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Parchís

  • pedrocasusol
  • 9 sept 2025
  • 3 min de lectura

Escribe: Percyfer


No tenía tiempo que perder. Como todos los días, había salido del Jorge Basadre a las 6:00 p. m. en punto. Ignoro por qué en aquel tiempo los de primer grado estudiábamos en el turno tarde, pero al pasar por el único cine del pueblo vi un cartel con grandes letras amarillas sobre fondo negro: “Hoy 8:00 p. m.: Función Estelar ‘Parchís’”.


Yo vivía a mitad de uno de los cerros del pueblo, por lo que llegar a mi casa, cambiarme, cenar y volver al cine me tomaría casi dos horas, sin contar con lo más difícil: convencer a mis padres de que me dejaran ir.


El pueblo, en realidad, era el asiento minero de Casapalca, con unos 1,500 trabajadores. Mi padre era uno de ellos y nosotros vivíamos con él en uno de sus barrios: Potosí. El clima era frío porque estábamos a 4,200 m s. n. m. Estábamos acostumbrados a la lluvia, la nieve y el granizo. Alejandro Guerrero, en un reportaje sobre Daniel Alcides Carrión, dice de la tierra natal del mártir de la medicina peruana: “Cerro de Pasco es un pueblo difícil de amar si no se ha nacido ahí”. Casapalca comparte esa característica y confirmo que, aunque la mayoría no hayamos nacido allí, guardamos un cariño especial por esa tierra.


Las costumbres y vivencias en Casapalca estaban alineadas con los horarios de la mina, por lo que en la escuela también nos adaptábamos a ellos. Por ejemplo, una alarma gigante se escuchaba en todo el pueblo a las 6:00 a. m., 12:00 p. m., 6:00 p. m. y 12:00 a. m., anunciando el cambio de guardia en la mina. Cuando sonaba la de las 12:00 p. m., yo debía empezar a almorzar para salir rumbo a la escuela a las 12:30 p. m., empezar clases a la 1:00 p. m. y salir a las 6:00 p. m.


Era la época en que usábamos uniformes plomos y las calles eran seguras. Desde pequeños solíamos ir solos al colegio; eran muy pocas las veces que algunos padres acompañaban a sus hijos, por muy pequeños que fueran. Yo aprendí el camino a casa desde inicial.


Por eso, aquel día que vi el anuncio en el cine, me dirigía a casa por el trayecto de siempre. El cartel gigantesco llamó de inmediato mi atención: era algo nuevo en la ruta y, más aún, aparecía en el cine (al que yo nunca había entrado).


Conocía a Parchís por los álbumes que mi tía coleccionaba. Eran de mil colores y, uno a uno, mi tía me presentaba a los integrantes del grupo: “Tino es el líder y la ficha roja; Yolanda es la ficha amarilla; Gemma, la ficha verde; Óscar, la ficha azul; y David, de blanco, es el dado. En Perú le llamamos ludo al juego, pero en España se llama Parchís”. También los escuchaba en discos de vinilo. Desde siempre me había gustado “La batalla de los planetas”.


Pero verlos era otra cosa. Nunca los había visto actuando, y por eso corrí a casa. Debían ser ya las 6:30 p. m., me quedaba poco tiempo. Temí que no me dejaran ir, pero para mi sorpresa me dieron permiso de inmediato, con la condición de que llevara a mi hermano menor. Él había escuchado todo y no iba a perderse la función por nada del mundo.


Mi padre nos acompañó a comprar las entradas, pero no entró a ver la película. Hoy parece extraño, pero en aquel tiempo, como dije, desde pequeños conocíamos Casapalca y sus costumbres.


No recuerdo nada de esa película. De otras que vi más adelante sí, pero de esa no. Solo recuerdo que, al terminar, mi hermano y yo salimos felices. Mi padre me había dicho que tomara de la mano a mi hermano al regresar a casa. Así lo hice.


Recuerdo el frío quemando mis mejillas, el camino semiiluminado de las gradas al subir el cerro, el viento que corría. No llovía. No decíamos una palabra. De rato en rato veía el rostro sonriente de mi hermano.


Debimos salir del cine a eso de las 9:30 p. m. Era 1983. Yo tenía 6 años y mi hermano, 5.

Fue la primera vez que fui al cine en Casapalca. Después vi otras películas de Chuck Norris, de Bruce Lee y de los mismos Parchís. Me resulta extraño recordar todo esto… pero no la película.



 
 
 

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