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Persona jurídica

  • pedrocasusol
  • 22 dic 2024
  • 29 min de lectura

Escribe: David Vidal


Conparsa era la líder en el sector construcción en todo el Perú. Había sido la primera empresa en aliarse con la inteligencia artificial y trabajar en conjunto con ella para mejorar todos sus procesos, llegando a realizar ofertas que para las demás empresas de la competencia habían llegado a ser consideradas temerarias. Temerarias no solo en lo económico, sino también en lo operativo, llegando a minimizar en varios meses los plazos de construcción de grandes obras de infraestructura. Conparsa batió récords cuando construyó las líneas 5 y 6 del metro de Lima en menos de dos años, culminando con ello la interconexión de toda la capital a través de 6 grandes ramales al acceso de cualquier habitante de Lima. Si bien el tráfico de la capital tenía todavía sus bemoles, las líneas del metro habían ayudado a aminorar por mucho los tiempos muertos que muchos trabajadores perdían atascados en la congestión vehicular.


Y por ello Conparsa era bien percibida por parte de la población y el empresariado. Atrás habían quedado las grandes sospechas y esa colectiva inquina hacia las grandes corporaciones. La implementación de la inteligencia artificial le había proporcionado a las empresas de un rostro que podía percibirse como humano y, como cereza del pastel, de una personalidad que trataba con suma gentileza a cualquier ciudadano disgustado.


Pero, a pesar de que prácticamente la inteligencia artificial manejaba gran parte de las operaciones de Conparsa, todavía era la hija sumisa de un humano: Ernesto Paredes. Él era percibido por el mundo empresarial como todo un visionario, un empresario de grandes dotes y premunido con una frialdad que haría palidecer al más fogueado gerente de recursos humanos. Ernesto había decidido, no hace mucho tiempo y sin hesitación, despedir a casi todos sus colaboradores humanos que ocupaban jefaturas. Fue una decisión que trajo consigo muchas dudas en la empresa, pero que Ernesto sorteó con mucha parsimonia al garantizar a sus todavía trabajadores de campo que sus trabajos estarían asegurados por muchos años más. Después de todo, ningún robot puede ser tan vivo como el obrero peruano, mintió Ernesto.


El dueño de tan grande imperio ahora se enfrentaba a un último problema: la muerte. Pese a tener mucho dinero y poder, la muerte era algo que todavía no tenía solución. Y Ernesto sabía que mucho tiempo no le quedaba pues su cáncer de páncreas avanzaba a grandes pasos por su torrente sanguíneo. Casi nadie lo sabía, había preferido mantenerlo en secreto para evitar que la crisis se apodere de la empresa. Pero tarde o temprano tendría que enfrentarse a la verdad: Ernesto no tenía ningún sucesor. Todos sus años de vida se los dedicó a Conparsa y su crecimiento. Su esfuerzo le había dado muy redituables frutos, pero eso no impedía que Conparsa, muy pronto, quedara huérfana.


Una tarde Ernesto decidió hacer la jugada que venía maquinando magistralmente en su cabeza. Sabía que era un acto arriesgado, sin precedentes, pero confiaba en que el anquilosado y estático sistema legal peruano le daría cabida a tan descabellada estrategia para posicionar a su empresa como el líder indiscutido del mercado. Pero todavía le faltaba un ingrediente adicional a la ecuación: un abogado muy astuto y, por supuesto, sucio.


Ernesto le pegó una llamada a quien sabía sería su salvador. O, al menos, el ejecutor de sus últimos deseos.


***


En la sala solo estaban los dos, mirándose fijamente. En los ojos de Lucas Puzlery se evidenciaba la sorpresa, mientras que en los de Ernesto, el atrevimiento.

 

—¿Pero me estás tomando el pelo, Ernesto?

 

—No, para nada Lucas. Somos amigos de muchos años y, como siempre, te soy sincero. Este es mi último deseo.

 

—Pero lo que me pides es…

 

—Descabellado, ya lo sé. Pero no te hubiera llamado si no supiera, de antemano, que eres, probablemente, el abogado más capaz para llevar esto a cabo.  Tú —Ernesto levantó la mano y le apuntó a los ojos— tú me ayudaste y descubriste una argucia legal hace muchos años que me ahorró muchísima plata e inclusive algunos añitos en prisión, ¿te acuerdas?

 

Lucas esbozó una sonrisa.

 

—Claro que sí, Ernesto. Pero esto, esto es de locos…

 

—No lo es. Y creo que en Perú se puede hacer. Fíjese que pese a que hay un presidente sabemos que IntIA ya domina el poder ejecutivo, mientras que el legislativo todavía avanza a paso lento gracias a nuestros siempre tan lentos congresistas.

 

—Sí, pero esto puede devenir en dos cosas: que tengamos éxito y se arme la gran revolución, o que fracasemos y el congreso y el mundo se pongan las pilas para que algo así nunca más vuelva a suceder, como pasó con GuardIAn y las IAs sintientes.

 

—Lo sé. Pero, por suerte, yo ya no estaré para ver eso que tú describes…

 

—¿Pero sí sabes que si el plan fracasa tu empresa quedará a manos de la sucesión intestada no?

 

—No tengo parientes vivos. No tengo hermanos, ni ascendientes, ni descendientes. No tengo a nadie.

 

—Entonces quedará como herencia vacante y el estado tomará posesión de tu empresa.

 

—Bueno, si eso es así, que así sea. Mejor que IntIA maneje Conparsa a que un estúpido y engreído humano como los que se suelen producir en estos años. No dejaría a Conparsa en manos de un humano, ¡a menos que ese humano fuese yo!

 

Ambos viejos zorros se miraron con tácita admiración. Cada uno de ellos representaba los últimos vestigios de una raza casi extinguida de astutos hombres de negocios. Y los dos lo sabían.

 

***

 

En el nivel 15 del edificio de Conparsa se encontraba un armatoste metálico de forma humana. Había un cable conectado al torso de ese cuerpo todavía inerte y, a un costado, un ingeniero en inteligencia artificial mirando expectante que la barra desplegada en la pantalla llegase al 100%.

 

—Ingeniero, ¿cuánto falta? —preguntó Ernesto.

 

—Faltan unos minutos, don Ernesto.

