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Lunes (Primera parte)

  • pedrocasusol
  • 9 may 2025
  • 8 min de lectura

Actualizado: 11 may 2025

Escribe: Rony Mija

1

 

Se ha hecho tarde y es lunes. La verdad es que no me gustan los lunes, menos cuando es tarde y estoy fuera de casa. Papá ha prometido recogerme a la medianoche en casa de Gerardo. Papá fue militar y todo el tiempo alza la voz, sobre todo cuando no le hacen caso. Antes papá me llevaba a pasear por las calles del centro de Lima. Los sábados nos enrumbábamos con un destino que sólo él conocía. Esos sábados dejaron de llegar.

 

Papá ahora es barrigón y las arrugas ya cortan su piel. Ahora le quiero el doble, sobre todo en las últimas semanas que ha estado a mi lado, protegiéndome y apoyando mi decisión. Sin reproches.

 

Gerardo enciende un cigarrillo rojo porque hace menos daño que un cigarrillo ‘light’. Estamos solos en su casa, desde aquí se puede ver gran parte de Miraflores. Como es Lunes y de noche no hay mucha gente por las calles. Los lunes me aburren. A Gerardo también. Gerardo vive con su madre, su hermano y su perro. Todos son muy simpáticos. Incluso el perro.

 

-¿Y qué hacías cuando se burlaban de ti? – Gerardo bota humo por la boca y camina hasta mi lado.


-Lloraba.


-¿Llorabas? – pregunta asombrado.

 

En el colegio pasaba el rato leyendo, las niñas me conversaban de todo. No podía correr ni saltar, tímidamente mis compañeros me invitaban a jugar y yo me negaba haciéndome el indiferente cuando en verdad quería intentarlo. Otros niños me repetían a cada rato que era cojo. Ser cojo no es una bendición para nadie, menos para mí. Tampoco es una maldición, pero que la gente te lo recuerde termina siendo una molestia.

 

-Yo les hubiera roto un brazo – comenta Gerardo – ¿Tu mamá qué decía?

 

Al regresar a casa me encerraba en mi habitación a llorar. Me sentía diferente para ser un niño. Salía a la sala y me sentaba al lado de ella, mientras tejía yo tenía ganas de abrazarla y contarle todo. Nunca lo hice.

 

2

 

Todos sentían admiración por mí. Todos. Incluso quienes no me conocían. Una señora se atrevió a decirme: “Lo que Dios no te dio en la pierna te lo ha dado en inteligencia.” Tenía catorce años y le contesté: “Lo que Dios me ha dado en inteligencia se lo hubiera dado a usted.” Al llegar a casa lloré y golpeé la pared hasta que los nudillos de las manos empezaron a sangrar. Luego me quité la prótesis que uso en la pierna y la golpeé contra el suelo con el pecho agitado. Mamá entró, me miró con los ojos enrojecidos y se sentó a mi lado. Luego de unos minutos dijo con la voz entrecortada:

 

-¿Qué puedo hacer por ti?


-Nunca me dejes por favor – contesté llorando y la abracé.

 

Esa tarde dormí en brazos de mamá y tuve un gran sueño. Al despertar cogí la prótesis y me la coloqué para volver a caminar. Como siempre. Como ahora.

 

3

 

La tarde estaba por caer cuando me dirigía a la casa de Max. El cielo gris me acompañaba mientras todos estaban en sus casas protegiéndose del frío. Una niña rubia y pálida paseaba a su perro. Era un perro muy feo, color negro, con el rabo muy grande, las orejas cortas y la mirada caída, como avergonzado de su dueña. La niña parecía feliz y orgullosa de su mascota. Nunca tuve un perro, si lo hubiera tenido tal vez no habría caminado solo tanto tiempo, porque al crecer, papá y yo ya no teníamos la costumbre de salir los fines de semana, cada día trabajaba más y yo buscaba reemplazarlo.

