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Tierra yerma

  • pedrocasusol
  • 26 may 2022
  • 3 min de lectura

Escribe: Pedro Casusol


Nunca me pareció que “La tierra baldía” fuera una traducción fidedigna al título del gran poema de T. S. Eliot, “The Waste Land”. Tierra baldía me suena a terreno deshabitado, en venta, disponible para ser ocupado o transformado en un estacionamiento, cuando a lo que Eliot se refería era a la tierra yerma, muerta, infértil; es decir, agostada, que ya no da fruto. Envenenada por los gases de la Primera Guerra Mundial y los horrores de la vida moderna. Una cultura decadente y gastada, que emite sus últimos estertores antes de volver a nacer. Por eso prefiero otros títulos en español que he visto impresos alguna vez: “La tierra agostada”, “La tierra yerma” o, incluso, “La tierra gastada”.


De todas formas, el poema de Eliot cumple cien años, efeméride que comparte con otras obras emblemáticas como el “Ulises” de Joyce o “Trilce” de Vallejo. Un siglo pasó desde que la revista “The Criterion”, dirigida por el mismo autor, publicara los 434 versos que forman uno de los poemas más influyentes del siglo pasado. Proveniente de Saint Louis, Missouri, doctor por la Universidad de Harvard, Thomas Stearns Eliot cambió los Estados Unidos por Inglaterra, como lo había hecho su amigo y maestro Ezra Pound. Ahí se casó con Vivienne Haigh-Wood, una muchacha aquejada por problemas mentales. En 1915, cuando contrae matrimonio y publica su primer libro, inicia también un trabajo como empleado en el Lloyds Bank, donde cumple horario de oficina.


Pocos años más tarde, en 1920, empezó a escribir un largo poema con el extraño título “He Do the Police in Different Voices”, al que añadirá luego imágenes de devastación y hambruna. Lo hará motivado en parte por la “Divina comedia” y la filosofía griega, por las nuevas corrientes literarias como el vorticismo o el imaginismo, sumido además en el estudio de los dramaturgos ingleses y de los poetas metafísicos del siglo XVII. Todo conspira, sin embargo, para que no lo termine hasta 1922: un trabajo que no le otorga respiro, pero que tampoco soluciona sus apuros económicos; las recaídas nerviosas de Vivienne, que paralizan sus extremidades y la dejan postrada. Y como si todo eso fuera poco, Eliot contrae la “gripe española”, aunque desarrolla un cuadro leve.


“The Waste Land” fue concebido, entonces, en un estado de agotamiento tal que se terminó de escribir en un sanatorio, en Suiza, donde Eliot se interna a causa de aquella “abulia y trastorno emocional” que lo agobiaba, así como el sentimiento de culpa por la enfermedad de Vivienne. El resultado abre los cauces de la modernidad, constituye la alegoría de un mundo que no volverá a ser el mismo, testimonio de un matrimonio que termina siendo tormentoso y un sinnúmero de referencias al Santo Grial, Baudelaire o el tarot. Para Eliot, sin embargo, no fue más que “el alivio de una personal y totalmente insignificante queja contra la vida”, “un trozo de rítmico lamento”.


Fue su amigo Ezra Pound −“il miglior fabbro”, como lo llama en su famosa dedicatoria− quien terminó de darle forma, con una drástica poda que implicó eliminar segmentos enteros de confesiones y artilugios vanguardistas. Cien años después, “The Waste Land” sigue siendo el poema más influyente de la modernidad, un rayo que también ilumina la crisis actual, este malestar político y económico que deja la pandemia del covid-19, la polarización generalizada y el fracaso de los regímenes democráticos. La imagen de la tierra yerma, que T. S. Eliot utilizó para referirse a sus problemas y a la atmósfera de la primera posguerra, adquiere nuevos bríos en estos tiempos de degradación humana y crisis climática: “Abril es el mes más cruel, engendrando / lilas de la tierra muerta…”.





 
 
 

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