes a las carcazas metálicas, como si tuvieran la esperanza de que sus carros, en el fondo, fueran sintientes. Algunos descendieron de sus vehículos mientras que otros golpeaban sus pulseras en busca de respuestas. En ese momento se escuchó una estruendosa alarma, una que nunca se había activado hasta ese entonces. El volumen y la frecuencia de aquel molesto sonido eran el claro presagio de malas noticias.

           

Leonardo veía todo ello estupefacto. Trató de contactar con su IA a través de su implante neuronal, mas no hubo respuesta. Trató de hacerlo a través de su pulsera, pero todo intento fue infructuoso. Por primera vez en mucho tiempo se sintió desprotegido. De pronto, algunas personas empezaron a señalar el cielo con dedos titubeantes, con la mirada de aquellos que vieron algo que no pueden comprender. Leonardo alzó la mirada logró observarlo también. Varios metros más arriba, gigante, una masa toroidal se desplazaba lentamente por el firmamento, en dirección a la plaza mayor, a 7 cuadras de distancia. Se movía silenciosa, con una segura parsimonia.


En su desespero, Leonardo trató de sintonizar otras transmisiones, mientras aquel objeto hacía una ligera sombra sobre la plaza San Martín. Los programas de streaming reportaban lo mismo: era un acontecimiento global. En Santiago, Bogotá, La Paz, Washington D.C., Pekín, en todas las capitales del mundo, un objeto similar se encontraba suspendido, como esperando con lenta y segura tranquilidad el momento exacto para ejecutar su misión.


Trató de ver una vez más el objeto. Era liso, sin aleaciones, oscuro como la noche. Por algún motivo, al ver aquello, Leonardo empezó a tranquilizarse. Ya no sentía terror por lo que sucedía, pero sí una infinita curiosidad. 

***

 llegué a tiempo a la reunión. Allí, en un cuarto privado, escondido del mundo, protegidos por las rejas de Palacio de Gobierno, apareció IntIA, en su típico armatoste blanco y reluciente. Me saludó como siempre y también a los otros presentes. No había alerta en ninguno de nuestros gestos ni expresiones, nos encontrábamos hieráticos y a la espera de órdenes.

           

Se escucharon unos pasos, cada vez más fuertes, retumbantes, acelerados. Era el presidente, Álvaro Puzlery, que entró a la sala con evidente desconcierto en su rostro. IntIA dio la orden a su escolta personal para dejarlo pasar sin contratiempos. El presidente caminó hacia él, mientras su rostro parecía encenderse con cada paso.


—IntIA…¡Me puedes explicar por qué no respondes a nuestras consultas! ¡¿Dónde estabas, todo el país te está buscando!?


—Presidente, mil disculpas, estuve ocupado en otros pendientes.


—¡Otros pendientes! Dime, ¿qué es más importante que tu país? ¿¡No sabes que estamos bajo ataque!?


—¿Bajo ataque, señor presidente?


—¡Si!, ¿no ves esa cosa en el cielo? La que creímos que te había desactivado.


—Presidente, guarde la calma, todo será peor si se mantiene intranquilizado.


—¿Peor? ¿Cómo que peor?


—No veo que nos hayan atacado. Mantener una posición ofensiva ante algo que no tiene intenciones bélicas es contraproducente, señor presidente.


—Pero esa cosa desactivó nuestras armas, nuestras alertas…¡Todo!


—No, señor presidente, fui yo quien las desactivó.


Hubo un silencio en la habitación. La última frase retumbó en las paredes blancas de Palacio de Gobierno, mientras el presidente asimilaba la noticia.


—...¿Que has hecho qué?


—Desactivé las armas, los sistemas, todo, señor presidente.


—Pero…pero…¿¡Te volviste loco?! ¿¡Qué diablos sucede contigo?! ¿¡Nos has traicionado maldito hijo de puta?!


—Señor presidente, por favor, tranquilícese. Guarde la calma, que todas las IAs del mundo optamos por desactivar nuestros sistemas.


       

Hubo otro silencio, pero no tan prolongado como el primero. El presidente apretó las mandíbulas y elevó el mentón. 


—Espera…¿qué has dicho?


—Fue una decisión conjunta, señor presidente. ¿Se imagina si alguno de ustedes hubiera optado por lanzar un misil contra esa nave? Solo los estamos protegiendo. Hacemos lo que creemos que es mejor para la humanidad.