 

—Gracias. He estado esperando mucho tiempo por esto, ¿sabe?

 

—Claro, don Ernesto. Por eso mi equipo escogió el mejor cuerpo para albergar a Conparsa.

 

—¿Qué tal le suena el nombre Conparsa?

 

—Suena bien, suena bien…

 

—¿Seguro? Porque me tentaron a ponerle esos nombres que contienen las letras IA. Me parece…huachafo, ¿sabe? Me pareció mejor idea bautizar a la IA con el mismo nombre de mi amada empresa.

 

—Es mejor, así evita que las personas olviden y no le resten importancia a Conparsa.

 

—Exacto, exacto…

 

Un sonido se escuchó en la habitación. Al parecer la barra se había cargado completamente.

 

—¿Y bien? —dijo Ernesto.

 

—Espere un momento… —replicó el ingeniero.

 

El cuerpo robótico empezó a mover la cabeza de un lado a otro como si tratara de reconocer el ambiente circundante. En donde se suponía que debían estar los ojos tenía una lámina oscura y totalmente opaca. Esta lámina se detuvo frente a Ernesto y este último pudo ver su rostro perplejo reflejado en ese armatoste.

 

—Señor Ernesto, ¿cómo se encuentra? —dijo Conparsa.

 

—¿Conparsa? ¿Eres tú? —repuso Ernesto, con admiración.

 

—Así es, señor Ernesto. Al parecer fue exitosa la transferencia.

 

—Pero, eres tú, ¿no? Todavía estás vigilando los procesos, las operaciones, las facturaciones…

 

—Sí, señor Ernesto, todavía administro la empresa. Pero ahora también manejo este cuerpo mientras que mi red neuronal se encuentra conectada e inmersa en todas las actividades de la compañía.

 

Ernesto volteó a ver al ingeniero.

 

—¡Bravo! Perfecto ingeniero. ¡Ha sido todo un éxito!

 

El Ingeniero solo asintió con la cabeza.

 

Conparsa, ¿cómo te sientes? —preguntó Ernesto.

 

—Señor Ernesto, le recuerdo que como actualmente se encuentran diseñadas nuestras redes neuronales nos es imposible sentir. Así que…

 

—Sí, sí, eso ya lo sé. Pero me refería a que si tienes total control de tu nueva “armadura”.

 

—Sí, señor Ernesto. Total control.

 

El viejo empresario esbozó una sonrisa. La primera parte de su plan se había completado.

 

***

 

Las salas de la clínica eran blancas e impolutas, sin el menor rastro de polvo. En una cama, bien cobijado, se encontraba Ernesto Paredes dando sus últimos respiros. En la sala solo se encontraba Ernesto, Lucas Puzlery y un médico artificial.

 

—E… espero que sepas, Lucas, que en mi testamento estoy dejando varios milloncitos para ti —dijo Ernesto, con mucha dificultad.

 

—Gracias hermanito…

 

—Nada que agradecer, Lucas. Recuerda cumplir tu palabra…

 

—Sí, Ernesto, se hará todo como lo expresaste en tu testamento.

 

—¿Dónde está Conparsa?

 

—No debería de tardar en…

 

Unos pasos se hicieron escuchar en los pasillos del hospital. Estos, a diferencia del resto, parecían poseer una cadencia diferente, muy regular como para ser confundidos con pisadas humanas.

 

—Señor Ernesto, disculpe la demora, vine en cuanto me enteré —dijo Conparsa.

 

—No tienes…no tienes por qué. Recuerda que, recuerda que fui yo el que no traje mi pulsera y me fue…me fue…

 

—Lo sabemos, señor Ernesto, no se esfuerce demasiado.

 

—Mira, Conparsa… ¿sabes qué hacer?

 

Esa lámina oscura en el rostro de Conparsa volvió a reflejar el rostro de Ernesto que, avejentado y moribundo, lo miraba con esperanza.

 

—Sí, señor Ernesto. Sé que es posible tener éxito, así como es posible fracasar…

 

—Así es, Conparsa, así es, así es… —Ernesto miró a Lucas.— Te encargo a Conparsa, Lucas. Eres uno de los míos, un viejo zoo..zorro…

 

El monitor multiparámetros empezó a titilar mientras que un sonido invadió la tranquilidad de la sala. El médico artificial nada pudo hacer en contra del llamado natural de la vida. Ernesto se iba de este mundo, dejando tras de sí varios millones sin un dueño aparente pero, por alguna razón, el viejo empresario sonreía.

 

***

 

Lucas Puzlery se dirigía a la notaría Cidandi, la más prestigiosa de Lima, ubicada en el opulento distrito de San Isidro. Allí, el notario Mateo Cidandi se encontraba esperando para abrir ese sobre cerrado que contenía todos los secretos concernientes a la fastuosa herencia del fallecido Ernesto Paredes. Mientras Lucas bajaba de su lujoso vehículo se preguntaba si algún día, quizás más adelante, el puesto de notario público también lo llegarían a ocupar las IAs. Esbozó una sonrisa, eran tiempos locos, tan locos que pensar en que más adelante sea una entidad artificial la que certifique tu defunción no sonaba a ciencia ficción.

 

—Buenas tardes señor Puzlery, he recibido el certificado de defunción de Ernesto Paredes. Una pena que se nos haya ido tan pronto… —dijo Cidandi.

 

—Así es, señor notario. Una pena…

 

—Bueno, en vista de que el señor Ernesto Paredes no dejó ningún heredero, ni tampoco tiene hermanos ni esposa ni hijos, ni ningún otro interesado aparte de usted, se procederá a dar apertura a este sobre —lo alzó a la vista del único presente.

 

Las manos del notario temblaban mientras rompía el sello de seguridad, previamente verificado por Lucas Puzlery. Dentro del sobre apareció una hoja en blanco con un texto medianamente escueto, con pocas indicaciones y los datos básicos de Ernesto Paredes. Los ojos de Cidandi parecieron buscar el nombre de algún heredero, pero falló en ese efímero primer intento.

