Red de redes
- pedrocasusol
- 14 may 2025
- 3 min de lectura
Escribe: Pedro Casusol
Una discusión habitual en mis talleres de escritura creativa es la aparición, en los relatos de mis talleristas, de dispositivos electrónicos: smartphones, tablets y aplicaciones como WhatsApp o Spotify. Mi postura es anticuada: prefiero que lo eviten, y en seguida largo un monólogo para explicar que no hay nada menos literario que un hombre sumergido en su teléfono, la espalda encorvada, anestesiado porque está conectado a la red, preso de la espiral cognitiva del “scroll”, como le llaman a la navegación infinita de las redes sociales. No hay acción dramática ni belleza descriptiva en la imagen, solo una persona ajena a la magnificencia del mundo. Aristóteles postulaba que el arte imita a la vida y no creo que andar pegado a una pantalla sea parecido a vivir.
En estos días en que todo el mundo está obsesionado con ChatGPT y las posibilidades de la inteligencia artificial, conviene recordar que el mundo sufrió una transformación radical desde que unos científicos de la Universidad de California lograron comunicarse con sus pares en Stanford, en noviembre de 1969, a través de unos enormes armatostes construidos por el Departamento de Defensa. Fue el advenimiento de la red de redes, lo que hoy conocemos como internet. Dos décadas más tarde, a Tim Berners-Lee se le ocurrió inventar una red interna para compartir información entre científicos, mientras trabajaba en el centro de investigación CERN. Luego pensó que esto podría replicarse en un sistema alojado en internet para usuarios de todo el mundo, a través de direcciones con URL y sitios en formato html. En 1990, este científico colgó en línea la primera página web, la misma que servía para ofrecer información del proyecto.
Parece mentira, pero hace solo treinta años fue lanzada la World Wide Web: la “www”, la web por la que navegamos diariamente. Fue el 30 de abril de 1993 y desde aquel día el mundo no deja de transformarse al frenético ritmo de la tecnología. Ahora resulta imposible, sobre todo para los jóvenes, imaginar un mundo sin internet. No solo por la forma en la que buscamos información o nos relacionamos, sino también por la manera en la que percibimos el mundo. Se lo explico a mis alumnos cada vez que hablo con ellos sobre mensajería instantánea, los famosos chats, la vía de comunicación favorita de los millennials y centennials, para que entiendan que se trata solo de un simulacro, con sus emoticones en reemplazo del lenguaje no verbal. Porque internet es, en sí mismo, un simulacro de la realidad, un universo digital en donde el usuario solo tiene dos opciones: comprar o vender algo. A eso se reduce todo.
Lo curioso es que Tim Berners-Lee pudo haber patentado su invento, asegurando —con mentalidad de tiburón— una fortuna nada despreciable. El científico británico no lo hizo en beneficio de la humanidad, porque consideraba que la web debía ser una plataforma abierta y accesible para todos, una herramienta para el intercambio libre de información y conocimientos. Por eso, el código fuente de la web es de dominio público y tal vez por eso el padre de la web no es un ícono pop como Bill Gates, Steve Jobs o Mark Zuckerberg, los reyes magos de la tecnología de la información. Pero la verdadera diferencia entre Berners-Lee y ellos es que el primero abogó y sigue abogando por un internet libre, una lucha cuyo máximo referente fue el hacker Aaron Swartz, quien en 2013 se suicidó en su piso de Brooklyn, con tan solo 26 años, agobiado por la depresión y una persecución judicial por parte del Gobierno de los Estados Unidos.
Como todo estudiante de las mal llamadas Ciencias de la Comunicación —pienso que las comunicaciones pueden ser muchas cosas, pero no una ciencia— leí a Alvin Toffler y su predicción de la Tercera Ola: tras la revolución neolítica y la revolución industrial, viene la revolución de las comunicaciones, la que vivimos hoy. También a Marshall McLuhan y su “aldea global”, el planeta globalizado e interconectado por los medios electrónicos de comunicación; o a Nicolás Negroponte y el “ser digital”. Admito que ya es tarde como para esperar que en las ficciones se presenten siempre a personajes interactuando en un mismo escenario (en un parque de noche, a la luz de los faroles, por ejemplo) o leer un diálogo importante que no tenga a los personajes comunicándose por un servicio de mensajería instantánea. Lo que pasa es que soy un anticuado, como ya dije, y nací en un mundo en el que todo esto parecía salido de la ciencia ficción.





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