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País de las Maravillas

  • pedrocasusol
  • 10 nov 2023
  • 3 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


Pobre Dina, nadie entiende que ella estaba descansando junto a un río cuando de pronto divisó a Joe Biden corriendo apurado, mirando su reloj de bolsillo, exclamando que se le hacía tarde. Tuvo entonces que subirse al avión presidencial para ir tras él, perseguirlo por los pasillos de la Casa Blanca, hasta que por fin lo atenazó con una mano y se tomó decenas de fotos. Más tarde, se sentó delante de las cámaras y de un montón de gente para explicar que viene del País de las Maravillas, ese lugar “en calma, que está en paz” al que se refirió en el foro APEP, mientras la inseguridad ciudadana y la ola de violencia desatada por el Tren de Aragua nos mata. Ni Lewis Carrol se atrevió a tanto.


Culpemos mejor al Gato de Cheshire que es Alberto Otárola, cuya sonrisa ladina le indica a Dina qué hacer y cómo conducir su gobierno. Gracias a él, primer ministro, abogado y escudero, es que ella puede pasar la mayor parte del tiempo volando, imaginando desde los cielos ese país perfecto al que se refirió en su discurso esquizofrénico. Y fue con su anuencia que se tomó esas tres fotos vestida como la viuda negra junto al Papa, que no tuvo ganas ni de sonreírle, comiendo el hongo que la empequeñece en cada encuesta y sondeo. Todo esto le debe ocasionar a Dina una severa crisis de identidad. Ha cambiado tanto desde que inició su corta vida política que ni ella sabe quién es. Ya no es la misma que cantaba huaynos en cada consejo de ministros “descentralizado”, ni la que prometía que renunciaría si Pedro Castillo era vacado.


Después se olvida por completo del país que afirma gobernar. No se preocupa porque, a fin de cuentas, sabe que es la Reina la que gobierna. Esa mujer amargada y autoritaria, obsesionada con cercenar cabezas, la que gritaba que le habían robado las elecciones y la que va acabando una a una con las instituciones que se suponen independientes. ¿Al Tribunal Constitucional? ¡Que le corten la cabeza! ¿A la Junta Nacional de Justicia? ¡Que le corten la cabeza! Encima con el apoyo del Sombrerero Loco, ese prófugo de la justicia por viejas cuitas de cuando era gobernador de Junín, para el que siempre es hora de una Asamblea Constituyente en la fiesta del té interminable que es Twitter.


Todo luce muy divertido visto así, desde la sátira política. Pero lo cierto es que nuestra situación hace tiempo que es insostenible. Mientras Dina describía al Perú como un país idílico, pleno de estabilidad social y jurídica, con su discurso “nonsense” —siguiendo con Lewis Carrol—, en el Perú real un grupo de delincuentes venezolanos amenazaba, en un vídeo enseñando fusiles de largo alcance, a todo el que osara inmiscuirse con su negocio de extorsión y cobro de cupos. En un restaurante, un tipo disparaba a su compañera de trabajo, en lo que habría sido un irresponsable manejo de un arma de fuego. Más tarde, ese día, un tipo acribilla con balas de salva a otro que lo habría amenazado. Lima se está convirtiendo en el Lejano Oeste de las películas gringas.


Ahora bien, Dina Boluarte ni siquiera debería viajar. No existe en nuestra Constitución una figura como la de una “presidencia remota”, solo una norma pegada con baba por el mismo Congreso que ahora se indigna por el tamaño del papelón de la presidenta en Washington D. C., lo que provocó la renuncia de la canciller Gervasi. Todos sabemos que se trata de una pantomima. Precisamente, lo que les conviene a los partidos políticos y a los congresistas “mochasueldos” es una presidenta distraída en viajes y encuentros en pasillos con jefes de Estado que huyen de ella como si fuese el demonio. Saben que es el Gato de Cheshire el que gobierna, en contubernio con Keiko Fujimori, que no deja de gritar: “¡Que le corten la cabeza!” a todo el que se atreva a contradecirla.


 
 
 

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