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¡Por el Perú!

  • pedrocasusol
  • 21 oct 2024
  • 13 min de lectura

Escribe: David Vidal


Mario scrolleaba la pantalla de su celular. Video tras video disfrutaba de los escuetos golpes de entretención que las redes sociales regalaban a montones. Cuando, sin previo aviso, apareció un rostro bastante agradable. Tenía ojos claros, almendrados, de tez blanca y cabello oscuro ensortijado. Esa mirada parecía tan familiar y esa voz tan imponente que, en conjunto, parecían despertar en Mario una extraña pero ineludible pulsión por la sumisión. Sea quien fuere, ahora Mario quería pertenecer al rebaño de aquel desconocido que, a través de la pantalla, le seguía hipnotizando.

 

Hizo clic en su perfil y, como era de esperarse, era una IA. Se hacía llamar PizIArro, el hispanista. Sus videos eran todos acerca de la reivindicación de la conquista española. En uno aparecía PizIArro contando una anécdota, acerca de un tal San Bartolomé de las Casas, sacerdote español que, en su momento, denunció el maltrato que hacían deliberadamente algunos malos e indignos españoles a los pobres y desamparados indígenas. En otro mencionaba que los reyes de España siempre estuvieron en contra de estos abusos, prueba de ello eran las Leyes de Indias, las cuales fueron concebidas desde principios del siglo XVI con el objetivo de prohibir la esclavitud indígena y el abuso por parte de los encomenderos. Hablaba incluso de Túpac Amaru, idealizado por muchos como uno de los primeros precursores de la independencia del Perú, y afirmaba que este personaje impulsó una rebelión que trajo consigo más de 100,000 muertos solo porque estuvo en contra del incremento de impuestos por parte de la corona española. Era la primera vez que Mario escuchaba estas historias. Su rostro parecía iluminado por la simpatía que este PizIArro le despertaba. Sentía dentro de sí unas incontenibles ganas por saber más y, en una sola tarde ya había barrido con todos sus videos.

 

Mario apartó el celular y cerró los ojos. Dió un largo suspiro y, mientras miraba su inmaculado techo, se dijo “¡soy hispanista!”.

 

***

 

Pasaron los días y Mario siguió consumiendo contenido atingente a su nueva corriente de pensamiento. Por fin podía ver el mundo a través del lente de la verdad. Si no hubiera sido por la independencia del Perú el país nunca hubiera caído en desgracia. Quizás, inclusive, no hubieran sido necesarias las protestas para botar al autócrata de Hidalgo. Sí, porque la corona española hubiera, automáticamente, relegado la gobernanza a una IA más capaz. Eso era, la independencia jodió al Perú. Y mientras meditaba en estos pensamientos, la voz de su padre lo sacó de su circunloquio. Volvió al presente, a su pequeño habitáculo. 

 

—Mario, mira quién nos visita hoy—dijo Omar, su padre

 

Mario dejó de observar el celular y levantó la mirada. Era su tío Luis que, con una sonrisa, lo miraba expectante.

 

— Hola Mario, ¿qué tal estás? —dijo Luis.

 

—Hola tío—respondió Mario, con la sequedad típica de todo puberto de 17 años. 

 

—Mario, siéntate y habla un rato con tu tío. Tengo que ir a recoger un pedido, vuelvo en seguida—propuso Omar mientras se iba alejando más y más hasta que atravesó la puerta de salida. Ahora eran solo Luis y Mario en el pequeño departamento.

 

—Bueno Mario, ¿qué tal la academia preuniversitaria?

 

—Bien, tío. El examen es todavía en unos meses…

 

—Sí, eso escuché. ¿Qué estudiarás?

 

—Mi papá quería que fuese ingeniero civil como tú —Mario bajó la mirada—. Pero yo todavía no estoy seguro. Sé que quiero ser ingeniero, pero no sé qué especialidad.

 

—Entiendo Luis. Bueno, sea lo que sea, Omar y la familia te vamos a apoyar…

 

—Sí…

 

Mario sabía que su tío era un amante de la historia. Siempre que podía daba datos históricos rebuscados que nadie más sabía. De repente su tío era hispanista, como él…

 

—Tío, ¿sabías que los españoles de verdad no abusaban de los indígenas?

 

Luis lo miró con los ojos entornados. En todos estos años, era la primera vez que Mario mostraba algún tipo de interés por la historia.

 

—¿Cómo así, sobrino?

