Thiago
- pedrocasusol
- 30 jul 2025
- 6 min de lectura
Escribe: Thalía Correa
Después de un largo año de recuperación fui capaz de verme al espejo, todavía me faltaban muchas piezas para reconstruirme. Necesitaba desconectarme de todo lo que me había hecho llegar hasta ese punto deplorable. Tenía miedo de volver a perderme, por eso decidí ir a la iglesia otra vez. Mamá solo me acompañó dos veces, no le gustaban las faldas, menos los vestidos, huía de todo aquello que la hiciera sentir femenina. Cada vez elegía un novio peor que el anterior, y no se cansaba de mantener al bueno para nada que había elegido como novio otra vez. Cuando le explicaba mis razones y la importancia que tenía la iglesia para mí, me respondía con una mueca de desgana:
—La iglesia está dentro de uno. Ve tú si quieres.
La miré en silencio mientras le entregaba un sándwich y una lata de cerveza a Rafael, para luego irse a lavar ropa.
Yo necesitaba cariño real y constante. Me gustaba ser parte de una comunidad, todos me ayudaban, me abrazaban y ayudaban, sabían mi historia, y me cuidaban como un hijo pródigo, aquel que se va y vuelve después de un largo viaje.
Apenas llegué a la iglesia conecté con Nubia, era una señora de cincuenta y cinco años que por cosas del destino no pudo tener hijos. Ella se hizo cargo de mí, me buscaba temprano para ir al culto, y me regresaba por la tarde. Me apuntó en retiros, campamentos y paseos que generalmente ofrecía la iglesia y me apoyó en mi proceso de integración. Todos los días yo me preguntaba cómo hubiese sido mi vida si Nubia y su esposo hubiesen sido mis padres.
Los miércoles en la noche se reunían los jóvenes de 17 a 25 años en grupos pequeños, estas reuniones tenían como finalidad, mantenernos unidos y también vigilados, controlados, a nosotros, el futuro de la iglesia. Además, leíamos uno que otro capítulo de la Biblia.
Los grupos se dividían en hombres y mujeres, todos teníamos diferentes líderes.
Las mujeres teníamos una líder y los hombres tenían su líder. Después de reunirnos todos, nos dividíamos y al finalizar las charlas nos volvíamos a mezclar. Se armaba un bullicio, los hombres corrían salvajemente, saltaban y se acercaban a las muchachas que les gustaba, pero Thiago no, él se movía entre todos los grupos como buen anfitrión, se aseguraba de que todos nos sintiéramos bien y de que no hubiese problemas.
Thiago era el líder de los hombres, un estudiante de ingeniería, empático, extrovertido, moreno de ojos muy oscuros, caballero, alto, paciente, cabello muy corto con un pequeño copete, parecido al de un pájaro carpintero. El futuro pastor de la iglesia.
Quería conocerlo mejor. Rara vez me gustaba alguien, pero él destacaba, me generaba mucho interés. En una de esas reuniones me acerqué y antes de poder saludarlo, me dijo:
— ¡Te conozco!
—¿Si? dije extrañada. Su reacción fue torpe, como si hubiese cometido un error.
—Bueno, he escuchado sobre ti y de cómo llegaste a la iglesia. Tú nombre es Abigail, ¿cierto?
—¿Y qué escuchaste?
Sonrió y me dijo:
—Ven Abi, ¿sabías que tú nombre significa fuente de alegría? Vamos, caminemos un rato mientras te cuento un poco de mí.
Así pasó el tiempo, nos volvimos inseparables. Él me integró en todos sus planes. La gente empezaba a notar nuestra cercanía. Thiago se convirtió en una luz que brillaba intensamente para mí, estaba ocupada queriéndole. Aprendí a cocinar, quería prepararle todo lo que se le antojara, lomo saltado, chaufa, hasta pechuga de pollo con espárragos. En la cocina encontré una nueva Abigail, me gustaba cocinar, se convirtió en una meditación. Agradecía poder ser reciproca con todo el cariño que Thiago me brindaba.
Mi mamá se emocionó cuando lo conoció, estaba feliz de que pasará tiempo conmigo. Yo evitaba tener encuentros con ella en la casa, era mejor así. Solo se alegraba de mi recuperación, porque así dejaba de ser un peso para ella. No le importaba realmente mi proceso. Siempre me fue más fácil encontrar paz en las personas que eran no eran parte de mi familia. Muchas veces miraba por la ventana a los vecinos del edificio de al frente, los veía sentados, riendo, bromeando, comiendo, compartiendo. Volteaba con los ojos lleno de lágrimas, yo nunca tuve eso. Las cenas se reducían a charlas incomodas con los infinitos novios de mamá.
