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Tres tiempos

  • pedrocasusol
  • 10 jul 2024
  • 5 min de lectura

Escribe: Thalía Correa


Abrí los ojos y miré la hora, 2:30 de la mañana, ella seguía durmiendo. Mi nombre es Claudia y tengo 31 años de edad, sé que no soy la mejor persona del mundo, y que no he sido muy devota, pero te pido por favor que la cuides, es solo una niña de 6 años y ha pasado por mucho. ¿Por qué ella? está empezando a vivir y lleva una semana en cuidados intensivos. No tengo con quien quejarme, pelear, ni siquiera llorar, solo me quedas tú Dios y por eso, perdón.


Cleo es una niña hermosa que tiene la piel color canela, ojos verde oliva, y el cabello rizado, se le cayó el último diente leche de la parte superior y eso la hace ver como una abuelita, siempre nos reímos de eso. Es inteligente, amable, extrovertida y muy paciente. Es mi hija y la meningitis le está quitando la vida.


***


Tenía ya 3 meses internada, y todavía no tenía un diagnóstico, le tomaron muchas muestras de sangre para saber lo que tenía, pero no encontraban nada. Ella estaba cansada de tantas inyecciones. Un día, una de las enfermeras dijo que la llevaría a tomarle más muestras, Cleo me miró y me dijo:


-Mami, estoy cansada, por favor, no dejes que me lleven.


-Lo sé, mi niña, pero es necesario para saber qué es lo que tienes.


-No mami, ya me duelen los brazos, no quiero que me vuelvan a inyectar.


La enfermera ya la estaba trasladando a una silla de ruedas y Cleo empezó a agitarse, dando patadas, le gritaba a la enfermera:


-No me toques bruja, déjame en mi cama… ¡Mamá, ayúdame por favor, no dejes que me lleven!


El corazón se me partió en mil pedazos al verla así de agresiva, entendía que realmente estaba adolorida. Agarré la silla de ruedas y le dije a la enfermera:


-No es la manera correcta de tratarla señora, ¿por qué no hacen los exámenes mañana?, está cansada.


-Señora. No tenemos tiempo. Necesitamos un diagnóstico. Mañana puede ser tarde, por favor no interfiera.


Se llevó a Cleo que no paraba de gritar groserías que nunca antes le había escuchado.


Las seguí, verla así me rompía el corazón, era mi única hija, mi única compañera desde hace 6 años. Empecé a recordar cuando era más pequeña y me acompañaba mientras yo cocinaba las comidas del día, siempre se despertaba temprano y empezaba a jugar con las ollas, cuando se cansaba de eso agarraba el control del televisor y simulaba llamar al doctor con su muñeca en brazos, le decía que la llevaría a consulta porque su hija tenía mucha fiebre. Cleo siempre ha sido una niña además de creativa, delicada de salud, supongo que eso la inspiraba a crear sus monólogos sobre fiebres y visitas al doctor… Un grito agudo me hizo volver…


-¡Aaaaaay! ¡niñaaaa!, ¿estás loca?


Vi como la enfermera se agarraba el brazo. Cleo la había mordido en su afán de que no la inyectaran.


-¡Señora! Por favor venga y hágale entender que es necesaria la inyección, estoy perdiendo la paciencia. No le vamos a inyectar el brazo. Esta vez será una punción lumbar para analizar su líquido cefalorraquídeo.


-Eso es nuevo, ¿para qué le harán eso? ¿es peligroso?


-Señora apúrese, quiere o no tener el diagnóstico.


Le dije a Cleo que se calmara, que ya todo iba a terminar, pero esta vez tenía que cooperar.


-Iré a comprar una gelatina de fresa con leche condensada para que comas cuando regreses a la habitación.


Me miró otra vez con sus ojos tiernos y llorosos, y solo asintió en forma de respuesta. Me pregunté en ese preciso momento: qué había hecho con mi vida, dónde estaban mis amigos, con quién contaba realmente. Empecé a sentir que el pecho se me cerraba, veía la gente pasar por los pasillos y me sentí incluso más sola. Al cuarto día nos dieron el diagnóstico. Cleo tenía meningitis.