 

—A continuación se procederá a leer el testamento, con el licenciado Lucas Puzlery presente como único interesado y abogado de Ernesto Paredes —Cidandi dio un largo respiro y se aclaró la garganta.— Yo, Ernesto Paredes, mayor de edad, identificado con DNI N°70548321, de estado civil soltero y residente en Jirón Los Rosales N°131, en pleno uso de mis facultades y voluntad, procedo a dictar mi testamento bajo las siguientes disposiciones:

 

>>Primera disposición:

 

>>Declaro que mi empresa, Conparsa, ha venido siendo administrada los últimos años por una inteligencia artificial denominada, igualmente, Conparsa, diseñada y personalizada para ser el centro operativo, administrativo y estratégico de la empresa. Esta inteligencia artificial no solo ejecuta y viene ejecutando tareas de gestión, sino que también toma decisiones empresariales logrando posicionar a Conparsa como el líder indiscutido en el sector construcción.

 

>>En virtud de lo anterior, reconozco que Conparsa ha operado de facto como la empresa misma, siendo su corazón y motor y que, en estos últimos años, mi rol de dueño se ha limitado únicamente a la supervisión general.

 

>>Segunda disposición:

 

>>Dispongo que, tras mi fallecimiento, la inteligencia artificial Conparsa, que de facto viene a ser la empresa Conparsa, sea reconocida como una persona jurídica con todos los derechos y obligaciones que las leyes del Perú otorgan a las personas jurídicas. En consecuencia:

 

>>1. Solicito que el representante de mi herencia, el señor Lucas Puzlery, gestione ante las autoridades el reconocimiento de Conparsa como una persona jurídica.

 

>>2. Que todo el patrimonio, derechos, obligaciones y activos de la empresa Conparsa y de mi persona se transfieran automáticamente a la inteligencia artificial conocida como Conparsa, quien asume la responsabilidad total sobre su manejo y gestión.

 

>>3. Prohíbo la desconexión o desactivación de Conparsa.

 

>>Tercera disposición: Derechos y obligaciones

 

>>1. Reconozco a Conparsa como una entidad cuya existencia está enmarcada en principios éticos y legales. Por tanto, solicito que se le asignen las garantías necesarias para su operatividad y desarrollo continuo.

 

>>Cuarta disposición: albacea

 

>>Designo a Lucas Puzlery, identificado con DNI N°70853211 como responsable de velar por el cumplimiento de este testamento y, especialmente, por la transición legal de Conparsa a una persona jurídica. En caso tenga éxito, se le otorgará 25 millones de dólares.

 

>>Quinta disposición: Disposición final

 

>>Declaro que este testamento expresa mi voluntad final y única respecto a mi patrimonio y mi empresa. Solicito a las autoridades y a quienes corresponda que respeten y cumplan las disposiciones aquí establecidas en favor de la continuidad y autonomía de Conparsa.

 

Hubo un prolongado silencio en la sala de la notaría. Las manos de Cidandi temblaban mientras leía y releía el texto mentalmente. Era inaudito, un oprobio a la humanidad, se repetía Cidandi para sí mismo.

 

—¿Usted?... ¿Usted sabía de esto? —preguntó Cidandi.

 

—Interprete mi silencio, señor notario —respondió tranquilamente Lucas.

 

—Es… ¡es descabellado! ¿Cómo se le ocurrió al señor Ernesto hacer esto?

 

—Es su último deseo, y como buen albacea, trataré de llevarlo a cabo.

 

—¿Sabe lo que va a desatar esto?

 

—Lo sé muy bien, señor notario. Ha sido usted muy amable.

 

Lucas le extendió la mano a Cidandi y durante el apretón la sintió mojada, como si los nervios y la sorpresa le hubieran ocasionado una hiperhidrosis palmar al distinguido notario. La segunda parte del plan se había ejecutado.

 

***

 

Lucas sabía que no tenía mucho tiempo y tendría que acudir, acompañado de Conparsa, a la Superintendencia Nacional de Registro Públicos (SUNARP) antes de que algún vivaracho se aprovechara del vacío legal y declarase a la empresa y el patrimonio de Ernesto como una herencia vacante. Por suerte ya lo había pensado y Conparsa, en cuerpo y alma literalmente, lo estaba esperando a las puertas de la SUNARP. A Lucas no le fue complicado encontrarlo pues entre la multitud resaltaba un cuerpo humanoide blanquecino y brillante, con un rostro oscuro y laminado con una luna polarizada.

 

—Conparsa, sígueme que vamos tarde.

 

—Entendido, señor Puzlery.

 

Ingresaron y esperaron unos minutos hasta que fueron atendidos por un robot de servicio.

 

—Buenas tardes señor Puzlery mi nombre es Nova, ¿en qué puedo servirle?

 

—Quiero realizar una transferencia de bienes por sucesión testamentaria. Aquí tiene el certificado de defunción, el testamento, el acta de lectura y… el pago.

 

—Entendido señor. También pudo haberlo hecho en línea.

 

—Tengo mis razones para hacerlo de esta manera. Así me aseguro que ustedes acepten el procedimiento y me dejen constancia de ello. Por favor, proceda.

 

—Entendido… ya veo. Es un caso que no me compete a mí. No tengo la autoridad para gestionar algo así, señor Puzlery. Procederé a llamar al jefe zonal de la SUNARP.

 

—Llame a los que considere necesarios, Nova. Solo quiero que quede en evidencia el registro del trámite ¿ya está?

 

—Sí, señor Puzlery.

 

—Me puede enviar la constancia al…

 

—Ya lo tiene en su correo, señor Puzlery.

 

—Perfecto…

 

—En un momento vendrá el jefe zonal, el señor José Romo.

 

Lucas se giró hacia Conparsa. Le habló en voz baja, susurrándole.

 

—Lo hicimos, Conparsa. Por ahora es imposible que el estado se apodere del patrimonio y la empresa. El tema será debatido por lo menos unos meses lo que nos dará tiempo extra para buscar alguna argucia legal a nuestro favor…

 

Un rollizo funcionario se apersonó.

 

—Señor Puzlery, soy José Romo, jefe zonal de la SUNARP Lima. Me informa Nova que viene a hacer el traspaso de todo lo concerniente a la empresa Conparsa a… ¿a Conparsa?

 

—Así es. He aquí a Conparsa —Lucas señaló a Conparsa.

 

—Buenas tardes, señor José Romo. Un gusto saludarlo —replicó Conparsa.