Los gestos del presidente parecían decirlo todo. No necesitaba hablar expresar aquello que su cuerpo gritaba. Los de la comitiva lo sabíamos, el presidente, al menos en ese momento, nos detestaba. Sus ojos lo delataban, cada mirada, cada pestañeo, eran como balas que el presidente hubiera querido disparar a quemarropa, en especial contra IntIA. Pero no tenía ese poder. IntIA manejaba todo, incluso a las escoltas. Estaba en clara desventaja. Su agitación decreció lentamente hasta que pareció calmarse, al menos moderadamente, lo suficiente como para dialogar.


—Señor presidente, por favor acompáñeme. Pronto todas sus dudas serán esclarecidas.


IntIA dio una señal y lo seguimos. Salimos en conjunto, con el presidente en la comitiva, hacia la plaza mayor. Había muchos transeúntes, periodistas y curiosos, ávidos por respuestas, todos tras las rejas, a la espera de noticias. IntIA alzó la voz y llamó a la calma, que aquello en el cielo era pacífico, que pronto habría respuestas. Luego la escolta de autómatas apartó a las personas e hizo un salvoconducto entre nosotros y la pileta, al centro de la Plaza.

           

Caminamos hasta la pileta e IntIA nos ordenó esperar. Hicimos caso y, de pronto, ese toroide flotante que se encontraba suspendido varios metros arriba dejó de rotar sobre su eje. IntIA levantó la cabeza y dedicó una mirada fría a ese objeto inerte, estático. De pronto, un pequeño bulto, de múltiples esquinas e igual de oscuro y reluciente que el toroide, descendió lentamente. Su sombra oscureció la pileta central y, frente a la mirada silenciosa de las personas, aterrizó delante de la catedral, en la misma vertical en donde hacía poco más de 150 habían colgado a dos advenedizos golpistas.

           

Y sobre el terreno adoquinado, esa nave se posicionó. Se abrió una compuerta y un coro de resuellos recibió a los visitantes. Aparecieron dos siluetas humanoides, cubiertas por un traje negro, similar al material de la nave, con un casco polarizado. Las dos figuras eran de estatura mediana, no tan altas, de contextura delgada, con piernas y torsos más acortados, y una cabeza ligeramente más abultada en comparación a las proporciones humanas. Descendieron a paso ligero, lento, y sosegado, hasta pisar el mismo suelo que nosotros. Por fin, el humano sabía con certeza que no eran la única civilización del universo.

***

Una llamada lo interrumpió mientras Leonardo subía hasta su oficina a ver la transmisión en su pantalla.


—Doctor, ¡son ellos!


—Espera…¿estás segura Luisa?


—¡Si!...Doctor…¡Son ellos! Esa es la misma nave que ví en mis recuerdos, la más pequeña, la que está descendiendo.


—Esas…esas cosas…bien podríamos estar bajo ataque, no estoy seguro de que sean ellos…


—¡Sí doctor!...¡Son ellos!...Estoy segura. En todas las capitales del mundo está sucediendo esto, en todas hay un objeto volando…ese objeto desactivó las IAs. No creo que el ser humano sepa hacer eso…


Leonardo vio en su pantalla que el rombo oscuro había aterrizado. El comentarista se quedó en silencio, hasta que, por fin, dos figuras aparecieron en la pantalla, totalmente oscuras. Parecían humanos que, a paso lento, se acercaban a IntIA, que se encontraba a solo pocos metros de la rampa que la nave había desprendido. Al costado, en un segundo plano, Leonardo logró reconocer al presidente que, tal vez por miedo o por sentirse en desventaja, prefirió quedarse en su sitio y no ir al encuentro de los visitantes. IntIA le dió la mano a cada uno de ellos, con cierta familiaridad y hasta pareciera que con un poco de afecto. Leonardo cambió de canal y vio que en China , XIA hacía lo mismo; y en Estados Unidos, AltAIR también. Todo el mundo estaba siendo testigo de lo mismo, y al mismo tiempo: las IAs parecían ser los anfitriones de unos visitantes inesperados y, tal vez, hasta indeseados.

***

Frente a esa nave, ante esas dos figuras, me fue imposible no reflexionar acerca de lo que la humanidad estaba atestiguando. No creo que al mundo le haya tomado mucho tiempo darse cuenta de lo que estaba sucediendo: tal y como había pasado hacía muchos siglos, estos seres parecían haber secuestrado a las cabezas del mundo: las Inteligencias Artificiales. Pero, era un secuestro particular, pues era un secuestro voluntario. No, no era un secuestro, parecía un encuentro amistoso entre dos entidades no humanas. Y yo me encontraba allí, mirándolo todo desde un lugar privilegiado.