Algo que me encantaba de Thiago era además de él, su hermosa familia. Tenía padres maravillosos, líderes de la iglesia y tenía también un hermano mayor en España que estaba haciendo su maestría. En su casa se respiraba paz, todo siempre estaba limpio y ordenado, pero rara vez vi a sus papás en casa, eran personas muy ocupadas, cuando coincidíamos me dedicaban sonrisas y me agradecían por algunas galletas que preparaba y que les hacía llegar con Thiago.
Una noche después de la reunión de los miércoles, Thiago me dijo:
—Acompáñame a casa, Abi. Tengo que buscar unos materiales, después te dejo en casa, ¿va?
—Claro que sí— y lo abracé.
Cuando entramos, escuchamos a sus padres, estaban discutiendo, tardamos segundos en entender que hablaban de Thiago, de su futuro.
—Estoy nerviosa de la relación que está creando Thiago con Abigail, Juan.
—¿Qué te preocupa? Son niños, mujer.
—Son jóvenes, Juan, ya no son niños. Yo pensaba que era una simple amistad, ¿pero sabes qué me dijo la hermana Celeste hoy?
—¿Qué?
—Que los vio caminando agarrados de la mano en el supermercado. ¡Imagínate, de la mano, eso es imposible!
Thiago quiso acercarse más y le apreté la mano, yo quería seguir escuchando.
—Tienes razón, es un tema delicado. Él va a ser el siguiente pastor.
—Pues no lo será si sigue con la joven alcohólica. No tiene familia dispuesta a ayudarla, en cualquier momento recae. No es una buena compañera para mi hijo. ¡No la quiero en mi familia!
Se referirían de mí de una manera que nunca me hubiese gustado escuchar y crearon en mi cualquier tipo de inseguridades. Me sentí mareada, con nauseas. Empujé a Thiago y salí corriendo. Escuchaba la voz de Thiago como un eco, y aunque quería voltear a verlo, gritarle que me alcanzara, que me abrazara fuerte, no lo hice. él me hizo sentir tan protegida, segura y querida que se me olvidó lo importante de su imagen, me olvidé de sus padres, mi falta de estructura familiar, mis vicios, mi desgaste y la inestabilidad emocional que me veía cada vez más de cerca.
Lo que menos quería era regresar a casa, así que fui a parar donde la única amiga que me quedaba desde el colegio. Nadie sabía de ella, porque nunca la llevé a casa. Ella era diferente, siempre le gustó estudiar y no tomaba, por eso era la única amiga que me quedaba. Me quedé con ella por casi un mes, quería olvidar todo. Yo no quería pelear con nadie, tampoco podía defenderme, estaba cansada y sola. Sí, me gustaba el hijo del pastor y yo le gustaba a él. Era cierto, no tenía nada que ofrecerle, pero nada de nada, solo vergüenzas y ciertamente, él no merecía eso.
Me refugie en Priscila, ella me cuidaba, me abrazaba cuando tenía pesadillas en las noches. Fue muy amable conmigo, me alimentaba y le gustaba jugar con mi cabello.
—Me encanta que tu cabello me recuerde a un helado de coco.
—Gracias, Pri.
En ese preciso momento me besó. Quedé fría, pero no dije nada, solo la miré sorprendida y me abrazó. ¿Qué había pasado? ¿Desde cuándo le gustaba a Priscila? Ni siquiera sabía que le gustaban las mujeres.
En la tercera semana, Thiago dio con mi paradero, íbamos camino al supermercado, y cuando lo vi, quise correr y abrazarlo, pero Priscila me detuvo.
—Recuerda lo que dijo su familia, Abi.
Le agarré la mano a mi amiga buscando algo de fuerza y seguimos nuestro camino, Thiago se acercó más.
—Por favor, Abi. Tenemos que hablar. Todo lo voy a solucionar, no debes preocuparte.
—Lo siento, Thiago. Ellos tienen toda la razón, soy un peso para ti. Dejemos todo en aquél momento. Agradece que tienes padres que se preocupan por ti —Seguí caminando.
—¿Y qué pasa con nuestro amor? ¿nuestros planes?
—Cuando tengas treinta ya te habrás olvidado de que yo existí en tu vida. No lo hagamos más dramático, por favor.
—Yo te quiero a ti, Abi, por favor, déjame solucionar. Confía en mí.
—Lo siento, es muy tarde, Thiago —No sabía qué hacer, él no se iría, así que agarré a Priscila y le di un beso delante de él—. Ahora estoy con Priscila.
Vi cómo se quebraba poco a poco y me alejé de él y todas las personas buenas que había encontrado en mi camino. Esta vez yo abandonaba y de ninguna manera se sentía mejor. Abandonar o ser abandonada dolía en la misma medida.





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