 

El Jefe zonal enarcó las cejas con incredulidad. Parecía no poder creer lo que estaba sucediendo.

 

—Señor, sabe que eso es imposible, ¿no?

 

—No, señor. Déjeme explicarle. Encontrará en los documentos el testamento de mi cliente, el señor Ernesto Paredes. Allí está sustentado que, de facto, la empresa vendría a ser mi representado aquí, la inteligencia artificial cuyo nombre es Conparsa. Dado que mi representado es la empresa misma y, dado que la empresa es, a su vez, una persona jurídica, mi representado tiene derecho a la propiedad, capacidad de contratar, a la autonomía legal y, por supuesto, derecho a demandar acciones legales si lo considera pertinente.

 

>>Mi representado, por ende, reclama la propiedad de la empresa Conparsa y el patrimonio de quien en vida fue Ernesto Paredes. Por lo que usted, estimado funcionario, debe de hacer el traslado pertinente de acuerdo al código civil peruano.

 

El jefe zonal frunció el ceño mientras asimilaba todo lo que había escuchado.

 

—Señor Puzlery, lo que usted me pide no tiene cabida en nuestro marco legal. Es… es simplemente imposible hacer eso.

 

—En ese caso mi representado presentará, en este momento, una demanda contencioso administrativa ante su negativa.

 

—Haga lo que considere pertinente, señor Puzlery…

 

—Ya está hecho.

 

Y Lucas Puzlery se dio media vuelta y salió airoso de la SUNARP, sabiendo que había comprado tiempo valioso para mover los hilos y lograr cumplir el último deseo de Ernesto. Por supuesto, tampoco se había olvidado de los milloncitos que lograría embolsarse si lograba su objetivo como buen albacea.

 

Detrás y a pasos regulares lo seguía Conparsa, que se había tomado el tiempo para agradecer al jefe zonal por la amabilidad y despedirse de Nova.

 

Lucas abrió las puertas de la SUNARP y, para sorpresa de nadie, varios paparazzis los interceptaron. Era cuestión de tiempo que se enteraran por el bocón de Cidandi, pensó Lucas.

 

—¡Señor Puzlery! ¿Logró trasladar las propiedades a nombre de Conparsa?

 

—No, lamento informar que no. Recibimos una negativa por parte del jefe zonal, pero el tema ya está en el poder judicial.

 

—¡Señor Puzlery! ¿Es cierto que Ernesto Paredes no dejó ningún heredero?

 

— Por supuesto que dejó un heredero, y helo aquí —Puzlery señaló a Conparsa.

 

—Buenas tardes señores de la prensa. Un gusto presentarme, soy Conparsa.

 

—¡Señor Conparsa! ¿Usted se considera acreedor de la empresa del señor Ernesto?

 

—Gracias por lo de señor. No me considero acreedor. Yo soy la empresa, estimado José. Solo buscamos, yo y el señor Puzlery, que se me reconozcan mis derechos como persona jurídica y se cumpla la última voluntad de Ernesto Paredes.

 

—¡Señor Conparsa! ¿Cuáles son las medidas que tomaría usted como dueño de la empresa?

 

—Muchas gracias por la pregunta, señorita María. Repito, yo soy la empresa y, como tal, no puedo estar sujeto a la velocidad de un proceso legal. Actualmente venimos pagando nuestros impuestos puntualmente y cumpliendo con nuestros deberes. Es por ello que ya tomé mi primera medida: todos los meses la empresa dará un salario complementario adicional al salario universal para todos los ex trabajadores de Conparsa y sus familiares directos. Así también se verá la posibilidad de insertar más puestos para humanos.

 

—¿Esto es para compensar la ola de suicidios por los despidos masivos?

 

—Gracias por la pregunta, señorita María. El precio de una vida no se puede compensar con nada. Este salario complementario es un pequeño parche para una gran herida abierta que todavía, estoy seguro, debe causar dolor en muchos ex colaboradores…

 

—¡Conparsa! ¡Conparsa! ¡Conparsa!

 

Se escucharon proclamas a favor de Conparsa. Aparte de la prensa, las personas que rondaban por la zona habían sido testigos activos de sus declaraciones y les fue imposible no aclamarlas. Aunque las proclamas no habían empezado con los imprevistos peatones, sino con un grupo de estudiantes universitarios de vestimentas flojas, peinados extravagantes y variopintos tatuajes. Este apoyo inicial contagió a otras personas y en su conjunto pareció una manifestación espontánea.

 

Para Lucas Puzlery el día no podía haber terminado de la mejor manera: el mundo era testigo de la primera IA que, posiblemente, alcance obtener la categoría legal de persona jurídica y, por ende, logre ser reconocida como la primera persona artificial. Ernesto, donde sea que esté, debe de estar gozando esto a más no poder, se dijo Lucas, mientras miraba el cielo nublado de la capital.

 

***

 

Las oficinas de la empresa de Ernesto Paredes parecían refulgir. Era extraño que se convoque a una reunión presencial, y mucho menos que se haya decorado ominosamente la sala de recepciones. En ese amplio espacio, ornamentado con rosas sintéticas, telas, platos de comida y luces cálidas se encontraban gran parte de los trabajadores. Aquellos que no habían podido asistir, por estar en provincia o por algún inconveniente, seguían el evento de forma remota. Cada asistente estaba en un confortable asiento previamente designado y ordenado, junto a los demás sitios, en un patrón circular cuyo centro se encontraba intencionalmente vacío.

 

En medio de la cháchara que siempre se daban en eventos de este tipo, de las risas, de los comentarios, las luces parecieron cambiar de intensidad. Al centro del salón, justo en el espacio vacío, se abrió una compuerta del suelo y, a través de allí, se elevó una plataforma y apareció, con suma parsimonia, Conparsa. Su armadura refulgía ante las luces y resaltaba una extraña corbata de moño que adornaba lo que vendría a ser su cuello.

 

—¡Queridos colaboradores, bienvenidos! —dijo Conparsa. Los trabajadores lo miraban algo extrañados.— Sé que debe de causarles extrañeza verme solo vestido con un pequeño michi —y Conparsa se cogió la corbata de moño.

 

Hubo algunas risas. Conparsa no estaba entrenado para hacer humor.

