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Síndrome de abstinencia (1)

  • pedrocasusol
  • 16 sept 2025
  • 5 min de lectura

Escribe: Brandon Aguilar


Son las once de la noche y Selino daba vueltas en su cama, incapaz de conciliar el sueño. Su cuerpo, completamente exhausto por su rutina diaria de trabajo y ejercicios, le exigía un misericordioso descanso. De forma contradictoria, su mente y estómago vibraban exigiendo más alimento, a pesar que, según su nutricionista, ya había cumplido con la cantidad justa y saludable para alguien de su corpulencia y estatura.


¿Por qué? ¿por qué tengo que soportar esto?, se decía entre lágrimas, mientras abrazaba la almohada y la presionaba contra su cuerpo, intentando ahogar los rugidos exigentes de su barriga. Su cerebro solo podía pensar en las hamburguesas, alitas, salchipapas y toda esa comida a la que estaba acostumbrado, pero que ahora se negaba a consumir porque interferían con el objetivo de llegar a su peso ideal.


—¿Síndrome de abstinencia? ¿qué es eso? —preguntó Selino mientras bajaba de la balanza.


—Sr. Mestanza, usted es un adicto a la comida chatarra, y, por su salud, ahora debemos interrumpir su consumo —explicó la nutricionista.


—Ya, pero solo debo dejar de comer, eso es fácil —contestó el paciente.


—La mayoría de los pacientes sufre dolores físicos debido a la interrupción de estos carbohidratos y azucares, pero solo durará unos días, por favor, no se rinda —recomendó la especialista.


—¡Ja! Esto no es nada —presumió el gordito.


A pesar de sentirse tan confiado al inicio, Selino empezó a sufrir los dolores musculares al primer día de ejercicios, su cuerpo ardía como tetera en ebullición producto de la fatiga muscular y su mente transmutaba un doppelgänger que le susurraba al oído las incontables recetas caseras y fusiones gastronómicas que podría prepararse con solo ir a su bien surtida cocina.


—¡No! —se resistía con fuerza—. No quiero… yo ya no quiero ser el mismo, debo cambiar, para olvidarme de ti yo debo… cambiar.


Después de 40 minutos de lucha interna Selino se quedó dormido.


El gimnasio Olympos tenía fama de ser un templo del cuerpo, donde el sudor era sagrado y la exigencia, ley. Sus entrenadores no eran simples instructores: eran escultores de carne, verdaderos alquimistas del músculo. El 90% de sus clientes parecía salido directamente de una película de Marvel en plena alfombra roja, hombres altos, de piel dorada por el sol, con torsos como armaduras, hombros de guerrero griego, pechos esculpidos y brazos que parecían cobija tormentas; mujeres trigueñas de curvas exactas, con cinturas de avispa, glúteos como esferas talladas en mármol, espaldas definidas como relieves renacentistas; incluso señoras en sus cuarentas desafiaban al tiempo con piel de terciopelo, vientres planos y una agilidad felina que haría sonrojar a una bailarina. Y luego estaba Selino… que pertenecía al otro 10%. Ese grupo invisible, los ignorados.


—Causita debes poner derecha la espalda y levantar la mancuerna desde abajo, llevarla hasta tu pecho y después regresar de forma lenta —explicó Heracles.


—Sí puedo —afirmó Selino mientras levantaba la pesa y una enorme y gorda gota de sudor se deslizaba lentamente por su frente hasta aterrizar en sus labios— ¿así? —dijo al terminar el movimiento.


—Necesitamos una pesa más pequeñita- respondió mientras le quitaba la pesa negra de 5 kilos y le entregaba una fucsia de 2.


Selino sentía la humillación y vergüenza de haberse descuidado tanto, nunca fue una persona muy atlética, pero después de 5 años de sedentarismo, alcohol, broaster y una relación tóxica, su cuerpo había quedado hecho un kion masticado, una palta negra y corriente que encontrarías en cualquier mercado. Tenía problemas para cagar, sudaba cuando se amarraba los pasadores, sus dedos parecían ollucos y tenía menos masa muscular que un niño de 10 años.


—Brodercito, vamos a tener que empezar con una recomposición muscular, estás muy débil y no quiero que te lesiones —dijo el entrenador.


