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Ni Eros ni Tanatos (2)

  • pedrocasusol
  • 14 ago 2025
  • 8 min de lectura

Escribe: David Vidal


¿No te da asco ver que las mismas herramientas con las que García Márquez compuso 100 años de soledad se utilicen para un inflexible y anodino contrato? Sorprende saber que las letras pueden llegar a ser aburridísimas de forma adrede. Pero sorprende más saber que las primeras formas de escritura fueron usadas para contar, pero no historias, sino inventarios, hace más de 3000 años. El propósito original era soporífero. Ni en sus más desopilantes sueños, ese primitivo contador se hubiera imaginado que en solo tres milenios muchos utilizarían el lenguaje para despertar emociones, sentir, y hasta excitarse.  Pero si nos vamos más atrás, uno puede encontrar cosas más interesantes.


Entre 40,000 a 10,000 años atrás, antepasados nuestros dibujaron lo que ahora se conoce como arte rupestre. Inicialmente representaban escenas de caza, símbolos, sus vivencias, su idiosincrasia. Una de las más famosas representaciones de esta forma de protoescritura primigenia yace en Lascaux, una cueva prehistórica ubicada en el suroeste de Francia. En ese lugar se encuentran más de 600 pinturas y 1500 grabados de toros, caballos, ciervos, bisontes, entre otros. Repleta de representaciones abstractas y simbólicas, una refulge por sobre las demás: una pintura que parece representar un bisonte herido, con las vísceras expuestas, una figura humana en plena erección, y un bastón.


Como suponen, varias historias e interpretaciones surgieron de esta extraña, y aparentemente simple, representación.


Una, y mi favorita, fue la del escritor Georges Bataille, que propuso que en esta escena resalta un antagonismo particular. Que, a pesar de que el cazador se encuentra ante un peligro letal, la erección hace su aparición. Que, frente al peligro y la violencia de la muerte, se asoma el carácter erótico de un pene enhiesto.


Por supuesto, surgen preguntas al observar la pintura desde este punto de vista. ¿Era tan importante representar la erección del hombre en esta escena? Tal vez, la prueba está justo en la escena del pozo de Lascaux y en ese minúsculo y adrede trazo en la entrepierna del hombre caído. Como si, de forma inconsciente, nuestros antepasados hubieran querido indicarnos que al hombre le importa en demasía dos cosas: el eros y el tanatos. El erotismo y la muerte. Dos caras de una misma moneda.

           

A pesar de que no era escritura como tal, tampoco un cuento, esta primitiva representación relata una historia. Detrás de esos simples trazos, de esas líneas primigenias, se encontraba una experiencia, una vivencia, que quería ser contada, transmitida.

           

Y es que sí. Desde siempre, el humano ha querido contar historias. Sus historias.

           

¿Qué hacer si uno no las tiene?

           

Yo estaba a punto de enfrentarme a esa pregunta durante mi primer reto.


*

           

No tengo nada en contra de los asiáticos. A menos que uno de ellos sea mi contrincante directo. Y sí, solo faltaba ver su rostro en su perfil de WhatsApp para deducir que provenía de allí, de ese país en donde a una edad temprana ya programaban, construían pequeñas calculadoras y hasta robots. Del país de Murakami (que, para variar, también había ganado el concurso). Estaba jodido. Solo me alegraba saber que, a lo mejor, la tenía de menores proporciones. Solo en eso, tal vez, le ganaba. ¿Pero en escribir? Ni cagando.

           

La otra integrante era una mujer. Bastante simpática, claramente europea, o al menos eso pensaba. No podía verle los ojos, tenía anteojos en su foto de perfil. Tal vez eso me engañó en un principio, y es que algo en la mirada de las personas que uno no puede ocultar, ni con filtros de Instagram. Traté de discernir su edad, pero me fue imposible calcularla con precisión. Estimé que rondaría los 30s. Su rostro era perfilado y no podía distinguir arrugas, pero había algo en su foto de perfil, algo que parecía quemar. No puedo aseverar que fuese amor a primera vista, pero la vida me tenía deparadas varias sorpresas. Por su número de WhatsApp deduje que era española. 

