Mañana, las ratas
- pedrocasusol
- 16 feb 2022
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Escribe: Pedro Casusol
Recuerdo a José B. Adolph en un salón de clases, vistiendo una camisa y sus particulares tirantes, lentes y cejas a lo Drácula, un bigote desprolijo. Era el año 2004 y aquellas sesiones las dedicó al terror, que él consideraba cercano porque “había nacido en la selva negra de Alemania”. Y lo decía, además, con voz grave, como si pudiera contarnos un cuento de terror ahí mismo. Más tarde supe que Adolph era también uno de los más grandes exponentes de la ciencia ficción en el Perú, una suerte de padre putativo del género en nuestras letras y que quizás por eso mismo, a pesar de su prolífica obra, había sido sistemáticamente dejado de lado por el consabido canon. De hecho, la primera vez que vi un libro suyo fue años más tarde, cuando un amigo sacó de su mochila “Mañana, las ratas”, publicada por Lluvia editores en 1984.
En sentido estricto, la primera obra de ciencia ficción peruana fue “Lima de aquí a cien años” de Julián M. del Portillo, publicada por entregas en 1843 pero editada por primera vez como libro en 2014. Se trata de una novela epistolar que imagina Lima en 1943 como una utopía moderna, con coches aéreos, ciudades-puerto y paz política interna. La obra es fundacional no solo por el tema futurista que aborda, sino porque Del Portillo fue el primer autor peruano en llamar novela a lo que escribía. Luego está, por su puesto, Clemente Palma, hijo del autor de las “Tradiciones”, que curiosamente rompió con el costumbrismo y se aventuró por lo fantástico, el terror y la ciencia ficción, muchas veces mezclándolo con un racismo que bulle a borbotones en cada una de sus páginas. En su novela “XYZ”, publicada en 1934, artistas de Hollywood son clonados para divertimento del protagonista, un científico loco que consigue materializar a los seres que son proyectados en su pantalla utilizando el elemento radio y la albúmina.
Tal vez lo correcto sea decir, entonces, que Adolph inaugura la distopía en la literatura peruana, al modo de Orwell y Huxley. Si bien cultivó la ciencia ficción desde sus primeros libros, es con su novela “Mañana, las ratas” que alcanzó el estatus de autor de culto, tras imaginar una Lima ya hecha escombros en el año 2034. Si los demás autores de su generación aspiraban a retratar la ciudad con sus tragedias y contradicciones, Adolph se atrevió a ir más allá para mostrar, en clave ciencia ficción, lo que Sebastián Salazar Bondy había abordado en su célebre ensayo: una Lima que creció violentamente sin llegar a comprenderse o aceptarse a sí misma, canibalizando y enajenando a sus habitantes. En la novela, las élites viven protegidas por amplias murallas y un ejército privado, en residencias en Mala o Pucusana, mientras que los excluidos son llamados “ratas”, seres sin voluntad ni propósito que deambulan por el destruido casco histórico de Lima y que uno puede atropellar, sin problema, en los modernos autos eléctricos.
Pesimista confeso, en la distopía de Adolph ya no existen los Estado-nación, ahora gobiernan los conglomerados. Ya no existen la política ni las ideologías, es el neoliberalismo sin ataduras ni caretas. Si hay un problema con las “ratas”, se les extermina con una lluvia de fuego y láser. Por eso, desde las ventanas de su oficina, Tony Tréveris se detiene a observar cada mañana las columnas de humo que parten en dos el horizonte. El Perú ya no existe. Lima es la capital de la región Sudamérica Oeste, gobernada por un Directorio Regional que sesiona en oficinas ocultas en las entrañas del cerro San Cristóbal. Ellos, a su vez, dan cuenta al Directorio Supremo, centro de poder en esta parte del mundo. Las decisiones, sin embargo, se restringen a las indicaciones que emiten grandes computadoras, una suerte de “capitalismo cibernético”.
La novela comienza con la visita de un miembro del Directorio Supremo, Linda King, quien llega para supervisar el estado de la región. Por supuesto, los miembros del directorio de Sudamérica Oeste han estado ignorando las directivas de las computadoras, llevando la desigualdad al límite y provocando el surgimiento de una secta católica ortodoxa, lefebvrista, que durante años ha implantado un nuevo orden paralelo en el submundo de las “ratas”. Por eso mismo, la misión de Linda King en realidad es otra, consciente de que no puede existir equilibrio en una sociedad cuya élite vive a costa del 90 % de la población. “Mañana, las ratas”, escrita en 1977, vislumbró de alguna manera el derrotero del Perú en los siguientes 50 años. Una novela futurista, clásico del género en nuestra literatura, que se encuentra más vigente que nunca.





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