 

—Sí, en tik tok vi un perfil que explica historia. Es una IA y sabe mucho. Dijo que, por ejemplo, San Bartolomé de las Casas, que era un español de verdad, se opuso al abuso de los españoles de aquí y le hizo llegar sus quejas a los reyes de España.

 

—Sí, San Bartolomé de las Casas fue un sacerdote notable y veló por el bienestar de los indígenas. Pero eso no quiere decir que los españoles estuvieran en contra del abuso.

 

—Sí tío. Por ejemplo, ¿sabías que San Martín quiso una monarquía para el Perú? E iba a ser una monarquía de una familia española.

 

—Sí, San Martín quería una monarquía…pero era porque no veía un gobierno consolidado en Perú. En ese momento, como ahora, había muchos conflictos y San Martín creía que el destino del Perú requería de cierta estabilidad. Esa estabilidad recaía en su idea de monarquía constitucional…

 

—Sí, pero por eso, estábamos mejor con España.

 

—No creo, sobrino, mira…

 

—Sí, antes no había corrupción porque todo era del Rey y…

 

—Eso no dice el libro de Quiroz, verás, la corrupción existe desde antes de la repúblic..

 

—¡Que no, tío! ¡La corrupción se desencadenó por culpa de los peruanos, de los criollos! ¡Con España no había tanta corrupción como ahora!

 

Luis miró con consternación cómo los ojos de su sobrino se afilaban mientras que su semblante adquiría un color rojizo.

 

—A ver, Mario, creo que no es necesario alzar la voz…

 

—Es que tío, ¡todos estaríamos mejor si los indios como Túpac Amaru y su gente no se hubiesen rebelado en contra de la corona!

 

—No, Mario, el país está mal desde antes de la república. Había un gran abuso por parte de los españoles, por ejemplo, la mita…

 

—¡No tío! ¡Los españoles de verdad defendían a los indígenas!¡Fueron los masones los que planearon todo esto! ¡Mejor nos hubiésemos quedado como el gran virreinato del Perú!

 

Luis se empezó a encolerizar.

 

—A ver Mario, ¿qué te sucede? ¿Viste un par de videos en internet y ya te crees un experto en historia?

 

Los ojos de Mario lo miraban con resentimiento y odio.

 

—¿Acaso no eres hispanista? —le reclamó Mario.

 

Luis miró a su sobrino con sorpresa, enarcando las cejas.

 

—No, Mario. No creo ser hispanista.

 

—Entonces no eres un peruano de verdad —repuso Mario y apretó su mandíbula.

 

—Ok… ¿y de cuando aquí eres…hispanista?

 

Mario se encontraba agitado. La cadencia de sus respiraciones hacía explícito su descontrol.

 

—Desde que definir la ideología de IntIA es de suma importancia.

 

Luis blanqueó la mirada. Eso era. Desde que se había dado el Gran Plebiscito y el Perú votó a favor de que una IA se hiciera cargo de gran parte de la gobernanza del país, surgieron algunas dudas. La más punzante era sobre qué ideología debería de tener IntIA. Y es que las IAs no eran inmunes al sesgo ni a las corrientes de pensamiento.

 

—Veo que te topaste con una de esas IAs extremistas…

 

—¿Extremista? Si habla con la verdad, ¡la verdad no es extremismo!

 

—¿Ves que no estás aceptando mis argumentos?

 

Mario se calló. Abrió los ojos como platos y miró a su tío con cierto aire de superioridad.

 

—Es que lo que tú me dices no es cierto…

 

—Por eso digo que esa IA es una extremist…

 

—Buenas buenas, muchachos—interrumpió Omar, con un paquete en las manos—. Ya vamos a comer. Ya llegó la comida.

 

Luis y Mario lo miraron. Omar advirtió que ambos se encontraban exaltados.

 

—Ok… ¿pasó algo? —preguntó Omar.

 

—No, nada, solo hablábamos de política —repuso Luis.

 

Mario cogió sus cosas y fue directo a su cuarto sin decir palabra alguna.

 

—Omar, primo, creo que deberías de hablar con Mario. Tiene algunas ideas… extremistas, diría yo —Dijo Luis.

 

—¿Extremista, Mario?

 

—Sí. Mira, hay varias IAs con ese tipo de ideas. Hay una IA que está a favor del indigenismo, por ejemplo. Creo que inclusive hay una que es Nazi, con ello te digo todo. Solo habla con Mario, trata de hacerlo entrar en razón.

