Mi abuelo Emilio
- pedrocasusol
- 13 ago 2025
- 2 min de lectura
Escribe: Jennie Dador
¡Abuelo, abuelo, cuéntame tu historia, esa de carencias, trabajo duro y desarraigo! Cuéntame de tu lengua y de tu música.
Mi abuelo Emilio nació en medio de las montañas. Era hijo ilegítimo de un hacendado y su madre murió en el parto. Fue su abuela, la vieja de la choza de paja a la orilla del caserío, quien lo recogió y crio, le dio un nombre y un apellido: “Dador”, cuyo origen nadie sabe bien cuál es.
A los siete años, apareció el hermano de su padre, don Juan Villena, y se lo llevó. Lo hacía trabajar en el campo y nunca más volvió a la escuela. Contaba él que allá arriba en los andes, con solo alzar los brazos tocas el cielo y el aire helado te rasga la piel, pero la tierra siempre generosa no deja de producir. Vinieron tiempos de sequía y hambruna. Los jóvenes se organizaron y bajaron hacia la costa donde mar y río se juntan, el aire huele a cereal maduro y el agua nunca se acaba. Caminando unos, y a lomo de mulas, otros.
Decía que en esa travesía había tomado sopa de piedras. Nosotras, cuyas narices apenas llegaban a la mesa, lo mirábamos con incredulidad. Sin embargo, era cierto. En algunos de aquellos días, ese fue su único y sabio alimento, piedras cargadas de ricos minerales y una zanahoria.
Mi abuelo Emilio no fue a la escuela, pero aprendió la tabla de multiplicar y también a leer. Dos cosas que nunca más dejó de hacer hasta los noventa y cuatro años: sacar las cuentas del molino de arroz donde trabajó toda su vida y leer, con o sin luz, con vela, con lámpara sol de noche o con electricidad.
Años después, cuando el tío explotador agonizaba, lo mandó a buscar, quería reconocerlo como hijo legítimo y heredero. Mi abuelo no aceptó, siguió llamándose Emilio Dador, como reza su epitafio. Signado por su apellido, nunca dejó de dar. Es que no se puede ser un Dador y no dar, ni siquiera por la ironía de haber sido originalmente un Villena, que suena más y mejor a villano.





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