Madame Bovary
- pedrocasusol
- 28 ene 2022
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Actualizado: 29 ene 2022
Escribe: Pedro Casusol
Flaubert tenía 23 años cuando encontró una salida al conflicto vital que lo agobiaba. Una repentina epilepsia marcó el fin de las ilusiones familiares en torno a verlo convertido en un ilustre abogado. Sus ataques, que se iniciaron en enero de 1844, eran precedidos por alucinaciones: luces, colores y “un torbellino de ideas y de imágenes” que lo llevaban a perder el conocimiento. Sería la enfermedad que lo acompañaría por el resto de sus días, aunque algunos como Jean-Paul Sartre la consideran en realidad una neurosis que, consciente o inconscientemente, le brindó la salida que tanto andaba buscando. Gracias a ella pudo dejar sus estudios de Derecho en París, instalarse en la casa de campo de sus padres en Croisset y dedicarse, en cuerpo y alma, a su vocación literaria.
Sartre lo llamó “el idiota de la familia”, como tituló al interminable ensayo de tres tomos sobre la vida y obra de Gustave Flaubert. Debido a sus ataques, que sentía “como si me arrancasen el alma del cuerpo”, se fue a vivir bajo los cuidados de Madame Flaubert en aquella casa a orillas del Sena, cerca de Rouan, capital de Normandía. Flaubert detestaba París y a la nueva burguesía francesa que se terminaría de posicionar con el Segundo Imperio. Y el resto de su vida la pasó como un ermitaño, escribiendo en largas jornadas mientras observaba el río desde su estudio de trabajo, donde exhibía una piel de oso blanco y un cocodrilo embalsamado. Incluso su más largo y tormentoso romance, el que sostuvo con la poeta Louise Colet por una década, fue básicamente epistolar.
La relación que realmente le interesaba la tenía con el estilo. Ansiaba elevar el estatus de la novela al de la poesía, conseguir una prosa que alcanzara mayores ribetes. Era conocida esta obsesión y podía pasarse semanas o meses estancado en una misma página, buscando el ritmo adecuado o la palabra precisa. Incluso es famosa una avenida en Croisset en donde recitaba las páginas escritas la noche anterior para comprobar su correcta sonoridad. “Tu pasión por las frases te ha secado el corazón”, le dijo una vez su madre a modo de reclamo. Para él, esa observación pecaba de “sublime”. La cuestión del estilo fue una constante desde sus primeras obras de juventud.
Hacia septiembre de 1849, sin embargo, sus intentos parecen infructuosos. Flaubert cita en su estudio a dos amigos, Maxime Du Camp y Louis Bouilhet, para leer en voz alta una novela que ha escrito y que considera por fin “madura”. Se ha dedicado exclusivamente a ella durante meses y lo hizo además con una gran alegría. Tras cuatro jornadas de ocho horas, los amigos de Gustave dan su veredicto: debe arrojar el manuscrito al fuego. La historia del monje eremita peca de lirismo en su escritura, le aconsejan renunciar a un tema tan denso. Hace caso, pero temporalmente. En el fondo, nunca dejará el proyecto sobre San Antonio: publicará una nueva versión en 1874.
La respuesta a Du Camp y Bouilhet sería “Madame Bovary”, hoy considerada la primera novela moderna por el estilo y las innovaciones técnicas que Flaubert integró de manera intuitiva. Le demandó casi cinco años de un intenso y doloroso trabajo. Para la trama, se inspiró en la historia de Delphine Delamare, una mujer de Normandía que, así como Emma Bovary en la ficción, se casó con un médico rural y luego se entregó a romances furtivos y a una vida llena de lujos materiales, para después suicidarse ingiriendo veneno. En lo referente al estilo, hizo algo revolucionario: se concentró más en “describir” que en “relatar”. Por eso, tuvo que luchar constantemente contra su propio lirismo: “estoy comido de comparaciones como quien está comido de piojos”, se queja en una carta a Louise Colet, “y me paso todo el tiempo aplastándolas”.
A “Madame Bovary” le debemos innovaciones de índole técnico, como el estilo indirecto libre, mediante el cual el narrador brinda percepciones internas de los personajes, así como un uso del tiempo que se adapta a los requerimientos de la historia o los llamados “vasos comunicantes”, en aquella clase maestra que es el octavo capítulo de la segunda parte, cuando se llevan a cabo los “comicios agrícolas” y Emma Bovary cae en la telaraña de Rodolphe. En aquel capítulo, todos los personajes de Yonville, el pueblo donde vive Emma, interactúan como en una sinfonía: los diálogos y las acciones se superponen para mostrarnos varias capas de una misma realidad.
La novela de Flaubert se basa en la idea de que Emma vive una insondable insatisfacción: es ambiciosa pero de mala manera, se lanza a la aventura como una suerte de Quijote que leyó demasiadas novelas románticas, se rebela contra el mundo pero al final muere llevando a la ruina al médico rural que era su esposo. Profundidad psicológica sin caer en el romanticismo barato. Flaubert nos regala, además, una de las escenas eróticas más imaginativas de la literatura, cuando Emma se entrega a Léon en un fiarce alquilado que hace un recorrido por las calles y avenidas de Rouan, y el encuentro es presentado como una interminable enumeración de lugares, sin mostrar nunca el acto sexual.
“Madame Bovary” fue, sin duda, un libro adelantado a su tiempo. No es de extrañar que haya sido malinterpretado o que tuviera un juicio por obscenidad acusado por el fiscal Ernest Pinard, el mismo que llevó a juicio a “Les Fleurs du Mal”, la más grande obra de Charles Baudelaire. Flaubert fue menospreciado. Pese a su primera novela, mediatizada por el intento de censura, sus siguientes entregas tuvieron una recepción más bien tibia. No sería hasta la aparición de Émile Zola y los naturalistas, quienes vieron en el realismo de Flaubert un claro antecedente, o hasta mediados del siglo XX, cuando los autores de la “nouveau roman” o los escritores del boom latinoamericano se declararon fervientes “flaubertianos”, que se reconoció ampliamente la importancia de Gustave Flaubert en la concepción de la novela moderna. Pero esto no lo llegaría a saber nunca el ermitaño de Croisset, quien falleció empobrecido y agotado en mayo de 1880.





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