           

Y de todo ello me enteré de golpe a las 7 pm de un domingo. Suena extraño que un concurso comience un domingo, pero no, comenzaba a las 0:00 horas de un lunes, pero del huso horario GMT 0. Perú, para mi buena (o mala) suerte era de huso GMT-5.

           

En el mensaje de inicio me indicaban todos los datos de los integrantes de mi grupo. El chinito, que era japonés, se llamaba Takeshi. La guapa española, Lorena. Y yo, Esteban, el peruano. Ese era el trío multicolor que aleatoriamente se había formado: un amarillo, una blanca y un marrón. De nosotros tres, al final de la primera ronda, solo quedaría uno. Y Takeshi era, por supuesto, el que se perfilaba a ser el caballo ganador de nuestro grupo.

           

El mensaje también especificaba el reto. No era complicado, para nada. Era conciso, sencillo, y hasta predecible: escribe un cuento de temática libre de entre 1800 a 2200 palabras. Plazo para enviarlo: 24 horas. En el idioma que prefieras.

           

Pan comido, me dije para mis adentros. Y sí, fue pan comido. ¿Te imaginas comerte un pan comido?

           

Para mí fue así de complicado.

 

*


A Jonás lo conocí en un taller de escritura creativa hace como 5 o 6 años. Era alto, espigado, barbudo y, por supuesto, bohemio. Siempre que lo veía me preguntaba si se había bañado ese día, y es que las arrugas en su ropa holgada y su pelo descuidado le otorgaban, aparte de un desinterés estético, un aire místico. Era, de lejos, el mejor alumno del taller. Siempre intervenía, debatía con el profesor, y sus textos eran, por decirlo menos, geniales. Un capo. Y él lo sabía.

           

No sé cómo es que comenzamos a hablar, solo recuerdo que una vez me senté a su costado y el profesor leyó en voz alta un cuento que Jonás había enviado. Era una historia acerca de un perrito callejero, pero contada desde la perspectiva del perro. Fue una propuesta interesante. Recuerdo que el perro al final era adoptado, pero a cambio de un precio: la castración. Lo interesante era que al perro, al terminar el cuento, no le interesaba ya no tener sus dos protuberancias. Éramos nosotros, los lectores, los indignados por ese sacrificio.


Creo que me vió esbozando una gran sonrisa. Allí fue que rompió el hielo.


—¿Te gustó, eh?


Lo miré con algo de miedo. Sus ojos parecían destilar llamas. 


—S..Sí. Es que yo tengo un perro callejero. Y le pasó algo similar.


Jonás sonrió.


—Yo tenía uno también. No lo castré porque consideraba que un perro macho tenía el derecho a conservar sus bolas. Luego me arrepentí. Si lo hubiera castrado seguiría vivo.


Solo asentí. Traté de ser empático, pero no me sale bien fingir. 


—Jonás, un gusto— me dijo, estrechándome la mano.


—Esteban.


Y así comenzó nuestra amistad.

 

*


No hay nada peor para un escritor que no escribir. Y la otra cosa peor es querer hacerlo, pero estar hipnotizado por ese cursor parpadeante, que te recuerda, segundo a segundo, que no estás escribiendo.


Una notificación llegó a mi celular. Un grupo de WhatsApp había sido creado y el administrador, para sorpresa de nadie, era Takeshi. Y, para variar, envió un mensaje que me sentenció a no dormir esa primera noche: Text sended. Please, don't forget to send your tales. Mierda, me dije. Mierda, mierda, mierda. El chinito ya había enviado su texto y ni habían pasado dos horas desde que comenzó el concurso, pensé. Debe de haber tenido un cuento ya preparado, pensé otra vez. Es imposible escribir 1800 palabras en dos horas. Es imposible.

