Primer sábado de trabajo
- pedrocasusol
- 29 sept 2024
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Escribe: Brian Crispin
El nerviosismo se manifestaba mediante el temblor de mi mano al coger la aguja, la vena de la paciente, señorita que estaba en una transición de niña a mujer, era lo suficientemente grande como para no poder extraer sangre en el tubo con tapa roja al primer intento.
-Hija, esto es porque todos los sábados te vas a “El pechugón” después de tu taller de danza y has descuidado tu alimentación, te haremos unos análisis generales – dijo la madre de la señorita.
-Mamá, el pollo a la brasa ahí es bien rico y no soy la única en ir, voy con mis amigas del taller y no me he descuidado, solo estoy haciendo una dieta que vi en internet – respondió la hija.
-¿Qué dieta vas a hacer tú? Mocosa que no sabe ni cocinar, igualita a tu madre, las dos no nacieron para la cocina, por eso que comen en la calle, sabe Dios cómo harán esa comida – agregó con mucha irritación la abuela detrás del biombo azul que separaba el ambiente administrativo del área de toma de muestra.
Con mucho cuidado y disimulando mi nerviosismo, de los primeros días en mi primer trabajo, logré extraer la muestra de sangre en el tubo rojo. La señorita salió del área de toma de muestra con el brazo en posición cruzada como quien canta el himno nacional en la ceremonia escolar. Me retiré los guantes de bioseguridad para apuntar los datos de la paciente en el cuaderno diario de registro y hacer un comprobante simple de pago.
-Joven, ¿entonces le haría un examen de colesterol?, ¿de grasa? – preguntó la señora.
El lenguaje de sus ojos le daba una indicación a su hija, quien, al ver su mirada, se retiró del ambiente a sentarse en la sala de espera, donde no había nadie, eran las 7:15 de la mañana, era la primera paciente. – Lo que sucede es que mi hija. – prosiguió la señora con la voz entrecortada cuando la abuela interrumpió.
-Ya, ya yo le voy a decir. – continuó eufóricamente la abuela. – Sucede joven que mi nieta no vino a casa por tres días. Ella dijo que se fue a una fiesta de quince años de una de sus amigas un viernes por la noche y después se fue a un paseo el sábado por la mañana, pero no le creemos, sospechamos que anda con un chico. Tenemos evidencias que se fue con él y después llegó el domingo por la tarde a casa. Todo sucedió hace un par de meses y estamos con una enorme incertidumbre.
Las dos tenían la misma mirada de angustia y de temor, y un lunar poco visible en el pómulo izquierdo que ya había desaparecido en el rostro de la nieta y había mudado al pómulo derecho de su juvenil rostro.
-Por favor, joven, ya tiene la muestra haga un test de embarazo ahora mismo, nosotras regresaremos, mi nieta no sabe nada, ella cree que es un análisis general – dijo la abuela.
-Queremos salir de la duda. Nosotras vamos a volver, dejaremos a mi hija en su taller de danza – prosiguió la madre.
-El resultado del test de embarazo saldrá en unos 15 minutos, no hay problema, lo haré – les dije con serenidad pese a que estaba totalmente sorprendido. Me parecía inverosímil el hecho que ahora estaba en mí el acabar con el gran peso de su angustia.
Las acompañé hasta las escaleras que daban para la calle y las despedí, informándoles, al ver a la señorita a mi lado, que los resultados de los análisis estarían el día lunes a primera hora.
En el cajón más grande del mueble de trabajo y en medio de bolsas con hisopos estaba la caja con el contendor metálico y cilíndrico que contenía las tiras del test de embarazo, la cara de un bebé sonriendo en la caja me dio serenidad ante mis manos temblorosas. Contrapesé el tubo de la muestra con un tubo con agua y puse en marcha la centrífuga, los revoluciones por minuto aumentaban haciendo un sonido como si del motor de un buque en ultramar se tratase, sentía por ratos la misma angustia de la madre y la abuela.
Coloqué todo el material en la mesa de trabajo, el tubo ya estaba centrifugado, los hematíes estaban por debajo del suero, como para tomar una fotografía y ponerla en un manual de prácticas. Según el inserto, se tenía que sumergir la tira hasta cierta parte del fragmento blanco que la conformaba y esperar unos 15 minutos para observar el resultado. Gráficamente en el inserto estaba indicado que, si en la tira se formaban dos rayas, el resultado era positivo y si solo se formaba una raya, el resultado era negativo. Y si se formaban tres rayas, vendrán al mundo unos trillizos, pensé cómicamente para aminorar el nerviosismo que por ratos me invadía.
Sumergí la tira en el suero y esperé. Lentamente el fragmento blanco se iba coloreando de un ligero color marrón apenas visible y la primera raya, indicando un buen procedimiento, apareció. Pasaron los 15 minutos y solo quedó la primera raya bien coloreada, evidentemente el resultado era negativo.
A los pocos segundos de haber realizado el test, madre y abuela volvieron, ingresaron y se ubicaron al lado de la mesa de trabajo. De manera impaciente preguntaron el resultado.
-Solo ha aparecido una raya, el resultado es negativo – dije con firmeza, mostrándoles la tira. Sentí que mis palabras fueron las agujas que reventaban el globo de su duda.
-Te lo dije, no tienes por qué preocuparte – exclamó la abuela regañando a su hija.
-Me siento tranquila, le he hablado miles de veces – dijo con calma la madre.
La sensación de paz se reflejaba en sus semblantes como una bonanza de león recién dormido en medio de la jungla. Me dieron la orden, que realice, de todas maneras, un perfil lipídico y se fueron, marcando así un momento imperecedero en el universo de mis días de trabajo.
*
(A modo de epílogo)
-Solo vamos un rato a una habitación, no va a pasar nada, sabes que yo te quiero y estaré contigo toda la vida – decía un joven alcoholizado.
-No, no te encuentras en buen estado, mi mamá y mi abuela me han hablado muchas veces de esta situación, no haremos nada. Estás ebrio. – respondía con serenidad una señorita – Mañana cuando despiertes nos iremos de paseo.
-Yo seré el heredero de todas las pollerías “El pechugón” y de dinero no tienes por qué preocuparte – continuó el joven, buscando convencer a la señorita a pasar un momento a solas.
Al ver la insistencia del joven ebrio, con mucha astucia, la señorita lo hizo entrar a una habitación de la casa de campo donde se había celebrado unos quince años, lo dejó solo hasta que fue vencido por el cansancio y se durmió.
Todo está bien mamá, el domingo vamos a almorzar en la casa de la abuela, mandó un mensaje de texto y se fue a dormir junto a sus amigas.





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