Secreto
- pedrocasusol
- 2 may 2025
- 3 min de lectura
Actualizado: 15 jul 2025
Escribe: Margot Orozco Delgado
Maite llevaba sentada frente a la mesa bastante tiempo. Tenía la libreta abierta y garabateaba con fuerza algo. Tenía miedo de acercarme, pues seguro me preguntaría, y yo no querría responder. Pero no me quedó otra opción que compartir mesa con ella. Apenas me senté, y mientras sacaba mis libros, la vi levantando la vista hacia mí. Su mirada era como la de un toro a punto de embestirme.
—¿Y tú qué piensas?
—¿De qué? —continué sacando las cosas de mi maleta, como si no entendiera de lo que hablaba.
—¿Cómo que de qué? Bien lo sabes, los dos lo vimos.
—No sé, tal vez no era.
—Tú nunca sabes nada. Algo debes pensar.
—No creo que fuera ella. ¿Qué podía estar haciendo a esas horas? Además, estábamos muy lejos.
Seguía con la vista fija en mis cosas.
—¿De verdad crees eso? —entornó los ojos con esa mirada de condescendencia que tanto odiaba.
—Claro que era ella —replicó Maite—. Era ella. ¿Acaso pueden existir dos personas tan idénticas?
—No lo sé —le respondí con la voz quebrada.
—Ya, ya, ya te vas a poner a chillar. ¿Acaso no puedes hablar sin llorar?
Dejó el marcador con el que, hasta segundos antes, estaba acuchillando la libreta. Continué con el ritual de sacar mis cosas de la maleta sin levantar la mirada de mis libros y marcadores. Lo último que quería era cruzar miradas con Maite.
Tenía todo sobre la mesa y empezaba a ordenarlo minucioso, concentrado, por tamaño y colores. Solo quería olvidarme de lo ocurrido esa tarde. Cogí la libreta donde debía trabajar y empecé a hacer los trazos del proyecto, mientras me traspasaba la mirada de desprecio de Maite, y aunque intentaba controlar el temblor de mis manos para que ella no se diera cuenta, no podía. Empecé con mi labor, pero Maite seguía perforándome con la mirada.
—Está bien, supongamos que no era ella la persona que vimos.
No le respondí. Pasaron unos minutos más de pesado silencio, y volvió al ataque.
—No estábamos tan lejos. Era del mismo tamaño, el mismo corte y color de cabello —suspiró, casi por cansancio—. Y llevaba el mismo vestido que se compró la semana pasada. ¡Era ella!
—Y sí, tal vez era ella. Entonces, de repente, también era él —le respondí sin convencimiento.
—¡¿Qué?! ¿Cómo va a ser él? Ellos nunca están así, tú lo sabes. O dime, ¿alguna vez tú los has visto así? Dime.
Me sentía contra las cuerdas.
—Pero es que estábamos lejos —insistí—. Tal vez sí era ella, pero también él.
Cerró la libreta a la que estaba asesinando minutos antes, con tal furia que pensé que iba a tirármela.
—¡Eres el colmo! Claro que esa mujer que se besaba con ese hombre era ella, pero el hombre no era él —me espetó. Casi hubiese preferido que me tirara la libreta.
—Él jamás se vestiría con bermudas. ¿Acaso tú le has visto con eso? A ver, muéstrame.
Su mirada brillaba de ira, como dardos afilados, se abalanzaba sobre mí.
—Además, ese hombre era más bajo —siguió buscando más argumentos con los que apabullarme.
—¿Y qué quieres que hagamos? —le respondí, casi al borde del llanto.
—Primero, hazte hombrecito, que ya es hora. Algo tenemos que hacer, pero…
Escuchamos que la puerta se abría.
—Es papá. Calla.





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