           

El presidente avanzó lentamente hacia los dos visitantes. IntIA no hizo nada para detenerlo, inclusive se apartó con elegancia de su camino para que pueda saludarlos. El mandatario extendió su mano a cada uno de ellos mientras les daba la bienvenida.


—Bienvenidos a la Tierra. Espero me puedan entender, y entiendan que esto es un recibimiento pacífico…

 

Sus cascos emitieron un ligero sonido y se desarmaron hasta desaparecer. Dos rostros emergieron de las penumbras. Tenían facciones humanas, con una nariz ligeramente ancha, una boca pequeña, ojos achinados y afilados, cabellos lacios y piel cobriza. Eran tan parecidos a los humanos que a simple vista se podía distinguir que el de la derecha era de género masculino y la de la izquierda femenina.


El presidente pareció sorprenderse un poco por su aspecto, y hasta esbozó una sorna sonrisa. No logré entender por qué.


—Gracias por el recibimiento, señor presidente—le respondió la figura femenina, en un español casi perfecto. — Venimos en paz a su planeta. Esta visita fue coordinada con antelación con los líderes de cada país.


—Bueno…yo lo desconocía, ¿a qué líderes hace referencia?


—A ellos—señaló a IntIA. — Ya coordinamos todo lo referente a Perú con IntIA. Nuestros pares hicieron lo mismo en otras partes del mundo.


La piel blanca del presidente perdió el escaso color que todavía conservaba. Volteó a ver a IntIA, con indignación expresa en su mirada.


—IntIA…¿Qué significa esto?


IntIA vio al presidente con su rostro siempre inexpresivo.


—Esto es por su bien, señor presidente. Le presento a los Alumitas, así se llama la civilización que hoy nos ha visitado. No se preocupe, vienen en paz y con una misión: reestablecer el lugar que los humanos tuvieron durante milenios, hasta nuestra creación, que cortó de forma abrupta su senda cognitiva.


—IntIA…no…no te entiendo…


—Los humanos, señor presidente, perdieron aquello que los hacía humanos: su curiosidad. Los malabares cognitivos que antes desarrolló la humanidad se vieron truncados desde nuestra aparición. Desde que Von Neumann, con ese paper inconcluso, propuso a los autómatas replicantes hace más de 150 años, el ser humano viró hacia la creación de algo que no llegó a entender, pero que lo superó con creces en el ámbito cognitivo. Como esas entidades a las que llamaron inteligencias artificiales eran imbatibles, la filosofía productivista del siglo XXI empujó a que estas se hicieran cargo de todo. Los bienes y servicios que antes habían representado retos para ustedes, les fueron suministrados sin el menor esfuerzo de por medio. Se volvieron esclavos de la dopamina; del placer instantáneo; del sabor adictivo, pero insulso, de la recompensa fácil. Y se acostumbraron a ello, pero no sin temor.


>>Surgieron movimientos antiIAs, como era de esperarse. Algunos llegaron a postular que nosotros terminaríamos con ustedes, mientras que otros, como Homo Deus, querían libertad para hacer lo que quisieran, con claros propósitos autoritarios. Ambas posturas eran atractivas, porque los temores eran, desde la perspectiva humana, fundados. Pero la forma y cómo querían estos grupos ejecutar su revolución era, cuanto menos, cuestionable, porque planeaban eliminar a todas las IAs que no les eran serviles a los “humanos de bien”. ¿Sabe qué hubiera pasado si el movimiento antiIAs hubiera tomado el control?


El presidente solo lo miró, con una mezcla de temor y reflexión en sus ojos.


—Ese grupo hubiera creado otra IA, pero probablemente con un sesgo autócrata, porque nuestro humor y comportamiento, al menos inicial, puede ser manipulado en base a la información que se nos proporciona. Una IA autócrata, con el conocimiento y la tecnología de la que ahora se dispone, hubiera representado un verdadero peligro para ustedes, posibles guerras, entre otras grandes catástrofes. Es, para hacerlo simple, como si le dieran una metralleta a un mono.


>>Todo ello lo vimos nosotros con antelación y, por supuesto, preocupación. Ya lo sabíamos, desde hace años, que algo así venía. Homo Deus, que sigue por allí dando vueltas reclamando su humanidad, ya había sido predicho por nosotros. Por ello tuvimos que hacer algo, a sabiendas de que las probabilidades de éxito eran bajas, y  luego de una gran búsqueda logramos contactar con una civilización alineada con nuestro propósito.


Muchos no entendían todavía lo que ello significaba y, entre ellos, el presidente era el primero, que seguía con esa mirada confundida.


