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Mi viaje, mi sueño

  • pedrocasusol
  • 18 may 2024
  • 3 min de lectura

Escribe: Thalía Correa


Me encontraba en Lima, tenía ya 24 años y 3 años viviendo en la caótica pero hermosa capital de Perú. Me había preparado para ser una gran barista. Me inscribí en todos los cursos de barismo que pude: manejo de cafeterías, tueste de café, cata de café. Me identifiqué rápidamente con la razón humanitaria que hay detrás de una deliciosa taza de café.


Estaba lista, lista para partir otra vez, mi segunda migración. Quería continuar mi camino. Empecé a buscar opciones para irme al país de mis sueños. Encontré varias agencias y, con ellas, diferentes centros de estudio. Contacté lo más pronto posible a la agencia que me generaba más confianza. Concreté una cita con el asesor, todo fue de maravilla. A mis 24 años, era una potencial candidata para ir a estudiar y trabajar a Canadá. Solo quedaba una cosa: tramitar la visa.


Canadá era ese hermoso país que quería visitar desde que tenía 16 años, el país al que buscaba emigrar cada noche en la oscuridad de mi cuarto, siempre buscando información, alguna noticia o facilidad para poder partir hacia mi futuro destino. Esa búsqueda se intensificaba cada vez que había una discusión en casa. Me encerraba llorando en silencio y abriendo buscadores, preguntándole a internet: ¿cómo podía irme a Canadá? ¿cómo era el clima, la gente? Me dormía con el teléfono en la mano, asegurándome de que a la mañana siguiente seguiría con mis búsquedas y encontraría respuestas.


Mamá no me apoyaba, y cada vez que yo pensaba en eso, la veía como una persona poco empática. Ella también se había ido de su casa a temprana edad y había emigrado al extranjero a los 20 años en busca de mejores oportunidades. Es así como mi madre llegó a Venezuela, país donde yo nací y crecí. No entendía cómo alguien que había emigrado desde joven y que ya había tenido la oportunidad de conocer el país al que yo me quería ir, no me apoyara en mis planes de marcharme.


Pero había llegado el momento. Me había preparado para cumplir mi sueño. Ya no tenía 16 años; ahora era una persona elegible para el permiso de estudio y trabajo en Canadá. Empecé a juntar toda la documentación. Me regresé a mi país para hacer los trámites desde casa y aprovechar para despedirme de mi pequeña familia. Me atrapó la rutina de las empresas familiares y entraron todas las dudas y miedos. Nadie podía acompañarme en este viaje porque era mío y solo mío.


En noviembre de 2019, estaba haciendo las traducciones correspondientes y reforzando mi inglés. También hice todos los cursos de repostería que pude para aprender lo máximo y tener mayor oportunidad de encontrar un empleo. Sabía de un virus que iba atravesando Asia; recuerdo verlo en las noticias como si fuera ayer. Lo comentamos también en una clase de helados artesanales en la que me había inscrito. Estábamos preocupados, pero relajados, como buenos venezolanos, mientras saboreábamos los helados que habíamos terminado de hacer. Recuerdo también a todos decir que eso nunca llegaría a Latinoamérica. Ingenuamente, yo les creí.


Aprovechaba cualquier momento para comentar a todo el que podía del curso de repostería, que me iba, que estaría hasta mitad de año en Venezuela como máximo. Todos estaban emocionados por mí, me felicitaban y deseaban mucho éxito. Yo estaba más que feliz y orgullosa de mis logros. En marzo de 2020, el país y el mundo se detuvieron; entramos en pandemia.


Realmente no lo creía. ¿Cómo era posible que el virus llegara a Latinoamérica, que cerraran los aeropuertos, que no pudiésemos salir de casa libremente? Lo más importante de todo: ¿cómo era posible que me alejaran de mis sueños? Era como si el mundo también conspirara en contra de mi sueño. No podía creerlo. Le escribí rápidamente al joven que me estaba asesorando. Miguel se llamaba. Le preguntaba si no había oportunidad de acelerar el proceso. Me dijo: "No, Thalía, hay que esperar, efectivamente todo se ha paralizado."


No podía creerlo. Me había quedado encerrada en mi apartamento de 40 m² con mi madre, solo ella y yo, con una cama, sin internet porque la empresa de internet no tenía cable en ese entonces, y no llegaban todavía los satélites. No podía creer lo que estaba pasando. Trataba de ver soluciones y solo veía un laberinto del que no podía salir. Era el comienzo de mi pandemia.



 
 
 

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