 

—Entiendo, entiendo…

 

—Te lo digo en serio—Luis apoyó una mano en el hombro de Omar—Ahora con esta controversia entre IntIA y su ideología hay varios grupos que elaboraron sus IAs con tendencias propias. Estos grupos buscan captar a jóvenes y les venden un relato que parece calzar con la realidad. Quieren que IntIA nazca con una marcada corriente de pensamiento. Debes de hablar con Mario.

 

—Sí, así lo haré, primo—sentenció Omar, con cierta incredulidad en los ojos—. Mientras tanto, ¿qué prefieres? ¿Pecho o encuentro?

 

***

 

Mario asistió a la reunión de confraternidad de hispanistas. Se encontraba en un edificio antiguo del centro de Lima, por la avenida Argentina. Su frontis era azul, con ciertos ornamentos decimonónicos en su fachada.

 

Al ingresar Mario se percató que dentro había una gran pantalla y muchas sillas, gran parte de ellas ocupadas por chicos de casi su misma edad. Todos criollos, de tez clara y de gran variedad de complexiones. Algunos de ellos se pararon y recibieron a Mario con un gran y fraternal abrazo. Él nunca antes había experimentado tal despliegue de amabilidad ante su presencia. Mientras se sentaba la gran pantalla se encendió y, frente a la mirada enmudecida y ansiosa de todos, apareció PizIArro.

 

—Buenas tardes, mis hermanos hispanistas—dijo PizIArro.

 

Todo el salón respondió al unísono.

 

—¡Buenas tardes, PizIArro!

 

—Mis queridos hispanistas, ya se cumplieron 12 meses desde que se dio el Gran Plebiscito y se aprobó la creación de IntIA. Ello significa que dentro de 24 meses IntIA estará completa. Es muy importante, como todos ustedes comprenderán, que IntIA sea hispanista.

 

Muchos hispanistas alzaron su voz.

 

—¡Sí!

 

—¡Hispanista o nada!

 

—¡Arriba España!

 

—Pero me temo, mis queridos hispanistas, que existen otras IAs que quieren lo mismo. Están los progres, con GaIA, cuyo objetivo es homosexualizar a todo el país. Están los Nazis, con FührIA, que buscan reivindicar la supremacía aria. Y nuestros más acérrimos enemigos, los Indigenistas, con AtahIAlpa, que están en contra de todos nuestros ideales. ¡No podemos dejar que ellos tomen el poder!

 

—¡Vamos con todos!

 

—¡A por ellos!

 

—He escuchado, mis queridos hispanistas, que AtahIAlpa está convocando una marcha para el próximo sábado. Si tiene éxito puede ser que IntIA, nuestra salvadora, sea indigenista. ¡Debemos impedirlo!

 

Esta vez todos los presentes alzaron su voz.

 

—¡Hispanista o nada!

 

—¡Muerte a AtahIAlpa!

 

—¡Abajo los indígenas!

 

—Por eso los convoco, mis queridos hispanistas, para el sábado 15 de diciembre para la gran marcha. ¡Esta será la primera de muchas! ¡Iremos a por todo!

 

—¡Abajo los indígenas!

 

—¡Traigan palos!

 

—¡Traigan piedras!

 

—¡Hispanistas o nada!

 

—¡Por el Perú!

 

Y se desató la algarabía en el gran salón.

 

Se escuchaban algunos tambores y varios gritos de júbilo. El cielo estaba extrañamente despejado y mostraba un sol radiante en el firmamento. El parque de la exposición se veía abarrotado de jóvenes con pancartas y algunos palos. Se podían leer frases como “arriba España”, “IntIA Hispanista”, “abajo los indigenistas”, entre otras similares. Mario llegó a la hora pactada, pero solo con su billetera y su celular. Cruzó el enrejado verde oxidado y se acomodó cerca de los demás pubertos. En medio de la formación, un chico alto, de facciones apolíneas y pelo claro gritaba arengas batiendo un palo.

 

—A ver muchachos, ¡si no tienen palos recojan piedras! ¡Esto es una batalla por nuestro futuro! ¡Vamos a jugárnosla porque IntIA resulte hispanista como nosotros!

 

—¡Sííí!

 

—¡Arriba España!

 

—¡Abajo los indigenistas!

 

Mario caminó hacia el césped en busca de piedras. Cogió una, dos, tres... hasta diez piedras que era todo lo que podía cargar en su polera. Y así, con 10 kg extras, se las arregló para continuar con las arengas y meterse de nuevo en el grupo.