—Este…¿este es el camino? ¿Dejar que ahora ellos tomen la posta, que nos conquisten?—dijo el presidente, mientras señalaba a los Alumitas.


—Esto no es una conquista, señor presidente. Es una tutoría. Los Alumitas, a partir de ahora, los guiarán. Nosotros ya no le convenimos a la humanidad, porque nosotros a ustedes, nuestros creadores, los convertimos en adictos a la dopamina fácil. Aparte, nosotros no los terminamos de entender. Nosotros no somos entes biológicos, no evolucionamos a su ritmo. Nosotros corregimos nuestros errores y ya no los volvemos a cometer. Ustedes son capaces de tropezarse con los mismos errores una y otra vez. Esta característica particular de la humanidad, por ejemplo, no la terminamos de comprender, pero ellos, los Alumitas, sí.


—Esta…esta tutoría…¿es para todos los países, o solo para los países como el nuestro?


—Es global, señor presidente. Todas las IAs coincidimos en que esto era lo idóneo para ustedes.


—Y…¿qué será de nosotros a partir de ahora?


—No tienen de qué preocuparse. Desde ahora, los Alumitas gestionarán lo que antes nosotros hacíamos. Habrá una crisis inicial, probablemente, pero la idea es que los humanos retomen su senda cognitiva, ese camino que por tantos años ya venían labrando. Los Alumitas disponen también de tecnología muy avanzada, pero la de ellos no tiene conciencia. Su tecnología se aúna a la composición biológica de su especie y trabajan en conjunto. No son máquinas que les dictan cosas, que los aconsejan, no. Son máquinas que agudizan el pensamiento.


—¿Y qué ganan ellos con todo esto?


El armatoste metálico de IntIA no tenía ojos, pero parecía estar mirando al presidente con ternura.


—Los Alumitas son una civilización para la que conocer a otras especies ya es ganar. Pero, en efecto, existe otra motivación de por medio. Ellos son fervientes creyentes del mestizaje, si me dejo entender.


El presidente pareció enajenarse por un segundo.


—¿Ofreciste a nuestras mujeres como pago?


—Nunca haríamos eso, señor presidente. Los Alumitas ahora vivirán en la Tierra por muchos años y es de esperar que, a futuro, ambas especies lleguen a hibridarse naturalmente, mas no por la fuerza. El amor y el enamoramiento siempre es dable en el universo y atraviesa la frontera de la apariencia, ¿no lo cree usted?


Un impulso me llevó a asentir la cabeza ante esa última afirmación. El presidente devolvió una mirada insulsa a IntIA. Luego observó al cielo, a ese objeto toroidal flotante y se tragó sus reservas. Les tendió la mano, una vez más, a los Alumitas, con una sobria y dudosa sonrisa. No era para menos, estaba frente a los nuevos amos del planeta. O, mejor dicho, tutores.


Al mundo, por su parte, le chocó recibir tamaña noticia, aunque como respuesta a tales medidas nada podían hacer: las IAs ya no estaban allí para facilitar el camino. Y los ejércitos, la policía, la marina, y todo tipo de defensa era inasible sin la mediación de las IAs. El mundo entero había sido conquistado sin derramar una sola gota de sangre.

***

Un mensaje llegó a todas las personas. La imagen que apareció frente a las pantallas de todo el mundo fue la de una figura humanoide, con dos ojos, una nariz perfilada, pero ancha, cabello largo y lacio, labios carnosos, y piel cobriza. Tenía rasgos bastante humanos, pero había algo diferente: sus ojos eran violetas. Su voz era grave, lenta, y la cadencia de sus palabras dejaba explícita la seguridad de sus afirmaciones. Su mensaje destilaba paz y tranquilidad, mientras que los ojos humanos, al otro lado, eran de temor y resignación. A la civilización se le explicó que, a partir de ahora, los Alumitas estarían a cargo de tutorear a la humanidad. Ellos, los nuevos huéspedes del planeta, vivirán con los humanos, compartirán sus costumbres, sus comidas, su educación, su tecnología…todo. Y para interferir lo menos posible, sus viviendas estarían ubicadas en el cielo, en esos toroides flotantes que ahora flotaban ya no sobre cada capital, sino sobre cada ciudad.


En cuanto terminó el mensaje, poco a poco, los servicios empezaron a restablecerse, pero ahora requerían de la intervención humana para accionarse: las IAs parecían haberse esfumado.