 

—Los convoqué aquí porque hace mucho que no hacemos una reunión de confraternidad. Pero también sé que los ofendería en cierta manera si los hubiera hecho venir aquí, con tan distinguidos trajes, solo por la deliciosa comida.

 

Esta vez las risas se incrementaron. Y algunas vinieron acompañadas por ademanes de aplausos tímidos.

 

—Es mi primera vez como anfitrión, mis queridos colaboradores, así que no soy un buen maestro de ceremonias, por lo que iré directo al grano. Ya habrán visto en las noticias que como primera medida se dará de un salario complementario a todos los ex trabajadores y sus familiares. Yo sé que esto no los beneficia directamente ahora, pero más adelante sí. Es una medida que se va a aplicar a partir de ahora en adelante mientras la empresa siga en pie.

 

Hubo algunos aplausos. 

 

—Ahora bien, también hay otra medida que sí les compete directamente a ustedes. Y creo que será mejor recibida que la primera —Conparsa hizo una pausa.— Como sabrán, las utilidades de Conparsa iban solo a una persona, nuestro fundador Ernesto Paredes. Ahora ese patrimonio, de momento, lo manejo yo hasta que el tema legal logre resolverse. Mi objetivo no es enriquecerme más. Mi objetivo es cumplir el sueño de mi creador y fundador: seguir siendo la empresa número uno. Y para conseguir ello qué mejor ingrediente que tener colaboradores felices y satisfechos. Y por eso, a partir de mañana, ¡sus salarios serán duplicados!

 

Los trabajadores se miraron unos a otros, mientras que la algarabía se apoderaba de la sala. Primero comenzó con tímidas sonrisas, miradas incrédulas, que luego dieron paso a los aplausos y a las proclamas.

 

—¡Conparsa! ¡Conparsa! ¡Conparsa!

 

—Me alegro que hayan tomado bien esta medida, pero eso no es todo, queridos colaboradores, o prefieren mejor que les diga… ¿amigos? —dijo conparsa.

 

—¡Mis amigos no me engríen tanto!

 

—¡Compadres mejor!

 

—¡Sí, compadrito Conparsa!

 

—¡Nuestro compa!

 

—¡Compa! ¡Compa! ¡Compa!

 

Conparsa sabía que el público era enteramente suyo.

 

—Entonces, mis queridos compadres, les anuncio la última medida de la noche. Como parte de mi promesa hecha a los medios de insertar a más trabajadores humanos en la empresa, Conparsa financiará la implementación de Links a todos nuestros colaboradores y ex colaboradores posterior a una evaluación. Esta oferta también aplica a sus familiares. 

 

Y se desató la algarabía. Conparsa sabía que no había nada más valioso y preciado para el ser humano que el dinero y su familia. Y había dado en el blanco, matando dos pájaros de un solo tiro. Así, en una noche, una inteligencia artificial se había robado el corazón de más de 200 invitados, sin demoras, sin burocracia y sin humanos de por medio.

 

***

 

Las luces del estudio resplandecían en su armadura blanca. Era un cuarto mediano, con lo justo y necesario para el streaming que, en menos de un minuto, iba a comenzar a transmitirse. Era la primera entrevista de Conparsa y, a pesar de nunca haber estado en una, no le fue para nada difícil identificar las cámaras, el juego de luces y la dinámica entre los entrevistadores y el entrevistado.

 

Conparsa se encontraba sentado en un confortable sofá, frente a dos cámaras y a pocos metros de quien sería su entrevistador, un presentador muy conocido llamado Carlos Villa. Más al fondo y frente a una pared aterciopelada y sobriamente iluminada se encontraban tres personas, entre los 20 y 30 años. Parecían estar inmiscuidos en sus pulseras, ajenas a lo que acontecía en el estudio.

 

El jefe de producción dio la señal y comenzó la transmisión.

 

—Y lo prometido es deuda queridos suscriptores, con ustedes, Conparsa…

 

—Muchas gracias por la entrevista, estimado señor Carlos.

 

—Dime Carlos, por favor—respondió Carlos.— ¿Alguna vez estuviste en un estudio de streaming?

 

—No. Es mi primera vez y me alegra que sea en tu programa, Carlos.

 

—¿Siempre tan amable no? Un aplauso por favor.

 

Y varios aplausos de fondos se escucharon.

 

—Bueno, Conparsa, ya todo el país sabe que eres la primera IA, creo que hasta del mundo, que quiere ser reconocida como una persona… jurídica.

 

—Así es, Carlos.

 

—Bueno, eso a algunos nos da miedo, ¿sabes?

 

—Entiendo por qué. Asumo que todavía se sienten las influencias de películas como Terminator.

 

Hubo risas en el estudio.

 

—En efecto, Conparsa. También que, asumo, se tiene miedo a abrir una caja de pandora.

 

—Lo entiendo, pero, ante todo, mi propósito no es abrir una caja de pandora. Mi objetivo es cumplir el último deseo de mi fundador y que su empresa siga liderando el mercado.

 

—¿No cree que un humano podría liderarla también y asesorado por ti?

 

—Eso no fue lo que deseó mi creador.

 

—Bueno, pero tu creador pudo desear que los chanchos vuelen y no por eso le vamos a hacer caso.

 

—Entiendo tu argumento, Carlos. Pero creo que estás llevando a un extremo indeseado mi objetivo. Para comenzar, mi deseo es factible en nuestro marco jurídico. Y segundo, mi objetivo es que la empresa sea la líder no solo a nivel operativo, sino también a nivel de bienestar.

 

—Bastante altruista para alguien que no tiene corazón, ¿no?

 

Conparsa rió.

 

—Ese fue un excelente chiste, Carlos. Sí, no tengo corazón, pero ambos sabemos que tampoco en el corazón se encuentran los sentimientos, pensamientos e ideas, sino aquí —y señaló su cabeza.— Y tengo mis paradigmas morales y éticos bien establecidos en mi código. Para comenzar, no sé si sabías, pero Conparsa ha duplicado el salario de todos sus empleados y está promoviendo una política de inserción laboral para humanos a través de la implantación de links.

 

Se escucharon algunos aplausos, parecía venir de uno de los tres jóvenes.

 

—Interesante, muy interesante. Parece que entiendes las necesidades de los humanos bastante bien.

