Una mujer en el río
- pedrocasusol
- 27 feb 2022
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Escribe: Pedro Casusol
Una vez, Virginia se disfrazó de príncipe abisinio, se cortó el cabello y se pegó una barba postiza para engañar a la Royal Navy. La idea había sido de un amigo suyo, un miembro de aquel grupo de jóvenes artistas e intelectuales de inicios del siglo XX que se reunían en su casa a instancias de su hermano, Adrian. Por influencia de ellos, Virginia se paseaba con estos amigos por el buque HMS Dreadnought. Vestían turbantes, túnicas etíopes y la cara cubierta de maquillaje, en lo que era la supuesta visita oficial de unos príncipes africanos que había requerido guardia de honor, alfombra roja y una banda de música. Para fingir un dialecto que desconocían, mezclaban citas en griego o en latín de Homero y Virgilio, mezclándolo con suajili, o simplemente exclamaban: “¡bunga, bunga!”.
Más tarde enviaron una foto de la comitiva disfrazada, revelando a la prensa el engaño. Fue la presentación en sociedad del círculo de Bloomsbury. Era 1910. Para entonces, la joven Virginia y sus hermanos, huérfanos y de clase acomodada, llevaban algunos años viviendo en Bloomsbury, barrio a los alrededores del Museo Británico, y su casa se había convertido en el centro de operaciones de aquel círculo frecuentado por nombres como E. M. Forster, Duncan Grant o John Maynard Keynes. Ahí también acudía Leonard Woolf, con quien Virginia se casaría en 1912. Juntos se mudaron a una casa en Richmond, donde instalaron una imprenta y fundaron Howard Press, sello recordado no solo por editar las obras tempranas de la propia Virginia Woolf o Katherine Mansfield, sino también por publicar la primera edición británica de “The Waste Land”, de T. S. Eliot.
Lo cierto es que Virginia Woolf llevaba años aquejada por severas crisis nerviosas. Había conocido la depresión a los trece, tras la inesperada muerte de su madre. Diez años más tarde, la muerte del padre provocó su primer intento de suicidio y el internamiento en un hospital psiquiátrico. Tras el matrimonio con Leonard, los intentos de quitarse la vida continuaron. Hoy se sabe que padecía de trastorno bipolar y que sufrió de abuso por parte de sus hermanos. Nada de esto impediría, sin embargo, que Virginia Woolf iniciase una de las carreras más significativas de la literatura del siglo XX, arropada por las ideas que compartió desde siempre con los integrantes del círculo de Bloomsbury: la igualdad, el feminismo, la aceptación de la libertad sexual y la convicción de que el arte constituía la tarea más elevada a la que podía dedicarse el ser humano.
Sus primeras novelas, “The Voyage” y “Night and Day”, vaticinan a una autora interesada por las innovaciones, poco dada a darle relevancia a la trama, con una prosa más cercana a la poesía. Sus temas abordan el fin del romanticismo, los cambios sociales y la situación de la mujer. Con evidentes pinceladas autobiográficas, la autora experimenta desde el proceso mental de sus personajes. En su novela “Jacob's Room”, publicada en 1922 −el mismo año del “Ulysses” de James Joyce, que ella había rechazado publicar en su sello− encontramos claros ejemplos de un uso muy personal del “monólogo interior”. Pero el éxito definitivo llegaría con “Mrs. Dalloway”, novela que abarca doce horas en la vida de su protagonista, Clarissa Dalloway, y deja en segundo plano todo lo referente a la acción o la intriga, para mostrarnos la vida interior de una mujer en Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial.
Sus siguientes novelas, “To the Lighthouse” y “The Waves”, son consideradas obras de madurez. “Orlando”, una demencial “carta de amor” a su amante Vita Sackville-West, es la biografía imaginaria de un aristócrata y poeta del siglo XVI que cambia de sexo y vive 500 años. También será recordada por sus ensayos: en “A Room of One's” postula, por ejemplo, que toda mujer que aspire a escribir ficción debe tener dinero, es decir, “una habitación propia”. En marzo de 1941, agobiada por un cuadro de depresión y los horrores que vivía el mundo durante la Segunda Guerra Mundial, Virginia Woolf llenó los bolsillos de su abrigo con piedras, tiró su bastón y se dejó arrastrar por la corriente de un río cercano a su hogar. Dejaba dos cartas donde explicaba su suicidio y una vasta obra que continúa ejerciendo una gran influencia en la literatura universal.





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