Ojos que hablan
- pedrocasusol
- 20 ene 2025
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Escribe: Lucho Montaña
Cómo olvidar que nos amamos sin expresar palabra alguna, distantes al calor de nuestros cuerpos y al frenesí de nuestras pasiones. Tan solo una mirada era suficiente para darnos cuenta de la pasión que nos asfixiaba en su lucha por desbordar los confines de nuestras almas. Imagino que son cosas que usa el destino para darnos lecciones, que hay amores intensos, que florecen con la mirada, y esta mirada no necesita más que unos minutos para vivir un amor inolvidable.
Mi viaje a la ciudad capital fue algo repentino, sorpresivo, hasta cierto punto involuntario. Mamá me despertó una mañana y me dijo:
—Hoy viajamos a Lima
No supe si reír o llorar por el insospechado anuncio, tenía el presentimiento de que ese viaje no solo era para pasar unas vacaciones, sino para encontrar el rumbo a mi errática vida. Había terminado la secundaria y era imperativo estudiar una carrera universitaria, porque mamá siempre lo predijo así, rehuir a ello habría sido un sacrilegio; pero, como la mayoría de mi generación, me imaginaba que estudiaría en la capital de mi región, en aquella universidad pública, donde siempre encuentras algún viejo conocido antes de obtener una vacante. Por lo que, esa mañana no entendí la fortuita decisión de aquel viaje inesperado. Ella me aclaró solo al momento de abordar el bus.
—Estudiarás allá.
Se disiparon mis dudas y no juzgué la decisión, así eran las cosas, simplemente tenía que enfrentar mi nuevo destino en una ciudad que había visitado pocas veces y en estancias muy cortas.
Eran las cinco de la mañana cuando desperté, todavía no emergía el crepúsculo matutino y la abrumadora niebla que envolvía las luces de la ciudad no me permitió distinguir el lugar, intuí, por el chillido del tráfico, que habíamos llegado a nuestro destino, entonces pregunté:
—¿Mamá ya estamos en Lima?
Ella me contestó:
—Sí, ya llegamos.
—Por fin —dije. Al escucharme mamá me respondió:
—Tendrás que acostumbrarte a viajar porque serán habituales a partir de ahora.
Conocer una nueva ciudad siempre es una experiencia inolvidable, más aún cuando se trata de la ciudad añorada por quienes ven en ella la esperanza de un futuro mejor. Lima, la selva de cemento, la ciudad lúgubre en invierno y calurosa en verano, donde encuentras cosas y experiencias que están fuera del acervo imaginativo de la mayoría de provincianos que llegamos a esta inmensa y odiosa ciudad. Cuando llegamos a la casa de mi tía, el cariño y el amor que desbordaba de su interior me hizo presagiar que mi estadía sería la mejor en aquella ciudad, y no me equivoqué.
Mamá tenía que regresar a nuestra ciudad de origen, así que nos apresuramos a buscar un centro de preparación académica para poder postular a la universidad. En la ciudad de Lima estos centros se encuentran en demasía, así que no demoramos mucho en hallar uno que se ajuste a nuestros intereses y necesidades.
El primer día de clases mamá me acompañó, y recordé aquel día en que me llevó por primera vez a la pequeña escuela rural de mi querido pueblito. Aquella vez, las lágrimas que surcaron mis mejillas fueron interminables, y fue allí donde adquirí el temor a las aulas de clase, temor que me acompañaría hasta muy avanzada edad. Ahora no era justo que hiciera la misma pataleta, así que esta vez no hubo llantos ni quejas, todo transcurrió sin mayores apuros, excepto las miradas de extrañeza y asombro de los chicos de la academia al verme llegar junto a mamá.
Los días venideros se transformaron en una rutina de viajes diarios de ida y vuelta de la preparatoria, fue en esas circunstancias que me di cuenta de que siempre coincidía en el apeadero con una joven más o menos de mi edad. Era de tez blanca, con rasgos costeños, bonita, como la mayoría de las chicas de Lima. Al principio, no tomé mucha importancia la presencia de aquella joven, pero con el correr de los días se me había hecho familiar encontrarla en la estación del bus, siempre con su mirada presurosa, esperando la llegada del autobús que lo llevaría a su destino.
Las personas de la ciudad capital casi siempre están ensimismadas en sus actividades diarias, así que nadie mira a nadie si no conoce, tampoco les llama la atención los incidentes que ocurren a su alrededor, es raro que alguien te observe. Sin embargo, contrariamente a todo lo dicho, yo sentía unas miradas misteriosas, lo que me provocaba, cada breve tiempo, levantar la cabeza para encontrar esa mirada, pero al no ubicar esos ojos fisgones, me quedaba la duda de saber si alguien me estaba observando sigilosamente o solo era imaginación mía.
Los días transcurrían y la costumbre de viajar en buses grandes y por tiempo prolongado, dejó de ser una molestia, es más comencé a disfrutar estas horas del día, creo que era porque no me sentía cómodo en la monótona preparatoria, así que mi permanencia en los buses era la jornada que más apreciaba en aquella ciudad de todas las sangres.
