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Nelson en la tienda de abarrotes

  • pedrocasusol
  • 30 ene 2023
  • 6 min de lectura

Escribe: Bruno Portillo


Dos lavanderías y una licorería en tres semanas. Le ha pagado al casero, tiene drogas, tiene a su chica contenta. Ahora es esta tienda de abarrotes. La ha estudiado casi todo el día de ayer y antes dio vistazos durante la semana. La patrulla pasa cada tres a cinco horas por esta calle de edificios raídos, pocas tiendas, gente desinteresada. Cruza la calle veloz, seguro, como marchando un hip hop estimulante. Al pisar la acera se levanta el cuello tortuga del suéter hasta la nariz y baja hasta las cejas la gorra negra en la frente con un bordado de un conejo blanco. Con la mano izquierda empuja la puerta de vidrio y aluminio que hace tintinear unas campanillas orientales de bronce. Con la derecha saca la nueve ajustada a los vaqueros en la espalda baja. La pareja de coreanos cuarentones y regordetes más que temblar parece que vibraran como gelatinas. Pero Nelson es amable y pasea con suavidad el cañon de la nueve delante de sus rostros.


–Señores Kimchí, buenas tardes, por favor vacíen la caja en una bolsa. Soy el conejito y necesito dinero. –Comienza su show Nelson, como siempre con apodos cómicos para que sus “clientes” no se lo tomen tan en serio.


La tiendera al parecer está paralizada por un ataque de pánico y eso mortifica un poco a Nelson. La apunta a ella y le habla al tiendero.


–Por favor señor Kimchí, la caja.


El tiendero usa un bigote ralo y alambrado, que lo delata como un hombre ajeno a lo que crezca o se encoja además de sus balances diarios. Algo quizás bueno para la economía de Nelson. El hombre mantiene la boca en forma de “o”, como una caricatura, mientras abre la caja y vacía los billetes, pequeños pero abundantes, en una bolsa plástica blanca que lleva estampado “Tenga un Gran Día” y un par de ideogramas coreanos en rojo con bordes amarillos.


Nelson se inclina un poco sobre el mostrador para ver que el señor Kimchí no deje ningún billete. Siempre apunta a la cara de la tiendera que respira agitadamente expandiendo y contrayendo sus fosas nasales. La Sra. Kimchí es algo morena y tiene la nariz un poco ancha por lo que Nelson sospecha que puede que no sea coreana si no vietnamita o tailandesa. Nelson sabe algo de asiáticos: obviamente ha probado y ama el kimchí (que es col china y algo más) y casi toda la comida coreana, y en el secundario tuvo una novia tibetana y sabihonda que lo dejó como a un perro apenas notó que él iba en serio.


El tiendero le extiende la bolsa y Nelson la toma. Con una ligera reverencia Nelson se despide:


–Muchas gracias por cooperar con este pequeño conejito. Que tengan éxito en los negocios y recuperen pronto su dinero.


Antes de girar hacia la puerta suenan las campanillas de bronce. Nelson tiene el arma apuntando en un ángulo hacia el techo. Algo tira de ella. La arranca de su mano. En la puerta: el Hombre Araña la tiene en la mano envuelta en una desagradable masa pegajosa que debe ser su tela sintética de hombre araña.


Nelson automáticamente levanta las manos hasta tenerlas detrás de la nuca. A punto está de arrodillarse, pero se da cuenta que es estúpido, eso se hace cuando te agarra la policía. Cuando te agarra el Hombre Araña ¿Qué se hace? El superhéroe avanza y le extiende el arma toda pegoteada de tela al señor Kimchí que mantiene el gesto de “o” en la boca.


–Marque el 911.


El viejo, coge el arma como se coge a una rata muerta y corre al fondo donde hay un teléfono. El Hombre Araña luego se fija en la Sra. Kimchí que continúa hiperventilándose y ahora muestra una palidez impresionante y sudor profuso.


–Señora, siéntese en el suelo y tranquilícese, ya no hay peligro. –Le dice el Hombre Araña tras apartarle la vista.


La Sra. Kimchí le sigue la recomendación de inmediato, tanto que prácticamente se deja caer y desaparece tras el mostrador. Luego el Hombre Araña empuja suavemente a Nelson y lo conduce hasta la calle.

Están parados uno al lado del otro sobre la acera. Nelson mira al Hombre Araña: está apoyado contra un poste, con los brazos cruzados. Es bajo, flaco y con el uniforme lo percibe francamente ridículo. Debe de estar viejo ya. Piensa que detrás de esa máscara debe haber arrugas, aburridas arrugas. Pero lo importante es que lo ha cagado. Lo jodió. Es cierto que va a ser su primera vez en la cárcel, salvo el par de detenciones por posesión, pero igual le van a dar unos años.