Desde ese día, y con ayuda de su entrenador, Selino usaba la máquina de correr por 30 minutos, alternaba entre correr, trotar y caminar para soportar la rutina. Heracles no lo perdía de vista, lo miraba a los ojos con disciplina y cruzaba los brazos enseñando sus enormes bíceps en señal de atención. Selino corrió, cargó, empujó, sostuvo, apretó y levantó su propio peso corporal dos horas al día por muchos días, a veces su cuerpo quería ceder ante la flojera y agotamiento, pero su motivación y el dolor lo empujaban a seguir adelante.


—¡Ay Seli! Renuncié pues ¿qué más voy hacer? No me gusta trabajar atendiendo esa pollería —reclamó Martha.


—Amor yo te entiendo, pero… hay cuentas que pagar y con mi sueldo no alcanza… aunque sea medio tiempo y ya yo veo qué… —rogó Selino.


—¡Que no Seli! Ya no insistas, las malas vibras de ese lugar no me gustan… no me puedes obligar.


—Mi amor no te quiero obligar… pero no alcanza con mi sueldo, y si al menos terminas el mes, con eso al menos podrí…


Martha lo calló con un beso. Su lengua, como un remolino pequeño pero terco, disipaba cualquier molestia que pudiera haber brotado en Selino. Sus salivas se mezclaban con tal descaro que, si cada uno hubiera tenido una fruta en la boca, habrían terminado hechas un jugoso batido espeso, que Selino tragó con placer.


Después, quien se tragó ese mismo néctar fue Martha. Lo hizo con una dulzura firme, envolviendo a Selino poco a poco, como si lo devorara con ternura al principio, pero con una ferocidad creciente al final. Ahí mismo, en plena sala, lo miró directo a los ojos, ella desde abajo y él desde arriba, mientras sus pechos, grandes, blancos, provocadores, se balanceaban libres. El rostro de Selino se deformó, intentaba mantenerle la mirada, pero falló, aulló de placer, apretó los glúteos, ella intentó zafarse, pero él la retuvo, y, así devolvió el mismo néctar que había ingerido.


—Seli… ¿estás seguro que podrás solo con los gastos? —preguntó jadeante y sudada.


—Sí… creo que sí, amor, yo puedo- afirmó contento- yo puedo… yo puedo…


—¡Vamos, brodercito! Tú puedes dame una más, solo una más- gritaba Heracles mientras aplaudía en señal de apoyo.


Selino tenía la barra en los hombros, en cada lado un disco de 10 kilos, sacando culo y con las piernas separadas, logró bajar mientras inhalaba oxígeno, para después expulsarlo mientras se levantaba. Con dificultad colocó la pesa en el rack y se desplomó.


—¡Power, brodercito! ¡Power! Ya ves que sí podías- exclamó Heracles para después lanzarle una botella de agua.


—Sí…- respondía mientras jadeaba- sí… ay dio… diosito… sí pude, esta vez, sí pude.


Caminó hasta su casa con dificultad. Aratos, las piernas se le acalambraban, como si los músculos se encogieran por sí solos recordándole cada sentadilla que había hecho esa tarde. En la esquina, un puesto de pollito broaster lo saludaba con cacha, y como perfume de prostituta, lo envolvía para seducirlo y atraerlo.


—Amorcito, mira lo que traje —exclamaba Selino, feliz y soñador— Pollito con papas uuuh, pollito con papas uuuh —cantaba.


—Uy, qué rico mi Seli, imagino con su gaseosón ¿no? —preguntó Martha mientras recibía la comida.


—Obvio que yes, jaja.


Ya en casa, su estómago apretaba de nuevo. Había comido una pechuga a la plancha con ensalada de lechuga y tomate, pero eso no llenaba el vacío, ni en su estómago ni en su corazón. Miró el techo, cogió el celular, abrió el aplicativo y escribió la letra M en el buscador. Su nombre apareció de inmediato. Quiso escribirle, tal vez llamarla, pero sabía que esa era otra adicción que debía controlar. Estuvo a punto de hacerlo, pero un tirón en la pierna lo sacó del trance: un calambre lo cacheteó sin aviso, devolviéndolo al presente, recordándole en carne viva lo que significaba el síndrome de abstinencia. Apretó la almohada, esta vez contra la cara, y gritó. Luego, exhausto, se durmió.



 
 
 

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