Una de esas tardes calurosas me proponía disfrutar del viaje de regreso a casa, cuando descubrí a la dueña de las miradas, que hasta ese momento solo eran sospechas mías. Estaba sentada en el bus mirándome fijamente, a través de la ventana lateral de su asiento; no se inmutó, me miró por un tiempo prolongado y acompaño ese gesto con una hermosa sonrisa. No supe qué hacer, agaché la cabeza, ruborizado traté de buscar ayuda con la mirada y lo encontré en un puesto de periódicos, hice el ademán de leer, fue lo único que se me ocurrió para salir de aquel apuro, pensé que de esa manera ella no sospecharía, que no abordé el bus por culpa suya.
Las demás horas de aquella tarde, me sentí perturbado, me olvidé de la preparatoria, solo pensé en ella, me preguntaba; ¿si era realmente cierto que aquella muchacha me observaba todos los días o era producto de mi vana imaginación?. Debido a lo absorto que quedé no me di cuenta de que los faroles del centro de la ciudad de Lima ya estaban encendidos, así que tuve que tomar el bus de regreso a casa y tratar de olvidarme del asunto. En casa de mi tía todos me preguntaron cuál era el motivo de mi demora, acudí al argumento clásico: —Nos quedamos porque hubo una clase de repaso y fue suficiente para que nadie volviera a preguntar.
Esa noche no pude conciliar el sueño recordando aquella penetrante mirada y esa dulce sonrisa que me apartaron de la realidad, el transcurrir de las horas se tornaban más lentos y la noche más larga aun, yo estaba maldiciendo al tiempo porque no transcurría como quería. A la mañana siguiente salí raudamente de casa que me olvidé del desayuno, la emoción de volver a sentir esa mirada culpable de mi desvelo me daba vigor y esperanza, que podría aguantar hasta el hambre más feroz. Al llegar al lugar deseado, no estaba ella, miré el reloj pensando que me había hecho tarde, pero no, era más temprano que de costumbre, así que me senté en una de las bancas del apeadero y esperé pacientemente por ella, pocos minutos más tarde llegó hermosa como cada mañana, pero ahora yo la veía aún más bella, nos volvimos a mirar, sonrió, pero se sentó al otro lado de la banca, agachó la cabeza y se puso a leer, cada cierto tiempo levantaba la mirada para mostrarme su hermosa sonrisa. Había comprobado aquella mañana lo que tanto me intrigaba, no lo podía creer que la chica bonita del apeadero sentía cierta atracción por mí, bueno a mis 16 años tampoco estaba del todo mal, tenía algún atractivo, que a estas alturas de mi vida ya queda muy poco. La llegada del bus me despertó del ensueño y me di cuenta de que tenía que ir a la preparatoria.
Desde aquel día no volví a concentrarme en las clases, era más fuerte su imagen que las responsabilidades que tenía que realizar. Los días sucesivos solo me dediqué a buscar estrategias para conversar con ella, ninguna de ellas funcionó porque todo quedaba en tentativa, realmente era imposible, mi timidez era más profunda que la falta de argumentos, de estos tenía bastante porque los practicaba cada tarde en casa, tenía preparado el libreto, sabía de memoria la forma en que empezaría a conversarla, pero me faltaba lo más importante, atrevimiento, osadía, valor; tan solo de imaginarme frente a ella me apoderaba un inconmensurable temor, me temblaba el cuerpo, los labios se me estrujaban, y un sudor glacial me hacía entender que nunca le diría palabra alguna. Ella tampoco se atrevía a iniciar la conversación, sentía en su mirada una invitación, para que yo iniciara con esa pregunta mágica que seguro ella estaba esperando: Hola, ¿cuál es tu nombre?, pero yo en mi pusilanimidad ya había renunciado a ello y no había forma de desenterrarla.
Con el pasar de los días nuestras miradas se buscaban con más descaro y se prolongaban por mucho más tiempo, los mensajes a través de nuestros ojos se habían convertido en la única forma de decirnos te quiero, entonces me di cuenta de que aquella atracción quedaría solo en miradas y aprendí que también se puede amar de esta forma y nosotros nos amamos con pasión ferviente.
Pasaron los meses y llegó el día del examen de admisión, sucedió lo que se están imaginando, no ingresé a la universidad, había desaprovechado mi estadía en Lima, llegué inesperadamente y estaba condenando salir de ella de la misma forma, pero me llevé una experiencia que guardo en lo más recóndito de mi ser y lo recordaré siempre. Nunca supe su nombre, tampoco la volví a ver, pero al escribir este relato pienso que ella también recuerda esos meses de verano de aquel año que surgió un amor insólito entre los dos. No pude besar sus labios, ni rozar su cuerpo, pero gocé intensamente con su mirada, ahora sé que ello es lo mejor que tiene y que puede ofrecer una mujer, por eso no olvidaré este amor inusual que viví, aquel año en que empezaba a conocer el amor.





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