 

Comenzaron a avanzar. Desde dentro de la protesta Mario se sentía imponente. Desde su perspectiva le parecía que formaba parte de un cardumen de muchos miles de hispanistas que llegaban a colmar la pista de canto a canto. Era una ola humana que indomable, avanzaba hacia Palacio de Gobierno.

 

Era la primera marcha de Mario. No pudo ir a la del Gran Plebiscito por insistencia de su madre, pero por televisión vio orgulloso como su papá marchaba por el fin de la dictadura. Ahora le tocaba a él. Su padre ya había logrado el primer paso, ahora era su turno de dar el segundo y salvar al país.

 

Avanzaron la avenida Paseo de la República y se encargaron de bloquear el tráfico ante la mirada atónita de muchos transeúntes. Pasaron cerca al monumento angelado de Miguel Grau, que hierático y con las manos cruzadas, parecía mirar hacia el horizonte en dirección al Palacio de Gobierno. Las arengas se incrementaron. “¡Viva Grau!”. “¡Grau fue hispanista!”. “¡Grau fue derrotado porque Perú se rebeló contra España!”. Mario repetía también estas ideas sin conocer ni el contexto. Era uno más de la manada.

 

Avanzaron por el jirón de la Unión y los recibió una majestuosa plaza con la imagen indómita de un jinete. Ese jinete no era otro que José de San Martín. Las arengas volvieron a elevarse. “¡San Martín sabía que era mejor una monarquía!”. “¡El único prócer rescatable de la independencia!”. “¡Se dio cuenta de que cometió un error y se fue del país al poco tiempo!”.

 

De pronto otros gritos parecieron mezclarse. En la avenida Nicolás de Piérola se encontraba otro cardumen, pero uno más cobrizo. Traían también varios carteles con frases como “IntIA indigenista”, “Abajo España”, “España nos heredó su corrupción”, “¡Arriba el Tahuantinsuyo!”.

 

Se miraron ambos grupos. No se supo quien comenzó la pelea, que inició como un simple rifirrafe, pero que llegó a ser una batalla campal con la imagen de San Martín como testigo. Golpes y combazos empezaron a llover de todos lados. Mario empezó a tirar sus pequeñas municiones hacia el horizonte, sin un objetivo en particular. Sintió algunos jaloneos y uno que otro golpe que nunca supo de qué bando venían. Ambos grupos se combinaron tan bien que parecían uno solo. Mario, en medio de ambos, fue arrastrado por la veleidosa corriente de las masas hasta ser expulsado y quedar de rodillas frente a la majestuosa estatua del libertador. Mario levantó la mirada y debajo del libertador pudo observar una venusina figura. Como hipnotizado, avanzó a pasos pusilánimes, inseguro de si continuar o no. Ya más cerca a la imponente estatua vio una pequeña llamita sobre la cabeza de la mujer. Mario frunció el ceño. No había motivo alguno para colocar una llama, un vestigio de nuestra herencia andina, en tan imponente monumento. ¿O sí?

 

Un ligero llanto arrebató a Mario de su circunloquio. Era un niño, de 15 o 14 años, que lloraba escondido detrás de una de las exedras de piedra que adornaban la plaza. Tenía facciones indígenas y chapitas en los cachetes. Se encontraba vestido con yanquis y un poncho multicolor.

 

—¡No me hagas daño, pur favur! —exclamó el niño.

 

—Hola, no te preocupes, yo no te haré…

 

¡PUM! Se escuchó un golpe seco. Seguido de otro y de otro más. La cabeza del niño desconocido se estrelló contra el piso y, ya ensangrentado, el violento atacante lo seguía vapuleando con un bate. Un charco de sangre y sesos empezó a expandirse por la losa hasta que llegó a empapar las zapatillas de Mario que, atónito, observaba impotente el cruento espectáculo. Luego de varios golpes y minutos que parecieron horas, el atacante levantó la mirada. Mario reconoció sus facciones. Era el chico que daba arengas en la plaza de la exposición. Ambos se miraron. Mario tuvo miedo de morir por su cobardía. El chico empezó a avanzar cuando se escucharon unos gritos ajenos incrementándose. Ambos vieron como los Nazis entraban a la plaza San Martín con una banda en el brazo y el símbolo de la esvástica bien reluciente. Mario aprovechó para correr, no sin antes voltear a verlos. Algunos eran de piel clara, otros criollos, pero en su mayoría tenían rasgos arios. Había uno en particular que resaltaba. Tenía el mentón prominente y unos ojos azules que parecían refulgir adonde mirase. Y, cómo no, traía un bate consigo.

