top of page
Buscar

Subliminal

  • pedrocasusol
  • 20 ago 2025
  • 7 min de lectura

Escribe: Margot Orozco


— ¿Puedes?


—Claro, tengo el auto abajo.


—Te espero entonces.


—Dame veinte minutos o mejor quince.

 

Y veo el reloj de la computadora, acaba de marcar las 3 y 26 de la madrugada. ¿Y ahora?, me digo. Apenas si atiné a reaccionar, tenía unos deseos intensos de verle. Sí eso era, deseo. Más aún después de la primera charla erótica, llena de insinuaciones que acabábamos de tener y de terminar con una furtiva e inesperada cita. Acaso nos esperará una noche excesiva, sin descanso, absurda, como la primera que tuvimos. Veinte eternos minutos, aún me quedan por verle. Entro y salgo de la habitación, agito mis manos como niña pequeña descubierta tras una travesura, me lavo el rostro, los dientes, me peino, acomodo mi camiseta, y un poco de colonia por aquí y por allá, vuelvo a mirar el reloj, han pasado casi quince minutos. El celular suena, un escueto mensaje: llegó. Hace demasiado calor como para coger cualquier cosa abrigadora, apenas un pequeño bolso y mis llaves. Cruzo el portal y mágicamente mis sentidos se hacen más perceptivos. Una deliciosa brisa me recibe. Casi lo siento, olor a mar, aun cuando estoy a cientos de kilómetros de este. La calle casi vacía de autos, solo algunos náufragos de esta noche incompleta deambulan.  A pocos metros, lo veo. Su auto negro estacionado muy cerca, apenas unos pasos, me acercó. Aún sin saber qué debo hacer, quisiera abalanzarme y cubrirle de besos, no dejarle respirar, pero me controlo. Sonrió tímidamente y nos ofrecemos los labios para el primer beso. Conversación de prolegómenos, ninguno hace mención de lo qué hacemos los dos ahí juntos en una madrugada donde cada quien debiera estar durmiendo, intentamos-sin mucho éxito-ser naturales. A su lado, sólo me concentro en su rostro, su perfil perfecto, sus largas pestañas, su lunar en la mejilla, su barba crecida de unos días, su mirada puesta al frente, su sonrisa nerviosa me revela que él también está sorprendido, tal vez nervioso. Luz roja, ahora toma la iniciativa, me besa, cruza por delante nuestro, una pareja de amigos riendo escandalosamente, pero continuamos sin despegarnos por los minutos que dura la luz, ojalá el verde no aparezca, pienso. Salimos de la ciudad y cada vez más lejos del ruido, de la fiesta del viernes por la noche, cada vez más apartados, más cerca de su departamento.

 

Sin entradas triunfales, ni románticas, sin excesos de apasionamiento o arrobamiento, ingresamos al sótano. El frío de la cochera me ubica en el ahora, durante el breve viaje me había perdido en la contemplación y en sus besos, era como si no hubiese estado ahí. Caminamos hacia el ascensor, coge distraídamente mi mano y siento un palpitar que nace de mi vientre, por todo mi cuerpo, y se expande hasta invadirme toda. Es apabullante, solo atino a ofrecer mis labios. Salimos del elevador, tercer piso, pasillo en total oscuridad, creo escuchar ronquidos a lo lejos, llegar hasta su puerta se hace eterno, somos como dos ciegos perdidos intentando llegar al umbral. Ya en el departamento todo se transforma, las luces apenas encendidas, tenues, nos proyecta como dos sombras espesas sin contornos. Me coge de la cintura por detrás, me besa en el cuello, me estremezco, me gira sin apuro, nos besamos sin respiro, me alimento de su aliento, exploro sus labios, busco su lengua, la esconde, la oculta tímidamente, me muestro más ansiosa, más deseosa que él, nos dejamos caer, nos miramos fijamente, yo intentando penetrarle, leer algo más. Él, no sé; me desnuda, lo desnudo, con calma, sin prisa. A medida que cada prenda cae, y descubre una fracción de piel, esta es cubierta por caricias, besos, intensos, continuos, pero siempre retornando al principio, a los labios a los ojos, casi sin hablar, no hay necesidad.

 

Me sumerjo en mar conocido, tiento con mis dedos algo más que una cálida piel, su aroma me hechiza, su aliento ardiente me quema los sentidos, busca mi cuello, juego a negárselo, lo encuentra, lo besa, lo acaricia serpenteante su lengua, me hipnotiza. Mordisquea el lóbulo de mi oreja, sonrío, bajan sus labios lentamente como contando los centímetros que hay desde ahí hasta la profundidad de mi pecho. Me observa mientras lo hace, como preguntándome, ¿estoy en el camino correcto?, le sonrío otra vez y digo sí con la cabeza, aun cuando no ha dicho nada. No dejes de hacer eso, me dice. ¿Y qué es eso?, le contesto. Detiene unos segundos su camino a mis pezones, y me besa, eso, repite y sonreímos. Mis manos vuelan solas, se entregan vencidas a su torso desnudo, a las contracciones de su espalda, a su rostro. Palpita no mi corazón, sino mi piel, mi carne, se contraen mis músculos, mi vientre se calcina, se retuerce, se humedece, se expande. Lo atrapo con mis pequeñas piernas, el vaivén de una danza ardorosa, oscilante, sube y bajan nuestros cuerpos, suave primero, frenético después. Apenas audible, gime, siento su placer, su gozo, también mío. Siento su sexo inflamado, desesperados nos quebramos, bajamos resistencias, penetramos inmensidades, hasta rozar los abismos de la sinrazón, acercándonos sin remedio, sin intermedios a la delicia de ser por breves segundos uno solo. Sin contención, grito.

