Una nueva vida en la normalidad
- pedrocasusol
- 16 feb 2025
- 3 min de lectura
Escribe: Altair Flores Arredondo
Hace tres años, había un niño que vivía en las alcantarillas con su hermano menor, Carlos. Ambos cazaban ratas para comer.
—Carlos, ¿qué te parece si buscamos algo de comida? —dijo Caín.
—Sí, la rata era muy pequeña —respondió Carlos con cara seria, aún recordando aquel oscuro día—. ¿Qué te pasa? ¿Acaso también había gusanos? —preguntó, algo confundido.
—No, es que... —Caín vaciló.
—¡Ah, ya sé! ¿Quieres un poco de agua del desagüe? —lo interrumpió Carlos.
—Carlos, no. Es que ya me está hartando estar en las alcantarillas con este olor —dijo el menor, refiriéndose a los desechos de la gente de arriba.
—¿Acaso ya olvidaste que nuestros padres fueron ladrones y que aún nos buscan? —preguntó Caín, sorprendido por lo que acababa de oír.
—Olvídalo, Caín... Espera, ¿dónde estás?
Carlos miró a su alrededor, pero su hermano ya había salido corriendo.
—Bueno, al menos no tendré que compartir la cacería de ratas con él —dijo Carlos, sin preocuparse por su hermano.
Mientras tanto, Caín corría por las calles. Todos lo miraban sorprendidos, intentando adivinar qué buscaba en sus bolsillos. Al ver un cartel en un poste, se detuvo.
—¿Qué será esto? Mmm... Me lo llevo, me gusta —dijo, sin entender nada, pues nunca había aprendido a leer.
—¡Alto ahí, niño! —gritó un hombre corpulento.
—¿Qué pasa? ¿Son teatreros?
—¡Claro que no! —respondió otro hombre—. ¡Somos policías y te llevaremos a la cárcel!
—¿Qué? Pero...
—Si intentan llevárselo, no se los permitiré —intervino una joven, mientras tomaba del brazo a Caín.
—Creo que es parte de la pandilla de Cell —dijo un policía.
—¡Miren, se escapa!
—¡Adiós! —exclamó la joven.
Caín, confundido, apenas podía comprender lo que ocurría.
***
Después de varias horas, despertó. Frente a él, estaban la joven y un hombre.
—Veo que al fin despertaste. Disculpa, no me presenté. Soy Rosa y él es Cell. ¿Tú cómo te llamas?
—Me llamo Caín —respondió, aún desorientado.
—No sé cómo habrás vivido con tanta carga que intenta aplastarte —dijo Rosa—, pero ahora estás a salvo.
—Y listo para robar —añadió Cell.
—¿Robar? ¿Qué significa eso? —preguntó Caín, confundido.
—¿Cómo es que no lo sabes? —respondió el hombre, con una mueca de incredulidad—. Robar significa quitarle cosas a otros sin pedir permiso. Es una forma de ganarse la vida.
—Pero... ¿No es algo malo? —preguntó Caín, dudando.
—No te preocupes, estamos en Latinoamérica. Aquí no les parece raro —dijo Cell, con una sonrisa sarcástica—. Además, ¿sabes qué hace Juan con los criminales?
—¿Quién es Juan? —preguntó el niño.
—Un millonario que se hizo rico después de una tragedia en Arequipa. Ayudó a mucha gente tras la erupción del volcán Misti, pero su crueldad hacia los criminales no tiene límites. Déjame contarte una historia.
***
Hace diez años, mis padres fueron arrestados por liberar prisioneros en la cárcel de Ocaña. Los llevaron frente a mí y me obligaron a presenciar su castigo.
—Señor Frank y señora Leonila, quedan arrestados en nombre de la ley —dijo un policía—. Su ejecución será en tres días.
Los días pasaron y llegó la fatídica hora. Los pusieron frente a una guillotina. Cuando la cuchilla cayó, la cabeza de mi padre fue arrojada a los cóndores. Así ocurrió con toda mi familia.
—¡Miren! ¡Una pantera! —gritó alguien.
Aproveché la distracción, escapé por una alcantarilla y sobreviví. Por eso odio a Juan.
***
Después de escuchar esa historia, Caín aceptó su misión: robar a Juan. Se escondió en una maleta con un tanque de oxígeno y llegó al aeropuerto. Siguiendo el plan, se deslizó hasta donde estaba el millonario, pero al intentar quitarle la billetera, el piso mojado lo traicionó y resbaló.
—¿Cómo estás vivo, Sam? —exclamó Juan, al verlo.
—Se equivoca, me llamo Caín.
—No, tú eres Sam. Eres el hijo de mi hermano George y su esposa Rafaela. Ellos te buscaron por años hasta que el avión en el que viajaban explotó. Yo puse la bomba. Me quedé con su fortuna y, gracias a las ejecuciones, hago películas con las que gano mucho dinero. Pero ahora, tú debes morir.
Juan comenzó a ahorcar a Caín. El niño intentó resistir, pero su vista se nublaba. De repente, vio una pecera con un pulpo.
—¡Toma un pulpo! —gritó, empujándolo dentro de la boca de Juan.
El animal se aferró a la garganta del millonario, asfixiándolo. Caín cayó al suelo. La oscuridad lo envolvió.
Ambos murieron, pero el niño había vengado a su familia.





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