         

Pero, ¿qué sabía yo? Había ido a talleres de escritura creativa, pero nunca había enviado mis textos. Jonás me los había pedido, pero siempre fui reacio a enviarle mis escritos. Tenía textos, sí. Pero nadie los había leído. No contaba con la aprobación de ningún ser humano, solo de mi perro que, para variar, ni sabía leer. Ahora tenía que improvisar un cuento. Cuento, aquel género que, hasta ese entonces, lo había considerado inferior a la novela. Algo que cualquiera podría hacer. Blancanieves, la caperucita roja, los gallinazos sin plumas, el caballero carmelo, 15 centímetros, todos eran textos medianamente cortos y de lectura rápida, hasta entretenida.


No, yo tenía que hacer un texto mejor, uno introspectivo, uno sincero.

           

Es así que opté por escribir un cuento acerca de un chico que no sabía escribir, pero que quería hacerlo, que se moría por ello. Un chico desconocido, introvertido, solitario. Mejor dicho, escribí acerca de mí. No se me ocurrió otra cosa, por más que la temática fuese libre.


De nada me habían servido todas esas horas de lectura que traía encima, los libros de Guillermo Arriaga, de Michel Houellebecq, de Bukowski, de Parra, de Dummet, de nada. Me sentía intimidado frente a ese cursor que avanzaba a una cadencia lenta, temerosa. Línea tras línea, el texto progresaba. Primero fueron 300 palabras, 500, 1000, 1500, y continué. No podía parar. Hoy no dormiré hasta enviar esta mierda, así me cueste llegar tarde mañana al trabajo. No iba a ser el último del grupo en enviar su texto. Esa tenía que ser la tal Lorena.

           

Cuando llegué a las 1854 palabras sentí un gran alivio. Le dí una leída rápida al texto, todo bien, todo conforme. Corregí algunos errores, cambié algunas palabras y, a eso de las 3 de la mañana, ya había terminado. Por fin.

           

Envié el texto a las 3:30 am, la hora del diablo. Me gustó esa coincidencia. Miré el grupo de WhatsApp y, para mi suerte, Lorena todavía no había escrito nada. Ya envié el texto también, escribí. Aparté la pantalla de mi celular y cerré los ojos. Tenía que descansar, los días lunes siempre comenzaban pesados.

           

Llegué tarde al trabajo. Las mismas caras de siempre me vieron con esa misma expresión de indiferencia. Hice lo de todos los lunes hasta que Jonás me escribió al celular. Sí, ya envié mi texto, le dije. Me confirmó que él también había cumplido con el primer reto. Allí se enteró que mi grupo estaba conformado por un japonés, una española y un peruano. Él, por su lado, tenía de compañeros a un americano y un alemán.

           

Ya se acercaba el final de la jornada laboral y Lorena todavía no enviaba su cuento (o no nos lo hacía saber). Me empecé a preocupar, ¿acaso quería que nos pre-eliminaran? Ella perdería. Aunque claro, siempre y cuando se eliminara al integrante con menor puntaje.

           

A eso de las 6 pm una notificación apareció en mi pantalla. Texto enviado, decía. Lorena había escrito. Hice click una vez más en su perfil. Lorena, me repetí para mis adentros. ¿Quién eres? ¿Qué haces? ¿Por qué quieres ser escritora? Tan joven no te ves. Esta segunda vez pude verle algunas arrugas, y una sonrisa espléndida, pero cansada. Empecé a notar ligeras imperfecciones. ¿Tendrá novio?, cruzó por mi cabeza. ¿Ya estará casada? Recordé que a mis 28 años era todavía virgen. No había vivido mucho, ni mucho menos amado. ¿Cómo iba a poder enfrentarme al reto de escribir si nunca había amado? Ella, en cambio, se veía con experiencia. Esa sonrisa me transmitía eso: he vivido, a diferencia de ti, ratón de biblioteca. Es allí que me di cuenta de que estaba jodido. Iba a perder este concurso.


Yo ni había conocido el eros, ni mucho menos el tanatos. ¿De qué iba a escribir? ¿Qué iba contar? Tuve envidia de ese antiguo escribano que solo contaba ganado y cereales.


De los tres, yo era el que se perfilaba a ser, sin dudas, el caballo perdedor.



 
 
 

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