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One true sentence (3)

  • pedrocasusol
  • 7 sept 2025
  • 8 min de lectura

Escribe: David Vidal


Aristóteles nunca escribió un tratado acerca del cuento como ahora lo entendemos. Pero desarrolló ideas acerca de la narrativa que sirvieron de cimientos para todos los narradores que vinieron después.

               

En su libro poética enumeró las partes esenciales de una buena trama, de una buena historia. Mejor dicho, de un buen cuento. Y, para sorpresa de sus anonadados alumnos y nosotros, que seguimos sus enseñanzas, solo se requieren de tres partes: Inicio, nudo y desenlace. En el inicio se presenta la situación y se da el contexto necesario para entender lo que viene después. En el nudo se plantea la parte más interesante del relato, es decir, el conflicto, que actúa como un catalizador de eventos, de situaciones a las que los personajes se tienen que enfrentar. Por último, el desenlace, que es la resolución final de los hechos narrados.


Esos son los tres ingredientes capitales para todo buen relato. La combinación de estas tres partes otorga al cuento cualidades de vitalidad, coherencia, y de completitud.  Si se carece de alguna de ellas, la historia pierde el sentido de ser contada. Se percibe como algo incompleto, irracional, y hasta innecesario.


Como pueden ver, Aristóteles la tenía clara en este aspecto.


Yo, para variar, no tanto.

 

***


57 de 100


Mierda.


Dos puntos. A solo dos puntos de condenar a mi equipo a la pre-eliminación.


Ese puntaje, tan corto, tan frío, me dejó sin palabras. Debajo de esos números, aparecía una felicitación que, al menos para mí, carecía de relevancia. “Felicidades, su grupo ha completado con éxito el primer reto. El siguiente reto es: escribir un cuento de entre 1800 a 2200 palabras a partir de la imagen adjunta en el mensaje. Plazo: 24 horas. Idioma: cualquiera”. Líneas abajo aparecía una puerta, entreabierta (o entrecerrada), con una perilla simple, redonda.

               

Tenía terror de escribir. Ese cursor ahora me parecía peligroso, hasta amenazante. Y seguí allí, parpadeando, guiñándome con sorna.


Eran todavía las 7:06. Tenía tiempo. Podía pedir ayuda.


7:07. ¿Realmente quieres pedir ayuda?


7:10. Sí, carajo, sí quiero.


7:12. ¿Pero, a quién?


7:15. A quién  más: a Jonás. Huevón. 


En quince minutos ya lo había decidido. Por primera vez iba a dejar que alguien más leyera mis textos. Necesitaba de su ayuda, ¿cómo es que casi había condenado a mi equipo a ser pre-eliminado? Yo, que leía constantemente. Yo, que me creía superior que los demás. Yo, que no los consideraba aptos para leerme, indignos, hasta espurios.


No tenía otra opción.


Pero, como si me leyera la mente, Jonás ya me había escrito. ¿Qué tal tu puntaje?, me preguntó. No respondí, me quedé mirando la notificación del mensaje. Tengo 88, ¿y tú?, insistió. Aparté mi celular. Era esperable que obtuviera esa calificación, Jonás fue el mejor alumno del taller. Pero, ¿y yo? ¿Cómo se explican mis míseros 57 puntos?


7:41. Mierda.


7:45. Timbró mi celular. Era Jonás.


Contesté.


—¿Cuánto, huevón?


Me quedé callado.


—¿Estás sordo, cuánto?


***

 

Las amistades son extrañas. Un día pueden ser unos completos desconocidos, hasta se pueden caer mal, malísimo y, de un momento a otro, ¡surprise motherfucker! Descubres en el otro algo que parece bailar a tu desmañado ritmo. Algo, una chispa, que bien puede ser un gusto mutuo. Solo eso basta para iniciar una conversación y fluir. Pero, sin duda, si a ello le añades el mismo sentido del humor, lo que obtienes es la quinta fuerza fundamental de la física: una amistad verdadera.


Eso sucedió con Jonás.


Primero me caía mal, malísimo. Me parecía un tipo petulante, un farsante, un intelectual impostado. ¿Qué se creía él con su metro ochenta, su figura espigada, su greñuda barba, sus lentes de montura gruesa, sus ojos claros y su look desfachatado? Lo detestaba más que a nadie de la clase. Siempre hablaba, incluso discutía con el profesor. Y sus cuentos, maldición…sus cuentos, valgan verdades, no tenían el lirismo que tanto ansiaba yo en mis escritos, pero disponían de algo…algo que pocas veces encuentras en un texto. Te interesaban, querías seguir leyéndolos. Eran como chismes bien contados. Lo envidiaba por eso.