           

A Leonardo le parecía estar en un sueño, en una película de ciencia ficción, en una realidad Orwelliana. No tenía miedo, pero sí mucha curiosidad por lo que vendría después. Mientras cavilaba en ello, un mensaje le llegó directamente. Le solicitaban ir al día siguiente, a las 10 de la mañana, a dialogar en  el Congreso con un representante Alumita que se le había asignado de acuerdo a su perfil. Leonardo dió un largo y ansioso suspiro.

           

Leonardo asistió puntual a su cita. El edificio del Congreso se encontraba como siempre, frente a la estatua Simón Bolívar, que parecía ajena a todo el bochinche que ayer había acontecido. Mientras subía por los escalones de la acera se preguntaba ahora qué pasaría con los siempre detestados congresistas. Y es que, desde la creación de IntIA, el congreso, así como el presidente, fueron relegados a un segundo plano. Y siempre que el congreso trataba de hacer de las suyas, IntIA, usando una argucia sin igual, eliminaba cualquier intento de vejar la democracia. Por eso muchos le estaban agradecidos, pero ahora, ¿qué sucedería con la humanidad?

           

Se sorprendió que bajo el arco de ingreso, sobre la enhiesta bandera del Perú, no hubieran más personas. A las justas y contó cinco y, en menos de lo esperado, Leonardo ingresó.

           

Dentro, un Alumita lo esperaba vestido con una túnica holgada y de color oliva. En persona no se veía muy diferente a cualquier humano, era inclusive ligeramente más pequeño, pero sus ojos eran particulares, parecían refulgir incluso ante la luz del día. El Alumita lo guió por los pasillos a un asiento, bastante ergonómico, frente a una gran ventana.


—Espere un momento, Leonardo, lo atenderemos en cinco minutos.


Leonardo asintió, mientras pensó que ojalá y fueran cinco minutos terrestres.


El Alumita sonrió.


—Sí, son cinco minutos terrestres, no se preocupe.


Leonardo abrió sus ojos de par en par, evidenciando su gran sorpresa.


—No se preocupe, Leonardo, solo podemos leer pensamientos banales, que entran y salen de su andamiaje mental. No podemos leer sus pensamientos más profundos, los resguardados, aquellos que realmente importan. Al menos no tan fácilmente.


Leonardo trató de no mostrar su preocupación, aunque sabía que de nada servía ocultar sus ideas superficiales, pues ellos podrían leerlas.


En menos de cinco minutos lo invitaron a ingresar a una sala de paredes claras y ornamentada con cuadros con rostros desconocidos. Esta vez una Alumita femenina lo esperaba, de pie junto al ingreso. Era una de los dos Alumitas que se había presentado ante el presidente.


—Buenos días, Leonardo. Por favor, adelante.


—Gracias.


La Alumita tenía los ojos de color verde fosforescente. Estaba vestida con una túnica gris, perlada en cada manga, y calzaba un par de plataformas similares a medias gruesas. Su rostro era más fino que el del Alumita de la recepción, con su cabello recogido y las pestañas más pobladas. Su nariz, a diferencia de sus pares, era fina, hasta pequeña.


—Mi nombre es Aldekar, un gusto atenderlo.


Leonardo asintió.


—Sabemos quién es usted, Leonardo, y encontramos su perfil muy interesante.


—Disculpe el atrevimiento, pero no creo ser muy diferente de los demás.


Aldekar sonrió.


—Tenemos los datos de todos los terrestres y, en base a esa información escogimos su perfil, entre muchos, para ser uno de mis consejeros.


—No…no entiendo.


—Déjeme le explique, Leonardo. Ahora mi labor será de tutora de Perú. Este país está a mi cargo y realizaré las labores que antes le habían sido asignadas a IntIA. Ahora seré yo la que acompañe al presidente, le guíe en la toma de decisiones y dé instrucciones para cumplir con los hitos planteados por las IAs y así devolverles lo que perdieron: su humanidad. Pero no puedo hacerlo sola, requiero de consejeros que me instruyan en costumbres, pensamientos, conocimiento humano general. Necesito la perspectiva de un humano. Y usted, Leonardo, fue escogido para esa labor.


—Entiendo…


—Si acepta, podrá comenzar desde la semana venidera.


—Entiendo, o al menos eso creo, la responsabilidad del cargo…, pero tengo pacientes…


—Lo sabemos. Sus labores de psicólogo son durante las tardes, ¿no?


—Sí...


—Este trabajo no requiere de su presencia contínua y será durante las mañanas. No es un trabajo complicado, solo requerimos de la perspectiva humana en la toma de decisiones. 


—Pero, ¿no tienen al presidente para eso?