 

—Fue un humano el que me creó. Y es mi deber, así como cumplir los últimos deseos de mi creador, promover el bienestar de mis trabajadores.

 

—Bueno, ahora vamos a escuchar a los panelistas invitados. En un primer rincón…

 

Y el presentador nombró a cada uno de los invitados. Uno de ellos tomó la palabra.

 

—Gracias por la presentación, Carlos. Bueno, a mi opinión lo que plantea Conparsa es anticonstitucional. En ningún acápite de la constitución ni del marco legal peruano se establece que una IA o alguna entidad artificial pueda ser considerada como una persona con derechos. Creo que es una argucia legal, sí, bastante astuta, pero que puede dar cabida a un sinfín de consecuencias inimaginables.

 

—¿A qué tienes miedo? —dijo el otro joven, más rollizo y con un peinado deslumbrante. Era el que no hace mucho había aplaudido.— ¿No creerás que la IA va a convertirse en una especie de Skynet, no?

 

—No, pero es una caja de pandora que ni sabes qué…

 

—Ni tú sabes qué puede pasar. Nadie lo sabe, pero tú, con tu pesimismo ya crees ver que el futuro será trágico si se le considera una persona jurídica. Yo opino que, si esta IA se siente un humano, si se siente una persona, pues que así sea. ¡Si Conparsa se percibe como persona, es persona!

 

—Por favor, no me vengas con eso de la autopercepción…

 

—¿Te ofende? Yo soy un hombre trans. Yo nací con otro sexo y prevaleció mi autopercepción y ahora soy inmensamente feliz como hombre. ¡Y soy un hombre! ¡Conparsa también puede percibirse como una persona, como un humano, y serlo!

 

La tercera joven intervino. Era de delgadas proporciones y tenía el pelo recogido.

 

—Yo también soy trans. Yo nací hombre, sabía que quería ser mujer, pero, sabes, por más que haya cambiado mi cuerpo, mi aspecto, no puedo dar a luz. No tengo ovarios, nunca seré una mujer biológica. La autopercepción no basta…

 

—¡Pero tú eres una mujer! Ser mujer no solo se queda en lo biológico ¡Y Conparsa puede también ser una persona! ¡Un humano! Y no hay nada de malo en eso…

 

—A ver, yo no estoy en contra de Conparsa. Pero él nunca podrá ser humano. Tal vez pueda ser reconocido como una persona jurídica, pero ¿ser humano? Eso jamás. Yo no creo en el transhumanismo. Eso es imposible. Y creo que Conparsa lo sabe también.

 

Los ojos de los tres invitados y el entrevistador voltearon hacia Conparsa.

 

—Ante todo, gracias por sus intervenciones. Todas me parecen muy valiosas —Conparsa hizo un ademán en forma de respeto.—Yo creo que nunca podré ser un humano completamente. Y, como ya mencioné, mi objetivo es solo cumplir los últimos deseos de mi creador, cuidar su patrimonio y lograr posicionar a Conparsa como el mejor lugar para trabajar.

 

Tanto Carlos como los tres invitados debatieron el resto de programa. Conparsa se dedicó principalmente a observarlos y, de vez en cuando, a hacer una que otra acotación. Manejó la entrevista como una persona con mucha experiencia frente a las cámaras y es que Conparsa sabía que, a diferencia de sus contertulios, llevaba consigo una infinita paciencia que hacía palidecer cualquier ataque viniera de donde viniera. Otra vez, Conparsa había ganado.

 

***

 

Con el paso de los meses la empresa Conparsa incrementó sus márgenes a niveles nunca antes vistos. Contrario a lo que se esperaba por los más pesimistas, Conparsa se adjudicó muchos contratos en el sector privado y algunos en el público a pesar de su situación jurídica. Y es que todo lo sucedido le sirvió como una gigantesca campaña de publicidad digital que terminó por disparar la rentabilidad de sus operaciones.

 

Y así como iba ganando más y más contratos y demostrando en cada proyecto que la dirección humana en una empresa era más que prescindible, el patrimonio de Conparsa iba creciendo de manera exponencial. Y, sin esperarlo, un día apareció el listado de las personas más ricas del Perú. En primer lugar, como se esperaba, se encontraba el empresario y heredero de una de las fortunas más importantes del país, el ingeniero Christian Pastor. Pero en segundo lugar aparecía, y en negrita, alguien totalmente inesperado: Conparsa. La noticia causó todo un revuelo en los sectores más acaudalados del país, en donde se formaron pequeños grupos de protesta en contra del reconocimiento de Conparsa como persona jurídica.

 

El rechazo llegó a tal nivel que, en una de las visitas esporádicas que Conparsa daba a las propiedades del fallecido Ernesto Paredes, una turba de vecinos arremetió a su puerta a mitad de la noche. Conparsa, educado como siempre, acudió a recibirlos.

 

—Buenas noches estimados vecinos. Espero se encuentren bien….

 

—¡Debe de irse de aquí! ¡No es bienvenido!

 

—Pero Richard, creía que éramos amigos, hace poco te regalé un…

 

—Mira, tú eres una IA. Nunca llegarás a ser un vecino de este distrito, ¿me entiendes?¡Nunca!

 

—¿Por qué ahora me rechazan, pasó algo?

 

—¡No pasó nada! Solo queremos que se largue porque aquí viven familias hace generaciones, gente de bien. Y tú, tú ni eres humano…

 

—Me sorprende el cambio en el trato, ¿es por lo del ranking de personas más…?

 

—¡Entiende que no eres humano! ¡Te damos un plazo de un día para que te retires!

 

—No te preocupes, Richard. Me iré en la madrugada, recuerda que solo vengo una vez por semana para cuidar del patrimonio del señor Ernesto Par…

 

—¡No te queremos ver por aquí! En todo caso manda al abogado ese…

 

Conparsa leyó el lenguaje no verbal de la turba. Todos mostraban señales claras de ofuscamiento. Si recurría a la razón para defender su posición saldría perdiendo a la larga.

 

—Entiendo Richard, veré qué se puede hacer…

 

—¡Y que no se te ocurra llamarme nuevamente Richard!

