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Siempre vuelvo a Ribeyro

  • pedrocasusol
  • 30 may 2022
  • 4 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


Parece que siempre vuelvo a Ribeyro, a sus personajes grises, a su mundo lleno de caserones y neblina de mediados de siglo XX, al fulgor cotidiano de eso que se observa como por una mirilla, por el estrecho ojo de una cerradura. Existencias definidas, casi kafkianas, que uno mira con la devoción con la que se aprecia un aerolito. “Yo veo y siento la realidad en forma de cuento”, dijo cierta vez Julio Ramón Ribeyro, y esa simple idea, la vida como un fragmento, fue el germen que me hizo sentir por primera vez la necesidad de escribir una historia.


Tenía catorce o quince cuando llegó a mí un tomo de La palabra del mudo, edición nacional con la foto del autor en portada. Ribeyro era ese hombre flaco, de nariz aguileña y bigote, entradas en la frente, sonrisa despreocupada y camisa a rayas. Un viejo que parecía mi abuelo, que podía ser mi abuelo. Lo leí con deleite. En aquel volumen encontré verdaderas joyas del género: “Por las azoteas” y “De color modesto”, por nombrar solo dos.


Debo admitir, sin embargo, que mi afición por él duró poco. Las conversaciones y los amigos me llevaron a otros autores, escritores estadounidenses que lo daban todo por contar una historia en capítulos, novelas totales. Edificios que dejaban a Julio Ramón Ribeyro y a sus cuentos como ese personaje de “La vida inútil”. Se convirtió entonces en el autor de mi adolescencia, en poco más que un chiquillo en comparación a quienes creía gigantes: Jack Kerouac, Patricia Highsmith, Ernest Hemingway. Sus cuentos eran entrañables, sí, pero nada más.


Por aquella época mataba el día en los parques y descubría el sabor del ron. Al caer la noche me subía a un bus que me llevaba hasta mi casa. Cierta vez, no sé por qué, tomé un taxi que era un Volkswagen escarabajo y su chofer se parecía a Ribeyro. Recuerdo que me senté en el asiento del copiloto intentando no reír. El hombre era flaco, entrado en años, canoso y amable, exudaba esa nimiedad característica de los personajes de La palabra del mudo. Cuando llegué a mi casa sentí que había salido de uno de sus cuentos.


Es cierto que nunca escribió una buena novela, que eso lo alejó de los reflectores del boom, que su existencia en Paris, más allá de las veladas bohemias con Leopoldo Chariarse, tiene que haber sido de una monotonía exasperante, trabajando en oficinas como muchos de sus personajes. Pero es a él a quien le debemos el descubrimiento de comedias y dramas que nos retratan como sociedad. Ribeyro advirtió las posibilidades literarias de Lima y de sus habitantes, plasmando el realismo urbano que será la huella indeleble de la literatura peruana del siglo XX, transmutada de los valses de Felipe Pinglo y de los cuentos de José Diez-Canseco.


Lo de Ribeyro es estructura lineal, el cuento visto como una sola unidad que busca condensar en sí toda la acción dramática, evitando la dispersión del relato. Otros dicen que la gran obra del autor son sus diarios íntimos reunidos en La tentación del fracaso, el testimonio de sus años en Europa, sus amores e inquietudes literarias. Pero yo creo que al verdadero escritor que era lo podemos encontrar en el universo cerrado de sus relatos, en esos fragmentos de vida en donde todo tiene que resumirse en una sola acción. Esta visión clásica, aristotélica, no solo le permitió escribir con precisión de relojero, sino que también le valió el desdén con el que algunos críticos lo llamaron “el mejor narrador peruano del siglo XIX”.


Mención aparte merece Cartas a Juan Antonio, aquel libro de literatura epistolar, un género tan raro en nuestras letras, que Julio Ramón le dedicara a su hermano a lo largo de treinta años. Esto último me hace recordar a una leyenda que circula entre sus lectores. Se dice que en una quinta miraflorina sobre la avenida 28 de Julio se yergue la casa en la que Ribeyro se basó para escribir “Tristes querellas en la vieja quinta”, uno de sus cuentos más entrañables. Es la casa de Juan Antonio, el hermano, que ha sobrevivido a los embates del tiempo. Se cuenta que, si uno encuentra en casa a la cuñada, ella no tendrá reparos en prestar la vieja bicicleta oxidada con la que Ribeyro se paseaba por el malecón y que, en el sótano, entre el polvo, se encuentra el cuarto y último tomo de La tentación del fracaso, que nunca vio luz.


A inicios de los años noventa Ribeyro dejó Paris y vino a Lima a morir en un departamento frente al mar. El último cuento que escribió, que se incluye en la edición conmemorativa de La palabra del mudo, trata de un hombre que al final de su vida se entrega a las fiestas y el alcohol, hasta que el descubrimiento de unos jóvenes surfeando lo lleva a intentar subirse a una tabla y deslizarse. Esta imagen final, la del hombre que busca su propia juventud, me hace pensar que su obra cuentística puede ser vista también como el espejo de su vida, como una novela coral y fragmentaria en donde los mudos tienen por primera vez la palabra.




 
 
 

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