Mefistófeles
- pedrocasusol
- 1 may 2024
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Escribe: Pedro Casusol
No sé qué hacer con Mefistófeles, el gato que vive en los sótanos del edificio. La primera vez que lo vi era de madrugada, la sombra de un rabo crispado huyendo de los faros de un automóvil en movimiento. No le tomé demasiada importancia al principio. Un gato callejero se había metido al edificio, era solo eso. Pasaron pocos días y se convirtió en una mancha negra que se dejó caer desde la rampa de ingreso al primer sótano, justo al costado de mi carro. ¡Es un demonio!, grité asustado, confirmando que era un gato. Y como se quedó a vivir en el subsuelo, le puse Mefistófeles.
Al principio fue como desarrollar un trastorno, sufrir alucinaciones. Convencido de que habitaba entre nosotros, le empecé a dejar comida. Estaba acostumbrado a alimentar a los gatos del Parque Kennedy con las sobras de mi aburguesado gato: las croquetas que deja y el paté húmedo que se mosquea en su plato. Pero era como alimentar a un animal invisible. La única prueba de su existencia eran los recipientes que dejaba vacíos en el estacionamiento. Por fin, un día le pregunté al portero si de verdad existía aquel gato. Este me confirmó que era real, pero admitió que nunca lo había visto. En cambio, la señora de la limpieza sí se lo había encontrado una vez, tendido en el piso de uno de los sótanos, descansando plácidamente cerca del ascensor.
Mefistófeles es un gato plomo, de pelaje frondoso, patas y cara blanca. Se dejó ver luego de unas semanas, cuando se me ocurrió invitarle, para variar, un poco del paté que mi gato había dejado. Desde entonces lo empecé a ver escurriéndose entre los entresijos del sótano. Lo alcanzaba a divisar en el muro junto a mi carro, sentado como una esfinge egipcia. Resulta imposible atraparlo porque, cada vez que me acerco, corre a esconderse bajo un carro o se lanza al segundo sótano. Incluso llegué a pensar, como leí en un foro, en colocar una trampa que se cierre cuando ingrese buscando comida, pero me parece cruel. Al fin y al cabo, Mefistófeles es un gato libre que ha permanecido incólume, lejos del gobierno de los hombres. ¿Por qué cambiar eso?
No maúlla, lo que significa que no ha tenido dueño. En lugar de una trampa le conseguí una caja de arena, para que deje de usar el sótano como su letrina. La gente comenzó a decir que Mefistófeles es mi mascota, pero la verdad es que no se ha dejado domesticar. Pienso en el zorro y el Principito, aquel capítulo del libro de Saint-Exupéry en donde el animal le explica al personaje cómo puede domesticarlo: “Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...”. Es cierto, cada vez he podido acercarme un poco más al consabido gato, aunque lejos está el día en que pueda acariciarlo o llevarlo a la veterinaria.
Unos días atrás se dejó ver. Nos quedamos inmóviles, frente a frente, a pocos metros de distancia. Me miraba con sus ojos curiosos, interesado por saber qué golosina le llevaría esa noche. Vino de pronto a mi cabeza el poema de Pablo Neruda, la “Oda al gato”, en donde considera al felino como el único animal que nació terminado, que “camina solo y sabe lo que quiere”. Dice: “el gato / quiere ser solo gato / desde el bigote a la cola, / desde el presentimiento a rata viva, / desde la noche hasta sus ojos de oro”. La verdad es que a veces me preocupo por él. Me pregunto dónde andará, sobre todo en las largas noches. Al final, parece que Mefistófeles me domesticó a mí.





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