 

Sin esperarlo ni pensarlo me encontré con Amir después de muchos años, me costaba trabajo reconocerlo sin sus gafas y nuestro uniforme color guinda. Me disponía a saludarlo cuando me miró y extendió la mano mostrando una gran sonrisa. No hablamos mucho, solo alcanzamos a recordar una que otra anécdota escolar; me comentó que cantaba en una banda de rock y que lo visitara o llamara. Le dije que sí, pero olvidé apuntar su número telefónico. En el colegio no éramos grandes amigos, pero varias veces nos tocó hacer trabajos juntos. Una vez traté de copiar su examen, pero el muy roñoso no me dejó. Seguro que, si hubiera sido uno de los que le sacaban la mierda en cada recreo, me habría dado el examen completo. Nos despedimos y seguí con mi camino.

 

El conserje que cuidaba el edificio donde vivía Max dormía y escuchaba con dificultad alguna radioemisora olvidada en el dial. Subí por las escaleras hasta el tercer piso. Su departamento fue decorado por una tía de la familia que era pintora, por eso llamaban mucho la atención algunas paredes turquesas y otras rojas dentro de la sala. Max nunca hablaba de su familia, le daba vergüenza que fueran de provincia. En la sala había algunas fotos de él y su hermana cuando estaban muy niños. A su papá nunca lo conocí personalmente, su madre era una señora muy agradable que trabajaba como enfermera en una clínica de San Isidro y su hermana era estudiante de psicología y cada vez que conversábamos terminaba diciéndome que el Perú era el peor país para sobrevivir.

 

-¿Y tú papá? – me animé a preguntarle.


-No lo sé, debe estar trabajando.

 

Nunca me interesó saber sobre su familia. Hasta ese día.

 

-Cuando era niño, mi papá siempre me llevaba a caminar. Ahora que he crecido ya no salimos como antes.

 

Max parecía no escucharme y buscaba en su habitación un par de calcetines color azules con rombos de color rojo que siempre llevaba puesto cuando salíamos a algún lugar de noche.

 

-Papá siempre quiso que yo sea abogado o ingeniero. ¿Tu padre no te dice nada?

 

No dijo nada por un minuto y quedó mirándose en el espejo. Seguía descalzo y solo llevaba los pantalones puestos. Podía ver su cuerpo delgado y me causaba un poco de envidia e insatisfacción con mi cuerpo. Max comía como camionero y no engordaba, tampoco tenía muchos músculos a pesar de ir al gimnasio casi a diario. Se sentó en la cama, a mi lado, y me miraba fijamente a los ojos como esperando una nueva pregunta. Lo cierto es que me daba un poco de vergüenza poder preguntar algo. Volteó la mirada y dijo:

 

-No sé nada de mi padre porque él no vive aquí.

 

4

 

Ya habíamos salido de la casa y no teníamos idea a dónde ir. Max estaba algo callado y yo algo abrumado. No era la primera persona que conocía cuyos padres decidieron separarse sensatamente, pero él nunca pudo asimilarlo. Lo sé porque me lo dijo. Luego de la última conversación familiar, Max no dijo nada y regresó a su habitación. Cuando todos se fueron a dormir, Max salió tratando de no hacer ruido, entró al baño y cogió todos los frascos de pastillas. Caminó hasta la cocina y empezó a ingerir uno por uno. Despertó al día siguiente en una cama de hospital y al abrir los ojos no reconocía nada, miraba las paredes blancas y frías y todo le daba vueltas. Tenía quince años, mucha ansiedad y nadie estaba a su lado. Al caer la tarde sus padres aparecieron y fue apuñalado con miradas de decepción. No dijeron mucho, o al menos eso fue lo que me dijo. A los pocos días su padre se marchó y a Max le obligaron ir al psiquiatra.

 

Cuando me lo contó observé como sus ojos se llenaban de lágrimas y su rostro enfurecido le impedía quebrar en llanto. Le pregunté si le guardaba rencor a su padre y él lo negó firmemente. Sin embargo, no pudo dejar de confesar que siempre ideó para él una familia perfecta.

 

-Fue más fácil para ellos mandarme al psiquiatra que hablar conmigo.


-Tal vez tenían miedo.