Y todo cambió con ese cuento acerca del perro. Allí nos dimos cuenta de que a ambos nos encantaban los animales. Me contó que el suyo fue un perro chusco, un mestizo, de color oscuro, hocico alargado y de tamaño mediano. Lastimosamente, en sus últimos años, le vino un cáncer testicular. Fue poco lo que pudieron hacer por él. Al final falleció, a sus nada despreciables 13 años.


—Vivió bien—me dijo,


Yo solo asentí.


—Hubiera vivido más si le hubieran quitado sus huevos—insistió, como invitándome a decir algo.


Volví a asentir.


—¿Cómo vive tu perro sin huevos, cambian en algo?


Me quedé pensando.


—Bueno, la verdad es que él ni cuenta se dio. El cuento que hiciste es bastante cierto. Mi perro no dejó de sentirse menos macho al momento de perder los huevos.


—O sea no viste diferencia alguna…


—Bueno, tampoco es que se haya vuelto fan de crepúsculo…


Ambos reímos.


—Menos mal—me respondió.


—Aunque de vez en cuando escribe poesía.


Volvimos a reír.


Esas risas compartidas fueron el inicio de todo. Una parte de mí se vio reflejada en él,  tan distinto a mí. Yo, un mestizo, de talla promedio, rellenito, de dientes chuecos y sonrisa gingival, me empecé a sentir en confianza con ese desconocido de nombre bíblico. Jonás, al que se lo tragó un gran pez, y que luego escupió tres días después. Jonás, al que Dios terminó por recriminar su orgullo y enseñar la compasión a través del sacrificio de una mísera planta de ricino. Jonás, ¿es que dios te habrá enseñado el precio del orgullo machirulo a través de los huevos de tu inocente perro?


Solo sé que desde ese momento, desde que ambos reímos, me dieron unas tremendas ganas de empezar a escribir poesía.


Y me palpé los huevos.


Por si las moscas.


***

 

—¿57 puntos?

               

—Ajá…

               

Hubo un silencio.


—Mierda huevón, estuviste cerca de cagar a tu equipo entero…


—Dime algo que no sepa.


—Escribir, eso no sabes, pendejo. ¿No que escribías de forma recurrente?


No dije nada.


—Habla pues. ¿Esa era la razón por la que te negabas a que lea tus textos?¿Sabías que eran malísimos?


Hubo otro silencio. Quería colgarle, pero sabía que si quería seguir en el concurso tenía que seguir en línea.


—¡Di algo pues!


—¿Quieres leer mi texto?—dije, liberándome de un peso inmenso.


—Claro huevón, quiero leer que volada enviaste al jurado.


—Listo, ya lo tienes.


—A ver… bueno, desde el cel no puedo checarlo con detenimiento. ¿Ahora qué estás haciendo?


Hablando contigo huevonazo, quería decirle. Pero no. No estaba de humor ni para hacer mis típicos chistes.


—Pues pensando en qué escribir para no joder a mi grupo…


—Videollamada huevón, te mando el link en unos minutos. Te conectas y analizamos tu texto, ¿te parece?


Me encanta.


—Claro, genial. Gracias putita.


Ya había colgado.


Varias dudas se gestaron en mi cabeza: ¿por qué me ayudaba?¿Me tenía pena?¿Lo hacía por compasión?¿Era un ejercicio de ego? Si ambos pasábamos la fase de grupos al final seríamos rivales.


Hice click en el link, con cierto temor. Era la primera vez que alguien leía un texto mío. Era como desnudarse ante alguien en sentido figurado (aunque una parte de mi quería que fuese también en literal). Ingresé a la sesión y, en pantalla compartida, estaba mi texto, gigante, con un zoom exagerado. Al costado, Jonás, con la cámara encendida, parecía estar tomando café. Sus lentes habían cambiado, ahora eran marrones. Se veía igual, solo que más barbón, como si estuviera camino a convertirse en Noé.

 

—¿Este es el texto que enviaste?


Me quedé en silencio. ¿Otra pregunta retórica?


—Eh…bueno, sí.


—Mierda, huevón. Ya veo por qué nunca nos mostrabas tus escritos, se parecen a los primeros cuentos de García Márquez…


No sabía si era un halago o un insulto…


—¿A ojos de perro azul?


