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María Moñitos

  • pedrocasusol
  • 16 sept 2025
  • 2 min de lectura

Escribe: Thalía Correa


Karla Ramírez o como a mí me gustaba decirle, María Moñitos, amaba desfilar delante de mí sus hermosos moños y las últimas loncheras de Hello Kitty que sus perfectos papás le compraban casi mensualmente. Era hija única, destacaba por sus notas y sus grandes ojos verdes. Nosotras solo teníamos en común la edad. Lloraba cada vez que sacaba 18, mientras yo peleaba por esconder en mi mochila mi bien ganado 13.


Aunque no me gustaba, quería ser parte de su grupo cerrado de amigas, quería ser sofisticada, pero los requisitos eran más largos que la lista de útiles escolares que nunca terminaba comprando.


El día de mi cumpleaños por fin pude reunir de mi mesada para comprarme un moño azul, combinaba con mi uniforme y era el más bonito de la tienda. Generalmente me peinaba en 2 minutos, pero ese día no fue así, tardé más de media hora en peinarme, se me cansaban los brazos y no quedaba como yo quería, estaba a nada de rendirme cuando logré ponerme bien el moño casi con lágrimas del estrés de no poder usar mi moño. Ni mi mamá ni mis hermanos notaron mi nuevo peinado, en el colegio tampoco. La única persona que lo noto fue Karla. Se me acercó y me dijo:


—Quítate eso. No te queda nada bien el moño, no luce en ti—. Se acercó más y sin darme cuenta en menos de 2 segundos deshizo mi trabajo de media hora.


Cuando quise reaccionar ya estábamos entrando al salón. Me sentí humillada, no pude mirar a nadie. Quería correr y decirle a la profesora lo que había pasado, pero sabía que no haría nada, ni siquiera ofrecerse a peinarme otra vez. Me senté y vi como Karla reía. Me sentí como una cucaracha despeinada sentada en mi carpeta, me imaginaba golpeándola. Necesitaba vengarme, no me podía ir a casa sin hacer nada.


Cuando nos llamaron para revisar nuestros cuadernos vi mi venganza, le quité la silla antes de que pudiera sentarse, fui tan rápida como ella con mi moño y en menos de un minuto cayó en el piso, todas rieron a carcajadas y ella se puso a llorar. Al verla así, en el piso, sin brillo y apenada, me sentí muy mal y culpable, pero poco me duro el sentimiento ya que la profesora (que no me tenía mucha paciencia) me llevo a dirección, me hicieron firmar un libro de niñas mal portadas y me expulsaron por una semana. Nunca me preguntaron por la razón de mis actos y otra vez comprobé que los adultos son maravillosamente inservibles.



 
 
 

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