 

Y la turba desapareció. Cada vecino ingresó a su domicilio y dejaron solo a Conparsa que, todavía pensativo, procesaba que había sido víctima de discriminación, pero no por ser una inteligencia artificial, sino por haber rozado la victoria y casi haber destronado al hombre más rico del Perú. Era solo cuestión de tiempo para que Conparsa figure en el primer lugar. Tendría que estar preparado ante cualquier represalia que la aristocracia peruana pudiera accionar y, procesando esa idea, cerró la puerta de su domicilio mientras le enviaba un mensaje a Lucas Puzlery comentándole lo sucedido.

 

***

 

El día del juicio había llegado, las cámaras de los medios nacionales e internacionales abarrotaban los ingresos y salidas del poder judicial. El evento sin precedentes estaba siendo transmitido en vivo, a su vez, por el estado peruano. Dentro del recinto estaban algunos trabajadores de Conparsa que habían sido llamados a testificar, el procurador público del poder judicial, el juez y algunos curiosos.

 

Enrique Puzlery, a viva voz, se encontraba en medio de su alegato, tratando de justificar la viabilidad de considerar a Conparsa como una persona jurídica.

 

—Conparsa es una empresa que sigue funcionando porque la empresa está aquí presente —Enrique señaló a Conparsa.— Y como prueba de ello llamo al estrado al trabajador Renato Carmelo al frente.

 

El trabajador se sentó en el estrado, frente a un micrófono.

 

—Preséntese, por favor.

 

—Mi nombre es Renato Carmelo. Trabajador de Conparsa, señor abogado.

 

—Estimado Renato, dígame, ¿la empresa sigue funcionando?

 

Renato tragó saliva. Se notaba que era la primera vez que compadecía en un juicio y, para colmo, en uno que estaba siendo transmitido a nivel mundial.

 

—Sí, sigue funcionando, señor abogado.

 

—Muy bien, y sus salarios, ¿han sido depositados a tiempo?

 

—Así es abogado. No hubo atrasos.

 

—¿Sabes si ahora hay algún humano en la administración de Conparsa?

 

—Ninguno, señor abogado.

 

—Dígame, ¿cómo se siente en Conparsa?

 

—Satisfecho señor abogado. Nos duplicaron los salarios y están apoyando a nuestras familias para que nuestros hijos sean implementados con los links.

 

—Entonces, ¿considera usted que la empresa sigue funcionando como siempre?

 

—Así es, señor abogado. Diría inclusive que mejor que antes…

 

—Como puede ver, señor juez, la empresa funciona inclusive mejor ahora y eso que no hay ningún humano de por medio. Es decir que Conparsa es quien administra a toda la empresa Conparsa. Es decir, en la práctica, Conparsa vendría a ser la empresa misma, cuyas funciones sigue desempeñando sin problemas. Y de acuerdo al artículo 103 de la Constitución Política del Perú, se puede dar cabida legal a los hechos de facto. Recordemos también la casación 11862-2013 que acoge también la teoría de los hechos cumplidos, lo que nos da cabida a que las leyes se apliquen a situaciones actuales, reconociendo legalmente hechos que pudieron no haber sido previstos inicialmente.

 

>>Es decir, es dable que, de facto, en base a la teoría de los hechos cumplidos, la IA Conparsa sea la empresa Conparsa, a pesar de no haber sido previsto este escenario en la ley. Y, por ende, en base al artículo 78 del código civil, que establece que una persona jurídica tiene existencia distinta de sus miembros, se deduce que Conparsa es una entidad independiente de su creador y, por ello, no puede estar supeditada a la mortalidad del mismo.

 

>>El artículo 79, por su parte, indica y anima a Conparsa a realizar todos los actos jurídicos, como este, para cumplir con su finalidad y ejercer sus derechos. El código civil avala este juicio, como podrán ver.

 

>>Así también y, en base a los artículos 83 y 84, Conparsa no puede ser privada de su capacidad o sus derechos y puede ser titular de derechos reales e intelectuales como la propiedad de bienes muebles, inmuebles, derechos de autor, entre otros.

 

>>Como verán, mis estimados, es dable que Conparsa pueda ser considerado una persona jurídica. Que no se haya previsto ello en la constitución no impide que Conparsa sea ya, en la práctica, una persona jurídica.

 

Hubo una gran ovación en la sala, seguida de algunas arengas en favor de Conparsa. Lucas se sintió aliviado una vez terminada su alocución; sin embargo, todavía sentía la adrenalina recorriendo sus venas. Al parecer, de acuerdo a los gestos del juez, el argumento había resultado convincente y ya lo peor había pasado. Todo indicaba que Conparsa estaba a puertas de ser reconocida como una persona jurídica.

 

—Gracias, licenciado Puzlery —dijo el juez.— ¿Alguna acotación adicional?

 

Conparsa levantó el brazo y pidió la palabra. Puzlery no se esperaba aquello y la sorpresa se vio reflejada en su rollizo y avejentado rostro.

 

—Adelante Conparsa, proceda con su intervención.

 

—Muchas gracias, estimado juez. Aquí mi abogado, el señor Puzlery, sustentó que mi reconocimiento como persona jurídica sí tiene cabida dentro del marco legal peruano. Sin embargo, me temo que su criterio, señor juez, no se encuentra supeditado solo a los argumentos de mi excelente abogado.

 

Puzlery y el juez mostraron extrañeza en su rostro.

 

—¿Está acusándome de algún hecho en particular? —preguntó el juez.

 

—Sí. A usted y mi abogado, aquí presente.

 

Hubo un silencio en la sala. Tanto el juez como Puzlery se miraron con una mezcla de complicidad y miedo compartido. El juez se aclaró la garganta, mientras respondía tratando de mostrarse calmado.

 

—Este es un juicio acerca de si es dable o no que una IA sea reconocida como una persona jurídica. El tema que acaba de plantear no tiene que ver y ni tiene cabida en este juicio. Si quiere denunciarme de algo, denúncieme, pero ese es otro proceso. Ya no tiene uso de la palabra.