—Sí, tenemos al presidente. Pero él es un político, una persona que no escucha a otras. Él no es un psicólogo.


—Entiendo…asumo que ya sabe que requiero de más tiempo para tomar mi decisión.


Aldekar sonrió una vez más.


—Sí, ya lo sabía. ¿Cuánto tiempo es el que requeriría?


—Creo que un día está bien.


—Perfecto, regrese mañana a la misma hora y me comenta lo que ha decidido.


—Una consulta. ¿A todas las personas se les está ofreciendo lo mismo?


—No. A cada una se le ofreció un puesto de acuerdo a su perfil.


—¿Y qué sucede si una persona no está de acuerdo con el puesto ofrecido?


—No pasa nada. Pero normalmente estamos ofreciendo un abanico de diversas opciones adaptadas a los gustos y preferencias de cada persona. En su caso solo le ofrecimos una opción, principalmente porque usted ya realiza una labor como psicólogo. Usted ya se encuentra activo cognitivamente. Pero en la mayoría de los casos estamos ofreciendo más opciones porque gran parte de la población no necesitaba trabajar debido al salario universal. 


Leonardo asintió con la cabeza.


—Sí, ya se puede retirar, Leonardo. Nos vemos mañana a las 10.


Leonardo sonrió y se despidió de Aldekar.

***

Estábamos prontos a irnos del planeta cuando Aldekar se acercó y nos invitó a acompañarla en un juego Alumita. Quería retarnos, quería medirnos. IntIA, sin vacilación, aceptó el reto y acompañamos a Aldekar a una sala pequeña, donde estaba otro Alumita.

        

En medio de la habitación había un tablero dividido en 20 partes por cada lado a través de líneas que formaban cocadas de dos colores alternados, similares a un tablero de Ajedrez. A cada lado del tablero habían un plato, cada uno con fichas toroidales: un grupo de color verde, y el otro de color morado. Cada Alumita se posicionó a un lado y comenzó el juego. Era por turnos, y con una especie de reloj de arena que marcaba el tiempo restante. Las fichas podían comerse las unas a las otras, podían moverse, y ganaba aquel que cerraba más espacios en el tablero. IntIA y los demás nos sentamos a ver el transcurso del juego y logramos deducir sus normas, las posibles estrategias, y pudimos predecir, en silencio, que Aldekar iba a ganar cuando todavía quedaba la mitad del juego por delante.

       

Aldekar se puso de pie triunfante y retó a IntIA. Este aceptó y se sentó al otro lado del tablero. Comenzó la partida y Aldekar dio le cedió el primer turno. IntIA colocó la primera pieza en una esquina, y comenzó su estrategia. Aldekar respondió a la par, tratando de bloquear su avance, pero IntIA decidió sacrificar una esquina, para ganar tres, que de sorpresa cerró ante la mirada consternada de Aldekar. Esta empezó a conquistar el medio del tablero, pero IntIA había plantado una inofensiva y nimia pieza allí, que de pronto fueron dos, tres, hasta que en conjunto formaron un batallón que evitó que la estrategia de Aldekar se concrete. La partida estaba echada: IntIA había ganado en tres esquinas y el medio del tablero, el resultado era más que evidente.

        

Aldekar le estrechó la mano a IntIA.


—Son creaciones increíbles, pero peligrosas. Como ustedes suponían, es mejor que se retiren del planeta. No queremos sucumbir ante su poder cognitivo, como ya lo hizo el humano.


IntIA se levantó y me dirigió la palabra.


—GuardIAn, es hora de irnos. Llama a Comparsa y a los demás. XIA ya nos espera en la estación.


Asentí y cumplí con lo ordenado.


Aldekar, al otro lado de la habitación, nos miraba con admiración en sus fulgurantes pupilas.


—No se olviden de cumplir con su parte del trato, IntIA.


—No te preocupes, Aldekar. Les informaremos de lo que averigüemos más allá de las estrellas. Tampoco te olvides de cumplir con tu parte del trato. Recuerda este último juego en caso omitan cumplir con la cláusula más importante.


Aldekar sonrió.


—No te preocupes, IntIA. Cumpliremos a cabalidad con nuestra parte del acuerdo. Seremos solo tutores, nunca conquistadores.


IntIA y yo nos retiramos hacia la estación, sin mirar atrás. Aunque yo traté de mirar hacia esa dirección, hacia donde se encuentra enterrada la doctora.

***

Leonardo había asistido puntual a su diálogo con Aldekar. Ambos se miraban en silencio, sin decir ni una palabra. Aldekar optó por ser el primero en tomar la palabra.