–Baja los brazos, muchacho. –dice el Hombre Araña.


Nelson los baja. Se había olvidado que los seguía teniendo sobre la nuca.


Le van a dar de diez a cinco, depende si lo relacionan con los atracos anteriores. Como todos los tienderos tendrán gratos recuerdos del pintoresco conejito, con sello de marca y todo, la cosa pinta muy mal.


–Si se demora mucho la patrulla, lo siento, pero voy a tener que envolverte en un capullo y colgarte de un poste. –comenta el Hombre Araña como para sí mismo.


Nelson no lo escucha. Le han contado como es adentro cuando eres no tienes tribu como él. Se puede sobrevivir, pero un tipo como él, tan buena onda y a veces confiado, va a perder mucho adentro. Hay que ser duro y amargo para soportarlo.


–No quiero desperdiciar tanta tela, ojalá lleguen rápido. –Dice el superhéroe mientras espera con la mirada en el horizonte de la calle la aparición de las patrullas. –También, la municipalidad se ha estado quejando de lo difícil que es despegar la tela de los postes y me han pedido que les ahorre el gasto. Continúa, en un tono más afable, casi amical.


Nelson piensa en pedirle al Hombre Araña que lo deje ir. Las sirenas comienzan a escucharse. ¿Por qué no pedirle que lo suelte? Soy un buen tipo. Nunca he disparado siquiera. Soy listo. Puedo reformarme. Me rehabilitaré. Me mudaré lejos del barrio, con mi abuela y la acompañaré a la iglesia. Ella siempre es buena en apuntarme el buen camino. Cocina bien.


–Hombre Araña, déjame ir. –Dice con la más sincera expresión posible. –Por favor, no he dañado a nadie. No lo haré de nuevo. En serio.


El hombre araña señala al fondo de la calle, detrás de Nelson.


Nelson gira y ve a tres patrullas a un par de cuadras, raudas con toda la parafernalia de sirenas y circulinas. Siente un vientecillo en la espalda: el Hombre Araña ha saltado a la pared del de la tienda y ya gatea ridículamente para alcanzar la azotea. Recuerda la canción: “Hombre Araña, Hombre Araña/hace todo lo que una araña/trenza telas, de cualquier tamaño/caza pillos, como moscas…” que estupidez.


Las patrullas frenan chirriantes, quemando el caucho en el asfalto innecesariamente. Se bajan cuatro policías, con cara de cretinos, con sus gorras azules impecables y las hebillas doradas. Uno masca chicle.


Nelson nuevamente coloca despacio las manos detrás de la nuca y se deja caer de rodillas fuerte sobre la acera, buscando el dolor. Lo levantan en vilo de los codos y lo empotran contra el guardafango. Casi le dislocan el hombro al esposarlo. Lo avientan en el asiento trasero. Mientras, dos de los policías caminan, apesadumbrados, hacia la puerta de la tienda para entrevistar al tiendero que ha salido, ya dejó la “o” de la boca, y ahora habla sin parar con un acento fuerte y un tono agudo y molesto.


Nelson se sorprende de ver que el Hombre Araña sigue cerca. Se quedó en la azotea, con los codos sobre el muro y con las manos en la mandíbula apoya la cabeza. Realmente parece triste, deprimido. Imagina un perfil aburrido y melancólico debajo de la máscara. Especula que podría estar pensando el “paladín de la justicia” con tan sombrío semblante: Otro día más en que sudo esta malla que me saca hongos en la ingle, atrapo a un miserable ladronzuelo y todo sigue igual. La ciudad sigue una mierda, el clima está cada vez más loco, los ricos cada vez más imbéciles y más ricos ¿Por qué no me escuchaste Hombre Araña? ¿Por qué no me soltaste?


–¡Puto insecto enmallado de mierda! ¡Anda atrapa peces gordos, lameculos del cochino alcalde! –Se indigna Nelson y comienza a gritarle desde el patrullero.


–¡Cállate basura! -Nelson se asusta cuando le grita el policía en el asiento del conductor tras pegar con el codo la rejilla de la cabina.


Nelson mira al Hombre Araña de nuevo que ahora le está mostrando el dedo medio desde el techo, sin mirarlo. La patrulla empieza a moverse. Nelson no deja de mirar al Hombre Araña que deja de mandarlo a joderse y ahora le devuelve la mirada hirientemente oculta tras esa máscara. Vamos, quítate la máscara maldito, quítatela y mírame a los ojos, y ya deja esta mierda. Hasta que lo pierde de vista en la esquina.




 
 
 

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