—Sí, a esa mierda infumable…


Entendí que no era un halago.


—Y es que es infumable esta huevada. ¿Qué chucha es frontispicio huevón?


—Es frontis…


—Sí sé huevón, si sé, pero ¿por qué usas esa palabra?¿Querías sonar intelectual?


No supe qué decir. Pero ahora sé que la respuesta era sí, quería sonar intelectual. Quería que supieran que manejo muchas palabras. Sí, eso quería.


—¿Qué chucha es emperifollado?¿Tetelemeque?¿filigrana?...¿Por qué usas tantas palabras que no van, que le quitan el ritmo?


Me quedé callado nuevamente.


—¿No ves que eso distrae al lector del conflicto, de la trama? Trataste de ser tan profundo que terminaste por hundir el texto. ¿Y dónde está el conflicto?


Me quedé callado. Era la primera vez que alguien criticaba mis textos. Era la primera vez que alguien los leía. Era la primera vez que me sentía tan vapuleado, avergonzado. Estuve muy cerca de cortar la videollamada.


—Tu texto tiene que tener fuego, tiene que quemar. Recuerda que te pidieron un cuento, no un ensayo introspectivo. Le metiste tanta frondosidad a esta huevada que terminaste por perder el norte. El que lea este texto no va a entender ni mierda.


—Es que quería ser profundo, quería hacer algo diferente…


—Te entiendo, te entiendo. ¿Pero te acuerdas de la teoría aristotélica del cuento? ¿El inicio, nudo y desenlace? Aquí no hay eso huevón. Aquí no hay nada de eso, parece un gran soliloquio, ni califica como cuento esta mierda.


—Es que quería hacer un texto como Hemingway, como la teoría del Iceberg, el conflicto puede estar oculto, puede…


—¿Cómo te llamas huevón?


—No…no entiendo…


—¿Cómo te llamas?


—Esteban…


—Exacto. Eres un Esteban en un planeta repleto de Estebans. Hay miles de Estebans en Lima, tal vez cientos de miles en Perú. Pero eso eres. Esteban, a secas. No eres Hemingway, ni Vargas Llosa, ni Bukowski, ni Faulkner, ni García Márquez, ni Bradbury, solo eres Esteban a secas. Para aplicar el iceberg necesitas ser ducho, tener habilidad, prosa, experiencia. Nada de eso tienes.


Me quedé callado una vez más.


—Necesitas escribir huevón. Me habías dicho que escribías.


—Sí, pero nunca mostré mis textos a nadie…


—Mierda huevón. Al menos escribes, solo te falta aplicar la teoría.


—Bueno, tampoco es que escriba mucho que digamos. Más que todo leo.


—Pero para escribir tienes que escribir, ¿lo sabes, no?

               

Asentí con la cabeza.


—¿Cómo te apellidas?


—No, no entiend…


—¿Cómo te apellidas, huevón?


—Flores…


—Exacto. No eres un Vargas Llosa, ni un Roncagliolo, ni un Palma, ni un Bayly, ni mucho menos un Miroquesada. Eres un simple Flores. Nadie te va a dar un salvavidas. Si quieres ser un escritor, no te queda de otra, tienes que escribir. Nadie va a dar un espaldarazo gratuito a un Flores ¿Me entiendes, no?


—Sí…


Lo vi mirarme a través de la pantalla. Sus ojos destilaban pena, compasión. Era eso. Me ayudaba porque sentía pena por mí.


—En este nuevo reto no te olvides del conflicto. ¿Te acuerdas de Piglia?


—Sí, la del cuento con dos historias…


—Aplica eso, te va ayudar. No trates de inventar la pólvora, aplica la de Piglia, esa no falla. Con el Iceberg la puedes cagar, como veo que sucedió. ¿Y sabes por qué creo que pasaste?


Solo moví la cabeza en negación.


—Porque tu texto fue sincero. Parecía ser una confesión, lograste engañar al lector, si lo engañaste, claro.


—¿Esa es la clave?


—Una de las claves. Ser sincero, como decía Hemingway: write one true sentence. Pero la clave principal: el conflicto. Si todo lo combinas bien obtendrás un cuento que destile…


—Fuego…

 

Aunque duro, Jonás fue sincero, como un buen cuento. Es que él respiraba literatura y se expresaba en prosa.


Una pena todo lo que vino después.


Y es que no necesitas ser una buena persona para ser un buen escritor.



 
 
 

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