-¿Más que yo? No lo creo

 

5

 

El bar estaba repleto. Ni una sola mesa vacía. De pronto las luces se apagaron y el público empezó a gritar y aplaudir. Las palmas sincronizadas marcaban el inicio del concierto. Un ambiente pequeño, pero cálido. Un público discreto, pero eufórico. Amir salió al escenario mientras la banda trataba de impresionar con un intro que no lograba despertar mayor interés. La mayoría de chicas habían asistido solo por ver a Amir, porque valgan verdades, el muchacho es simpático, algo jodido, pero simpático, y como las cosas bonitas distraen, las mujeres estaban dispuestas a recrearse con él. Seguíamos escuchándolo cantar, aunque era una tarea difícil porque los gritos de las féminas lo impedían.

 

Al terminar el concierto Amir se acercó a nuestra mesa. Max parecía aburrido, nunca le gustó el rock, estaba ahí porque no tenía otro lugar dónde ni con quién ir. Mientras bebíamos cerveza, Amir no dejaba de firmar autógrafos y regalaba sonrisas coquetas a sus admiradoras. Era divertido estar ahí. Al salir, Max subió a un taxi y prometió llamarme al día siguiente.

 

-Tú amigo es gay – dijo Amir mientras caminábamos.


-No me consta –respondí.


-¿Siempre te haces el cojudo?


-Depende la compañía.


-¿Te gusta Max?

 

Sonreí incómodo y aparenté no haber escuchado nada. Amir se abalanzó sobre mí y casi me hace caer al suelo, pero lo impidió abrazándome por la espalda. Traté de soltarme, pero Amir me arrinconó contra la reja de una vieja bodega.

 

-Max es un chico muy guapo – dijo.


-¿Eso qué tiene que ver?


-No tiene nada que ver. No seas celoso.

 

Me solté empujando sus brazos y me quedé parado frente a él, prestándole atención irremediablemente.

 

-No te vengas a aparentar gran maestro. La verdad me gusta charlar contigo y enamorarte.


-¿Enamorarme? –estaba sorprendido.


-Sí. Te lo confieso, pero ya sabes como soy yo, ando fuera de la realidad.


-Demasiado.


-Me preocupo mucho por ti y no me doy cuenta de la fría realidad – dijo y me abrazó.


-¿Quieres ser mi héroe acaso?


-Yo soy tu súper héroe, amigo y enemigo, un pensador libre sin límites de nadie. Un héroe con furia y valor, un súper macho y femenino a la vez.


-¿Femenino? No te entiendo.

 

Me soltó, encendió un cigarrillo y sonría como un ángel malvado.

 

-Soy bueno, frágil, sensible y humanitario. Poético, místico e irremplazable como una mujer, pero valeroso, arriesgado, fuerte y controversial como un súper macho. ¿Me comprendes?


-Nada – dije.


-Sólo un juego de palabras para un intelectual como tú. Sólo somos seres humanos que queremos llegar a ser dioses. Hombre o mujer que importa eso amigo mío.

 

6

 

Es lunes y estoy asustado. Gerardo lo sabe, pero trata de distraerme. Después de lo de Max, casi todos mis amigos se han alejado. Quisiera volver a verlo antes de irme de aquí. Max y Gerardo no son amigos. Max tiene apariencia pedante, tal vez sea por eso que no tiene muchos amigos. Si hay algo que detesto es la gente pedante, tampoco soporto a esos chicos que andan por ahí creyéndose más listos que todos. Hace meses que no lo veo y tengo una extraña sensación por volver a conversar con él.

 

–¿Extrañas a Max?

 

Gerardo irrumpe en mis recuerdos y me siento más vulnerable que de costumbre. La pregunta era inevitable y en la casa vacía no hay ningún escape.

 

–¿Qué puedo hacer por ti? – pregunta Gerardo mientras mira a través de la ventana.

 

Gerardo me ha tomado por sorpresa en medio de mis recuerdos. El teléfono timbra y él contesta. Miro la calle y todo es nuevo para mí. Regresa con una sonrisa cómplice y me abraza.

 

–Era tu papá, dice que no puede venir por ti.

 

Sonrío aliviado por la buena noticia. La compañía de Gerardo es tan agradable como unas vacaciones prolongadas. Ambos le damos otro sorbo a nuestros vasos y seguimos mirando a través de la ventana. La radio ya no emite sonidos y un silencio absoluto nos invade.

 

–Gerardo...

 

Digo y él dirige su mirada hacia mí.

 

–Nunca me dejes por favor

 

Alzamos los vasos y hacemos una señal de brindis.



 

 
 
 

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