Um cara qualquer
- pedrocasusol
- 24 jun 2025
- 4 min de lectura
Escribe: Xiomara Quispe
Apresuradas, de camino al centro médico, atravesamos una calle aún con la mirada en el semáforo. Hace poco se volvió rojo, pero lo observamos de reojo, a pesar de que tiene el tiempo en retroceso, asegurándonos que no cambie de color mientras cruzamos o que un auto pueda atropellarnos. Aceleramos el paso.
Me doy cuenta de que un hombre, a la distancia, se aleja de un auto azul. Éste, como los otros autos, está parado frente al semáforo de la calle perpendicular a la nuestra, aguardando el cambio de rojo a verde. Noto que el hombre que se aleja es "um cara mais da rua" (un hombre más de la calle). Cuando percibo que pasaremos junto a él, me invade la pena, una profunda tristeza que, cada vez que la vivo, se hace más honda. Siento que un día no seré capaz de soportarlo. Confío en que ese día aún no llegue, por lo menos hasta que pueda hacer algo que realmente valga la pena. Aunque no calme esta aflicción, tal vez sienta el mundo un épsilon menos cruel. Tan sólo eso sería suficiente.
Las cebras de la calzada se hacen eternas. Llegamos a la esquina, a escasos centímetros de donde él se encuentra. Continuamos andando mientras él retrocede de aquel auto azul. Cuando decide hablarnos, nos giramos apenas hacia él. Tenemos el cuerpo en la dirección del camino. Él está a un costado, cerca a los frondosos árboles de la calle Miguel Petroni. Nos mira. Tiene los ojos humedecidos, brillantes. Percibo que son azules, o tal vez grises azulados. Tiene los hombros hacia adelante, con las manos juntas queriéndose dar calor. Es una mañana muy fría. Está con short. La casaca que lleva es un cortaviento.
Apenas terminamos de observarlo por completo, su mirada me atrapa. Me conmueve. No es tan joven, ni tan mayor. Pero me pregunto, casi exhortándome, como si tuviera las respuestas: ¿por qué está en la calle? ¿Por qué está aquí? ¿Por qué otra vez siento que no puedo hacer nada?
Dando un paso hacia atrás, dándonos espacio, nos mira con súplica, con esperanza, con respeto. Y salen de sí, levemente, una voz sutil, con rasgos profundos de miedo. Pronuncia, casi sin aliento:
—Olá, bom dia... Só um minuto... Eu não faço nada de errado... Eu coleto latas vazias...
Cuando me mira y sabe por mi gesto que no poseo nada, continúa:
—...Se tiveram algo, alguma coisa, por favor...
Le devuelvo un "no" con mi cabeza, con pesar, con dolor. Él me devuelve lo que innumerables veces ya he recibido, lo que sé que sigue:
—Tudo bem, Deus abençoe vocês...
Nos giramos. Se aleja aún más. Se escucha que respira profundamente. Es tan sutil que apenas lo oigo. Fue suficiente para lapidar mi corazón, una vez más.
Seguimos de prisa. Cada paso pesa a plomo. Tan sólo reacciono cuando me preguntas:
—¿Realmente no tienes nada en tu bolsa?
—No. No tengo nada. Ni dinero, ni pan. Nada.
Me cuestiono. ¿Por qué no traje algo? ¿Un pan, galletas, dinero? Pienso y me recrimino. Apenas escucho tu voz cuando dices que tampoco tienes nada. Ambas sentimos el peso de este momento.
Trato de recomponerme. Busco en mi memoria ese recuerdo, ese instante en aquel vagón del metro de São Paulo, cuando un hombre, con los ojos apagados, angustiado, perdido en la sobriedad de la realidad, pedía, preguntaba:
—Alguém tem algo de comer? Algo, qualquer coisa, por favor!
Y tú respondiste con voz brillante:
—Sim, eu tenho! Um momento!
Era el sándwich que te preparé para el viaje. Estaba en su bolsita ziplock, un poco aplastado, pero en buen estado. Aquel hombre se acercó a ti. Te miró con los ojos más bellos del mundo. Tal vez tu brillo los iluminó. Tomó el sándwich y se perdió entre la gente. Gentío que miraba sin inmutarse de lo sucedido, pues era un día más en aquella gran ciudad. Pero para nosotras no lo era. Por fin pudimos hacer algo por ese aquel que necesitaba del mundo. Nos miramos. Sonreímos con asombro. Nuestros ojos se engrandecían hasta que recordé:
—¡Debimos darle agua o un jugo también!
Nos inundó la preocupación. Buscamos en las mochilas. No teníamos.
Levantaste la mirada y dijiste, con una sonrisa calma:
—Pidamos a Dios que alguien más le dé. Lo bueno es que tiene el sándwich, ¡no pasará hambre!
—Por lo menos por ahora no —te agregué.
Nos consolamos recopilando la escena, agradeciendo a mi yo del pasado por haber preparado el sándwich, y a ti por haber reaccionado prontamente, casi al milisegundo.
Traté de recordar aquella vez en la que me encontré a un joven en el portón del edificio y me preguntó:
—Oi, você...
Casi de un parpadeo retorno a la realidad. Te veo cruzando la calle, es la última que debemos pasar para llegar al centro médico. Me apresuro. Miro bien si el próximo auto va en esta dirección para intentar cruzar. Acelero el paso. Te alcanzo y te pregunto si llevas tus documentos.
Todo transcurre como si nada hubiera pasado. Siempre es así. ¿Lo será para todos así?





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