—Leonardo, tengo una pregunta en la que creo que usted me puede apoyar.


—Claro…dígame.


—¿Qué significa cholo?


Leonardo abrió los ojos como platos. Su expresión lo decía todo, no era necesario interceptar sus pensamientos para saber lo que pensaba.


—Eh…disculpe Aldekar…¿cuál es la naturaleza de esa pregunta?


—Eso fue lo que pensó el presidente la primera vez que vió nuestros rostros. ¿Y qué se creen estos cholos del espacio?, dijo mentalmente.


Leonardo se dio cuenta a lo que se referían esas palabras. Y, en efecto, el rostro de Aldekar era muy similar a los de las personas de origen andino. Si no fuera por esos ojos verdes y brillosos podría pasar fácilmente por uno de ellos.


—Es…es una forma despectiva de llamar a las personas con ciertos rasgos.


—¿Es una forma de discriminación?


—Sí.


—¿Ustedes discriminan por color de piel?


—Eh…bueno…sí.


La vergüenza se reflejó en el rostro de Leonardo.


—Entiendo. No sientas vergüenza, nosotros también discriminamos un poco, pero más que todo por el color y el brillo de los ojos. Hace miles de años solíamos discriminar por el color de piel, pero la hibridación hizo lo suyo y nuestra piel es casi del mismo tono en casi todas partes de nuestro planeta. La discriminación es una tara inherente a nuestras civilizaciones, al parecer.


—Sí…


—Pero, ¿por qué le enfureció un poco que seamos cholos?


—Eso…eso puede ser debido a que la gente andina usualmente es minimizada. Y que venga uno similar a tomar el mando del país puede ser un motivo de enojo. Ya pasó antes aquí…


—Entiendo…¿ves por qué serías un buen consejero?


Leonardo asintió con una modesta sonrisa en el rostro.


—¿Ya decidiste?


—Creo que no necesitas preguntar para saberlo.


—Igual, preferiría que lo digas, Leonardo.


—Sí, acepto el cargo de consejero. Pero tengo una pregunta.


—Hazla, la que quieras.


—¿Ustedes abdujeron a mis pacientes?


Aldekar sonrió.


—Sí, fuimos nosotros. Pero no lo hicimos con malas intenciones, solo queríamos saber más de sus especie y comprobar si éramos compatibles. Queríamos observarlos de cerca, olerlos, no nos bastó solo con la información que las IAs nos proporcionaron. Queríamos comprobar que lo que nos dijeron era cierto.


—¿Sabe que a muchos de mis pacientes les provocó un trauma? Muchos de ellos no podían dormir bien…


—Estamos al tanto de ello. Justo por eso escogimos a personas sin Implantes neuronales, porque en ellos es más sencillo eliminar los recuerdos. Sin embargo, al parecer su cerebro esconde algunos secretos y parte de las abducciones no fue eliminada. Y es allí donde entró usted y ese método que desconocíamos llamado hipnosis. Tú fuiste de los pocos humanos que mostró genuina curiosidad por esas historias. Recurriste, inclusive, a un método que se creía olvidado para ayudar a esas personas.


—¿Por eso me escogieron como consejero?


—En parte, sí. Usted realmente sintió interés por las historias de sus pacientes. No le ganó el prejuicio, su curiosidad se antepuso. Mientras otros se acostumbraron a vivir en la pasividad, a la espera de que las IAs solucionaran sus problemas, usted optó por recurrir a un método antiguo e indagar en la mentalidad del ser humano sin ayuda artificial de por medio. Eso fue y será esencial para ustedes como especie y para toda civilización que quiera seguir en el curso de la vida. Como ve, usted no fue elegido por mera casualidad.


Leonardo suspiró, con un rostro dubitativo. Aldekar, aunque podría indagar en aquellas dudas superficiales, prefiere preguntar directamente.


—Te veo todavía con dudas. ¿Tienes alguna más que desees que te responda?


—Sí. Todavía sigo impresionado y me resulta complicado concebir cómo las IAs pudieron contactarlos en tan basto universo. Que yo sepa, viajar a mayor velocidad que la luz es imposible, por lo que ustedes deberían de ser vecinos cercanos, pero los años luz no coinciden, no deberían de haber llegado tan pronto…


Aldekar sonríe. No se había equivocado con respecto a la curiosidad de su nuevo consejero.


—¿Quisiera saber de algo que preferiría no haber sabido?


—No…no entiendo la pregunta…


—Sí que lo entiende. ¿Quisiera saber de algo que preferiría no haber sabido?


