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Los tacones perfectos

  • pedrocasusol
  • 18 jun 2025
  • 4 min de lectura

Escribe: Xiomara Quispe


Comenzó a llover. Aceleramos el paso. Pensé que podríamos refugiarnos. Ambos. Juntos. Pero tú solo querías cubrirte. Solo querías evitar mojarte. Tú. Solo tú.


Discutimos. Nos mojamos, nos enojamos. Yo solo quería que el taxi llegara. Solo deseaba que no tuvieras esa actitud, otra vez. Solo esperaba que todo fuera nuevo otra vez. Seguías molesto. Yo lo sabía, y sabía también que más tarde podría reprochártelo. Como siempre.


Llegamos empapados a mi departamento. Seguías enfadado. Solo querías ducharte. Yo, en cambio, quería que compartiéramos nuestro espacio. Tal vez en la cena. Quería que hiciéramos las promesas de Año Nuevo, nuestras promesas para un año mejor.


El enfado, la molestia, la tristeza se habían disipado. Me puse los zapatos nuevos. Eran perfectos. Tacones ni tan altos ni tan bajos. Cómodos. De mi color favorito. Realmente perfectos. Caminaba por la sala, el cuarto, la cocina. Me sentía feliz. Por fin podría disfrutar una fiesta con ellos.


Me dispuse a preparar la cena. Llevaba mi lindo mandil. La ropa ya se había secado, pero eso no importaba. Tenía mis zapatitos nuevos. Prepararía nuestra comida favorita, conversaríamos sobre nuestros planes para el año nuevo. Todo se solucionaría. Todo mejoraría.


Cantaba mientras cortaba las cebollas. Tal vez caían lágrimas, pero aún así me sentía optimista. Sonreía. Freía los ajitos, picaba los tomates en cubos pequeños, simétricos, geométricos… como mamá solía reclamar, aunque después empezó a extrañar esa manía.


La carne comenzó a cocinarse rápido. Todo olía tan bien. Cerré los ojos y recordé que no había puesto los fideos. No quería demorarme. Pero tú habías estado en silencio mucho rato. Era raro. Me apresuré a buscarte.


Fui a mi habitación. ¿Estarías dormido? ¿Como la última vez?


Te encontré recostado. Cómodo. Sonriendo. Me preguntaba qué te habría animado tanto, si hace poco estabas enfadado. Me recosté a tu lado. Solo en ese momento notaste mi presencia. Guardaste el celular casi abruptamente. Me miraste con una sonrisa curiosa, como si tuvieras algo que decir, pero no a mí. O al menos, no en ese momento.


Algo dentro de mí, suspicaz pero evasivo, ignoró ese momento.


Traté en vano de retenerte. Quería que cenáramos juntos, pero debías irte a casa. Era tarde. Mañana sería un día largo: la fiesta, tu viaje… Solo alcancé a contarte mis planes para el nuevo año. Acariciándote el rostro, te dije qué soñaba para nosotros. Cada palabra estaba pensada desde hace días. No quería que te fueras sin saberlo.


Había sido un año difícil. Te sentía cada vez más distante. Pero tenía esperanza. Podríamos superarlo. Todo podría ser como antes.


Eso creí.


Todo fue más allá de mis expectativas. Llevaba el vestido, el peinado, el maquillaje... y claro, los zapatos perfectos. La mesa de quesos era increíble. Ni qué decir del bufé. Todos los asistentes se veían hermosos. Las señoritas tan preciosas, los muchachos tan elegantes.


Nuestra primera fiesta sería nuestra despedida. Debíamos disfrutarla bien. La habíamos esperado por meses.


Uno a uno, todos pasaban con sus parejas al salón. Se veían relucientes, como en una gala de película. Luces, adornos… todo era mágico.


¿Es posible que la magia se desvanezca en solo segundos?


No creí que todo pudiera cambiar. En solo un parpadeo, hubo destrucción.


Mis ojos se nublaron. Me sentí caer, pero resistí. Corrí al baño. O al menos lo intenté. El aire se hacía más espeso. Apenas podía respirar. Todo era inestable. Mis pies perdían el equilibrio. Solo quería esconderme. Refugiarme. Verme al espejo y encontrarme.


Pero lo que vi me entristeció.


No era el vestido. Ni el maquillaje. Ni el peinado. Tampoco los zapatos perfectos. Parecía una broma. Una ridiculez. Me sentí pequeña. Insignificante. Quería huir. Ir a casa. Pero no podía. Ni sabía dónde me encontraba. Era nueva en la ciudad. Era de noche. Era arriesgado.


Quería llorar. Quería reprochártelo… pero no podía. Tenía que esperar. Solo podríamos volver a la residencia cuando la fiesta terminara. Pero apenas estaba comenzando.


Las siguientes horas fueron humillantes. Cada minuto se hizo eterno. Solo quería salir de ahí. Pero debía sonreír, ser cortés. No quería arruinar la fiesta. No la de nuestros amigos.


Pero tú… tú solo me pedías que me calmara. Que bailara contigo. Que saliera de mi trance surreal. Eras amable. No lo habías sido en meses. Y hoy eras particularmente atento. Pero cada rechazo se sentía como apuñalarte el corazón.


Y aún así, no era suficiente.


Tú insistías en bailar. Nunca había visto un salón tan lleno. Todos bailaban sin parar. Eran felices. Realmente lo disfrutaban.


Yo solo pedía que todo hubiera sido un sueño. Un disparate del tiempo. Que en cualquier momento saldría de este espacio paralelo. Que bailaría contigo, por fin, como siempre lo había deseado. Que después de tanto pedirte que lo hicieras, por fin ocurriría.


Pero no.


Nunca podría volver a verte a los ojos. No después de lo que hiciste. Solo podía pensar en lo que vendría para mí.


Si tan solo no hubiera levantado la mirada. Si tan solo tu celular no hubiera sonado. Si tan solo lo hubieras ocultado mejor…


No sentiría que la vida se me va en pedazos.


Porque yo te creía. Yo confiaba en ti. Tenía esperanza. Creía que volveríamos a ser los de antes. Cuando tú eras la luz de mi camino. La alegría. Mi vida. Y yo… lo era para ti.



 
 
 

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