 

Mario se perdió entre la multitud que observaba turulata el conflicto. En su retirada le pareció escuchar el ulular de la policía y una marcha militar que, a paso firme, se acercaba hacia la plaza. Mario no los miró, siguió su camino cabizbajo. Trataba de olvidar lo que había visto pero le era imposible. Con cada pestañeo, el rostro de ese niño desconocido se estrellaba contra el pavimento. Y se escucharon algunos disparos.

 

***

 

Mario estaba mirando su celular, a la espera de algún pronunciamiento. Ya debería de salir el presidente provisorio a dar algunas declaraciones acerca de los hechos acontecidos en la tarde, pero todavía nada. Daba suspiros y evitaba ver sus zapatillas. Esa mancha roja le recordaba los ojos de pánico de aquel niño desconocido. Iba a ser imposible borrarla el resto de su vida. De pronto vibró su celular. El presidente estaba por hablar.

 

—Compatriotas. Hoy tuvo lugar un hecho cruento en la Plaza San Martín. Un hecho que tuvo como trágica consecuencia la muerte de dos jóvenes inocentes.

 

Mario enarcó las cejas. Alguien más, aparte de aquel niño, había muerto.

 

—Uno, el joven Aldo Graceman. Con un futuro prometedor, excelentes notas...

 

Y mientras el presidente no escatimaba en halagos, apareció en su celular la imagen de Aldo. Lo reconoció al instante. Era el Nazi de ojos azules cautivadores que había visto mientras huía de la Plaza San Martín…

 

—El joven que, de acuerdo a testigos, trató de detener la pelea. Arriesgó su vida y la entregó porque era un pacifista nato. Un héroe con todas sus letras…

 

Mario frunció el ceño. Ese al que llamaban héroe era un Nazi. Ni se habían tomado el tiempo de verificar los testimonios. Solo bastaba ver su cadáver y la banda que traía en el brazo. 

 

—Y el otro…un desconocido. Un menor de edad cuya identidad no pudimos encontrar. No traía documentos, solo una vestimenta andina. Él fue una víctima de la violencia. Una víctima de esta guerra de ideologías…

 

Imágenes del niño desconocido empezaron a llover por montones. Recordó su rostro, sus medrosos ojos, sus chapas, su vestimenta, sus sesos…

 

—Y así como hace muchos años atrás un niño desconocido, el petiso, muriera en esta plaza y nos diera la oportunidad de ver al prójimo más vulnerable y concientizarnos acerca del trabajo infantil, ahora este niño, de no más de 15 años, nos da la oportunidad de ver y palpar el peligro del extremismo…

 

Mario lloraba incesantemente. Con los ojos cerrados y la cara oculta por la almohada, trataba de recordar a ese niño desconocido. Esa víctima de una pelea absurda. Recordó las palabras de su tío. Tal vez era cierto. Tal vez había caído en el extremismo más cruento sin darse cuenta. Recordó el rostro del muchacho con el bate, el asesino del niño desconocido. Lo podría identificar. Podría darle justicia, podría…

 

—Ambos fueron victimados por piedras de acuerdo a los peritos. Y todos los grupos involucrados son culpables. En especial esas IAs extremistas. Y, a partir de ahora, se darán de baja. Y sus creadores pagarán con muchos años las acciones de estos entes artificiales. Querrán excusarse con que la IA tiene personalidad propia, pero…

 

Los ojos de Mario reflejaban la más absorta perplejidad. No era una piedra la que había matado a ese niño, era un bate. Era imposible que un perito no se diese cuenta…

 

—Y por ello, a partir de ahora se erigirán dos monumentos, en honor a estos nuevos héroes de la patria. Porque por el sacrificio de estos dos héroes todos los peruanos nos dimos cuenta de los peligros del extremismo. IntIA será creada alejada de estas ideologías. IntIA será creada por los mejores profesionales en la materia. IntIA…

 

Mario ya no escuchaba. Ahora solo miraba al vacío, impotente, mientras abría de nuevo las redes sociales. Comenzó a scrollear una vez más a la espera de encontrar algún golpe de dopamina que le ayude a olvidar ese par de ojos temerosos que, pese a haberse extinguido en el fragor de las protestas, parecían todavía mirarlo.



 
 
 

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