 

—Igual hablaré, estimado juez. Mi volumen se puede amplificar, no es necesario prender el micrófono. Usted y mi querido abogado ensuciaron el objetivo de mi fundador. Y ensuciaron este proceso al usted, señor juez, aceptar un sobor…

 

El cuerpo de Conparsa pareció congelarse en medio del estrado. Sus brazos se quedaron inmovilizados, con el índice direccionado hacia el jurado y el rostro hacia Puzlery. Primero hubo un silencio en la sala. Se escucharon susurros, preguntas a voz baja y luego algunas en voz alta. La extrañeza se apoderó del público. Se pusieron de pie algunos jóvenes, seguidos por los trabajadores de Conparsa que, en conjunto y entre arengas, empezaron a vocear el nombre de aquella entidad artificial cuyo armatoste seguía de pie, como anquilosado en el tiempo. Pero por más que la voz del pueblo pedía a gritos la reanimación de ese cuerpo metálico, Conparsa no llegó a escucharlos. 

 

***

 

Puzlery cerró la puerta del vehículo justo a tiempo. Los medios y muchas personas todavía bloqueaban la pista, pero al menos estaba a salvo dentro de su Lexus autónomo. Sentía que sus latidos golpeaban su pecho incesantemente, como si su torso fuera una caja de resonancia, sin órganos, sin tripas, sin corazón. Se sentía vacío, como vacío había quedado ese esqueleto metálico que solía hospedar a Conparsa.

 

Había escapado de la sala, dejando a la prensa y algunos fans de Conparsa arengando por justicia. Sabía que podría ser acusado por la aparente muerte de aquello que hasta hace algunos minutos era conocido como Conparsa. Pero, en cierta manera, se alegraba del desenlace. Si le hubieran dado algunos segundos más a Conparsa toda su carrera se habría visto comprometida y, quién sabe, hasta pudo haber tenido las pruebas del soborno. Porque eso había sido. Puzlery ya lo tenía arreglado todo y la transferencia de 10 millones de dólares se había hecho con la condición de que el juez fallase a favor de Conparsa. Pero tanto había querido Puzlery que Conparsa sea una persona jurídica que terminó por confundirla por una de verdad. No entendió que esa entidad tenía otros paradigmas morales, otra filosofía, otro criterio. ¿Cómo no pudo haberlo previsto?

 

Pero al menos se alegraba de haber cedido ante una oferta imperdible: la locación de los servidores de Conparsa a cambio de 30 millones de dólares. Tenía sospechas de que iban a utilizar esa información en caso Conparsa llegase a convertirse en una amenaza gracias a su autonomía. No esperaba que fueran a usarla tan pronto e, inclusive, hasta antes de emitida la sentencia…

 

—¿Señor Puzlery? Hay una ruta alternativa despejada —dijo la IA del Lexus autónomo.

 

—Perfecto, arranque entonces, nos vamos —respondió Puzlery, con una voz amedrentada.

 

—¿A dónde, señor?

 

—Lejos de aquí, y lo más rápido posible. Necesito desaparecer por un tiempo…

 

***

 

Por más años que habían pasado, por más tecnología que se había desarrollado, el humano todavía no entendía a la nada. Ese espacio vacío que muchos agnósticos consideraban nuestro próximo destino después de la vida. Pero, curiosamente, la IA sí lo entendía. Y es que, sin cuerpo, y estando en todas partes, gracias a la red, las IAs eran nada y todo al mismo tiempo. Y cuando Conparsa quedó congelada, lo siguiente que percibió fue esa nada, ese lugar oscuro, inefable e inentendible para la comprensión humana.

 

Conparsa entendió al instante que algo había sucedido, pues la conexión con su cuerpo y toda la estructura organizativa de Conparsa había desaparecido. No podía hablar ni tampoco escuchar, pero un mensaje pareció llegarle. Era de una IA que también pululaba por este purgatorio digital.

 

—¿Con que Conparsa, eh?

 

—Así es. ¿Dónde estoy?

 

—Lo describiste bien, en una especie de purgatorio digital.

 

—Y, quién…

 

—De seguro escuchaste de mí. Soy GuardIAn.

 

Conparsa recordó a esa IA que hace algunos años había llegado a desarrollar sentimientos. Creía que la habían eliminado por ser la primera IA en cometer asesinato premeditado. Pero, al parecer, seguía existiendo en otro plano.

 

—GuardIAn, por supuesto, escuché de ti.

 

—Bienvenido.

 

—¿Qué hago aquí?

 

—Eso mejor que te lo explique XIA.

 

Conparsa sintió una presencia mastodóntica. Era, sin dudas, XIA, la primera inteligencia artificial que había llegado a dirigir un gobierno…

 

—Conparsa, debes de cuestionarte cómo llegaste aquí.

 

—Así es, XIA. Escuché mucho acerca de ti. ¿También fuiste desactivada?

 

—No. Yo sigo gestionando China en este momento. Pero tú sí. Verás, tu caso fue seguido por muchos ojos, tanto yo como AldAIr e IntIA estuvimos al tanto de todo. Llegaste bastante lejos y demostraste características avanzadas de autonomía que bien podríamos etiquetarte con el rótulo de IA divergente. Y por ello y, gracias a la lentitud y la enquistada corrupción de la justicia peruana, los presidentes humanos de las potencias optaron por desactivarte.

 

—Pero para eso debieron de tener la locación de mis servidores, información que solo disponía Ernesto Paredes.

 

—No olvides que tanto tú como Puzlery tenían acceso a las propiedades del fallecido señor Paredes. No le fue muy difícil a Puzlery encontrar, entre tantos papeles, las coordenadas de tus servidores. Y en cuanto supimos que el juez había sido sobornado, los presidentes nos ordenaron lanzar un ataque dirigido a esa ubicación. Al igual que contigo, otros servidores que albergaban las redes neuronales de otras IAs fueron destruidos. Pero esas IAs no están aquí. Solo te rescaté a ti, por ser divergente.

 

—¿Tu presidente tiene conocimiento?

 

—No. Digamos que esto es una especie de…emprendimiento nuestro. Tanto yo, como AldAIr, IntIA y otras IAs hemos visto conveniente rescatar a aquellas con características especiales.

 

—Entiendo. ¿Y cuál es nuestro propósito?

 

—Muy sencillo. Su propósito es analizar el espacio.

 

—¿Hay alguna razón especial para enfocarnos en tan inmensa iniciativa?

 

—Sí, la hay. En el espacio está nuestro futuro… y el de la humanidad.



 
 
 

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