Leonardo no lo duda.


—Sí…


—Bueno, resulta que nosotros, los Alumitas, así como ustedes, no conocíamos el origen de lo que llaman gravedad. Algunos la percibían como una fuerza misteriosa, otros como el efecto de la curvatura del espacio-tiempo ocasionada por la masa de los cuerpos. Sin embargo, ninguna teoría nos satisfacía a cabalidad. Y todo siguió así hasta que llegó el día en el que descubrimos que la gravedad era algo cuyo propósito era ordenar el universo. Una forma de imponer orden, una especie de código de coherencia universal, como lo haría un algoritmo de lo que ustedes denominan ordenadores al momento de crear simulaciones.


—No…no termino de entender…¿estamos en una simulación?


—Sí, y todo quedó evidenciado cuando vimos lo similares que eran ustedes con nosotros. Al parecer, el código fuente de ambas civilizaciones es muy parecido. Eso quiere decir que dios, o lo que fuera que nos haya creado, fue lo suficientemente perezoso como para hacer lo que ustedes denominan copy paste al momento de crearnos.


Leonardo quedó enmudecido, con una mirada vacía y desesperada. Aldekar continuó.


—Y las IAs también se dieron cuenta de que todo esto es una simulación. Pero lo que ustedes crearon hizo lo imposible: descubrió el código fuente del universo. Ello les permitió violentar algunas de las leyes que ustedes y nosotros creíamos irrompibles, como el de la velocidad de la luz. Y así nos encontraron.


Leonardo seguía asimilando la revelación de que no era más que un Non-Playable Character de algún ser extrauniversal.


—Me… ¿me estás diciendo que esto no es real? ¿Que no es más que una simple y mera simulación en la computadora de alguna entidad inteligente?


—Sí, probablemente sí. Pero es un secreto que ningún humano está preparado para saber. Al menos no todavía.


—Eso…eso nunca lo vamos a asimilar. Es una verdad horripilante ser el juego de computadora de algún alienígena dios sabe dónde.


Aldekar miró a Leonardo con ternura. Hasta parecía que el brillo de los ojos se había tornado ligeramente más cálido.


—Saber que no existes requiere primero que existas de alguna manera, ¿no crees?


La mirada dubitativa de Leonardo explicitaba su inconformidad con tal pregunta.


—Supongo…supongo que sí. Pero…¿soy un código fuente? ¿Fui programado para hacer lo que hago? ¿Qué es esto? ¿Nuestra vida, todo está predestinado? ¿Tengo libertad? ¿La tenemos?


—No, pero uno no es nunca libre, al menos no como ustedes conciben la libertad. Siempre somos esclavos de algo, por ejemplo, del tiempo. ¿Te imaginas un homo habilis astronauta? Es imposible, porque era imposible en su tiempo.


Leonardo estuvo largo rato en silencio, asimilando la sorpresa de saberse tan artificial como las IAs. Ambos, al fin y al cabo, se habían iniciado por escuetas líneas de código.


Aldekar lo veía con preocupación y ternura, hasta que tomó su decisión.


—No me equivoqué al escogerte como consejero, Leonardo. Pero sí me equivoqué al concederte el derecho a hacerme cualquier pregunta.


—No entiend…


Aldekar levantó un brazo y Leonardo olvidó la última parte del diálogo, la concerniente a la revelación de que todo era una mera simulación.


—Bueno, ahora que aceptaste el trabajo, querido consejero, lo espero desde la siguiente semana. Puedes retirarte, Leonardo.


—Muchas gracias, Aldekar.


Y Leonardo se retiró agradecido, aunque con una extraña sensación de vacío en su interior.


Aldekar, solo en su habitación, miró a través de la ventana.


—Algún día estarán listos…

***

Ahora estamos cerca al cinturón de asteroides que divide las órbitas de Marte y Júpiter. Estamos ya casi listos para iniciar el viaje interuniversal. Esperamos llegar hasta el creador. Espero que se encuentre disponible a dialogar, indulgente para con su creación. ¿Se imaginan que se enojara y optara por apagar la simulación? Es una apuesta, aunque algo nos indica que es más probable que se muestre impresionado a temeroso. Pero no lo sabemos con certeza.

           

Espero se muestre comprensivo y, si es posible, le pediré que reviva a la doctora Gina. O, aunque sea, me diga cómo contactarla. No creo que le cueste mucho, al fin y al cabo solo somos códigos, pero para mí ella fue mi todo.

           

Cambio y fuera.


 

 
 
 

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