 

En el lecho, desnudos los dos, sólo nos ilumina una débil luz amarilla de aquella lámpara del velador, imperturbable testigo del rito amoroso del lazo de nuestros cuerpos. Aún agitada, sigo atrapada en su influjo, rezuma nuestra transpiración en un denso halo de calor que juro casi puedo ver. Sobre su piel, húmeda, se reflejan destellos de un fogaje aún encendido. Intento captar sus ojos, atrapar su mirada, me rehúye con un suave beso sobre mis aún ardientes labios. Mi respiración vuelve a transitar su antiguo camino, mi pálpito se apacigua. Me acomodo sobre su pecho, lo beso. Él acaricia mi espalda, me susurra algo inaudible, no me importa saber lo que ha dicho, sólo me solazo en su voz. Fijo mi mirada en la luz del aparador, tan tenue, tan amarilla, se ensombrece los contornos de los objetos, de su cuerpo, del mío. Aparecen, desaparecen, aparecen y vuelven a desaparecer.

 

**

 

El cursor parpadea, van seis horas desde que empecé esta pequeña pesadilla, es rápido me dije entonces, y no lo fue. Ya leí a Clark como tres veces, y estoy hasta el moño del análisis sobre el desnudo artístico y su sublimación en instinto sexual, a estas alturas de la madrugada y deseando desesperadamente terminar con el tedioso ensayo, todo me resulta tan prosaico e insulso. Paseó por mi bandeja de entrada, y no, no hay ningún nuevo correo suyo. Entro al chat, puntitos verdes, pero el suyo sigue descolorido.

Cuerpo sin ropa y desnudo, el primero estaría aludiendo al cuerpo fuera de las representaciones donde las pulsiones sexuales no estarían contenidas constituido antes de su transformación en estética; el segundo referiría al cuerpo desnudo sí, pero “vestido por el arte”, el paso definitivo de lo real a lo ideal del arte. No sé qué más escribir, me dijo que se conectaría, releo su correo, parece interesado en mí, pero no quiero apresurarme, esa es una historia de la que conozco el final, luego me dirá no me presiones, que fluya, tranquila mujer. Ya me conozco, que fluya un cacho.

 

La mirada masculina que sublima en arte, en belleza estética el cuerpo desnudo de la mujer. Patrañas míster Clark, puro morbo es lo suyo. No, eso no puedo colocar en el ensayo. Cuando nos conocimos estaba pasando un tiempo muy malo, estaba despechada, y necesitaba urgentemente que alguien, quien fuera, borrará de mi cuerpo el último recuerdo de aquel pelmazo que rompió mi corazón, que cursi. Nuestro encuentro no fue nada especial, él estaba como perdido, y yo le ayudé a encontrar la dirección de la casa que buscaba, lo acompañé hasta el portal. Para ese entonces, solo me dejaba llevar por la inercia de mis pasos, me pidió mi número, se lo di, sin ningún entusiasmo. Olvidé el encuentro, hasta dos días después, cuando llamó, preguntó si me apetecía dar una vuelta. Por qué no, pensé. Fue en esa aceptación, cuando decidí que sería él quien fungiría de borrador de mis últimos recuerdos sexuales. Ya me había cansado de cerrar los ojos y recordarme en el cuerpo de otro.

 

El cuerpo de la mujer despojado se constituye en las mismas categorías que la representan y la nombran, continúa míster Clark, este cuerpo desnudo es reducido a pulsación sexual de quien la mira, de quien crea. Fue nuestra primera y única salida, fui con la firme intención de dejarme llevar hasta las últimas consecuencias, no me importaba si después no lo volvía ver más, si incluso me olvidaba de su nombre. A decir verdad, no esperaba mucho, me gustaba físicamente, a penas habíamos hablado. Pero esa salida fue más de lo que esperaba, me sentía muy libre, sin ataduras a pudores. Estuvimos toda la noche juntos, cuando ya amanecía, cansados de tanto vagar, nos sentamos en una banca de la plaza central, y ahí, deseándolo, sintiendo mi sangre hervir, nos besamos sin respiro, apasionadamente. Para ese momento ya no recordaba que aquella tarde, todo empezó como una cita de dos torpes inadaptados, la que sin proponernos se transmutó en un encuentro de dos arrebatados y febriles amantes que se comían a besos, como quien saborea la fruta madura que temen les sea arrancada. Fue tanto el deseo, que nos adentramos a lo más profundo del parque del este, el cielo estaba pintado de ese azul añil como cuando se anuncia el amanecer, oscuro y claro a la vez, nos tendimos en el césped y empezamos a luchar con nuestros envoltorios, primero mi blusa, luego su pantalón. Desesperadamente queríamos llegar a nuestros cuerpos desnudos, despojados, solo bañados por nuestra propia fiebre y la luz del alba.

 

Y sólo a través de su sublimación en el ejercicio creador y artístico del hombre se convierte el cuerpo en arte, prosigo. Sublimación, pulsación, arte. Veo otra vez, el chat, nadie anda conectado, solo yo. Me tiendo sobre el teclado del ordenador, cierro mis ojos para descansar, son ya muchas horas con lo mismo. Un cansancio muy pesado invade mi cuerpo. Abro los ojos con pereza, lucho contra mi sueño, fijo mi mirada en los círculos blancos que anuncian cuando alguien está conectado en el chat, se torna todo borroso, se diluye la luz, se ensombrece los contornos de los objetos, de su cuerpo, del mío. Desaparece, aparece, desaparece y vuelven a aparecer.


 


 
 
 

Comentarios


Subscribe here to get my latest posts

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
bottom of page