Manos de seda
- pedrocasusol
- 12 ago 2025
- 2 min de lectura
Escribe: Roxana Hoces
En un mes, se le cayeron veinte vasos de vidrio, diez tazas y tres platos de loza. Desde muy chica, se le caían las cosas de las manos y se caía ella misma. Parecía como si los objetos no deseaban ser tocados por Tana.
Cuando ocurrían esos incidentes, la madre la regañaba y para la niña, las expresiones "a ti todo se te cae", "¡no sé qué tienen tus manos!" o ¡ten más cuidado!, entre otros, la hacían sentir más torpe y le quitaban las ganas de ayudar en las labores del hogar.
La señora Marion estaba cansada de renegar con su hija de nueve años y de comprar utensilios cada mes. Por eso le prohibió lavar y tocar cualquier objeto de vidrio o cerámica.
Tana ahora tenía más tiempo, salía a la calle a jugar con las otras niñas del barrio. Solo que en los juegos, cuando le tocaba lanzar la pelota o recibirla lo hacía bastante mal, todos se reían y ningún grupo quería elegirla. Decían que ella no sabía jugar y les hacía perder.
Una vez que la niña quiso salir a jugar, pensó dos veces. Se decía: salgo o me quedo, salgo o me quedo, y eligió quedarse. Se refugió en los pocos libros que tenía, sobre todo en los cuentos que su madrina le había regalado a ella y a su hermana mayor.
Las historias mágicas eran sus favoritas, se sentía protegida y acompañada por los innumerables personajes que ahí aparecían. Un día encontró un cuento llamado “Manos de seda”, el cual narraba la historia de una princesa que, al igual que a ella, se le caían las cosas.
Su padre, el rey, siempre le decía que los objetos no podían resistir la suavidad y delicadeza de sus manos, y por eso iban a parar al suelo y se hacían trizas. ¡Tú tienes manos de seda, hija mía! expresaba el padre, y ella, emocionada hasta las lágrimas, respondía: ¡Gracias papá, te amo!
Al terminar de leer la historia, Tana recordó a su papá cuando le decía que ella era muy inteligente. Después de ir al baño a lavarse la cara, fue a su cuarto y cogió la foto de su padre y la llevó hasta su pecho. Se echó en la cama quedándose profundamente dormida.
Soñó que los vasos, tazas, platos y todos los objetos de vidrio y loza le decían: ¡Manos de seda, te perdonamos!, ¡nosotros seremos reciclados! ¡No te preocupes!, ¡cuida tus manos!, ¡adiós!
Cuando despertó, su madre y su hermana estaban atendiendo en la bodega. Sin que ellas lo notaran, decidió lavar los utensilios sucios del día anterior. Los miró y los saludó, y empezó a lavar con cuidado, tratando cada cosa como si fuera muy valiosa para ella. Ese día, no se le cayeron ni vasos de vidrio, ni tazas, ni platos de loza.





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