***


Es el cuarto mes y seguimos en el hospital. Hace una semana se complicó y la ingresaron a cuidados intensivos. Por suerte me permiten estar todo el día con ella.  Fui a casa rápido, tenía que bañarme, lavar la ropa y preparar las comidas del día siguiente. Me senté un rato en el borde de la cama y me desplomé, no tenía fuerza, estaba cansada. Lloré, busqué la almohada y la mordí para ahogar el sonido, grité y grité con la fuerza que me quedaba.


Respiré, sentía que los ojos me pesaban como ladrillos. Miré la hora, casi medianoche. Me levanté deprisa, me lavé la cara, arreglé con la mano mi cabello desordenado, agarré las cosas y salí, tenía exactamente 40 minutos para llegar al hospital antes de que cerraran las puertas. Llegué minutos antes de que cerraran. Corrí por los pasillos, saludé a Sofía, la enfermera de turno de esa noche. Me dijo:


-Sin prisa Claudia, Cleo sigue igual.


-Gracias por siempre estar pendiente de ella, Sofía.


-No te preocupes, Claudia, lo hago con mucho gusto.


Le ofrecí un poco de café de mi termo, aceptó. Seguí mi camino por los pasillos fríos del hospital, sus paredes eran blancas. Recuerdo que un día le pregunté a Sofía porqué eran blancas y me dijo que era para brindar serenidad y paz. Cosas de marketing. Yo nunca he sentido paz en un hospital.


Entré sin hacer ruido, dejé las cosas en el casillero, saludé en silencio a Cleo y me senté al lado de ella. Tiene un libro del Caballero de la Armadura Oxidada que leía de a ratitos o me decía que la ayudará con la lectura. Le encanta leer y cuando sea grande quiere ser periodista. Recuerdo cuando empezó a dejar sus muñecas y a interesarse más por los libros, me dijo que se siente grande cuando lee. La observé. Cleo siempre tiene un rostro tranquilo cuando duerme, eso sí me da paz.


Estaba tan absorta en mis pensamientos que no recuerdo cuándo me dormí. Me despertaron los gritos de las enfermeras entrando a la habitación. Sofía me pidió que saliera, yo también empecé a gritar sin darme cuenta, ¿qué pasaba? pero solo pudo llevarme bruscamente hasta la puerta. Grité, pero no me hicieron caso.


Se me contrajeron los músculos y empecé a sentir cómo mi cuerpo tambaleaba, de repente los dedos de las manos los tenía más fríos que nunca. Algo grave pasaba, sentí que se acercaba el final. Me quedé viendo por la ventana y apretaba fuertemente los dedos contra su marco como si pudiese liberar mi dolor. No pude escuchar más nada que los latidos acelerados de mi corazón. Todo empezaba a darme vueltas. No sentí el cuerpo cuando vi que todos bajaban sus cabezas y dejaban caer sus hombros demostrando derrota. Solo pude escuchar:


-Hora de la muerte 4:11 am 24 de abril 1999.


Me culpo cada día de la muerte de mi Cleo. Con en el tiempo recordé que esa noche antes de dormirme, en mis muchas charlas contigo, Dios, te conté de los casos de niños que llegaban a convulsionar. Ella llevaba una semana en cuidados intensivos y recuerdo haberte dicho que si iba a quedar mal era mejor que te la llevaras y eso fue lo que hiciste.


***


Hoy Cleo cumpliría 31 años, la misma edad que yo tenía cuando ella partió, apuesto lo que sea a que sería una maravillosa periodista. Yo en cambio, no pude recuperarme. Nunca más volví a celebrar una navidad, carnaval o cumpleaños. He tenido muchas más caídas, conocí la calle y la hice mi amiga.



 

 
 
 

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