Sobre la poesía
- pedrocasusol
- 12 dic 2022
- 3 min de lectura
Actualizado: 14 dic 2022
Escribe: Pedro Casusol
El otro día estaba atorado en el tráfico, escuchando por radio el Uruguay versus Ghana, cuando un árbol tipa a mi izquierda empezó a soltar pequeñas flores amarillas. Me sentí como al inicio de “8 ½”, una de las más potentes escenas poéticas que ha parido el cine: en ella, Guido Anselmi se encuentra atrapado en un embotellamiento bajo un paso a desnivel, quiere escapar porque se asfixia y cuando por fin consigue abrir la ventana de su coche, se eleva sobre los automóviles y se aleja volando entre las nubes. Me pareció bello, pese a encontrarme sumergido en la vulgar realidad, atorado en el tráfico limeño de inicios de diciembre. Era una epifanía, el déjà vu de un universo paralelo, el instante poético del que hablaba el filósofo francés Gaston Bachelard.
Por la noche, seguía pensando en esa imagen: las florecitas caían sobre el asfalto como confeti amarillo, se deslizaban por el aire entre la bruma del smog, el ruido de los autos y la urgencia de todos por llegar a cualquier parte. Era como si aquel árbol y sus flores amarillas pertenecieran a otro orden espiritual. Estaban fuera de contexto, operando a una velocidad distinta, como los personajes melancólicos de Wong Kar-wai, detenidos en una burbuja temporal. Comprendí que era “poetizable”. Pero en vano me sentaría yo a intentar borronear un haiku sobre el árbol de la calzada o una decena de versos que pudieran llamarse “poema”. No escribo poesía desde los diecisiete años, más que por decisión propia, por voluntad de la misma poesía.
Soy lo que en mi época se llamaba “nerd”, me ha dado por escuchar podcasts de historia, programas del canal History o charlas de la fundación Juan March sobre episodios de la antigüedad, como la batalla de las Termópilas. El algoritmo de YouTube, ese oráculo que todo lo sabe, me trajo el otro día una clase de Víctor Vich explicando qué es la poesía: en poquísimas palabras, un uso especial del lenguaje para la construcción de una imagen concreta. Por ejemplo, si escribo: “El árbol llora / florecitas amarillas…”, estoy forzando el lenguaje para remitirnos a la imagen del árbol en la calzada, al fenómeno particular que fue ese instante poético en el que el tiempo se detuvo. Las flores suspendidas sobre la avenida, en medio de la normalidad de una mañana de diciembre.
Ocurre que, al menos para mí, las flores amarillas del árbol significan algo mucho más importante: son los atardeceres en los parques de mi adolescencia, el comienzo del verano que quedó inmortalizado en mi memoria. La época dorada de mi vida. Aún si escribiera un poema sobre ese árbol y supiera empatar los versos con las imágenes de mi recuerdo, el lenguaje, ese vehículo imperfecto que inventamos los humanos, solo alcanzaría para nombrar parcialmente todo lo que querría expresar. Porque la poesía es lo que habita más allá de las palabras y sus significados; es lo inasible, lo que anhelamos tomar con ambas manos. Este fracaso, el no poder tocar lo que nombramos, es lo que nos interpela cada vez que leemos o escribimos poesía.
Nuestro poeta surrealista Emilio Adolfo Westphalen tiene un discurso leído en el Foro de Iberoamérica, llamado precisamente “Sobre la poesía”. Ahí define a los poemas como “raros objetos construidos con palabras — los cuales (en ocasiones) dan un sonido dulce o agrio pero que nos confunden y transportan a otra esfera de la existencia”. Estos constituyen “casi invariablemente lo inesperado — lo que nunca tuvimos sospecha que existía — la dádiva recaída sobre quien menos se esforzó en recibirla”. Soy un lector de poesía, se supone, pero apenas alcanzo a comprender el oscuro mecanismo que opera tras un poema logrado. Por eso nunca podré escribir sobre el árbol y sus flores detenidas en el tiempo. Allen Ginsberg, en cambio, sí pudo escribir sobre el girasol que encontró cierta tarde en el vertedero de San Francisco. Ahora lo comprendo. Lo que ocurre es que a mí me interesa más el poeta, ese pararrayos humano de lo que habita al otro lado, ese hombre, por lo general, inútil para la vida.





👏